Mientras los países de América Latina celebran los Bicentenarios de sus procesos de independencia, las fiestas encuentran a España desorientada al respecto. La “madre patria” también quiere “celebrar” con la región y organizó la Comisión Nacional para la Conmemoración de los Bicentenarios de la Independencia de las Repúblicas Iberoamericanas. La confusión de Madrid, entre la vergüenza del genocidio que implicó la colonización y los históricos lazos que la unen a esta región, la muestran una vez más dispuesta a “participar” pero no a formular la autocrítica que los pueblos le exigen.
Aunque parezca curioso, España no quiso quedarse fuera de las fiestas del Bicentenario en América latina. Como sucedió en 1992, cuando el gobierno español “celebró” los quinientos años del “descubrimiento” de América –demostrando una vergonzante pirueta de desconocimiento de la opresión que la Corona española infringió al continente durante la colonización–, en Madrid están organizando los “festejos” por los 200 años de emancipación latinoamericana. Por lo visto, la autocrítica se hace esperar y se disfraza de buenas intenciones.
Para tales fines, España creó tres comisiones: la Comisión para la conmemoración del II Centenario de la Constitución de 1812, la Comisión Nacional para la Conmemoración de los Bicentenarios de la Independencia de las Repúblicas Iberoamericanas y la Comisión Nacional para la celebración del Bicentenario de la Guerra de la Independencia. Estarán articuladas por el Consejo para la coordinación de las conmemoraciones de los Bicentenarios del Constitucionalismo español e iberoamericano, que nació el 28 de diciembre de 2007 con el Real Decreto 1770 firmado por el Rey Juan Carlos I.
El Consejo fue creado para “asegurar el buen fin de los actos de conmemoración de los diversos acontecimientos que significaron el desarrollo del constitucionalismo moderno en España y las nuevas Repúblicas Iberoamericanas”. La referencia al “constitucionalismo” fue la justificación que encontró Madrid para unirse a las fiestas de América latina. Por lo menos eso, es lo que se desprende de la información oficial que advierte sobre “la conmemoración del Bicentenario de los acontecimientos que comportaron el desarrollo en España de las ideas políticas del constitucionalismo, la libertad y la democracia, principios hoy vigentes en el ordenamiento constitucional”.
Para Madrid, la Constitución de Cádiz y los procesos de Independencia de las repúblicas Iberoamericanas confluyeron en un “contexto histórico del que surgirían los elementos fundamentales de la identidad política española, de los países que alcanzaron la independencia y de la Comunidad Iberoamericana”. Un devenir histórico que fue enmarcado, destacan en España, por “la confianza en la vigencia de las ideas de libertad, derechos de los ciudadanos y democracia que iniciaron su desarrollo hace 200 años”.
CONVIDADO DE PIEDRA
La Comisión Nacional para la conmemoración de los Bicentenarios de la Independencia de las Repúblicas Iberoamericanas, será dirigida por el ex presidente del Gobierno español, Felipe González, un ex líder socialista que tiene buena imagen en América latina. “A doscientos años de aquel hecho histórico de especial relevancia para las Repúblicas Americanas y para España, se conmemoran los procesos de la emancipación americana con un espíritu de colaboración y acompañamiento –se puede leer en la proclama de la curiosa Comisión–. Pretende España afirmar con esta iniciativa, que los países de América siguen siendo objetivo esencial de su política exterior”.
La Comisión nació el 4 de mayo de 2007, luego de que el Consejo de Ministros aprobara su creación para llevar a cabo un programa de actividades conmemorativas de las independencias americanas. Fue concebida para establecer el contacto institucional entre Madrid y los gobiernos de América latina y tiene como finalidad la preparación, programación, organización y coordinación de todo tipo de iniciativas destinadas a la celebración de estos acontecimientos, impulsando y coordinando las acciones que lleven a cabo tanto las Administraciones Públicas, como las privadas y particulares.
“España quiere acompañar a los pueblos iberoamericanos en esta conmemoración”, justificó el presidente del gobierno de España, José Luis Rodríguez Zapatero cuando en 2008 comenzó la organización de los actos españoles para el Bicentenario. “España no se puede entender sin Iberoamérica. Sólo al otro lado del Atlántico los españoles descubrieron su verdadera dimensión y las claves de su identidad”, aseguró Zapatero.
A su lado, estaba sentado el Rey Juan Carlos que envió un saludo “al conjunto de naciones libres, iguales, soberanas e independientes nacidas en América hace dos siglos y con las que España está profundamente hermanada”. Juan Carlos también pidió que en los actos de Independencia americana la voz española “sea tenida más en cuenta” para “contribuir generosa y positivamente a crear una sociedad internacional más libre, justa, democrática y solidaria”.
A pesar de la buena voluntad del gobierno y la monarquía española, los documentos y declaraciones oficiales no han hecho, hasta el momento, mención a alguna autocrítica sobre el pasado colonial de Madrid en América. Alguna referencia a la controvertida historia de la Corona española en Latinoamérica sería, en definitiva, una señal indispensable para que las fiestas del Bicentenario puedan mostrar a España y sus ex Virreinatos unidos en los festejos.
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Decía Walter Benjamín que un libro de citas de otros, sería un libro perfecto, ya que estas enriquecen lo nuestro y convierten nuestra obra en una “obra colectiva”. Lejos de la perfección se encuentra esta iniciativa, pero si vale como lugar donde compartir distintos textos, con el sentido de entender este día a día que nos toca en el mundo. La intención no será cambiarlo, sólo la de tratar de entenderlo.
martes, mayo 18
domingo, mayo 16
La inestabilidad de los grandes sistemas
Por Abel Posse
Sabemos que la derecha comanda la producción de riqueza y que la izquierda se va quedando con el universal reclamo de justicia. Los hombres de izquierda conforman un gran pueblo mundial, consciente de la necesidad de solidaridad, de la justicia social y de ir aplicando reformas continuas para lograr una vida equitativa, vivible. Creen que hay que hacer marchar la historia en el sentido de la justicia. Esa “gran conciencia mundial” –como la llamó Malraux– pudo haber perdido el primer round con el colapso del sistema socialista soviético y con la sorprendente estrategia de China a partir de Deng Tsiaoping. Esos millones de hombres que sufren la desigualdad, la exclusión o simplemente la injusticia sienten que el dolor humano es predominante y que la inviabilidad vital es una realidad. Sienten que la “larga marcha” no terminó con la entrada de Mao en Beijing en 1949. Pese al optimismo de quienes creyeron llegados los tiempos del fin de la historia, la historia implacablemente reaparece con nuevos lenguajes, logros y violencias. Occidente y el todopoderoso capitalismo, sobreviviente triunfal de la oposición Este-Oeste que puso en jaque la paz del pasado siglo, se acaba de encontrar con la crisis financiera mayor de la historia del capitalismo. Esa superconcentración viciosa de poder financiero especulador estalló de una forma que el mismo Marx seguramente no pudo imaginar al denunciar la posibilidad.
En estas dos últimas décadas es posible que estemos viviendo la agonía o la muerte de las dos grandes corrientes filosófico-políticas que nacieron desde los hitos Adam Smith y Carlos Marx. La implosión del mundo soviético y la mutación de China se produjeron como casi serenas transiciones inexorables, sin mayores guerras o calamidades. Por inesperada vía implosiva. Algunos autores europeos, como Niall Ferguson, se animan a anunciar señales implosivas en el sistema capitalista mundial. Para Ferguson, la historia de situaciones de decadencia demuestra que las caídas de sistemas o de imperios se producen en forma rápida, inesperada, incalculada por los más afinados politólogos. Es como si una enfermedad espiritual prevaleciese finalmente sobre el hacer de quienes se creen definitivamente adueñados de la realidad. El crecimiento tecnológico-consumista es visible y espectacular; la decadencia espiritual es sutil, imperceptible, como un hábil criminal que no deja huellas aparentes.
Casi estamos ante la necesidad de repensar el mundo y no tenemos pensadores. Los políticos del capitalismo y los de la revolución en realidad no se movieron de las ilusiones del siglo XIX. La armonización entre justicia y democracia sigue siendo el mismo desafío de Albert Camus hace medio siglo. El retorno a una sana austeridad, a la paz del alma y a caminos de vida diferentes, está muy lejos. Los dos sistemas que nos dominaron partieron de una arrogante e ilusoria noción de un hombre general, un ente mundial inexistente. El viaje de la generalidad hacia lo particular y lo diferente será probablemente la aventura que nos espera.
Creemos haber heredado un mundo sólidamente construido, pero los jóvenes se aburren de sólo pensar enfrentarlo, y más bien, como escribió Julius Evola, estamos caminando entre ruinas. La revolución, con su matriz totalitaria, stalinista, y el desopilante capitalismo que termina en el mercantilismo descarado, ya no merecen respeto. Son falsos dioses.
Se abre un nuevo pensar del mundo que deberá superar los enfrentamientos de derecha y de izquierda, como juegos de una infancia perdida. La vieja política no termina de morir y la nueva no encuentra parteros que la hagan nacer. El desasosiego mundial que vivimos, sobre todo en la cultura de Occidente, tiene que ver con un fracaso espiritual, algo que hemos creído secundario o improbable o indiferente.
Todos estamos convocados a aportar nuestra palabra y a reflexionar sobre la calidad de vida que deseamos. Nuestra América estuvo al margen de los grandes sistemas que dominaron y todavía prevalecen casi por inercia. Hay que explotar caminos y soluciones inéditas fugando del convencionalismo ideológico. Tomamos por dogmas ideas que son inventos, ocurrencias que fueron sacralizadas… Pensadores como Mangabeira Ungern, Steiner, Guillebaud, André Gorz, impulsan a internarnos en el bosque maravilloso de lo aún impensado como nueva calidad y forma de vida, individual y comunitario
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Sabemos que la derecha comanda la producción de riqueza y que la izquierda se va quedando con el universal reclamo de justicia. Los hombres de izquierda conforman un gran pueblo mundial, consciente de la necesidad de solidaridad, de la justicia social y de ir aplicando reformas continuas para lograr una vida equitativa, vivible. Creen que hay que hacer marchar la historia en el sentido de la justicia. Esa “gran conciencia mundial” –como la llamó Malraux– pudo haber perdido el primer round con el colapso del sistema socialista soviético y con la sorprendente estrategia de China a partir de Deng Tsiaoping. Esos millones de hombres que sufren la desigualdad, la exclusión o simplemente la injusticia sienten que el dolor humano es predominante y que la inviabilidad vital es una realidad. Sienten que la “larga marcha” no terminó con la entrada de Mao en Beijing en 1949. Pese al optimismo de quienes creyeron llegados los tiempos del fin de la historia, la historia implacablemente reaparece con nuevos lenguajes, logros y violencias. Occidente y el todopoderoso capitalismo, sobreviviente triunfal de la oposición Este-Oeste que puso en jaque la paz del pasado siglo, se acaba de encontrar con la crisis financiera mayor de la historia del capitalismo. Esa superconcentración viciosa de poder financiero especulador estalló de una forma que el mismo Marx seguramente no pudo imaginar al denunciar la posibilidad.
En estas dos últimas décadas es posible que estemos viviendo la agonía o la muerte de las dos grandes corrientes filosófico-políticas que nacieron desde los hitos Adam Smith y Carlos Marx. La implosión del mundo soviético y la mutación de China se produjeron como casi serenas transiciones inexorables, sin mayores guerras o calamidades. Por inesperada vía implosiva. Algunos autores europeos, como Niall Ferguson, se animan a anunciar señales implosivas en el sistema capitalista mundial. Para Ferguson, la historia de situaciones de decadencia demuestra que las caídas de sistemas o de imperios se producen en forma rápida, inesperada, incalculada por los más afinados politólogos. Es como si una enfermedad espiritual prevaleciese finalmente sobre el hacer de quienes se creen definitivamente adueñados de la realidad. El crecimiento tecnológico-consumista es visible y espectacular; la decadencia espiritual es sutil, imperceptible, como un hábil criminal que no deja huellas aparentes.
Casi estamos ante la necesidad de repensar el mundo y no tenemos pensadores. Los políticos del capitalismo y los de la revolución en realidad no se movieron de las ilusiones del siglo XIX. La armonización entre justicia y democracia sigue siendo el mismo desafío de Albert Camus hace medio siglo. El retorno a una sana austeridad, a la paz del alma y a caminos de vida diferentes, está muy lejos. Los dos sistemas que nos dominaron partieron de una arrogante e ilusoria noción de un hombre general, un ente mundial inexistente. El viaje de la generalidad hacia lo particular y lo diferente será probablemente la aventura que nos espera.
Creemos haber heredado un mundo sólidamente construido, pero los jóvenes se aburren de sólo pensar enfrentarlo, y más bien, como escribió Julius Evola, estamos caminando entre ruinas. La revolución, con su matriz totalitaria, stalinista, y el desopilante capitalismo que termina en el mercantilismo descarado, ya no merecen respeto. Son falsos dioses.
Se abre un nuevo pensar del mundo que deberá superar los enfrentamientos de derecha y de izquierda, como juegos de una infancia perdida. La vieja política no termina de morir y la nueva no encuentra parteros que la hagan nacer. El desasosiego mundial que vivimos, sobre todo en la cultura de Occidente, tiene que ver con un fracaso espiritual, algo que hemos creído secundario o improbable o indiferente.
Todos estamos convocados a aportar nuestra palabra y a reflexionar sobre la calidad de vida que deseamos. Nuestra América estuvo al margen de los grandes sistemas que dominaron y todavía prevalecen casi por inercia. Hay que explotar caminos y soluciones inéditas fugando del convencionalismo ideológico. Tomamos por dogmas ideas que son inventos, ocurrencias que fueron sacralizadas… Pensadores como Mangabeira Ungern, Steiner, Guillebaud, André Gorz, impulsan a internarnos en el bosque maravilloso de lo aún impensado como nueva calidad y forma de vida, individual y comunitario
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jueves, mayo 13
El lector de diarios
Por Tomas Abraham
Es hora de que los semiólogos difundan los resultados de sus investigaciones sobre las motivaciones de la conducta de un lector de diarios. Hace mucho tiempo que no sabemos nada sobre el tema. Hay tantos consultores, asesores, programadores, especialistas en medios, que no parece excesivo pedir que divulguen sus estudios sobre los variados perfiles del lector nacional. Sólo hablamos de los medios y nos olvidamos que sin nosotros los lectores, oyentes y televidentes, no son nada. Nos vendría bien analizar este asunto ya que estamos en una situación en la que el gran público contempla con cierta sorpresa una guerra entre gobierno y periodistas, entre los mismos comunicadores, en medio de tribunales y juicios, además de los desfiles con fotos de periodistas estigmatizados.
Hay tantas preguntas por hacer y tan poco se ha discutido. Es tan grande el griterío que da la sensación que nadie tiene interés en analizar el tema. Clarín, por ejemplo, ¿vende más o menos que hace dos años? Un lector de Clarín que lo leía en el 2006 y sigue ahora, ¿ha variado su comportamiento político por el cambio de orientación del diario? ¿Por qué y cómo se lee un diario? ¿Cuál es la razón por la que en estos días los periódicos ingleses toman posiciones a viva voz sobre los candidatos, cambian de preferencia o las mantienen, sin sentir por eso que violan la condición de objetividad de la que una presunta ética los hace acreedores?
Los diarios “serios” de Gran Bretaña o los catalogados como “amarillos” no parecen arriesgar su reputación ni temer el desplante de sus avisadores y de su caudal de lectores con estas tomas de posición electorales.
A la espera de la información requerida de los especialistas correspondientes, no me queda otra alternativa en este momento que dar mi opinión de lector de diarios y de mero cliente de kioscos.
Voy a hacer una pregunta algo disparatada por lo obvia: ¿se sabe cuánta gente lee los diarios? ¿Cuánta lee en la ciudad de Salta, en Río Cuarto, en Bahía Blanca, en el país?
La verdad que muy poca. Es de público conocimiento que los diarios los leen unos pocos y son de clase media y alta. Se trata de un fenómeno mundial. Lo que sucede es que de lo publicado por los diarios se alimentan las radios que leen las noticias a la mañana, mientras la televisión también lo hace hasta que por tener medios de producción propios pueden renovar las novedades de la primera hora del día.
Sigo con otra pregunta: ¿para qué sirve la teoría de la alienación que sostiene que los medios tiene el poder de manipular a la gente? ¿Somos tan idiotas los miembros de la clase educada, media y solvente, que los cronistas hacen lo que quieren con nosotros?
Muchos creen que sí. Tanto poder dicen que tienen los medios que la inseguridad se convierte en una sensación y la corrupción se reduce a un titular tendencioso.
Es increíble que cada vez sean más numerosos los que “se dan cuenta” del poder manipulador que tienen los medios que los aún manipulados. Llegamos a la paradoja de que nadie se deja melonear porque todos están meloneados.
La relación que un lector tiene con su diario es compleja. No se basa en una fidelidad absoluta. Hay algo que los analistas no toman en cuenta y es que el vínculo que tienen con los medios los lectores de diarios, los oyentes de radio y los televidentes se basa fundamentalmente en la pereza. Nos distendemos con la actualidad. Nos hace compañía cuando nos afeitamos, durante el desayuno, en la mesa familiar, cuando cenamos, en los intervalos del trabajo, en los viajes en colectivo. Nos informamos y a la vez nos distraemos.
A la hora de votar por un candidato esas vivencias cotidianas se sumergen en un torrente disolvente y lo que cuenta en la urna es un voto imprevisible. La mayoría de la gente tiene una vida pareja todos los días con problemas de subsistencia bastante apremiantes y temores varios. En medio de esto las noticias entretienen, permiten cierto desahogo y nos descansan.
La agitación que vive el personal de las redacciones, de las agencias de noticias, de los estudios de televisión y radio, el permanente estado de excitación que creen que todo el mundo comparte, en realidad no es más que un teatro de exageraciones de esa megaproducción llamada actualidad.
Todavía los ideólogos del control total no se dan cuenta de que el pequeño hombre que abre un diario o enciende un aparato no es un feligrés sino un ser reactivo que disfruta de la noticia. Se detiene en esas caras graves y preocupadas a cargo de los informativos, se identifica con las indignaciones que padece el locutor, prestaba atención a lo que proponía Bernardo Neustadt que soportó el odio de la mayoría de sus connacionales con el más alto rating que haya logrado un periodista.
¿Qué características tiene un lector ecléctico? Hay dos tipos de lectores con estas características. Uno es el que no lee los diarios durante la semana porque no tiene tiempo, se satisface con la televisión, y junta varios periódicos el domingo para leerlos a la mañana, tarde y noche, con alternancias de siestas y comidas. Otro es el que usa los diarios como material de trabajo ya que quiere por razones de oficio tener una idea de los acontecimientos de actualidad a través de la expresión de los sectores de la sociedad en los nichos informativos.
La realidad es una cebolla que se pela, o para ser más tajante, un alcaucil sin corazón. Las noticias se fabrican y la realidad se entrega por partes. Consumimos trozos de una actualidad sin fin a elección del oferente, y cambiamos de diario, dial y canal si queremos degustar otro sabor.
Ya todo el mundo parece estar de acuerdo en que no existe la objetividad. Y también se está de acuerdo en que se transmiten verdades parciales. Por eso el periodismo hegemónico en nuestro país es el que confronta verdades parciales. Es decir mentiras acotadas.
Pero los diarios no se identifican sólo con su línea editorial, por el hecho de que además escriben en él periodistas que no son todos iguales. Se me ocurre que el mejor diario o medio de comunicación en general es aquel que tiene la mayor heterogeneidad posible de pensamiento periodístico.
No existe, salvo casos aislados, en nuestro país, un periodismo de pensamiento que se preocupe por plantear problemas, averiguar datos, sumar informaciones, ofrecer del modo más completo y crítico un panorama lo más exhaustivo posible respecto de cualquier tema.
Despreciamos el oficio y más aún a los receptores de la información. Hay tan pocas excepciones que esta realidad parece no tener fisuras. Da la sensación que los que están a cargo de la actualidad se esmeran por encontrar cada día o cada semana un argumento a favor o en contra de un enemigo declarado. Es ésa la que creen los periodistas que es su tarea. Como que no tuvieran otra. O son pastores de la corrección y de la indignación moral o parte de una cruzada de justicieros con micrófono. Nadie quiere perder a sus “compañeros”, clientes o avisadores con sorpresas desagradables, como las que se tiene si un análisis o una información va a contracorriente de un deseo del consumidor o de algún patrón estatal o privado.
Hay que dar masticado lo que se espera, y siempre lo mismo.
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Es hora de que los semiólogos difundan los resultados de sus investigaciones sobre las motivaciones de la conducta de un lector de diarios. Hace mucho tiempo que no sabemos nada sobre el tema. Hay tantos consultores, asesores, programadores, especialistas en medios, que no parece excesivo pedir que divulguen sus estudios sobre los variados perfiles del lector nacional. Sólo hablamos de los medios y nos olvidamos que sin nosotros los lectores, oyentes y televidentes, no son nada. Nos vendría bien analizar este asunto ya que estamos en una situación en la que el gran público contempla con cierta sorpresa una guerra entre gobierno y periodistas, entre los mismos comunicadores, en medio de tribunales y juicios, además de los desfiles con fotos de periodistas estigmatizados.
Hay tantas preguntas por hacer y tan poco se ha discutido. Es tan grande el griterío que da la sensación que nadie tiene interés en analizar el tema. Clarín, por ejemplo, ¿vende más o menos que hace dos años? Un lector de Clarín que lo leía en el 2006 y sigue ahora, ¿ha variado su comportamiento político por el cambio de orientación del diario? ¿Por qué y cómo se lee un diario? ¿Cuál es la razón por la que en estos días los periódicos ingleses toman posiciones a viva voz sobre los candidatos, cambian de preferencia o las mantienen, sin sentir por eso que violan la condición de objetividad de la que una presunta ética los hace acreedores?
Los diarios “serios” de Gran Bretaña o los catalogados como “amarillos” no parecen arriesgar su reputación ni temer el desplante de sus avisadores y de su caudal de lectores con estas tomas de posición electorales.
A la espera de la información requerida de los especialistas correspondientes, no me queda otra alternativa en este momento que dar mi opinión de lector de diarios y de mero cliente de kioscos.
Voy a hacer una pregunta algo disparatada por lo obvia: ¿se sabe cuánta gente lee los diarios? ¿Cuánta lee en la ciudad de Salta, en Río Cuarto, en Bahía Blanca, en el país?
La verdad que muy poca. Es de público conocimiento que los diarios los leen unos pocos y son de clase media y alta. Se trata de un fenómeno mundial. Lo que sucede es que de lo publicado por los diarios se alimentan las radios que leen las noticias a la mañana, mientras la televisión también lo hace hasta que por tener medios de producción propios pueden renovar las novedades de la primera hora del día.
Sigo con otra pregunta: ¿para qué sirve la teoría de la alienación que sostiene que los medios tiene el poder de manipular a la gente? ¿Somos tan idiotas los miembros de la clase educada, media y solvente, que los cronistas hacen lo que quieren con nosotros?
Muchos creen que sí. Tanto poder dicen que tienen los medios que la inseguridad se convierte en una sensación y la corrupción se reduce a un titular tendencioso.
Es increíble que cada vez sean más numerosos los que “se dan cuenta” del poder manipulador que tienen los medios que los aún manipulados. Llegamos a la paradoja de que nadie se deja melonear porque todos están meloneados.
La relación que un lector tiene con su diario es compleja. No se basa en una fidelidad absoluta. Hay algo que los analistas no toman en cuenta y es que el vínculo que tienen con los medios los lectores de diarios, los oyentes de radio y los televidentes se basa fundamentalmente en la pereza. Nos distendemos con la actualidad. Nos hace compañía cuando nos afeitamos, durante el desayuno, en la mesa familiar, cuando cenamos, en los intervalos del trabajo, en los viajes en colectivo. Nos informamos y a la vez nos distraemos.
A la hora de votar por un candidato esas vivencias cotidianas se sumergen en un torrente disolvente y lo que cuenta en la urna es un voto imprevisible. La mayoría de la gente tiene una vida pareja todos los días con problemas de subsistencia bastante apremiantes y temores varios. En medio de esto las noticias entretienen, permiten cierto desahogo y nos descansan.
La agitación que vive el personal de las redacciones, de las agencias de noticias, de los estudios de televisión y radio, el permanente estado de excitación que creen que todo el mundo comparte, en realidad no es más que un teatro de exageraciones de esa megaproducción llamada actualidad.
Todavía los ideólogos del control total no se dan cuenta de que el pequeño hombre que abre un diario o enciende un aparato no es un feligrés sino un ser reactivo que disfruta de la noticia. Se detiene en esas caras graves y preocupadas a cargo de los informativos, se identifica con las indignaciones que padece el locutor, prestaba atención a lo que proponía Bernardo Neustadt que soportó el odio de la mayoría de sus connacionales con el más alto rating que haya logrado un periodista.
¿Qué características tiene un lector ecléctico? Hay dos tipos de lectores con estas características. Uno es el que no lee los diarios durante la semana porque no tiene tiempo, se satisface con la televisión, y junta varios periódicos el domingo para leerlos a la mañana, tarde y noche, con alternancias de siestas y comidas. Otro es el que usa los diarios como material de trabajo ya que quiere por razones de oficio tener una idea de los acontecimientos de actualidad a través de la expresión de los sectores de la sociedad en los nichos informativos.
La realidad es una cebolla que se pela, o para ser más tajante, un alcaucil sin corazón. Las noticias se fabrican y la realidad se entrega por partes. Consumimos trozos de una actualidad sin fin a elección del oferente, y cambiamos de diario, dial y canal si queremos degustar otro sabor.
Ya todo el mundo parece estar de acuerdo en que no existe la objetividad. Y también se está de acuerdo en que se transmiten verdades parciales. Por eso el periodismo hegemónico en nuestro país es el que confronta verdades parciales. Es decir mentiras acotadas.
Pero los diarios no se identifican sólo con su línea editorial, por el hecho de que además escriben en él periodistas que no son todos iguales. Se me ocurre que el mejor diario o medio de comunicación en general es aquel que tiene la mayor heterogeneidad posible de pensamiento periodístico.
No existe, salvo casos aislados, en nuestro país, un periodismo de pensamiento que se preocupe por plantear problemas, averiguar datos, sumar informaciones, ofrecer del modo más completo y crítico un panorama lo más exhaustivo posible respecto de cualquier tema.
Despreciamos el oficio y más aún a los receptores de la información. Hay tan pocas excepciones que esta realidad parece no tener fisuras. Da la sensación que los que están a cargo de la actualidad se esmeran por encontrar cada día o cada semana un argumento a favor o en contra de un enemigo declarado. Es ésa la que creen los periodistas que es su tarea. Como que no tuvieran otra. O son pastores de la corrección y de la indignación moral o parte de una cruzada de justicieros con micrófono. Nadie quiere perder a sus “compañeros”, clientes o avisadores con sorpresas desagradables, como las que se tiene si un análisis o una información va a contracorriente de un deseo del consumidor o de algún patrón estatal o privado.
Hay que dar masticado lo que se espera, y siempre lo mismo.
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martes, mayo 11
En este bicentenario
Por Felipe Pigna
Llegó finalmente el mes tan mentado, mayo, el mes del Bicentenario. Enorme oportunidad para pensar y pensarnos, para retomar la senda marcada por nuestros padres fundadores y honrar el mandato histórico de Mayo de 1810 tan manipulado durante estos doscientos años. Porque aquellos sueños de libertad e inclusión, de industria, progreso, justicia y educación para todos fueron trocados por la justificación de la llegada y permanencia en el poder de una elite que se decía continuadora de los ideales de mayo pero que en realidad practicaba todo lo contrario.
La línea Mayo-Caseros es en todo caso muy sinuosa y caprichosa.
Los hombres que encararon el Proceso de Organización Nacional tras la derrota del interior en Pavón comenzaron en 1862 con Mitre a crear un nuevo Estado centralizado en el que el principal rubro del presupuesto estaba constituido por los gastos militares de un flamante ejército nacional que nacía con una hipótesis de conflicto muy clara: la represión interna a los movimientos provinciales que se resistían a aceptar la hegemonía del puerto de Buenos Aires y el sometimiento a sus políticas. Estos dirigentes reivindicaban de palabra la revolución y a sus hombres pasteurizándolos, quitándoles todo contenido cuestionador y revolucionario. Si hasta llegaron a negarle legitimidad al Plan de operaciones de Mariano Moreno argumentando que era apócrifo. Claro que leyendo aquella obra basal del pensamiento morenista uno entiende por qué los autodenominados liberales argentinos se quieren despegar de aquel Moreno que escribía: “Una cantidad de 200 o 300 millones de pesos puestos en el centro del Estado para la fomentación de las artes, agricultura, navegación, etc., producirán en pocos años un continente laborioso, instruido y virtuoso, sin necesidad de buscar exteriormente nada de lo que necesite para la conservación de sus habitantes, no hablando de aquellas manufacturas que, siendo como un vicio corrompido, son de un lujo excesivo e inútil, que deben evitarse principalmente porque son extranjeras y se venderán a más oro de lo que pesan”. Este era el “liberal” Moreno. Era lógico que, según su costumbre que se iría perfeccionando, quisieran hacer desaparecer aquel escrito que les complicaba su instalación de la idea de la “herencia” de los mejores ideales de Mayo, no convenía que Moreno explicitara tan claramente la necesidad de la inversión del Estado en infraestructura para cambiar el modelo de país de pastoril exportador para unos pocos a industrial, agrícola y moderno para muchos. No podía aparecer nada menos que Moreno criticando las importaciones suntuarias, tan “necesarias” para nuestras señoras y señores de la burguesía terrateniente que se disfrazaban de liberales.
Tenemos en este 2010 la oportunidad de acercarnos a aquel pensamiento no desde la nostalgia de lo que fue y no será, sino desde la lógica que revaloriza un pensamiento que mantiene una extraordinaria vigencia y que puede sernos de una gran utilidad en la tarea de reconstrucción y puesta en marcha de un modelo productivo inclusivo en el que nadie se quede afuera. Esto proponía hace doscientos años Manuel Belgrano: “Es de necesidad poner los medios para que puedan entrar al orden de sociedad los que ahora casi se avergüenzan de presentarse a sus conciudadanos por su desnudez y miseria, y esto lo hemos de conseguir si se le dan propiedades que se podría obligar a la venta de los terrenos que no se cultivan, al menos en una mitad, si en un tiempo dado no se hacían las plantaciones por los propietarios; y mucho más se les debería obligar a los que tienen sus tierras enteramente desocupadas, y están colinderas con nuestras poblaciones de campaña, cuyos habitadores están rodeados de grandes propietarios y no tienen ni en común ni en particular ninguna de las gracias que les concede la ley: motivo porque no adelantan”.
Revista Caras y Caretas
Llegó finalmente el mes tan mentado, mayo, el mes del Bicentenario. Enorme oportunidad para pensar y pensarnos, para retomar la senda marcada por nuestros padres fundadores y honrar el mandato histórico de Mayo de 1810 tan manipulado durante estos doscientos años. Porque aquellos sueños de libertad e inclusión, de industria, progreso, justicia y educación para todos fueron trocados por la justificación de la llegada y permanencia en el poder de una elite que se decía continuadora de los ideales de mayo pero que en realidad practicaba todo lo contrario.
La línea Mayo-Caseros es en todo caso muy sinuosa y caprichosa.
Los hombres que encararon el Proceso de Organización Nacional tras la derrota del interior en Pavón comenzaron en 1862 con Mitre a crear un nuevo Estado centralizado en el que el principal rubro del presupuesto estaba constituido por los gastos militares de un flamante ejército nacional que nacía con una hipótesis de conflicto muy clara: la represión interna a los movimientos provinciales que se resistían a aceptar la hegemonía del puerto de Buenos Aires y el sometimiento a sus políticas. Estos dirigentes reivindicaban de palabra la revolución y a sus hombres pasteurizándolos, quitándoles todo contenido cuestionador y revolucionario. Si hasta llegaron a negarle legitimidad al Plan de operaciones de Mariano Moreno argumentando que era apócrifo. Claro que leyendo aquella obra basal del pensamiento morenista uno entiende por qué los autodenominados liberales argentinos se quieren despegar de aquel Moreno que escribía: “Una cantidad de 200 o 300 millones de pesos puestos en el centro del Estado para la fomentación de las artes, agricultura, navegación, etc., producirán en pocos años un continente laborioso, instruido y virtuoso, sin necesidad de buscar exteriormente nada de lo que necesite para la conservación de sus habitantes, no hablando de aquellas manufacturas que, siendo como un vicio corrompido, son de un lujo excesivo e inútil, que deben evitarse principalmente porque son extranjeras y se venderán a más oro de lo que pesan”. Este era el “liberal” Moreno. Era lógico que, según su costumbre que se iría perfeccionando, quisieran hacer desaparecer aquel escrito que les complicaba su instalación de la idea de la “herencia” de los mejores ideales de Mayo, no convenía que Moreno explicitara tan claramente la necesidad de la inversión del Estado en infraestructura para cambiar el modelo de país de pastoril exportador para unos pocos a industrial, agrícola y moderno para muchos. No podía aparecer nada menos que Moreno criticando las importaciones suntuarias, tan “necesarias” para nuestras señoras y señores de la burguesía terrateniente que se disfrazaban de liberales.
Tenemos en este 2010 la oportunidad de acercarnos a aquel pensamiento no desde la nostalgia de lo que fue y no será, sino desde la lógica que revaloriza un pensamiento que mantiene una extraordinaria vigencia y que puede sernos de una gran utilidad en la tarea de reconstrucción y puesta en marcha de un modelo productivo inclusivo en el que nadie se quede afuera. Esto proponía hace doscientos años Manuel Belgrano: “Es de necesidad poner los medios para que puedan entrar al orden de sociedad los que ahora casi se avergüenzan de presentarse a sus conciudadanos por su desnudez y miseria, y esto lo hemos de conseguir si se le dan propiedades que se podría obligar a la venta de los terrenos que no se cultivan, al menos en una mitad, si en un tiempo dado no se hacían las plantaciones por los propietarios; y mucho más se les debería obligar a los que tienen sus tierras enteramente desocupadas, y están colinderas con nuestras poblaciones de campaña, cuyos habitadores están rodeados de grandes propietarios y no tienen ni en común ni en particular ninguna de las gracias que les concede la ley: motivo porque no adelantan”.
Revista Caras y Caretas
domingo, mayo 9
¡Bienvenidos al tren!
Por Daniel Flichtentrei
Soy médico y me ha ocurrido —cientos de veces— que mientras asisto a una persona internada sus familiares y amigos atan cintas rojas a las patas de la cama, pegan estampitas de santos en la cabecera, arman altares en la mesita de luz, dejan botellas con líquidos bendecidos, ramitas de rudamacho debajo de la almohada, rezan, cantan, oran, bailan. He atendido a gitanos mientras su comunidad entera acampaba en las puertas del hospital en una vigilia de multitudes y hasta que el paciente no era dado de alta no se movían de allí. Aprendido el lenguaje de los presos y la jerga de las prostitutas. Vi a un detenido sobornar a un policía para que le trajera una foto autografiada de “Gilda” y al miserable aceptar el arrugado billete de diez pesos que escondía dentro de la media para hacerlo. Me hice el distraído mientras una madre le “tiraba el cuerito” y rodeaba con una cinta el abdomen de su hijo minutos antes de entrar al quirófano con los intestinos perforados. Ingresé a la habitación de un paciente con la lentitud suficiente como para que su esposa ocultara una caja con gorgojos que colocaba sobre su espalda cuando yo no la veía. Permití el ingreso a la sala de internados de sacerdotes, curanderos, chamanes, un “pai” umbanda que danzó alrededor del moribundo durante toda la noche, y no sé cuántas cosas más. Compartí pacientes con el “Gauchito” Gil, con la Virgen Desatanudos, San La Muerte, Pancho Sierra, el padre Mario, la Madre María, y otros tantos colegas. Formamos un buen equipo y, entre todos, hacemos lo que podemos.
Me resultaba incomprensible que las personas vinieran al hospital al sentirse enfermas pero al mismo tiempo confiaran en que otras estrategias podían sanarlas. Si era así, ¿por qué no se internaban en sus templos?
Hace algunos años una señora correntina a quien le pregunté esto me dijo: “No se enoje, pero lo que pasa, doctorcito, es que estamos enfermos de más cosas de las que ustedes pueden curarnos, y confiamos en la medicina menos de lo que ustedes pueden tolerar”. Se llamaba Herminia y murió a los pocos días. Aún hoy pienso en ella a menudo, pero ya no me hago más esa estúpida pregunta.
El acto médico emplea una enorme diversidad de recursos, entre ellos, la propia figura de quien lo ejerce. La presencia, la palabra, la actitud y una cantidad de cuestiones misteriosas que operan en el encuentro entre médico y paciente ejercen su efecto terapéutico sobre la persona que padece.
Desde el momento en que cualquier enfermedad implica un padecimiento subjetivo y una repercusión social, y no sólo una alteración de la homeostasis, influir sobre aquellas dimensiones forma parte de la cura o el alivio. Una mano que se estrecha con firmeza y que transmite decisión y afecto, una mirada que se dirige a los ojos y no a los papeles o a las pantallas, el silencio respetuoso e interesado de la escucha atenta; en fin, una persona que hace saber al otro que lo que a él le ocurre es importante y despierta su interés: eso también es un remedio, ¡un extraordinario remedio!
Algunas disciplinas tomaron la decisión de someterse a la prueba de los investigadores. Ellos determinan sus efectos, los mecanismos mediante los cuales se producen y su eficacia. Sólo entonces se dispone de ellas como recursos de tratamiento. La mayor experiencia se realiza con actividades como la meditación y otras prácticas de origen budista. El Dalai Lama fue un pionero en este diálogo fecundo entre científicos y disciplinas espirituales. Los estudios realizados muestran algunos resultados sorprendentes y permitieron esclarecer la naturaleza biológica de muchas de las experiencias que viven quienes practican estas técnicas. En muchos lugares del mundo ya se incorporaron de manera regular como recomendaciones médicas para enfermedades muy diferentes. Famosos investigadores como Daniel Goleman, Richard Davidson y Marco Iacoboni publicaron trabajos sobre el tema.
No es verdad que la ciencia sea un reducto encerrado en sus pruebas de laboratorio. La vida entera es su objeto de estudio. El cuerpo humano es un organismo social y en permanente interacción con el medio. La ventaja de la ciencia es que tiene un procedimiento para hacerlo, que sabe lo que ignora, que tiene conciencia de que sus conocimientos son provisorios y los somete a prueba. Todo lo que demuestre beneficios para las personas se convertirá en una herramienta legítima a utilizar. La ciencia interviene en casi todo lo que conocemos pero también tiene plena conciencia de lo poco que eso significa ante la inconmensurable experiencia de vivir. Nadie debería permitir que se lo asista si aquello con lo que se pretende tratar su padecimiento no puede exhibir las evidencias que lo justifican. Quienes se resisten a la evaluación rigurosa u ocultan las pruebas de su ineficacia son imprudentes o falsificadores. No sería tan grave si todos estuviésemos alertados de ello, si sus prácticas se mantuviesen por fuera de las instituciones de salud. Pero no es así. La impostura, las creencias sin demostraciones, las prácticas improvisadas e ignorantes también habitan en algunos consultorios. La salud y la enfermedad reclaman más de lo que la medicina puede aportar. Hay criterios y reglas básicas que se deben cumplir antes de llegar a los que sufren. Sin prejuicios, sin hegemonías. Los necesitamos, los esperamos, ¡bienvenidos al tren!
Flichtentrei es cardiólogo y jefe de contenidos médicos de Intramed.
Revista Newsweek
Soy médico y me ha ocurrido —cientos de veces— que mientras asisto a una persona internada sus familiares y amigos atan cintas rojas a las patas de la cama, pegan estampitas de santos en la cabecera, arman altares en la mesita de luz, dejan botellas con líquidos bendecidos, ramitas de rudamacho debajo de la almohada, rezan, cantan, oran, bailan. He atendido a gitanos mientras su comunidad entera acampaba en las puertas del hospital en una vigilia de multitudes y hasta que el paciente no era dado de alta no se movían de allí. Aprendido el lenguaje de los presos y la jerga de las prostitutas. Vi a un detenido sobornar a un policía para que le trajera una foto autografiada de “Gilda” y al miserable aceptar el arrugado billete de diez pesos que escondía dentro de la media para hacerlo. Me hice el distraído mientras una madre le “tiraba el cuerito” y rodeaba con una cinta el abdomen de su hijo minutos antes de entrar al quirófano con los intestinos perforados. Ingresé a la habitación de un paciente con la lentitud suficiente como para que su esposa ocultara una caja con gorgojos que colocaba sobre su espalda cuando yo no la veía. Permití el ingreso a la sala de internados de sacerdotes, curanderos, chamanes, un “pai” umbanda que danzó alrededor del moribundo durante toda la noche, y no sé cuántas cosas más. Compartí pacientes con el “Gauchito” Gil, con la Virgen Desatanudos, San La Muerte, Pancho Sierra, el padre Mario, la Madre María, y otros tantos colegas. Formamos un buen equipo y, entre todos, hacemos lo que podemos.
Me resultaba incomprensible que las personas vinieran al hospital al sentirse enfermas pero al mismo tiempo confiaran en que otras estrategias podían sanarlas. Si era así, ¿por qué no se internaban en sus templos?
Hace algunos años una señora correntina a quien le pregunté esto me dijo: “No se enoje, pero lo que pasa, doctorcito, es que estamos enfermos de más cosas de las que ustedes pueden curarnos, y confiamos en la medicina menos de lo que ustedes pueden tolerar”. Se llamaba Herminia y murió a los pocos días. Aún hoy pienso en ella a menudo, pero ya no me hago más esa estúpida pregunta.
El acto médico emplea una enorme diversidad de recursos, entre ellos, la propia figura de quien lo ejerce. La presencia, la palabra, la actitud y una cantidad de cuestiones misteriosas que operan en el encuentro entre médico y paciente ejercen su efecto terapéutico sobre la persona que padece.
Desde el momento en que cualquier enfermedad implica un padecimiento subjetivo y una repercusión social, y no sólo una alteración de la homeostasis, influir sobre aquellas dimensiones forma parte de la cura o el alivio. Una mano que se estrecha con firmeza y que transmite decisión y afecto, una mirada que se dirige a los ojos y no a los papeles o a las pantallas, el silencio respetuoso e interesado de la escucha atenta; en fin, una persona que hace saber al otro que lo que a él le ocurre es importante y despierta su interés: eso también es un remedio, ¡un extraordinario remedio!
Algunas disciplinas tomaron la decisión de someterse a la prueba de los investigadores. Ellos determinan sus efectos, los mecanismos mediante los cuales se producen y su eficacia. Sólo entonces se dispone de ellas como recursos de tratamiento. La mayor experiencia se realiza con actividades como la meditación y otras prácticas de origen budista. El Dalai Lama fue un pionero en este diálogo fecundo entre científicos y disciplinas espirituales. Los estudios realizados muestran algunos resultados sorprendentes y permitieron esclarecer la naturaleza biológica de muchas de las experiencias que viven quienes practican estas técnicas. En muchos lugares del mundo ya se incorporaron de manera regular como recomendaciones médicas para enfermedades muy diferentes. Famosos investigadores como Daniel Goleman, Richard Davidson y Marco Iacoboni publicaron trabajos sobre el tema.
No es verdad que la ciencia sea un reducto encerrado en sus pruebas de laboratorio. La vida entera es su objeto de estudio. El cuerpo humano es un organismo social y en permanente interacción con el medio. La ventaja de la ciencia es que tiene un procedimiento para hacerlo, que sabe lo que ignora, que tiene conciencia de que sus conocimientos son provisorios y los somete a prueba. Todo lo que demuestre beneficios para las personas se convertirá en una herramienta legítima a utilizar. La ciencia interviene en casi todo lo que conocemos pero también tiene plena conciencia de lo poco que eso significa ante la inconmensurable experiencia de vivir. Nadie debería permitir que se lo asista si aquello con lo que se pretende tratar su padecimiento no puede exhibir las evidencias que lo justifican. Quienes se resisten a la evaluación rigurosa u ocultan las pruebas de su ineficacia son imprudentes o falsificadores. No sería tan grave si todos estuviésemos alertados de ello, si sus prácticas se mantuviesen por fuera de las instituciones de salud. Pero no es así. La impostura, las creencias sin demostraciones, las prácticas improvisadas e ignorantes también habitan en algunos consultorios. La salud y la enfermedad reclaman más de lo que la medicina puede aportar. Hay criterios y reglas básicas que se deben cumplir antes de llegar a los que sufren. Sin prejuicios, sin hegemonías. Los necesitamos, los esperamos, ¡bienvenidos al tren!
Flichtentrei es cardiólogo y jefe de contenidos médicos de Intramed.
Revista Newsweek
miércoles, mayo 5
Es posible viajar en el tiempo, según Stephen Hawkins
El reconocido astrofísico británico Stephen Hawking cree que viajar en el tiempo es posible y que podría suponer la salvación futura de la humanidad. Su afirmación, basada en la Teoría de la Relatividad de Einstein, ha recibido recientemente el apoyo experimental desde el colisionador de partículas LHC o llamado "la máquina de Dios".
El científico Brian Cox, quien trabajó en el proyecto LHC, ratifica las palabras de Hawking: "Cuando aceleramos partículas diminutas al 99.99% de la velocidad de la luz en el LHC de Ginebra, el tiempo transcurrido para ellas es un sietemilésima más lento del que medimos con nuestros relojes". Afirmó.
La hipótesis de Hawking dice que si una nave que transportara a humanos podría acelerar hasta el 98% de la velocidad de la luz a lo largo de seis años (tiempo que tomaría en alcanzar esa velocidad), cada día transcurrido en la nave supondría un año en la Tierra.
De esta manera, cuando la Tierra se vuelva inhabitable por nuestro mismo mal accionar, los hombres podrían viajar en esa nave y repoblar nuestro planeta muchos años más tarde, teniendo en cuenta que cada año en el espacio equivaldría a 365 años en la Tierra.
Desde hace muchos años que Hawking se refiere a la posibilidad concreta de poder viajar por el tiempo, aunque reconoce que la tecnología necesaria puede recién alcanzarse en el futuro.
Aliens peligrosos. Hawking, uno de los más respetados genios pensadores de la era, ha sido noticia últimamente por temas menos "académicos". La semana pasada había sido noticia por declarar en una entrevista que "lo mejor que podíamos hacer los humanos era no contactar a los extraterrestres, por nuestra propia seguridad".
"Si los aliens alguna vez nos visitan, creo que el resultado sería muy parecido a lo que ocurrió cuando Cristóbal Colón arribó por primera vez a América, lo que no resultó muy bien para los nativos", afirmó el científico al periódico The Times.
"Sólo tenemos que mirarnos a nosotros mismos para ver cómo la vida inteligente puede evolucionar a algo que no nos gustaría conocer. Imagino que podrían existir naves masivas, que han utilizado todos los recursos de su planeta nativo. Aliens tan avanzados quizás se convertirían en nómades, buscando conquistar y colonizar cualquier planeta que alcancen", agregó.
Como opción alternativa, dijo Hawking, puede ser que quizás a los aliens simplemente les gustaría tener otro planeta más porque sí. El simple hecho de que puedan llegar hasta aquí a través de un viaje interestelar sugiere que tendrían la capacidad de vencer a la humanidad (contrario a lo que nos dicen las películas de Hollywood) y convertirnos en esclavos, o a vivir en reservas como se hizo con los indígenas en la colonia.
Las afirmaciones de Hawking se pueden apuntar en el documental que este mes es difundido por, Discovery Channel llamado "El Universo de Stephen Hawking".
www.diariodecultura.com
El científico Brian Cox, quien trabajó en el proyecto LHC, ratifica las palabras de Hawking: "Cuando aceleramos partículas diminutas al 99.99% de la velocidad de la luz en el LHC de Ginebra, el tiempo transcurrido para ellas es un sietemilésima más lento del que medimos con nuestros relojes". Afirmó.
La hipótesis de Hawking dice que si una nave que transportara a humanos podría acelerar hasta el 98% de la velocidad de la luz a lo largo de seis años (tiempo que tomaría en alcanzar esa velocidad), cada día transcurrido en la nave supondría un año en la Tierra.
De esta manera, cuando la Tierra se vuelva inhabitable por nuestro mismo mal accionar, los hombres podrían viajar en esa nave y repoblar nuestro planeta muchos años más tarde, teniendo en cuenta que cada año en el espacio equivaldría a 365 años en la Tierra.
Desde hace muchos años que Hawking se refiere a la posibilidad concreta de poder viajar por el tiempo, aunque reconoce que la tecnología necesaria puede recién alcanzarse en el futuro.
Aliens peligrosos. Hawking, uno de los más respetados genios pensadores de la era, ha sido noticia últimamente por temas menos "académicos". La semana pasada había sido noticia por declarar en una entrevista que "lo mejor que podíamos hacer los humanos era no contactar a los extraterrestres, por nuestra propia seguridad".
"Si los aliens alguna vez nos visitan, creo que el resultado sería muy parecido a lo que ocurrió cuando Cristóbal Colón arribó por primera vez a América, lo que no resultó muy bien para los nativos", afirmó el científico al periódico The Times.
"Sólo tenemos que mirarnos a nosotros mismos para ver cómo la vida inteligente puede evolucionar a algo que no nos gustaría conocer. Imagino que podrían existir naves masivas, que han utilizado todos los recursos de su planeta nativo. Aliens tan avanzados quizás se convertirían en nómades, buscando conquistar y colonizar cualquier planeta que alcancen", agregó.
Como opción alternativa, dijo Hawking, puede ser que quizás a los aliens simplemente les gustaría tener otro planeta más porque sí. El simple hecho de que puedan llegar hasta aquí a través de un viaje interestelar sugiere que tendrían la capacidad de vencer a la humanidad (contrario a lo que nos dicen las películas de Hollywood) y convertirnos en esclavos, o a vivir en reservas como se hizo con los indígenas en la colonia.
Las afirmaciones de Hawking se pueden apuntar en el documental que este mes es difundido por, Discovery Channel llamado "El Universo de Stephen Hawking".
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