Por Ernesto Sábato, 1911-2011
Me llamo Ernesto, porque cuando nací, el 24 de junio de 1911, día del nacimiento de san Juan Bautista, acababa de morir el otro Ernesto, al que, aun en su vejez, mi madre siguió llamando Ernestito, porque murió siendo una criatura. "Aquel niño no era para este mundo", decía. Creo que nunca la vi llorar -tan estoica y valiente fue a lo largo de su vida-, pero, seguramente, lo haya hecho a solas. Y tenía noventa años cuando mencionó, por última vez, con sus ojos humedecidos, al remoto Ernestito. Lo que prueba que los años, las desdichas, las desilusiones, lejos de facilitar el olvido, como se suele creer, tristemente lo refuerzan.
Aquel nombre, aquella tumba, siempre tuvieron para mí algo de nocturno, y tal vez haya sido la causa de mi existencia tan dificultosa, al haber sido marcado por esa tragedia, ya que entonces estaba en el vientre de mi madre; y motivó, quizá, los misteriosísimos pavores que sufrí de chico, las alucinaciones en las que de pronto alguien se me aproximaba con una linterna, un hombre a quien me era imposible evitar, aunque me escondiera temblando debajo de las cobijas. O aquella otra pesadilla en la que me sentía solo en una cósmica bóveda, tiritando ante algo o alguien -no lo puedo precisar- que vagamente me recordaba a mi padre. Durante mucho tiempo padecí sonambulismo. Yo me levantaba desde el último cuarto donde dormíamos con Arturo, mi hermano menor, y, sin tropezar jamás ni despertarme, iba hasta el dormitorio de mis padres, hablaba con mamá y luego volvía a mi cuarto. Me acostaba sin saber nada de lo que había pasado, sin la menor conciencia. De modo que cuando a la mañana ella me decía, con tristeza -¡tanto sufrió por mí!-, con voz apenas audible: "Anoche te levantaste y me pediste agua", yo sentía un extraño temblor. Ella temía ese sonambulismo, me lo dijo muchos años más tarde, cuando me enviaron a La Plata para hacer los estudios secundarios, y ya ella no estuvo para protegerme. Pobre mamá, no comprendía, ni yo tampoco en aquel entonces, que ese tormento en gran parte era el resultado de la convivencia espartana, regida por mi padre.
La tierra de mi infancia, como un pueblo estremecido por fuerzas extrañas, se hallaba invadida por el terror que sentía hacia él. Lloraba a escondidas, ya que nos estaba prohibido hacerlo, y, para evitar sus ataques de violencia, mamá corría a ocultarme. Con tal desesperación mi madre se había aferrado a mí para protegerme, sin desearlo, ya que su amor y su bondad eran infinitos, que acabó aislándome del mundo. Convertido en un niño solo y asustado, desde la ventana contemplaba el mundo de trompos y escondidas que me había sido vedado.
De alguna manera, nunca dejé de ser el niño solitario que se sintió abandonado, por lo que he vivido bajo una angustia semejante a la de Pessoa: "Seré siempre el que esperó a que le abrieran la puerta, junto a un muro sin puerta".
Y así, de una u otra forma, necesité compasión y cariño.
Decía Walter Benjamín que un libro de citas de otros, sería un libro perfecto, ya que estas enriquecen lo nuestro y convierten nuestra obra en una “obra colectiva”. Lejos de la perfección se encuentra esta iniciativa, pero si vale como lugar donde compartir distintos textos, con el sentido de entender este día a día que nos toca en el mundo. La intención no será cambiarlo, sólo la de tratar de entenderlo.
martes, mayo 3
miércoles, abril 27
70 años de El Ciudadano
El 1 de mayo de 1941 se estrenó en Nueva York la ópera prima de Orson Welles, que se convirtió en un clásico indiscutido del séptimo arte. Por qué se la considera la mejor película de todos los tiempos.
Por Melisa Miranda Castro
Dicen que la tercera es la vencida y así lo fue para Orson Welles, que antes de estrenar el filme que lo consagró para siempre en la historia del cine y que le permitió ganar su único Oscar –como “Mejor Guión Original”– intentó poner en marcha un par de proyectos que no prosperaron. El próximo 1 de mayo, se cumplirán siete décadas del debut que marcó un antes y un después en el séptimo arte. El ciudadano (Citizen Kane) se proyectó por primera vez en 1941 y revolucionó al mundo con una nueva manera de narrar, comenzando la película con el final y utilizando el flashback para construir el rompecabezas que es la trama. Todos los recursos incorporados por Welles –quien dirigió, escribió y actuó- hicieron que esta película se convirtiera en una pieza única, que inauguró una nueva era cinematográfica, que no pudo dejar de mirarla e inspirarse en ella para continuar evolucionando. La producción llevó nueve meses de montaje y fue protagonizada por Welles, que interpretó el papel de Kane, Joseph Cotten como el periodista y Dorothy Comingore, en la piel de la última esposa del millonario muerto.
El filme cuenta la historia de un magnate de los medios, “Charles Foster Kane”, que muere en su mansión, con sus sirvientes como únicos testigos de su fallecimiento. Su última palabra antes de partir es: “Rosebud”. Esto genera una investigación, encabezada por un periodista, que se encarga de entrevistar a todas las personas que trabajaron con “Kane” o estuvieron relacionadas a él de alguna manera, para averiguar el significado de esa misteriosa palabra. Para escribir esta película, junto con Herman Mankiewicz, Welles se inspiró en William Hearst, un multimillonario estadounidense de la época, promotor de la llamada “prensa amarilla” y considerado el dueño del mayor monopolio periodístico de todos los tiempos. Pero su perfil también cobró fama por su afición desmedida por poseer objetos. Compró palacios y obras de arte de manera compulsiva, y tuvo excentricidades como adquirir el monasterio de Santa María en Segovia y trasladarlo ladrillo a ladrillo a los Estados Unidos. Basado en la explosiva vida de Hearst, Welles escribió el guión de El ciudadano y, aunque cambió nombres y referencias, dejó ciertos guiños, como la palabra “Rosebud”, que “Kane” pronuncia antes de morir, que es el apodo con el que el magnate llamaba a Marion Davies, la actriz que era su pareja; o cuando al principio de la película nombran a próceres norteamericanos y Hearst está entre ellos. La película fue un éxito, a pesar de la campaña de desprestigio que le lanzó el padre del sensacionalismo, desde sus diecisiete diarios, algunas decenas de revistas y varias radios. El círculo íntimo del magnate intentó comprar los derechos para que nunca se pudiera estrenar el filme, pero no lo lograron. Aunque Welles pasó a formar parte de la lista negra de Hollywood.
En agosto de 1941, el mismísimo Jorge Luis Borges se ocupó de escribir la crítica de la película en la revista “Sur”, que concluyó con las siguientes palabras: “Me atrevo a sospechar, sin embargo, que ‘Citizen Kane’ perdurará como ‘perduran’ ciertos filmes de (David Wark) Griffith o de (Vsévolod) Pudovkin, cuyo valor histórico nadie niega, pero que nadie se resigna a rever. Adolece de gigantismo, de pedantería, de tedio. No es inteligente, es genial: en el sentido más nocturno y más alemán de esta mala palabra”.
fuente, http://www.elargentino.com/nota-135297-70-anos-de-El-Ciudadano.html
Por Melisa Miranda Castro
Dicen que la tercera es la vencida y así lo fue para Orson Welles, que antes de estrenar el filme que lo consagró para siempre en la historia del cine y que le permitió ganar su único Oscar –como “Mejor Guión Original”– intentó poner en marcha un par de proyectos que no prosperaron. El próximo 1 de mayo, se cumplirán siete décadas del debut que marcó un antes y un después en el séptimo arte. El ciudadano (Citizen Kane) se proyectó por primera vez en 1941 y revolucionó al mundo con una nueva manera de narrar, comenzando la película con el final y utilizando el flashback para construir el rompecabezas que es la trama. Todos los recursos incorporados por Welles –quien dirigió, escribió y actuó- hicieron que esta película se convirtiera en una pieza única, que inauguró una nueva era cinematográfica, que no pudo dejar de mirarla e inspirarse en ella para continuar evolucionando. La producción llevó nueve meses de montaje y fue protagonizada por Welles, que interpretó el papel de Kane, Joseph Cotten como el periodista y Dorothy Comingore, en la piel de la última esposa del millonario muerto.
El filme cuenta la historia de un magnate de los medios, “Charles Foster Kane”, que muere en su mansión, con sus sirvientes como únicos testigos de su fallecimiento. Su última palabra antes de partir es: “Rosebud”. Esto genera una investigación, encabezada por un periodista, que se encarga de entrevistar a todas las personas que trabajaron con “Kane” o estuvieron relacionadas a él de alguna manera, para averiguar el significado de esa misteriosa palabra. Para escribir esta película, junto con Herman Mankiewicz, Welles se inspiró en William Hearst, un multimillonario estadounidense de la época, promotor de la llamada “prensa amarilla” y considerado el dueño del mayor monopolio periodístico de todos los tiempos. Pero su perfil también cobró fama por su afición desmedida por poseer objetos. Compró palacios y obras de arte de manera compulsiva, y tuvo excentricidades como adquirir el monasterio de Santa María en Segovia y trasladarlo ladrillo a ladrillo a los Estados Unidos. Basado en la explosiva vida de Hearst, Welles escribió el guión de El ciudadano y, aunque cambió nombres y referencias, dejó ciertos guiños, como la palabra “Rosebud”, que “Kane” pronuncia antes de morir, que es el apodo con el que el magnate llamaba a Marion Davies, la actriz que era su pareja; o cuando al principio de la película nombran a próceres norteamericanos y Hearst está entre ellos. La película fue un éxito, a pesar de la campaña de desprestigio que le lanzó el padre del sensacionalismo, desde sus diecisiete diarios, algunas decenas de revistas y varias radios. El círculo íntimo del magnate intentó comprar los derechos para que nunca se pudiera estrenar el filme, pero no lo lograron. Aunque Welles pasó a formar parte de la lista negra de Hollywood.
En agosto de 1941, el mismísimo Jorge Luis Borges se ocupó de escribir la crítica de la película en la revista “Sur”, que concluyó con las siguientes palabras: “Me atrevo a sospechar, sin embargo, que ‘Citizen Kane’ perdurará como ‘perduran’ ciertos filmes de (David Wark) Griffith o de (Vsévolod) Pudovkin, cuyo valor histórico nadie niega, pero que nadie se resigna a rever. Adolece de gigantismo, de pedantería, de tedio. No es inteligente, es genial: en el sentido más nocturno y más alemán de esta mala palabra”.
fuente, http://www.elargentino.com/nota-135297-70-anos-de-El-Ciudadano.html
martes, abril 26
Una mirada al corazón del hambre en Argentina
Cuando se va tras la pista de la desnutrición en comunidades indígenas en el noroeste de Argentina, lo que más impacta es la mirada de desesperanza que se observa en muchos de los habitantes.
Y es que en esta zona norte de la provincia de Salta, cerca de Bolivia, la pobreza no se puede disimular.
En lo que va de año al menos 10 niños han muerto en esta región por problemas directos o indirectos de desnutrición, el doble de todo el 2010.
El problema afecta principalmente a la comunidad Wichi, de unas 30.000 personas, distribuidas a lo largo de unas 200 pequeñas aldeas o caseríos en la provincia.
Las de los Wichi son viviendas endebles, sin paredes, cubiertas con sábanas, situadas en medio de barriales.
Las autoridades, médicos y organizaciones no gubernamentales dicen que hay varias causas que explican las muertes de los niños. Pero todos coinciden en el propio argumento del Wichi: los bosques de donde obtenían sus alimentos fueron aplanados por la agricultura.
Lo irónico es que fueron estos mismos campos de cultivos los que en el último lustro convirtieron a Argentina en uno de los mayores exportadores de alimentos del mundo y que impulsaron el crecimiento de 9,5% del PIB que tuvo el país el año pasado.
Rabia
"Yo lo único que sé es que es por falta de alimentos. Muchas veces el trabajo no nos da suficiente para comprar lo necesario", contó a BBC Mundo Marcelino Pérez, cacique de una comunidad llamada Lapacho II, en las afueras un pueblo llamado Tartagal.
Marcelino no sólo está enterado del problema de desnutrición, vivió sus consecuencias en carne propia. Su nieto murió hace algunas semanas por una diarrea, pero que se complicó por la falta de nutrientes en su cuerpo.
Su rostro no es triste ni compungido al recordar el hecho. Más bien es de resignación. Luego vuelve la mirada de desesperanza que pasa ligeramente a la rabia a medida que Marcelino se suelta a hablar.
"Nosotros tenemos aquí a chiquitos muriéndose de hambre y aquí al lado está toda esa comida. Yo me pregunto ¿a dónde va?", señala.
La respuesta para Marcelino es China. Al lado de Lapacho II, como en toda la región, hay miles de hectáreas de plantaciones de soja o maíz cuyo destino suele ser el mercado chino.
Todos estos cultivos ahora están en el lugar de lo que durante siglos fueron bosques. Según el gobierno regional de Salta, entre 1998 y 2005 la deforestación para el campo llegó a unas 600.000 hectáreas, algo así como cuatro veces la Ciudad de México.
Nueva vida
Para el Wichi eso fue un cambio radical en su forma de vida. Esta es una tribu milenaria que estaba acostumbrada a vivir de los bosques por su naturaleza de recolectores y cazadores, en especial de frutas altas en proteína o del pescado del río.
Ahora su principal fuente de alimento son los comedores gubernamentales o los subsidios que reciben.
"Antes de tener este problema de desnutrición podíamos ir al monte a buscar alimento, y con eso nos manteníamos. Ya no", señaló Marcelino.
En el viaje efectuado por la región, BBC Mundo pudo constatar la existencia de kilómetros y kilómetros de campos agrícolas de grandes corporaciones. Incluso hay comunidades indígenas que son prácticamente "islas" dentro de una plantación, cuyas vías de acceso son a través de los sembradíos.
"La etnia Wichi ha sufrido particularmente el problema de desnutrición. Por su carácter de recolectores han sufrido el desmonte", señaló a BBC Mundo el ministro de Salud de Salta, Luis Gabriel Chagra Dib.
Otros factores
Las autoridades no clasifican necesariamente cada muerte infantil como desnutrición. Muchas veces queda registrada la causa de muerte (diarrea o deshidratación) pero no el verdadero origen.
"La falta adecuada de los nutrientes que necesitan colaboran en esas muertes", admite el director de salud social de la provincia de salta, Enrique Heredia.
"Otra cosa que influye es que muchas veces las comunidades indígenas están en zonas muy remotas y cuando tienen un problema con un niño creen que se va a mejorar y no alertan de manera temprana", afirma.
Heredia visita regularmente a los caseríos Wichi para brindar atención médica gratuita. Y asegura que la falta de condiciones sanitarias hace que un niño, sobre todo si carece de la nutrición adecuada, puede sufrir un riesgo mortal de alguna infección o enfermedad corriente.
El gobierno de Salta afirma que en los últimos años la mortalidad infantil viene en descenso, y el ministro de Salud asegura que por el hecho de que la provincia se encuentra en medio de una campaña electoral el problema ha sido magnificado por algunos medios.
"Sin embargo, estamos conscientes de la situación, sabemos que hay un problema, y estamos desde hace tiempo trabajando en ello", señaló Chagra Dib.
Las autoridades de la provincia ya entraron en contacto con la UNICEF, el programa de atención infantil de Naciones Unidas, para obtener apoyo que permita a los Wichi adaptarse a una dieta que les dejó la desforestación.
Según la Cooperadora para la Nutrición Infantil (Conin) al menos un cuarto de millón de niños en Argentina sufre algún grado de desnutrición.
Pero la diferencia para el Wichi es que ha sido el llamado progreso económico el que le profundizó sus problemas.
BBC Mundo, Argentina
Y es que en esta zona norte de la provincia de Salta, cerca de Bolivia, la pobreza no se puede disimular.
En lo que va de año al menos 10 niños han muerto en esta región por problemas directos o indirectos de desnutrición, el doble de todo el 2010.
El problema afecta principalmente a la comunidad Wichi, de unas 30.000 personas, distribuidas a lo largo de unas 200 pequeñas aldeas o caseríos en la provincia.
Las de los Wichi son viviendas endebles, sin paredes, cubiertas con sábanas, situadas en medio de barriales.
Las autoridades, médicos y organizaciones no gubernamentales dicen que hay varias causas que explican las muertes de los niños. Pero todos coinciden en el propio argumento del Wichi: los bosques de donde obtenían sus alimentos fueron aplanados por la agricultura.
Lo irónico es que fueron estos mismos campos de cultivos los que en el último lustro convirtieron a Argentina en uno de los mayores exportadores de alimentos del mundo y que impulsaron el crecimiento de 9,5% del PIB que tuvo el país el año pasado.
Rabia
"Yo lo único que sé es que es por falta de alimentos. Muchas veces el trabajo no nos da suficiente para comprar lo necesario", contó a BBC Mundo Marcelino Pérez, cacique de una comunidad llamada Lapacho II, en las afueras un pueblo llamado Tartagal.
Marcelino no sólo está enterado del problema de desnutrición, vivió sus consecuencias en carne propia. Su nieto murió hace algunas semanas por una diarrea, pero que se complicó por la falta de nutrientes en su cuerpo.
Su rostro no es triste ni compungido al recordar el hecho. Más bien es de resignación. Luego vuelve la mirada de desesperanza que pasa ligeramente a la rabia a medida que Marcelino se suelta a hablar.
"Nosotros tenemos aquí a chiquitos muriéndose de hambre y aquí al lado está toda esa comida. Yo me pregunto ¿a dónde va?", señala.
La respuesta para Marcelino es China. Al lado de Lapacho II, como en toda la región, hay miles de hectáreas de plantaciones de soja o maíz cuyo destino suele ser el mercado chino.
Todos estos cultivos ahora están en el lugar de lo que durante siglos fueron bosques. Según el gobierno regional de Salta, entre 1998 y 2005 la deforestación para el campo llegó a unas 600.000 hectáreas, algo así como cuatro veces la Ciudad de México.
Nueva vida
Para el Wichi eso fue un cambio radical en su forma de vida. Esta es una tribu milenaria que estaba acostumbrada a vivir de los bosques por su naturaleza de recolectores y cazadores, en especial de frutas altas en proteína o del pescado del río.
Ahora su principal fuente de alimento son los comedores gubernamentales o los subsidios que reciben.
"Antes de tener este problema de desnutrición podíamos ir al monte a buscar alimento, y con eso nos manteníamos. Ya no", señaló Marcelino.
En el viaje efectuado por la región, BBC Mundo pudo constatar la existencia de kilómetros y kilómetros de campos agrícolas de grandes corporaciones. Incluso hay comunidades indígenas que son prácticamente "islas" dentro de una plantación, cuyas vías de acceso son a través de los sembradíos.
"La etnia Wichi ha sufrido particularmente el problema de desnutrición. Por su carácter de recolectores han sufrido el desmonte", señaló a BBC Mundo el ministro de Salud de Salta, Luis Gabriel Chagra Dib.
Otros factores
Las autoridades no clasifican necesariamente cada muerte infantil como desnutrición. Muchas veces queda registrada la causa de muerte (diarrea o deshidratación) pero no el verdadero origen.
"La falta adecuada de los nutrientes que necesitan colaboran en esas muertes", admite el director de salud social de la provincia de salta, Enrique Heredia.
"Otra cosa que influye es que muchas veces las comunidades indígenas están en zonas muy remotas y cuando tienen un problema con un niño creen que se va a mejorar y no alertan de manera temprana", afirma.
Heredia visita regularmente a los caseríos Wichi para brindar atención médica gratuita. Y asegura que la falta de condiciones sanitarias hace que un niño, sobre todo si carece de la nutrición adecuada, puede sufrir un riesgo mortal de alguna infección o enfermedad corriente.
El gobierno de Salta afirma que en los últimos años la mortalidad infantil viene en descenso, y el ministro de Salud asegura que por el hecho de que la provincia se encuentra en medio de una campaña electoral el problema ha sido magnificado por algunos medios.
"Sin embargo, estamos conscientes de la situación, sabemos que hay un problema, y estamos desde hace tiempo trabajando en ello", señaló Chagra Dib.
Las autoridades de la provincia ya entraron en contacto con la UNICEF, el programa de atención infantil de Naciones Unidas, para obtener apoyo que permita a los Wichi adaptarse a una dieta que les dejó la desforestación.
Según la Cooperadora para la Nutrición Infantil (Conin) al menos un cuarto de millón de niños en Argentina sufre algún grado de desnutrición.
Pero la diferencia para el Wichi es que ha sido el llamado progreso económico el que le profundizó sus problemas.
BBC Mundo, Argentina
lunes, abril 18
Sería la palabra o la vida
Por Javier Chiabrando
Vea usted (y no se me asuste), pero me parece que sería bueno volver a una época donde una palabra podía costarte la vida. Porque hubo una época donde la palabra podía sacudir el imaginario colectivo, la razón pública, el decoro, escandalizar. Quiero decir: hubo una época donde una palabra podía asustar a la sociedad, ruborizarla, obligarla a pensar. Hoy, me temo, eso ya no es posible. Ya no valen ni las palabrotas, ni las ideas exóticas, ni la obscenidad evidente (son demasiado comunes, están en la televisión cada día, cada hora).
Pongamos como ejemplo dos palabras de uso corriente. Una: Patria, que define tantas cosas que al fin no define nada, y que ha sido utilizada de tal manera por los abanderados de las ideas conservadoras o fascistas, que a cualquiera le resulta difícil incluirla en algún texto o discurso doméstico. Prueben y verán. Es verdad que aún resiste en actos escolares o arengas políticas, pero apenas convoca algo en el oyente, cuando no indiferencia.
Es que su sentido ha sido vaciado por uso y abuso. En cierta forma se parece a ciertos slogans publicitarios o propagandísticos que una vez que han sido lanzados al imaginario colectivo ya no pueden volver a usarse sino como parodia. Nadie podría usar la frase "síganme que no los voy a defraudar", o "la casa está en orden" sin hacer un papelón a menos que sea consciente de que es parodia y sólo parodia.
Otra palabra: Héroe. Remite, ya sea desde la óptica de la ficción o de la más pura realidad, a un hombre que arriesga la vida por otros. Puede tratarse de un prócer, como Belgrano, de un ejemplo necesario, como el Sargento Cabral, o de alguien anónimo que se zambulló en un río para salvar a un chico que se ahogaba. Hoy la palabra héroe es utilizada cada domingo cuando un jugador de fútbol hace un gol (con la rodilla, con la nuca o la mano, sobre la hora, y para hacer que su equipo empate y no se vaya al descenso). La epopeya fue suplantada por la banalidad. Repito: la palabra que define la epopeya de un prócer nacional o similares, se usa hoy para identificar a un hombre que comete un acto vulgar, tanto que volverá a repetirse la semana siguiente.
A mediados del siglo XIX, en París, centro cultural del mundo moderno, dos escritores fueron acusados, juzgados, incluso condenados, por escribir un libro. En el caso de Baudelaire, el libro se llamaba Las Flores del Mal. El de Flaubert, Madame Bovary. Releyendo esos libros hoy, cuesta encontrar los motivos del juicio y la condena (aunque en el caso de Flaubert, la condena repercutió en éxito de ventas). El problema de Flaubert era la forma en que trataba la infidelidad de madame Bovary, la mujer que paga con su vida la exaltación romántica con la que enfrenta al mundo que comienza a debatirse en luchas sociales; de ahí el bovarysmo. El problema de Baudelaire era el canto a la pasión, o como dice uno de sus poemas prohibidos entonces: el canto a la "¡Voluptuosidad, sé siempre mi reina!".
Querer recuperar el espíritu de esa época parece una enorme contradicción, porque en definitiva, el escándalo que azotó la obra de Flaubert, Baudelaire y otros, no era más que censura. Lo que da cierta nostalgia es comprobar que esos censores creían en el poder subversivo de la palabra. Sabían, porque eran censores, conservadores, fascistas pero no salames, que una palabra podía despertar al pueblo, convencerlo de que existe un mundo mejor (en la tierra), de que a veces conviene rebelarse, de que buscar el cambio es razonable y saludable.
Esta nota, que parece un tanto extemporánea, no lo es tanto si prestamos atención a que hoy, en este país, se da una lucha que además de política, es por la posesión de la palabra, y que cada palabra representa intereses ideológicos enfrentados. Digamos, en este rincón, 6, 7, 8 (y clubes de fans) y en el otro Clarín (y clubes de socios). Y nosotros, de un lado o del otro, aunque nos creamos en el ring side. Esos dos ejemplos, esté donde usted esté ubicado ideológicamente, vendría a ser la palabra dicha con todas las letras. Por oposición a eso, vemos la peor de las cobardías posibles cuando del uso de la palabra se trata: del anonimato, que en este caso se daría con ingeniosas cadenas de correos electrónicos sin autores que dan vuelta por el mundo para decir una bobada tras otras, supuestas verdades cuyo valor propagandístico reside en que caen en manos de aquellos que no necesitan más que excusas para repetir ideas huecas, vacías, anónimas, incomprobables, baratas.
En el mismo sentido van las notas periodísticas escritas en potencial o con signos de preguntas. "¿Es Javier Chiabrando el compositor de las porquerías que canta Ricky Martin?"; "Javier Chiabrando estaría desesperado por entrar a la casa de Gran Hermano". Una vez dichas esas palabras, que ni llegan a ser ideas, darán la vuelta al mundo antes de que usted lea esto. Es otra forma de la colonización de la palabra, tema que intenté desarrollar en una nota anterior: "No contaban con mi astucia". En todo caso si recibe un correo difamándome, bórrelo, que es un virus que hará explotar su computadora y quizá su casa. No, mejor hágalo circular, que es prensa gratis, lo que quizá me garantice entrar a la casa de GH o Ricky me invite a salir del closet juntos (lo pensaría; a entrar me negaría rotundamente).
Le regalo una idea brillante al mundo: crear un diario escrito por completo en potencial. No diría nunca la verdad, pero eso es un tema menor. Ya dije en esa misma nota que la verdad es relativa, lo que importa es tener la palabra. Un diario en potencial lograría la epopeya de banalizar la escritura en potencial al punto de desacreditarla a muerte. El primer ejemplar podría lleva el siguiente título de tapa: "Sería mentira todo lo que había sido considerado verdad". O, como dice el escritor norteamericano Richard Ford: "Cada vez que uno tiene razón, debería estar equivocado". Y agarrate Catalina. Pero no olvide que Catalina sería una caprichosa. ¿Es una caprichosa Catalina?
Fuente, Página 12
Vea usted (y no se me asuste), pero me parece que sería bueno volver a una época donde una palabra podía costarte la vida. Porque hubo una época donde la palabra podía sacudir el imaginario colectivo, la razón pública, el decoro, escandalizar. Quiero decir: hubo una época donde una palabra podía asustar a la sociedad, ruborizarla, obligarla a pensar. Hoy, me temo, eso ya no es posible. Ya no valen ni las palabrotas, ni las ideas exóticas, ni la obscenidad evidente (son demasiado comunes, están en la televisión cada día, cada hora).
Pongamos como ejemplo dos palabras de uso corriente. Una: Patria, que define tantas cosas que al fin no define nada, y que ha sido utilizada de tal manera por los abanderados de las ideas conservadoras o fascistas, que a cualquiera le resulta difícil incluirla en algún texto o discurso doméstico. Prueben y verán. Es verdad que aún resiste en actos escolares o arengas políticas, pero apenas convoca algo en el oyente, cuando no indiferencia.
Es que su sentido ha sido vaciado por uso y abuso. En cierta forma se parece a ciertos slogans publicitarios o propagandísticos que una vez que han sido lanzados al imaginario colectivo ya no pueden volver a usarse sino como parodia. Nadie podría usar la frase "síganme que no los voy a defraudar", o "la casa está en orden" sin hacer un papelón a menos que sea consciente de que es parodia y sólo parodia.
Otra palabra: Héroe. Remite, ya sea desde la óptica de la ficción o de la más pura realidad, a un hombre que arriesga la vida por otros. Puede tratarse de un prócer, como Belgrano, de un ejemplo necesario, como el Sargento Cabral, o de alguien anónimo que se zambulló en un río para salvar a un chico que se ahogaba. Hoy la palabra héroe es utilizada cada domingo cuando un jugador de fútbol hace un gol (con la rodilla, con la nuca o la mano, sobre la hora, y para hacer que su equipo empate y no se vaya al descenso). La epopeya fue suplantada por la banalidad. Repito: la palabra que define la epopeya de un prócer nacional o similares, se usa hoy para identificar a un hombre que comete un acto vulgar, tanto que volverá a repetirse la semana siguiente.
A mediados del siglo XIX, en París, centro cultural del mundo moderno, dos escritores fueron acusados, juzgados, incluso condenados, por escribir un libro. En el caso de Baudelaire, el libro se llamaba Las Flores del Mal. El de Flaubert, Madame Bovary. Releyendo esos libros hoy, cuesta encontrar los motivos del juicio y la condena (aunque en el caso de Flaubert, la condena repercutió en éxito de ventas). El problema de Flaubert era la forma en que trataba la infidelidad de madame Bovary, la mujer que paga con su vida la exaltación romántica con la que enfrenta al mundo que comienza a debatirse en luchas sociales; de ahí el bovarysmo. El problema de Baudelaire era el canto a la pasión, o como dice uno de sus poemas prohibidos entonces: el canto a la "¡Voluptuosidad, sé siempre mi reina!".
Querer recuperar el espíritu de esa época parece una enorme contradicción, porque en definitiva, el escándalo que azotó la obra de Flaubert, Baudelaire y otros, no era más que censura. Lo que da cierta nostalgia es comprobar que esos censores creían en el poder subversivo de la palabra. Sabían, porque eran censores, conservadores, fascistas pero no salames, que una palabra podía despertar al pueblo, convencerlo de que existe un mundo mejor (en la tierra), de que a veces conviene rebelarse, de que buscar el cambio es razonable y saludable.
Esta nota, que parece un tanto extemporánea, no lo es tanto si prestamos atención a que hoy, en este país, se da una lucha que además de política, es por la posesión de la palabra, y que cada palabra representa intereses ideológicos enfrentados. Digamos, en este rincón, 6, 7, 8 (y clubes de fans) y en el otro Clarín (y clubes de socios). Y nosotros, de un lado o del otro, aunque nos creamos en el ring side. Esos dos ejemplos, esté donde usted esté ubicado ideológicamente, vendría a ser la palabra dicha con todas las letras. Por oposición a eso, vemos la peor de las cobardías posibles cuando del uso de la palabra se trata: del anonimato, que en este caso se daría con ingeniosas cadenas de correos electrónicos sin autores que dan vuelta por el mundo para decir una bobada tras otras, supuestas verdades cuyo valor propagandístico reside en que caen en manos de aquellos que no necesitan más que excusas para repetir ideas huecas, vacías, anónimas, incomprobables, baratas.
En el mismo sentido van las notas periodísticas escritas en potencial o con signos de preguntas. "¿Es Javier Chiabrando el compositor de las porquerías que canta Ricky Martin?"; "Javier Chiabrando estaría desesperado por entrar a la casa de Gran Hermano". Una vez dichas esas palabras, que ni llegan a ser ideas, darán la vuelta al mundo antes de que usted lea esto. Es otra forma de la colonización de la palabra, tema que intenté desarrollar en una nota anterior: "No contaban con mi astucia". En todo caso si recibe un correo difamándome, bórrelo, que es un virus que hará explotar su computadora y quizá su casa. No, mejor hágalo circular, que es prensa gratis, lo que quizá me garantice entrar a la casa de GH o Ricky me invite a salir del closet juntos (lo pensaría; a entrar me negaría rotundamente).
Le regalo una idea brillante al mundo: crear un diario escrito por completo en potencial. No diría nunca la verdad, pero eso es un tema menor. Ya dije en esa misma nota que la verdad es relativa, lo que importa es tener la palabra. Un diario en potencial lograría la epopeya de banalizar la escritura en potencial al punto de desacreditarla a muerte. El primer ejemplar podría lleva el siguiente título de tapa: "Sería mentira todo lo que había sido considerado verdad". O, como dice el escritor norteamericano Richard Ford: "Cada vez que uno tiene razón, debería estar equivocado". Y agarrate Catalina. Pero no olvide que Catalina sería una caprichosa. ¿Es una caprichosa Catalina?
Fuente, Página 12
miércoles, marzo 30
Trabajo esclavo
La imagen es demoledora, inaguantablemente dolorosa: familias enteras subsistiendo al rayo del sol en impresentables campamentos, con alimentos en mal estado, niños que aprenden antes a trabajar que a jugar ante la mirada de los modernos señores feudales y sus guardaespaldas mediáticos y de los otros. Son las víctimas del trabajo esclavo, término exagerado –según algunos esclavistas de la Mesa de Enlace y alrededores– que siempre, según esas contaminadas fuentes, surgiría del desconocimiento de las condiciones “lógicas e históricas” de los trabajadores temporarios o golondrinas. En este caso, a confesión de partes, refuerzo de pruebas, testimonios contundentes que pueden rastrearse en el Informe Bialet Massé de 1904, que describe las tremendas condiciones laborales de las familias durante las cosechas y compararlas con las actuales. Decía en su ya clásico informe el médico catalán: “El jornal se paga en vales contra casas de negocios, que cuando más les dan la mitad de su importe en dinero, y la otra mitad en mercaderías, cuando no los obligan a tomar el todo en esta forma, ¡y a qué precios, señor! Para ganar esto, trabajan de sol a sol. A las dos y treinta pasado meridiano, no se podía dormir en la pieza que ocupaba, había una temperatura de 35º C, el termómetro al sol marcaba 46º y en el suelo 56,3º, a las cuatro pasado meridiano, todavía marcaba 52º en el suelo. Con semejante fuego en las espaldas sólo un riojano puede trabajar (…) Algunos tienen una carpa que les cuesta cinco o seis pesos: eso es lujo. Los más clavan cuatro estacas en el suelo, y a un metro de altura hacen una cama de palos clavados sobre tres largueros y algunos sobre dos; ponen encima bolsas llenas de pasto seco: ese es el colchón; en la cabecera ponen astillas de quebracho por almohada. De la sábana no hay idea; sobre cuatro palos montan el mosquitero, que es zaraza rala, y allí duermen sin más techo”.
Y es entonces cuando uno ratifica algo que sabe hace mucho: hay que desconfiar de los autodenominados “defensores de la familia”, que incluyen generalmente en sus currículum también su habilidad para defender la propiedad privada y lo que ellos llaman “tradición”. Un caso emblemático es el del amarillo diputado Alfredo Olmedo, que gastó fortunas en publicidad durante todo el verano para que se sepa que está a favor de la familia. El personaje ganó cierta efímera y lamentable fama durante los debates sobre el matrimonio igualitario cuando declaró tener la boca y la cola cerradas y se presentaba en los distintos programas con pancartas que pregonaban la defensa de la familia. Le faltó aclarar que esa defensa no incluía a las decenas de familias sometidas a trabajo esclavo en sus campos o en terrenos explotados por él. Nada nuevo bajo el sol por cierto ya que históricamente estos cruzados “familiares” se caracterizaron por una acérrima hipocresía en la que no disonaban la explotación infantil, los horarios de sol a sol con la lucha por la “institución básica del mundo occidental y cristiano”. ¿En qué momento y en qué condiciones las familias explotadas podían reunirse a compartir, expresarse su afecto, educar a sus hijos? Bastaría recordar lo que le costó al diputado Alfredo Palacios hacer aprobar la Ley 4.661 de descanso dominical en 1907 porque los parlamentarios conservadores se obstinaban en dejar “al libre albedrío de los patrones” el otorgamiento de un día franco en cualquier momento de la semana. Teniendo en cuenta que era lo “normal” que los niños trabajaran desde los cinco años, esta disposición iba claramente contra la familia, contra toda posible práctica familiar. Los voceros son otros, las mentiras y los atropellos los mismos, la diferencia sustancial está dada en que hoy se debe y puede aplicarles todo el peso de la ley a los delincuentes y multiplicar las oportunidades de trabajo dignas y legales para nuestra gente.
Felipe Pigna
Revista Caras y Caretas
Y es entonces cuando uno ratifica algo que sabe hace mucho: hay que desconfiar de los autodenominados “defensores de la familia”, que incluyen generalmente en sus currículum también su habilidad para defender la propiedad privada y lo que ellos llaman “tradición”. Un caso emblemático es el del amarillo diputado Alfredo Olmedo, que gastó fortunas en publicidad durante todo el verano para que se sepa que está a favor de la familia. El personaje ganó cierta efímera y lamentable fama durante los debates sobre el matrimonio igualitario cuando declaró tener la boca y la cola cerradas y se presentaba en los distintos programas con pancartas que pregonaban la defensa de la familia. Le faltó aclarar que esa defensa no incluía a las decenas de familias sometidas a trabajo esclavo en sus campos o en terrenos explotados por él. Nada nuevo bajo el sol por cierto ya que históricamente estos cruzados “familiares” se caracterizaron por una acérrima hipocresía en la que no disonaban la explotación infantil, los horarios de sol a sol con la lucha por la “institución básica del mundo occidental y cristiano”. ¿En qué momento y en qué condiciones las familias explotadas podían reunirse a compartir, expresarse su afecto, educar a sus hijos? Bastaría recordar lo que le costó al diputado Alfredo Palacios hacer aprobar la Ley 4.661 de descanso dominical en 1907 porque los parlamentarios conservadores se obstinaban en dejar “al libre albedrío de los patrones” el otorgamiento de un día franco en cualquier momento de la semana. Teniendo en cuenta que era lo “normal” que los niños trabajaran desde los cinco años, esta disposición iba claramente contra la familia, contra toda posible práctica familiar. Los voceros son otros, las mentiras y los atropellos los mismos, la diferencia sustancial está dada en que hoy se debe y puede aplicarles todo el peso de la ley a los delincuentes y multiplicar las oportunidades de trabajo dignas y legales para nuestra gente.
Felipe Pigna
Revista Caras y Caretas
viernes, marzo 25
Fukushima
1.
Lo nuclear que andaba tan pujante
que le doblaba el pulso a Zapatero
(firmaré, declaraba, aunque no quiero)
se chernobilizó, Luzbel mediante.
Al infierno se han ido en un instante
por culpa del seísmo traicionero
los nuevos alquimistas del dinero
que convierten el átomo en diamante.
Yo me pongo en la piel de Murakami
que tiene que lidiar con un tsunami
apocalíptico según san Juan.
La isla del espanto de Hiroshima
hoy afronta el horror de Fukushima
como un Mishima enfrente del Big Bang.
2.
Pobrecito Japón tan educado,
tan estajanovista de la empresa,
tan imperial, Pearl Harbor con princesa,
tan samurai, tan geisha, tan Mikado.
Tan críptico para el recién llegado,
tan Nikon, tan lunita japonesa,
tan pasado que abriga pero pesa,
tan posmoderno, tan desesperado.
Einstein, cuando fue aprendiz de brujo,
blasfemó viendo el hongo que produjo,
horrorizado ante el último tren.
Akihito es el candado, no la llave,
los expertos no saben lo que saben,
nuclear es el miedo todo a zen.
Fuente, www.ciudadsabina.com
Lo nuclear que andaba tan pujante
que le doblaba el pulso a Zapatero
(firmaré, declaraba, aunque no quiero)
se chernobilizó, Luzbel mediante.
Al infierno se han ido en un instante
por culpa del seísmo traicionero
los nuevos alquimistas del dinero
que convierten el átomo en diamante.
Yo me pongo en la piel de Murakami
que tiene que lidiar con un tsunami
apocalíptico según san Juan.
La isla del espanto de Hiroshima
hoy afronta el horror de Fukushima
como un Mishima enfrente del Big Bang.
2.
Pobrecito Japón tan educado,
tan estajanovista de la empresa,
tan imperial, Pearl Harbor con princesa,
tan samurai, tan geisha, tan Mikado.
Tan críptico para el recién llegado,
tan Nikon, tan lunita japonesa,
tan pasado que abriga pero pesa,
tan posmoderno, tan desesperado.
Einstein, cuando fue aprendiz de brujo,
blasfemó viendo el hongo que produjo,
horrorizado ante el último tren.
Akihito es el candado, no la llave,
los expertos no saben lo que saben,
nuclear es el miedo todo a zen.
Fuente, www.ciudadsabina.com
jueves, marzo 24
La negatividad absoluta
Por José Pablo Feinmann
La experiencia del genocidio nazi sorprendió a los europeos y también al resto de eso que llamamos humanidad. Algún consuelo acerca un dictum que se dice en una obra de Samuel Beckett, Final de partida: Después de todo, ahora ya no queda mucho que temer. La frase intenta ser trabajada y acaso ahondada por Theodor Adorno en su Dialéctica negativa, pero no es mucho lo que consigue, sólo oscuridades (ver: Dialéctica negativa, Akal, Madrid, 2005, p. 332). Sin embargo, hay una frase que brilla. ¿Por qué es tan devastador el texto de Beckett? ¿Por qué tiene ese tono de resignación ante el horror y la certeza de que ya no veremos otro que lo supere? Porque –después de Auschwitz– “la negatividad absoluta es previsible, ya no sorprende a nadie” (Ibid., p. 332). La negatividad absoluta significa que todo ser humano puede ser tratado como el Otro absoluto. Nadie sabe –es una de las enseñanzas de Kafka sobre el horror del siglo XX– en qué momento, en qué circunstancias puede transformarse en un culpable. No bien integra este grupo de malditos se convierte en el Otro absoluto. Pasa a formar parte del grupo de los designados para morir. Toda sociedad autoritaria establece de inmediato (como esencia de su nacimiento y de su autojustificación) el señalamiento de un Otro absoluto. Pocas cosas unen tanto a una sociedad cuya unión peligraba que indicarle al responsable de todas las desgracias, al Otro demoníaco. Es por ese Otro que hemos llegado a padecer hambre. Que nuestras cosechas fueron malas. Que nuestros inviernos fueron crudos y la tuberculosis se llevó a tantos viejitos y las enfermedades respiratorias a tantos ciudadanos útiles. Es por ese Otro que somos pobres. Ese Otro no pertenece al linaje de nuestra patria. Quiere destruirlo. Está en contra de nuestro estilo de vida. Está en contra de la pureza de nuestra tierra y de nuestra sangre. Son más inteligentes que nosotros, que somos limpios. De aquí que se apoderen de nuestras riquezas. Que se adueñen de nuestra economía. Están en contra de la lucha contra el imperialismo, del hombre nuevo que queremos construir. Están en contra de nuestro comunismo soviético que conduce nuestro supremo camarada, quieren hacernos retroceder a la época de los zares. Son los terroristas del Islam. Son los que volaron nuestras Torres, injuriaron nuestra patria antes intocada. Iremos a buscarlos donde se escondan y conocerán la ira de los Estados Unidos, porque Dios no es neutral, está con nosotros. Son la subversión apátrida. Son los enemigos de nuestros valores y de nuestra religión. No reemplazarán la bandera de Belgrano por el rojo trapo de Lenin.
Así, subrayar quién es el Otro demoníaco, explicitar por qué lo es, delimita de inmediato un grupo de ciudadanos (cuyas dimensiones son imprecisas como imprecisos son los elementos para incluirlos entre los malditos) que son pasibles de sufrir la persecución y la negatividad absoluta. Esta negatividad se les aplica no bien se los incluye en el grupo de la otredad demoníaca, culpable. Cuya eliminación es fundamental para que la patria y los valores que le dan sentido tengan vigencia y no sean reemplazados. O no sean derrotados los nuevos valores de toda revolución triunfante. “Ya no hay nada que temer”, dice Beckett. Pero, ¿acaso no se teme a la repetición del horror? No digo esto para refutar la frase del creador de Godot, que es un poderoso disparador reflexivo. Sí, nada peor puede pasar después de Auschwitz. Pero la desgracia de la humanidad es que sigue pasando. No hay nada que temer porque se llegó a los límites del horror. Bien, si se llegó hasta ahí, ¿no habría que detenerse? Porque la frase de Beckett podría entregar cierta resignación o verificar tristemente que eso que creíamos que nunca iba a ocurrir –llegar al extremo absoluto del horror, de la vejación– ya ocurrió y nada nuevo puede ocurrir. Pero no. Si se hubiera llegado al límite del horror y alguien hubiera anunciado: Ahora ya está. ¿Para qué repetir lo que ya se consiguió?, tal vez algún alivio penetrara en nuestras conciencias. No es así. No se irá más allá, pero se insistirá en esos ejercicios del ultraje sin nombre. Y hasta –por qué no– se los supere. Los verdugos no pierden la esperanza. En la ESMA se cometieron más horrores que en Auschwitz. En Auschwitz la tortura no era esencial. Nadie era enviado a Auschwitz para extraerle información. No, iban ahí a trabajar de modo infame hasta morir. De ahí ese cartel siniestro: “El trabajo os hará libres”. Pero la ESMA era un campo de tareas de “inteligencia”, que, según la enseñanza francesa de los paras de Argelia, se realiza por medio de la tortura. Los números de muertos serán distintos. Pero, ¿desde cuándo importan las estadísticas cuando hablamos de seres humanos? Un secretario de Cultura que puso la actual administración de la Ciudad de Buenos Aires dijo la siguiente atrocidad: “En Europa diez mil muertos no son nada”. Esa cifra le había destinado a los desaparecidos de la Argentina, la comparaba con las de los judíos, las de los armenios, las de los camboyanos y concluía: ¿qué son diez mil muertos? ¿Qué es un muerto? Para el que muere es todo. Es la negatividad absoluta. No hay que transformar la vida en una estadística. Cada ser que muere es un absoluto. De ahí esa notable reflexión: no mataron seis millones de judíos. Mataron a uno seis millones de veces. No mataron treinta mil argentinos (todos inocentes, ya que ninguno fue juzgado): mataron a uno treinta mil veces. Y si uso esta cifra es porque es la única en la que creo. Porque la enunció el único grupo humano en el que puedo creer: las Madres, las Abuelas. En resumen, tiene razón Beckett: nada peor que el 24 de marzo puede sucedernos ya. Pero eso implica dedicar nuestras vidas a imposibilitar sus condiciones de posibilidad. Porque –si lo pensamos bien y hasta el punto de la angustia– no es cierto que nada peor pueda ocurrirnos. Hay algo peor, cuyo espanto hiela nuestra sangre y hasta detiene los latidos vitales de nuestro corazón frente a esa posibilidad: que ocurra otra vez. Eso puede pasarnos, eso sería mucho peor y luchar contra eso es un imperativo categórico cotidiano que los hombres nobles, los que en este país respetan la vida y, sobre todo, la vida de los otros, llevamos sobre nuestras espaldas a veces exhaustas, erosionadas por muchos desencantos, pero nunca vencidas.
Fuente: Página 12
La experiencia del genocidio nazi sorprendió a los europeos y también al resto de eso que llamamos humanidad. Algún consuelo acerca un dictum que se dice en una obra de Samuel Beckett, Final de partida: Después de todo, ahora ya no queda mucho que temer. La frase intenta ser trabajada y acaso ahondada por Theodor Adorno en su Dialéctica negativa, pero no es mucho lo que consigue, sólo oscuridades (ver: Dialéctica negativa, Akal, Madrid, 2005, p. 332). Sin embargo, hay una frase que brilla. ¿Por qué es tan devastador el texto de Beckett? ¿Por qué tiene ese tono de resignación ante el horror y la certeza de que ya no veremos otro que lo supere? Porque –después de Auschwitz– “la negatividad absoluta es previsible, ya no sorprende a nadie” (Ibid., p. 332). La negatividad absoluta significa que todo ser humano puede ser tratado como el Otro absoluto. Nadie sabe –es una de las enseñanzas de Kafka sobre el horror del siglo XX– en qué momento, en qué circunstancias puede transformarse en un culpable. No bien integra este grupo de malditos se convierte en el Otro absoluto. Pasa a formar parte del grupo de los designados para morir. Toda sociedad autoritaria establece de inmediato (como esencia de su nacimiento y de su autojustificación) el señalamiento de un Otro absoluto. Pocas cosas unen tanto a una sociedad cuya unión peligraba que indicarle al responsable de todas las desgracias, al Otro demoníaco. Es por ese Otro que hemos llegado a padecer hambre. Que nuestras cosechas fueron malas. Que nuestros inviernos fueron crudos y la tuberculosis se llevó a tantos viejitos y las enfermedades respiratorias a tantos ciudadanos útiles. Es por ese Otro que somos pobres. Ese Otro no pertenece al linaje de nuestra patria. Quiere destruirlo. Está en contra de nuestro estilo de vida. Está en contra de la pureza de nuestra tierra y de nuestra sangre. Son más inteligentes que nosotros, que somos limpios. De aquí que se apoderen de nuestras riquezas. Que se adueñen de nuestra economía. Están en contra de la lucha contra el imperialismo, del hombre nuevo que queremos construir. Están en contra de nuestro comunismo soviético que conduce nuestro supremo camarada, quieren hacernos retroceder a la época de los zares. Son los terroristas del Islam. Son los que volaron nuestras Torres, injuriaron nuestra patria antes intocada. Iremos a buscarlos donde se escondan y conocerán la ira de los Estados Unidos, porque Dios no es neutral, está con nosotros. Son la subversión apátrida. Son los enemigos de nuestros valores y de nuestra religión. No reemplazarán la bandera de Belgrano por el rojo trapo de Lenin.
Así, subrayar quién es el Otro demoníaco, explicitar por qué lo es, delimita de inmediato un grupo de ciudadanos (cuyas dimensiones son imprecisas como imprecisos son los elementos para incluirlos entre los malditos) que son pasibles de sufrir la persecución y la negatividad absoluta. Esta negatividad se les aplica no bien se los incluye en el grupo de la otredad demoníaca, culpable. Cuya eliminación es fundamental para que la patria y los valores que le dan sentido tengan vigencia y no sean reemplazados. O no sean derrotados los nuevos valores de toda revolución triunfante. “Ya no hay nada que temer”, dice Beckett. Pero, ¿acaso no se teme a la repetición del horror? No digo esto para refutar la frase del creador de Godot, que es un poderoso disparador reflexivo. Sí, nada peor puede pasar después de Auschwitz. Pero la desgracia de la humanidad es que sigue pasando. No hay nada que temer porque se llegó a los límites del horror. Bien, si se llegó hasta ahí, ¿no habría que detenerse? Porque la frase de Beckett podría entregar cierta resignación o verificar tristemente que eso que creíamos que nunca iba a ocurrir –llegar al extremo absoluto del horror, de la vejación– ya ocurrió y nada nuevo puede ocurrir. Pero no. Si se hubiera llegado al límite del horror y alguien hubiera anunciado: Ahora ya está. ¿Para qué repetir lo que ya se consiguió?, tal vez algún alivio penetrara en nuestras conciencias. No es así. No se irá más allá, pero se insistirá en esos ejercicios del ultraje sin nombre. Y hasta –por qué no– se los supere. Los verdugos no pierden la esperanza. En la ESMA se cometieron más horrores que en Auschwitz. En Auschwitz la tortura no era esencial. Nadie era enviado a Auschwitz para extraerle información. No, iban ahí a trabajar de modo infame hasta morir. De ahí ese cartel siniestro: “El trabajo os hará libres”. Pero la ESMA era un campo de tareas de “inteligencia”, que, según la enseñanza francesa de los paras de Argelia, se realiza por medio de la tortura. Los números de muertos serán distintos. Pero, ¿desde cuándo importan las estadísticas cuando hablamos de seres humanos? Un secretario de Cultura que puso la actual administración de la Ciudad de Buenos Aires dijo la siguiente atrocidad: “En Europa diez mil muertos no son nada”. Esa cifra le había destinado a los desaparecidos de la Argentina, la comparaba con las de los judíos, las de los armenios, las de los camboyanos y concluía: ¿qué son diez mil muertos? ¿Qué es un muerto? Para el que muere es todo. Es la negatividad absoluta. No hay que transformar la vida en una estadística. Cada ser que muere es un absoluto. De ahí esa notable reflexión: no mataron seis millones de judíos. Mataron a uno seis millones de veces. No mataron treinta mil argentinos (todos inocentes, ya que ninguno fue juzgado): mataron a uno treinta mil veces. Y si uso esta cifra es porque es la única en la que creo. Porque la enunció el único grupo humano en el que puedo creer: las Madres, las Abuelas. En resumen, tiene razón Beckett: nada peor que el 24 de marzo puede sucedernos ya. Pero eso implica dedicar nuestras vidas a imposibilitar sus condiciones de posibilidad. Porque –si lo pensamos bien y hasta el punto de la angustia– no es cierto que nada peor pueda ocurrirnos. Hay algo peor, cuyo espanto hiela nuestra sangre y hasta detiene los latidos vitales de nuestro corazón frente a esa posibilidad: que ocurra otra vez. Eso puede pasarnos, eso sería mucho peor y luchar contra eso es un imperativo categórico cotidiano que los hombres nobles, los que en este país respetan la vida y, sobre todo, la vida de los otros, llevamos sobre nuestras espaldas a veces exhaustas, erosionadas por muchos desencantos, pero nunca vencidas.
Fuente: Página 12
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