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viernes, julio 9

Superman no será movilero

Por Marcelo J. García y Luis López *

La comunicación se piensa más veces que menos como un problema de instrumentos e intermediaciones. Modelos que postulan la existencia de esquemas lineales, con emisores, mensajes y receptores, con canales neutros. La comunicación apenas como un insumo para los procesos de construcción de consenso y hegemonía.
Esta lectura, sin embargo, no alcanza para pensar un sistema de comunicación para un proyecto de desarrollo. La comunicación instrumental es marketing, sea político o social, y como marketing desprecia cualquier intento de construir, políticamente, un destino común.
Pensar una comunicación para el desarrollo no puede escindirse de dos cuestiones que han sido centrales desde que el mundo es “moderno”. La primera es el poder. La segunda es la construcción colectiva de lo público. En nuestras sociedades hipermediatizadas, en las que la percepción de lo comunicado predomina por sobre la percepción directa del mundo, la construcción de poder se relaciona directamente con la construcción mediatizada del espacio público.
Lo público moderno se ha manifestado a través de dos vertientes: el espacio físico y el espacio virtual. El primero delimitó a los Estados, el segundo consolidó sus identidades. Es lo que Benedict Anderson llama la “comunidad imaginada”, hoy conocida como comunidad virtual. La virtualidad de esta comunidad no está dada por el soporte de mediatización de la interacción (desde la prensa a Internet), sino por la creencia común de pertenencia a un mismo espacio. En el siglo XVIII, esa virtualidad se construía a través de la prensa escrita. Hoy, la versatilidad tecnológica hace que lo virtual se manifieste de múltiples maneras y que cobre un peso que opaca a lo material. El medio, para jugar con McLuhan, no es ya el mensaje, sino el territorio.
Con la metamorfosis de los actores mediáticos de políticos a empresarios (de Marat a Magnetto, de Moreno a Murdoch), se produce una privatización efectiva del espacio público, a caballo de la mitología de la prensa (institución) y el periodismo (profesión) como guardianes de la democracia. Esa mitología es la que hoy entra en cuestión. El próximo Superman no será un movilero.
Pensar la comunicación en nuestras sociedades remite, en lo estructural, a las condiciones ideales de un espacio en el que se pueda lograr acuerdos acerca de un modelo de desarrollo. En lo estructural, se trata de la recuperación del espacio público para el público. Lo público como un espacio común al cual es posible acceder por el simple hecho de ser ciudadano, donde los actores pueden comunicarse, mirarse, interactuar. Existen al menos dos lugares desde donde lo público-mediático se construye. El primero es la regulación del espectro radiofónico por parte de su propietario: el Estado, como representante de la ciudadanía. La libertad de expresión –o su pariente mayor, el derecho a la comunicación–- no requiere un Estado que proteja libertades negativas sino que, en resguardo de un derecho social tanto individual como colectivo, intervenga en la creación de las condiciones de existencia de los medios materiales para que la expresión sea posible en los niveles de escala de un momento histórico determinado.
El segundo lugar desde donde se construye lo público-mediático es en el manejo de los medios públicos, el patrón-oro para todo el sistema mediático. Los medios del Estado tienen la virtud y la ventaja de no tener que representar más que al Estado-Nación como proyecto histórico-político. Tal condición los obliga a generar los marcos de pluralidad más amplios que puedan existir.
En la coyuntura, el debate argentino en torno de la Ley de Servicios de Comunicación Audiovisual en octubre de 2009 será posiblemente una referencia aquí y en otras partes del mundo en relación con el rechazo a un modelo de comunicación que defiende intereses privados más que públicos. La discusión, sin embargo, se debe una segunda parte (rica pero más compleja): cómo será el patrón de re-regulación del espectro de voces, cuáles los criterios de mediano y largo plazo, cuál el horizonte y el rumbo de la acción estatal, cómo se definirá el Estado en su rol comunicacional y desde dónde y cómo aportará la comunicación a un proyecto de desarrollo inclusivo y equitativo. Nada de esto será posible mientras la guerra (mediática en este caso) nuble los ojos. Pero si la guerra se gana, habrá que tener un plan para la paz.

* Los autores son coordinadores del Departamento de Comunicación de la Sociedad Internacional para el Desarrollo, Capítulo Buenos Aires (SID-Baires).
Fuente: Página 12

lunes, junio 7

Día del periodista (2)

Por Elvira Lindo, para el País

Ojalá que los futuros periodistas se rebelen. Ojalá que a pesar de enfrentarse a un escenario complicado intuyan que hoy el periodismo es más necesario que nunca y sean conscientes de que los medios, engolfados con el politiqueo, están ignorando esas historias anónimas que definirían el extraño momento que estamos atravesando. Ojalá que no sean cínicos, que ejerzan una crítica implacable contra esos personajillos que desde hace tiempo inundaron las pantallas y no han servido más que para sembrar la creencia de que es legítimo ganar dinero sin hacer el mínimo esfuerzo. Ojalá que no sean mansos y no se dejen arrastrar por esa corriente venenosa que consiste en acudir a las ruedas de prensa para tomar nota sin rechistar. Ojalá que sean tan honrados como para desconfiar del político que les paga un viaje convirtiéndoles en parte de su corte. Ojalá que entiendan que el mejor periodista, en contra de la práctica tan habitual en España, es el que se mantiene lejos del poder, no el que alardea de estar en la pomada. Ojalá que defiendan la dignidad de su oficio y que aspiren a ser profesionales y no eternos amateurs. Ojalá que tengan el amor propio necesario como para dar más de lo que se les pide, y que no lo hagan por el medio sino por ellos mismos. Ojalá que entiendan que en esta situación económica que va a cambiar la vida de varias generaciones es necesario darle voz a los olvidados y sólo un buen periodista puede hacerlo. Dada la precariedad del empleo, la docilidad es tentadora, pero ojalá que no sean dóciles, porque al margen de la invasión de los opinadores, que de manera gratuita exaltan (exaltamos) los ánimos de los ciudadanos, nos hace falta información. Ojalá que haya una nueva generación batalladora que demuestre que el periodismo sigue vivo, que a lo mejor los que estamos un poco muertos somos nosotros.

miércoles, junio 2

Multidimensionalidad y comunicación

Por Sandra H. Massoni *
Quiero traer aquí un asunto muy presente por estos días en los medios de comunicación en Argentina: la cuestión de la verdad y su vinculación con las modalidades de ser comunicador social. Suelo usar en mis cursos un ejercicio de visualización: propongo que imaginemos –como si fuera una película– el recorrido de una cámara que hubiera filmado nuestro mismísimo ojo y que fuera poco a poco ampliando el plano: primero a toda la cara, y luego a toda la habitación en la que nos encontramos. Planteo entonces que imaginemos que esta peculiar cámara –como traspasando las paredes– subiera velozmente para enfocar desde arriba un plano general del edificio que nos alberga, y luego captara toda la ciudad, y más arriba aún tomara el planeta Tierra, y luego nuestro sistema solar y siguiera ascendiendo todavía hasta captar mágicamente otras galaxias. Una vez capturada esta vista, propongo imaginemos que la cámara se detiene, respira, toma aire y de pronto desciende velozmente hasta llegar otra vez hasta nosotros y enfoca nuestra cara... y se acerca cada vez más a nuestra piel, entra a nuestro cuerpo y recorre los conductos y enfoca los tejidos y nos muestra detalles cada vez más pequeños de nuestro organismo.
Entonces pregunto: ¿cuál de todas las dimensiones de este recorrido es real? ¿Todas? ¿Esta “realidad real” siempre fue así? Pensemos en la historia de la humanidad: ¿se conocían estos componentes del mundo que acabamos de sobrevolar por ejemplo en la Edad Media? Pensemos hoy mismo... ¿esta “realidad real” se describe siempre en los mismos términos? Por mi parte, en ambos extremos de este recorrido, soy incapaz de imaginar demasiado: mi conocimiento acerca del cuerpo humano alcanza apenas a las células. Y es que no sé siquiera cómo nombrar lo demás; esto no le pasaría a un biólogo molecular o a un médico. Lo mismo me sucede al describir nuestra galaxia, pero seguramente no le ocurriría eso a un astrónomo. Estoy destacando un aspecto muy básico –todavía más acá de las metáforas y aún más acá del encubrimiento ideológico– con el objeto de refutar la conceptualización clásica acerca de la verdad vinculada con la comunicación social. Estoy diciendo que si aceptamos esta multidimensionalidad de los fenómenos, deberemos reconocer que no hay tal posibilidad de una verdad única, o una teoría más válida que otra, si no decimos para qué y para quién. Esto es así, simplemente porque no hay verdades escindidas. No pre-existen, van siempre de la mano de un humano que las habla sea o no un comunicador social. Y un poco eso es nuestra historia, como personas, como profesionales, como científicos y también como humanidad: un continuo pasar de una dimensión a otra que antes no podíamos siquiera imaginar. Lo interesante es pensar que esta asombrosa multidimensionalidad opera en toda situación de comunicación.
¿La consideramos? A menudo nos olvidamos de este componente de verdad provisional, efímera, frágil, con el que es necesario convivir. Humberto Maturana para salir de esta marisma suele plantear la diferencia entre la mentira y el error. Dice: todos sabemos cuando mentimos, pero no cuando nos equivocamos. Esto es así porque el error es siempre a posteriori, como cuando uno va caminando en la calle y saluda a alguien que creyó conocer, y luego se da cuenta de que no era la persona conocida y entonces se turba por el equívoco. Uno se da cuenta del error después, atendiendo a otras dimensiones distintas de aquélla desde la cual vivió la experiencia, buena o mala, de encontrarse con alguien. Lo central es darse cuenta de que nadie puede hacer referencia a una realidad independiente de él mismo. Nadie puede decir cómo “es” la realidad, pero sí podemos ponernos de acuerdo respecto de ella. Somos, como apunta Gregory Bateson, seres en-red-dándonos. Así es que aun cotidianamente –pese a que en Argentina no lo parezca– el mundo en el que vivimos es un mundo de acuerdos, de articulaciones, es un mundo con, contra, junto a otros. El problema está en la creencia de que uno puede dominar a los otros reclamando para sí el privilegio de saber cómo son las cosas. Lo violento es pretender que el otro, un comunicador o un consumidor de medios, sea como uno. Ese es el conflicto: el de la exigencia de una versión única y totalizante.
Planteo considerar la cuestión de la multidimensionalidad y la comunicación porque percibo un sutil e incipiente descentramiento en la discusión en torno de los medios masivos argentinos. Quizás haya un tenue cambio de ritmo en la comunicación social de nuestro país de la mano del debate que generó la nueva ley de medios. Me provoca soñar que ojalá ese cambio de ritmo sea capaz de hacer lugar para un espacio otro. Creo que los argentinos aprendimos mucho en los últimos tiempos acerca de medios y mensajes. Hemos distinguido mentiras y también errores, en análisis posteriores, en comparaciones reflexivas, críticas y necesarias de lo sucedido pero que sin embargo no resultan suficientes para lograr transformaciones.
Acaso inaugurando el Bicentenario podamos empezar a mirar otra vez el horizonte desde registros más diversos, más democráticos; al menos, ahora sabemos que cualquier diario no es sólo un producto de la industria cultural, sino que a su vez está situado y puede ser analizado en múltiples dimensiones: la informativa, la interaccional, la ideológica, la sociocultural y sigue la lista. Sabemos también que los medios trafican datos cada día en alguna o en todas estas dimensiones buscando imponer su racionalidad y que al hacerlo nos acompañan en nuestra aventura cotidiana de computar el mundo porque nos empujan a narrarlo y nos alientan a actuar en una dirección o en otra. Se trata entonces de asumir por fin crítica y valorativamente nuestra responsabilidad como consumidores de los medios al leer un artículo o mirar un programa de televisión. Se trata de atender a aquello con lo que cada producto de comunicación conecta, de manera de ver qué dimensión del mundo complejo y fluido en el que vivimos hace crecer.

* Doctora en Ciencias Sociales. Posgrado en Comunicación Ambiental UNR.
para Página 12

jueves, mayo 13

El lector de diarios

Por Tomas Abraham

Es hora de que los semiólogos difundan los resultados de sus investigaciones sobre las motivaciones de la conducta de un lector de diarios. Hace mucho tiempo que no sabemos nada sobre el tema. Hay tantos consultores, asesores, programadores, especialistas en medios, que no parece excesivo pedir que divulguen sus estudios sobre los variados perfiles del lector nacional. Sólo hablamos de los medios y nos olvidamos que sin nosotros los lectores, oyentes y televidentes, no son nada. Nos vendría bien analizar este asunto ya que estamos en una situación en la que el gran público contempla con cierta sorpresa una guerra entre gobierno y periodistas, entre los mismos comunicadores, en medio de tribunales y juicios, además de los desfiles con fotos de periodistas estigmatizados.
Hay tantas preguntas por hacer y tan poco se ha discutido. Es tan grande el griterío que da la sensación que nadie tiene interés en analizar el tema. Clarín, por ejemplo, ¿vende más o menos que hace dos años? Un lector de Clarín que lo leía en el 2006 y sigue ahora, ¿ha variado su comportamiento político por el cambio de orientación del diario? ¿Por qué y cómo se lee un diario? ¿Cuál es la razón por la que en estos días los periódicos ingleses toman posiciones a viva voz sobre los candidatos, cambian de preferencia o las mantienen, sin sentir por eso que violan la condición de objetividad de la que una presunta ética los hace acreedores?
Los diarios “serios” de Gran Bretaña o los catalogados como “amarillos” no parecen arriesgar su reputación ni temer el desplante de sus avisadores y de su caudal de lectores con estas tomas de posición electorales.
A la espera de la información requerida de los especialistas correspondientes, no me queda otra alternativa en este momento que dar mi opinión de lector de diarios y de mero cliente de kioscos.
Voy a hacer una pregunta algo disparatada por lo obvia: ¿se sabe cuánta gente lee los diarios? ¿Cuánta lee en la ciudad de Salta, en Río Cuarto, en Bahía Blanca, en el país?
La verdad que muy poca. Es de público conocimiento que los diarios los leen unos pocos y son de clase media y alta. Se trata de un fenómeno mundial. Lo que sucede es que de lo publicado por los diarios se alimentan las radios que leen las noticias a la mañana, mientras la televisión también lo hace hasta que por tener medios de producción propios pueden renovar las novedades de la primera hora del día.
Sigo con otra pregunta: ¿para qué sirve la teoría de la alienación que sostiene que los medios tiene el poder de manipular a la gente? ¿Somos tan idiotas los miembros de la clase educada, media y solvente, que los cronistas hacen lo que quieren con nosotros?
Muchos creen que sí. Tanto poder dicen que tienen los medios que la inseguridad se convierte en una sensación y la corrupción se reduce a un titular tendencioso.
Es increíble que cada vez sean más numerosos los que “se dan cuenta” del poder manipulador que tienen los medios que los aún manipulados. Llegamos a la paradoja de que nadie se deja melonear porque todos están meloneados.
La relación que un lector tiene con su diario es compleja. No se basa en una fidelidad absoluta. Hay algo que los analistas no toman en cuenta y es que el vínculo que tienen con los medios los lectores de diarios, los oyentes de radio y los televidentes se basa fundamentalmente en la pereza. Nos distendemos con la actualidad. Nos hace compañía cuando nos afeitamos, durante el desayuno, en la mesa familiar, cuando cenamos, en los intervalos del trabajo, en los viajes en colectivo. Nos informamos y a la vez nos distraemos.
A la hora de votar por un candidato esas vivencias cotidianas se sumergen en un torrente disolvente y lo que cuenta en la urna es un voto imprevisible. La mayoría de la gente tiene una vida pareja todos los días con problemas de subsistencia bastante apremiantes y temores varios. En medio de esto las noticias entretienen, permiten cierto desahogo y nos descansan.
La agitación que vive el personal de las redacciones, de las agencias de noticias, de los estudios de televisión y radio, el permanente estado de excitación que creen que todo el mundo comparte, en realidad no es más que un teatro de exageraciones de esa megaproducción llamada actualidad.
Todavía los ideólogos del control total no se dan cuenta de que el pequeño hombre que abre un diario o enciende un aparato no es un feligrés sino un ser reactivo que disfruta de la noticia. Se detiene en esas caras graves y preocupadas a cargo de los informativos, se identifica con las indignaciones que padece el locutor, prestaba atención a lo que proponía Bernardo Neustadt que soportó el odio de la mayoría de sus connacionales con el más alto rating que haya logrado un periodista.
¿Qué características tiene un lector ecléctico? Hay dos tipos de lectores con estas características. Uno es el que no lee los diarios durante la semana porque no tiene tiempo, se satisface con la televisión, y junta varios periódicos el domingo para leerlos a la mañana, tarde y noche, con alternancias de siestas y comidas. Otro es el que usa los diarios como material de trabajo ya que quiere por razones de oficio tener una idea de los acontecimientos de actualidad a través de la expresión de los sectores de la sociedad en los nichos informativos.
La realidad es una cebolla que se pela, o para ser más tajante, un alcaucil sin corazón. Las noticias se fabrican y la realidad se entrega por partes. Consumimos trozos de una actualidad sin fin a elección del oferente, y cambiamos de diario, dial y canal si queremos degustar otro sabor.
Ya todo el mundo parece estar de acuerdo en que no existe la objetividad. Y también se está de acuerdo en que se transmiten verdades parciales. Por eso el periodismo hegemónico en nuestro país es el que confronta verdades parciales. Es decir mentiras acotadas.
Pero los diarios no se identifican sólo con su línea editorial, por el hecho de que además escriben en él periodistas que no son todos iguales. Se me ocurre que el mejor diario o medio de comunicación en general es aquel que tiene la mayor heterogeneidad posible de pensamiento periodístico.
No existe, salvo casos aislados, en nuestro país, un periodismo de pensamiento que se preocupe por plantear problemas, averiguar datos, sumar informaciones, ofrecer del modo más completo y crítico un panorama lo más exhaustivo posible respecto de cualquier tema.
Despreciamos el oficio y más aún a los receptores de la información. Hay tan pocas excepciones que esta realidad parece no tener fisuras. Da la sensación que los que están a cargo de la actualidad se esmeran por encontrar cada día o cada semana un argumento a favor o en contra de un enemigo declarado. Es ésa la que creen los periodistas que es su tarea. Como que no tuvieran otra. O son pastores de la corrección y de la indignación moral o parte de una cruzada de justicieros con micrófono. Nadie quiere perder a sus “compañeros”, clientes o avisadores con sorpresas desagradables, como las que se tiene si un análisis o una información va a contracorriente de un deseo del consumidor o de algún patrón estatal o privado.
Hay que dar masticado lo que se espera, y siempre lo mismo.

www.perfil.com

sábado, abril 17

En relación a la soberbia

Por: Juan Terranova.

Empiezo con una anécdota que ya conté. Estábamos en un asado y salió el tema de los comentarios en blogs y sitios periodísticos. Sebastián Di Doménica dijo: “La tendencia actual es que van a desaparecer”. Nadie sintió que se fuera a perder mucho. Ya nos habíamos acostumbrado al ruido del intercambio web. Un par de años antes, los comentarios habían sido la última esperanza blanca que le marcaba la cancha incluso a medios tan poderosos como El país y el New York Times. Después, como en toda revolución, surgieron las dudas.

Un ligero cansancio

Ya escribí en esta misma columna sobre el “género comentario”. Si cabe, me ocuparé de un sub-género dentro de ese mundillo infernal, el “comentario que denuncia soberbia”. Puede vérselo con facilidad aunque no tanto como antes, quizás porque ya se nota un ligero cansancio en los usuarios de la web. De hecho, lejos de las primeras efervescencias internéticas, los comentarios ofensivos, enmascarados en la denuncia de un error o en la reparación de una injusticia, se van reservando para determinados y puntuales universos digitales. Ya no arrecian como antes. Y muchos son los sitios que optan por no habilitarlos. Aunque los grandes medios los preserven e inviertan tiempo y dinero en su moderación. (Nicolás Mavrakis escribió un cuento excelente sobre el tema.)

Mala es seguro

Ahora bien, ¿tanto cuidado hay que tener con los productos que se venden como “democráticos”? O mejor, ¿de qué está hecha la soberbia? Mala es seguro. Está entre los pecados capitales. La RAE me pierde entre sus definiciones. De Wordreference me quedo con la sexta: “Altivez y arrogancia del que por creerse superior desprecia y humilla a los demás”. ¿Leo mal o a los deportistas se les perdona, mientras que a los periodistas se los condena cuando lo muestran como a la hilacha? Este pudor de la máscara intelectual, o su falta, ha sido estudiado por una traición nada desdeñable. Existe, como ente reconocido, la sub-disciplina llamada “Sociología de los intelectuales”. (En la maestría de Sociología de la Cultura del IDAES hay una materia que lleva ese nombre. Hace un par de años, entre algunos alumnos de esa casa de estudio, la asignatura se conocía como “la meta-clase”.)

Tradición y vanidad

Hay individuos alfabetizados que si no entienden algo enseguida lo tildan de soberbio y pretencioso. El Gran Escrúpulo supone no lograr fundirse inmediatamente con la masa. Ese gesto miserabilista, muy común en el periodismo vernáculo y en sus dependencias educativas, me resulta pobre (en el peor sentido de la palabra “pobre”). En mi caso particular, me vienen acusando de soberbio desde que empecé a leer libros por mi cuenta. Mucho más, desde luego, desde que empecé a escribir y a dejar constancia de esas lecturas. Aunque esa larga cola de reptil verde, que algunos llaman “tradición literaria”, informa desde hace mucho que acusar a un crítico literario de soberbio porque emite una opinión positiva o negativa sobre un libro es un gesto infantil. Cuando no directamente un gesto de narcisismo herido, cuando no directamente de inseguridad ontológica. Es una lástima que, hasta donde sé, la relación entre el acusador de soberbia y sus propios mecanismos narcisistas hayan sido poco tematizados. Mientras tanto, la vanidad y el ego, según wikipedia, motores de la soberbia, son dos de los grandes protagonistas de la vida contemporánea.

Una cosa más

Y una cosa más. En un comentario de este mismo sitio escribí algo que intenta mediar, aunque más no sea un poco, en las aguas revueltas de los comentarios de la web: “Agredir ya fue”. Alguien debería avisarles, por dar solo un ejemplo, a los que discuten las notas de La Nación, un medio que siempre se jactó de tener los “mejores lectores del país”.

www.hipercritico.com

jueves, abril 15

Primer Pulitzer para un sitio de noticias en Internet

El prestigioso premio de periodismo fue para el portal sin fines de lucro "Propublica", por una investigación sobre muertes en un centro médico tras el paso del huracán Katrina. El trabajo fue en colaboración con el New York Times.

Como cada año, los premios Pulitzer tienen a verdaderos peso pesado entre sus ganadores. En 2010, The Washington Post y The New York Times fueron dominadores. Pero esta edición será recordada por marcar un hito en la historia del periodismo en Internet: un portal con sede en Manhattan fue el primero en recibir este prestigioso galardón.

Se trata del sitio "Propublica", que ganó en la categoría de periodismo de investigación. El portal promueve el periodismo de investigación como servicio público. Sus impulsores son Paul Steiger, ex editor de "The Wall Street Journal", Stephen Engelberg, ex editor de "The Oregonian" y ex editor de periodismo de investigación del NYT.

"Propublica", nacida en 2008, defiende el periodismo de investigación que los medios tradicionales no pueden ejercer ante los costos económicos que supone invertir en "intensivos, extensivos e inciertos esfuerzos que supone producir periodismo de investigación", afirma en su página.

El jurado galardonó a la periodista de la web Sheri Fink por la historia realizada en colaboración con "The New York Times" en el que describía las decisiones a vida o muerte que tuvo que hacer el personal médico del hospital Memorial Medical Center de Nueva Orleans, tras verse afectado por el huracán Katrina.

Propublica ganó el premio de investigación periodística "ex aequo" con el diario "Philadelphia Daily News", que reveló un escándalo en el que se vio implicada la policía de narcóticos. Otro medio digital, el SFGate.com, web del diario "San Francisco Chronicle", también se llevó un galardón en el apartado de caricaturas editoriales, por los dibujos animados de Mark Fiore.

www.diariodecultura.com.ar

viernes, marzo 12

Robots: ¿otra amenaza para el oficio periodístico?

Las computadoras escribirían solas imitando el clásico estilo de las crónicas. Un nuevo software ideado en la Universidad de Northwestern, bautizado Stats Monkey, compila datos automaticamente sobre un evento elegido por el usuario humano.

Desde hace décadas se está dando en el mundo una tendencia que hace que los empleados sean reemplazados por robots. Si los periodistas se creían a salvo de este tipo de desventuras, se equivocaron. No tienen más que visitar Evanston, en el estado norteamericano de Illinois, y ver cómo prueban un sistema que podría reemplazarlos dentro de no mucho tiempo. El sistema se encuentra detrás de una red de computadoras, que pertenecen al laboratorio de información inteligente (Infolab), instalado en el campus de la Universidad Northwestern.

Para activar este sistema, bautizado Stats Monkey, basta con que un humano le indique qué tema debe cubrir. Una vez activado, si se tratara por ejemplo de un partido de béisbol, el sistema comienza por cargar las tablas numeradas que publican los sitios de Internet sobre las ligas de béisbol y se dedica luego a recoger la información en crudo: tantos, acciones individuales de los jugadores, estrategias colectivas e incidentes, entre otras. Procede luego a clasificar toda esta masa de informaciones y a reconstruir el desarrollo del partido.

Extrae su vocabulario de una base de datos que incluye una lista con frases, expresiones habituales, figuras retóricas y palabras usadas con frecuencia por los periodistas deportivos. Redacta luego un artículo, sin errores gramaticales ni de ortografía.

Es capaz de redactar varias versiones o de armar dos notas con el punto de vista del equipo victorioso y del vencido. Puede buscar en Internet fotos de los principales jugadores. Y todo eso en dos segundos, por cronómetro.

Stats Monkey fue imaginado por Larry Birnbaum y Kris Hammond, profesores de la universidad, que son especialistas en inteligencia artificial. Su creación fue luego confiada a John Templon y Nick Allen. "Los artículos escritos por esta máquina están muy cerca de los despachos deportivos de Associated Press, que los diarios reproducen muchas veces tal cual están redactados", dijo Allen.

Hay una versión comercial de Stats Monkey que pronto estará accesible on line. Infolab tiene la intención de adaptar Stats Monkey a otros deportes. Espera incursionar también en las finanzas y la bolsa -ámbito en el que se utiliza una cantidad bastante limitada de expresiones habituales-.

"Nuestro objetivo es facilitarles a los periodistas herramientas que les permitan deshacerse de las tareas más repetitivas y menos interesantes. Podrán disponer así de más tiempo para otras misiones más nobles, como investigaciones, análisis y grandes reportajes" concluyó Kris Hammond.

Por: LE MONDE. ESPECIAL PARA CLARÍN.