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miércoles, julio 28

Los buitres cobran nuevo aliento.

Por Felipe Pigna

Son los mismos que se alegraron con cada caída de Diego Maradona y que no tuvieron el coraje de oponérsele cuando la racha ganadora inicial entusiasmó a los más escépticos. No son sólo los conocidos caranchos locales, también los carroñeros internacionales dispuestos a corregir la incorrección incurable de los argentinos. Hay una correspondencia entre unos y otros y a todos ellos les produce un placer especial ver fracasar ese estilo “maradoniano” que va contra las convenciones, que se pelea con la Fifa y los acusa no sólo de haber manchado la pelota sino de haber oficializado una que no sirve. Ellos suponen que Maradona termina por demostrarles tranquilizadoramente que tenían razón, que contra ellos no se puede y que el Primer Mundo, la seriedad, la “racionalidad” volvió a ganar y los sudacas insolentes recibimos nuestro merecido. A nivel local conocemos a los que se alegran. Algunos son periodistas deportivos, otros no se sabe qué son, pero allí están refregándonos sus advertencias, sus predicciones tempranas en épocas de eliminatorias, los que siempre supieron que esto no iba a funcionar, lo que pusieron por delante de la emoción la “profesionalidad” y la “seriedad”. Porque a Maradona no le van a perdonar nunca ser Maradona y lo quieren fuera de circulación, no quieren a alguien que inculcó a sus jugadores que lo más importante era darle una alegría a la gente, por eso había que ganar, porque sabe en carne propia lo que cuesta arrancar una sonrisa en los territorios del dolor. Hay que erradicar el mal ejemplo del Diego, que siempre dijo que no quería ser ejemplo.
El Diego es el autor de algunas de las pocas alegrías que vivimos los argentinos en los últimos años. El de la mano de Dios metida en el honor de los ingleses, el del gol más lindo de la historia, el de los cientos de goles y pases mágicos inolvidables.
Es el Diego de Fiorito, el de la Tota y don Diego, aquel que horrorizaba con sus modos y sus ropas a los estúpidos de turno, aquellos que nunca lo quisieron porque tenía demasiado olor a pueblo. Siempre estuvieron deseando que le fuera mal, que se cayera, que le cortaran las piernas, que quedara demostrado para siempre que no era Dios sino un simple cabecita negra. Allí estaba Neustadt festejando su caída en el Mundial 94, porque Diego había osado definir al periodista del poder como a un “sanguchito de miga, porque siempre está al lado de la torta”.
Pero el resto de la gente, que se alegró y sufrió con él, lo banca, lo acompaña como a los amigos en las buenas y en las malas, porque es agradecida, porque tiene una deuda con el Diego que siempre está dispuesta a honrar.
El Diego es otra cosa, con sus enormes defectos, sus flagrantes contradicciones, el Diego es parte de nosotros, nunca fue de ellos, y esto es lo que asombra a periodistas extranjeros de ricos pero fríos países europeos, que no entienden, que se olvidaron de los valores que no cotizan en Bolsa, valores de un pueblo acosado por los “correctos” y “previsibles” y “muy serios” y sinvergüenzas, sin comillas, acreedores y sus socios internos, pero rico y generoso con sus sentimientos para con quienes se lo merecen.

Caras y Caretas

martes, mayo 11

En este bicentenario

Por Felipe Pigna

Llegó finalmente el mes tan mentado, mayo, el mes del Bicentenario. Enorme oportunidad para pensar y pensarnos, para retomar la senda marcada por nuestros padres fundadores y honrar el mandato histórico de Mayo de 1810 tan manipulado durante estos doscientos años. Porque aquellos sueños de libertad e inclusión, de industria, progreso, justicia y educación para todos fueron trocados por la justificación de la llegada y permanencia en el poder de una elite que se decía continuadora de los ideales de mayo pero que en realidad practicaba todo lo contrario.
La línea Mayo-Caseros es en todo caso muy sinuosa y caprichosa.
Los hombres que encararon el Proceso de Organización Nacional tras la derrota del interior en Pavón comenzaron en 1862 con Mitre a crear un nuevo Estado centralizado en el que el principal rubro del presupuesto estaba constituido por los gastos militares de un flamante ejército nacional que nacía con una hipótesis de conflicto muy clara: la represión interna a los movimientos provinciales que se resistían a aceptar la hegemonía del puerto de Buenos Aires y el sometimiento a sus políticas. Estos dirigentes reivindicaban de palabra la revolución y a sus hombres pasteurizándolos, quitándoles todo contenido cuestionador y revolucionario. Si hasta llegaron a negarle legitimidad al Plan de operaciones de Mariano Moreno argumentando que era apócrifo. Claro que leyendo aquella obra basal del pensamiento morenista uno entiende por qué los autodenominados liberales argentinos se quieren despegar de aquel Moreno que escribía: “Una cantidad de 200 o 300 millones de pesos puestos en el centro del Estado para la fomentación de las artes, agricultura, navegación, etc., producirán en pocos años un continente laborioso, instruido y virtuoso, sin necesidad de buscar exteriormente nada de lo que necesite para la conservación de sus habitantes, no hablando de aquellas manufacturas que, siendo como un vicio corrompido, son de un lujo excesivo e inútil, que deben evitarse principalmente porque son extranjeras y se venderán a más oro de lo que pesan”. Este era el “liberal” Moreno. Era lógico que, según su costumbre que se iría perfeccionando, quisieran hacer desaparecer aquel escrito que les complicaba su instalación de la idea de la “herencia” de los mejores ideales de Mayo, no convenía que Moreno explicitara tan claramente la necesidad de la inversión del Estado en infraestructura para cambiar el modelo de país de pastoril exportador para unos pocos a industrial, agrícola y moderno para muchos. No podía aparecer nada menos que Moreno criticando las importaciones suntuarias, tan “necesarias” para nuestras señoras y señores de la burguesía terrateniente que se disfrazaban de liberales.
Tenemos en este 2010 la oportunidad de acercarnos a aquel pensamiento no desde la nostalgia de lo que fue y no será, sino desde la lógica que revaloriza un pensamiento que mantiene una extraordinaria vigencia y que puede sernos de una gran utilidad en la tarea de reconstrucción y puesta en marcha de un modelo productivo inclusivo en el que nadie se quede afuera. Esto proponía hace doscientos años Manuel Belgrano: “Es de necesidad poner los medios para que puedan entrar al orden de sociedad los que ahora casi se avergüenzan de presentarse a sus conciudadanos por su desnudez y miseria, y esto lo hemos de conseguir si se le dan propiedades que se podría obligar a la venta de los terrenos que no se cultivan, al menos en una mitad, si en un tiempo dado no se hacían las plantaciones por los propietarios; y mucho más se les debería obligar a los que tienen sus tierras enteramente desocupadas, y están colinderas con nuestras poblaciones de campaña, cuyos habitadores están rodeados de grandes propietarios y no tienen ni en común ni en particular ninguna de las gracias que les concede la ley: motivo porque no adelantan”.

Revista Caras y Caretas

viernes, abril 30

1° de mayo - Día del trabajador

Mayo es un mes marcado por una historia, una tradición de lucha que arrancó un primero de mayo de 1886 allá en Chicago, cuando un grupo de trabajadores organizó una movilización popular en reclamo de la jornada de ocho horas en una época en que lo “natural” era trabajar entre 12 y 16 horas por día. La mayor democracia del mundo respondió brutalmente y, fraguando un atentado, encarceló a un grupo de militantes populares en los que intentó escarmentar a toda la clase trabajadora de los Estados Unidos y por qué no, de todo el mundo. Tras un proceso plagado de irregularidades, fueron detenidos los dirigentes anarquistas Adolph Fisher, Augusto Spies, Albert Parsons, George Engel, Louis Lingg, Michael Schwab, Samuel Fielden y Oscar Neebe. Los cuatro primeros fueron ahorcados el 11 de noviembre de 1887. Lingg prefirió suicidarse con una bomba que él mismo había preparado en la cárcel antes de padecer la “justicia del sistema”. Miguel Schwab y Samuel Fielden fueron condenados a prisión perpetua y Oscar Neebe a 15 años cárcel. Miguel Schawb dijo al escuchar su condena que reconocía a aquel tribunal ninguna autoridad y que su lucha y la de sus compañeros era de una justicia tan evidente que no había nada que demostrar y que ellos luchaban por las 8 horas de trabajo pero que: “Cuatro horas de trabajo por día serían suficientes para producir todo lo necesario para una vida confortable, con arreglo a las estadísticas. Sobraría, pues, tiempo para dedicarse a las ciencias y el arte". Porque, claro, las ciencias y el arte deben ser para todos. Pasaron 109 años de aquellos crímenes de Chicago y pasó mucha agua y mucha sangre bajo el puente. Los obreros de todo el mundo eligieron el primero de mayo como jornada de lucha, de recuerdo de sus compañeros y de lucha por sus derechos, de ratificación de su condición de ciudadanos libres, con plenos derechos, según decían las propias constituciones burguesas que regían la mayoría de los Estados modernos. En nuestro país cada primero de mayo nuestros trabajadores tomaron las calles desafiando al poder, recordándole que existían y que no se resignarían a ser una parte del engranaje productivo. La lucha logró la reducción de la jornada laboral, las leyes sociales y la dignificación del trabajador. El poder se sintió afectado y en cada contraofensiva cívico-militar como las del 55; 62; 66; 76 y 89 (esta vez a través del voto), pretendieron y en ocasiones lo lograron, arrasar con las históricas conquistas del movimiento obrero. Persecuciones salvajes, secuestros, torturas y desapariciones, durante los gobiernos golpistas, amenazas de despidos, rebajas salariales, precarización laboral y la complicidad de algunos dirigentes sindicales, son en los últimos años las armas del poder para mantener y aumentar su tasa de ganancia a costa del sudor ajeno. Un incendio, un “accidente” en un taller textil puso a la vista de una sociedad que tiene una cierta tendencia a la mirada para otro lado: hay esclavos en el siglo XXI, y los hay acá, en Argentina. Trabajadores esclavos, sin derechos pero con muchas obligaciones. El capitalismo salvaje, para algunos una redundancia, nos extorsiona: quieren ropa más barata, éste es el precio. La realidad es otra, márgenes de ganancia escandalosos, avaricia sin límites, un Estado que hace la vista gorda, pero sobre todo la pérdida de valores básicos como la solidaridad, abonada en los 90, épocas hasta donde las leyes que protegían a los trabajadores se volvían tan “flexibles” como inflexibles se volvían las leyes que garantizaban el enriquecimiento ilícito de los funcionarios a los que se les pagaba sueldos y sobresueldos con la excusa de defender los derechos de los ciudadanos e inflexibles se volvían las seguridades jurídicas que, como sabemos, sólo son para los dueños del poder y las cosas. La esclavitud debe dolernos a todos, debemos volver a aquel humanismo que supimos conseguir, a dolernos y solidarizarnos con los más desprotegidos, aquel humanismo que proclamaba el Libertador San Martín cuando abolía la esclavitud en el Perú un 12 de agosto de 1821: “Una porción numerosa de nuestra especie ha sido hasta hoy mirada como un efecto permutable, y sujeto a los cálculos de un tráfico criminal: los hombres han comprado a los hombres, y no se han avergonzado de degradar la familia a la que pertenecen vendiéndose unos a otros. Las instituciones de los pueblos bárbaros han establecido el derecho de propiedad en contravención al más augusto que la naturaleza ha concedido.”

Autor: Felipe Pigna. Editorial Caras y Caretas, mayo 2006.
Fuente: www.elhistoriador.com.ar

martes, marzo 23

Entrevista a Juan Gelman

Por Felipe Pigna

¿Cuáles fueron para usted las causas del golpe del '76?
No se puede analizar el golpe del ’76 fuera de una historia de golpes en la Argentina que comienza en el año 1930. Todos conocemos la posibilidad de golpe de estado; la imposibilidad de que los gobiernos civiles se afianzaran. En cierto momento se habló de la existencia de un partido militar, en tanto era el ejército quien determinaba el curso de las políticas nacionales. En realidad, no puede haber un golpe de estado sin contar con apoyo civil. Ese apoyo civil es en general de empresarios, agropecuarios, según la época, y sectores políticos. Es verdad que los políticos, los radicales, los comunistas, los demócratas progresistas, los socialistas golpearon las puertas para que los militares derrocaran a Perón. De alguna manera, el golpe del ’76 se dio con un consenso social bastante grande, sobre todo en la pequeña burguesía urbana y en los sectores urbanos. Los pretextos que se usaron eran, por un lado, económicos: la mala gestión de Isabel. Eso existió, pero estábamos a nueve meses de elecciones generales, donde se podía elegir otro gobierno. Otro pretexto que se utilizó fue el de la guerrilla. Pero ocurre que en países como Italia y Alemania la guerrilla se pudo controlar y deshacer sin golpe de estado. Éste es el fundamento de la famosa teoría de los dos demonios. Es decir, de un lado estaba la guerrilla, del otro lado estaban los militares y en el medio había una población que no tenía nada que ver con nada. Ésta es una forma de desresponsabilizar a la gente en relación a lo que ocurría.

Respecto a lo que dicen algunos militares como Suárez Mason, acerca de que ellos se sienten usados por las grandes fuerzas empresariales es, hasta cierto punto, así y, hasta cierto punto, no es tan así. Sí habla de la existencia de un tejido anterior al golpe militar, un tejido que se fue conformando a lo largo de los años. Antes del golpe del ’76, estuvo el golpe del ’55 y estuvo el gobierno de Frondizi. Es decir, ya habían empezado los intentos de asociar al país a las políticas monetaristas internacionales del Fondo Monetario Internacional y del Banco Mundial, y había comenzado la voluntad de iniciar las privatizaciones y todo lo demás. De manera que no se puede desvincular la acción militar de esta voluntad de sectores empresariales del país y de fuera de imprimir en el país un rumbo determinado en este campo.

¿Quiénes apoyaren el golpe?
No se puede disociar el golpe de determinadas complicidades, por ejemplo, de un buen sector de la burocracia sindical. Hubo casos extraordinarios. En el Nunca Más uno lee cómo en la madrugada del 24 de marzo, antes de que el golpe se anunciara públicamente, se tomaban locales sindicales, se detenían a dirigentes medios y de base, en su mayoría peronistas en un gran cinturón de Buenos Aires. Y cómo -hay un testimonio- ahí decían “vamos a matar a todos los peronistas”, mientras resulta que algunos dirigentes sindicales peronistas estaban absolutamente con el golpe. También la Iglesia -con excepciones por supuesto- no sólo lo apoyó, sino que confortó a los militares asesinos y torturadores. De manera que esta es una lista incompleta, pero hablo de los elementos fundamentales: la Iglesia, las llamadas “fuerzas vivas”, que son “vivas” en doble sentido y el ejército, es el trípode en el que se apoya el Estado.

¿Cuál el objetivo del golpe?
Lo que se fue haciendo bajo la dictadura militar fue cambiar el modelo de país. El nuestro era un país bastante industrializado, con una clase obrera numerosa y combativa. El fin era económico, pero también político: quebrar el movimiento obrero, que era el otro polo de desarrollo del país, con una clase obrera nueva y desintegrar esa identidad política que era el peronismo. Los métodos que aplicaron son conocidos por todos nosotros.

¿Qué opina de la teoría de los dos demonios?
Lo que demuestra que la teoría de los dos demonios no funciona es el hecho de que haya habido 30 mil desaparecidos. Según un estudio del coronel Florencio García y del ejército había a lo sumo mil quinientos guerrilleros, sumando todos los grupos guerrilleros en el país. De manera que suponiendo que todos esos guerrilleros hubieran sido aniquilados por las fuerzas armadas, todavía cabe preguntar qué pasó con los 28 mil quinientos que no eran guerrilleros y que incluso no estaban a favor, sino en contra de la lucha armada como salida del problema del país. Claro que murieron “inocentes” entre comillas, como dicen determinados voceros que dan diploma de inocencia a las víctimas para perdonar a los victimarios -como si las víctimas les hubieran encargado esa tarea-.

Eran estudiantes, el 30 por ciento; eran obreros, gente que trabajaba, más del 50 por ciento. Había intelectuales, había periodistas, hombres de teatro, de letras, había curas, sacerdotes, incluso. La Noche de los Lápices es un ejemplo muy claro: gente que peleaba por cambiar una situación de injusticia en el país, por medios pacíficos. Sin ninguna duda a esta gente se la mete en la misma bolsa, sigue siendo uno de los dos demonios, cuando en realidad fue una voluntad de cambio que venía de la década anterior, de los años '60.

En esa década hubo un factor que influyó mucho, sobre todo en la fuerza de izquierda en la Argentina: la Revolución Cubana. Hasta entonces mundialmente se pensaba que era posible la transición pacífica al socialismo. El Partido Comunista argentino estaba en esa misma posición. Y la Revolución Cubana mostró la posibilidad de cambiar el sistema por la vía guerrillera. Esto influyó en sectores muy grandes de la intelectualidad argentina, que siempre se caracterizó por una participación activa, esto desde el siglo pasado. Hubo grandes estadistas nuestros que fueron intelectuales. Y esto es una constante en los países de América latina. En esos años había una discusión muy ardiente acerca de lo que pasaba en el país y de cómo cambiar lo que estaba pasando en el país. Y existían posiciones de lo más diversas con respecto a eso. Pero por sobre todo había una voluntad de cambio y de reflexión acerca de los caminos para producir ese cambio, en la que había muchísimos intelectuales, escritores, pintores, artistas en general. Eso era un fenómeno natural en esos años. Hay una teoría de Sartre del escritor comprometido que no tenía mayor asidero, porque el escritor comprometido implica que “hay una voluntad de”, mientras que para el movimiento estudiantil y grandes sectores de artistas e intelectuales de Argentina en esos años no era una “voluntad de”, era muy natural la actividad política, la reflexión en torno a todos estos temas, etc., etc.

¿Cuáles son las repercusiones del golpe de estado en la actualidad?
Yo percibo que hay temor implantado en la sociedad argentina, por razones explicables. Pero además la falta de seguridad sigue. Yo no creo casual que salgan algunos a decir que hicieron lo que hicieron y que están muy contentos de haberlo hecho. Además hay amenazas contra los hijos de desaparecidos, que han creado una red. Me contaron el caso de un tipo que se acercó a una hija de desaparecido y le dijo: “mirá, decíles a todos esos que andan con vos que van a terminar presos. Tu papá no está muerto. Lo que pasa es que le dimos tantas picanas que está loco y de vos no tiene noticias ni que existís”. Todo esto se alimenta en los fantasmas de las víctimas, porque es muy difícil admitir que un ser querido ha muerto, o desaparecido, que no se sepa dónde está, no se sepa qué pasó con él. También hubo casos en los que llamaban a madres de desaparecidos -hasta el año pasado, por lo menos- de parte del hijo, diciéndole: “Mario está bien. Ya va a volver, manda saludos”; y cosas de esa naturaleza, que ya son de un sadismo que no tienen ningún fin político. Se trata de mantener latente el temor que los métodos de la dictadura militar implantaron en el país.

Lo que a mí más me preocupa de la situación actual en la Argentina es el hecho de que hay una suerte de continuidad del pensamiento militar por medios civiles. En primer lugar está el tema de la impunidad, que todos los militares hayan sido perdonados… Alfonsín fue el que, en definitiva, perdonó a más gente con las leyes de Obediencia Debida y Punto Final. Hay un cálculo -cuya veracidad no estoy en condiciones de asegurar- que estima que fueron bastantes miles los miembros de las fuerzas armadas y de seguridad que participaron directamente en los secuestros, asesinatos y en las torturas. Esos fueron los que perdonó Alfonsín. Y los que se condenaron en el Juicio fueron los que perdonó Menem creando esta sensación de que hoy se puede hacer todo sin que haya castigo. Uno se explica el hecho de que esto continúe por la siguiente razón: porque los militares se fueron, pero la red de intereses que lo sostuvo, que los apoyó, que los cobijó, sigue viva. El otro día caminando por la calle vi un cartel de una elección de hace unos años, en el que el señor Martínez Raymonda, del Partido Demócrata Progresista, se proponía como candidato a diputado. El señor Martínez Raymonda fue embajador de la dictadura militar en Roma. Y como éste ya conocemos los centenares de radicales y peronistas que fueron intendentes bajo la dictadura. Esto en relación a los políticos. Los dirigentes sindicales siguen flotando por ahí. La Iglesia que todavía parece que no está en condiciones de hacerse un examen de cómo participó, salvo -repito- excepciones notorias. Y también, por qué no, ciertos intelectuales que por ejemplo en el año ’78 explicaban en el San Martín por qué la censura era necesaria, con teorías muy peregrinas acerca de este tema: por ejemplo, que cuando en Rusia existía la censura zarista se dio una gran literatura, como si eso fuera el resultado de la censura.

¿Qué importancia tiene la memoria?
Creo que la lucha por la memoria es muy importante, porque a toda esta red de intereses le interesa efectivamente el olvido. Y el tema de los desaparecidos sigue pesando en nuestra sociedad como un cáncer, como una herida que no se cierra. Sin esa memoria no se puede construir una moral cívica sólida. La sociedad pierde el sustento de la memoria, la memoria cívica, justamente. Esto es muy dañino. En la Argentina esto se ha dado vuelta y vuelta. Parece que hubiera tajos, agujeros en la historia, y parece como que esa historia no ha existido. Un peligro de todo eso es que la historia se repita. La historia se repite y no siempre como comedia, sino siempre como tragedia.

¿Qué hizo usted frente a la dictadura desde la poesía?
Yo creo que el hacer poesía es una forma de resistencia, el solo hecho de escribir. Hay un proceso de cosificación, de deshumanización, y hay poesía y arte que combaten eso por el solo hecho de existir, aunque no se lo proponga. Si yo entiendo tu pregunta, el tema es, ¿qué pasa con la poesía y la política? Creo que son dos planos absolutamente diferentes. La poesía son botellas tiradas al mar que, por ahí, alguien recoge. Hablabas del compromiso en la poesía... Yo a la poesía comprometida prefiero la poesía casada, casada con la poesía. El verdadero tema de la poesía es la poesía y por eso puede hablar de cualquier cosa. Los que en cierto momento se escandalizaron porque creían que la poesía no podía tratar temas políticos es gente que no leyó a Shakespeare, que no leyó al Dante, para hablar nada más que de esos dos antecedentes. Hay una anécdota de Paul Éluard, el gran poeta francés, que ilustra lo que pienso. En el año 1950 estalló la guerra de Corea, supuestamente porque los del sur invadieron el norte o al revés. Paul Éluard era miembro del Partido Comunista francés. Él era otro de los grandes poetas, como Aragón y otros. Y se creyeron en la necesidad, en la obligación de escribir poemas por el tema de la guerra de Corea. Paul Éluard no lo hizo y cuando se lo reprocharon, él explicó que solamente escribía poemas de temas políticos cuando la circunstancia exterior coincidía con la circunstancia del corazón. Porque de otro modo -y esto ya no lo dijo él- efectivamente se incurre en el panfleto y en cosas que no tienen demasiado que ver. Yo creo que es legítimo que si un poeta tiene necesidad de expresar esas preocupaciones porque le producen una obsesión poética, -no porque se lo indique el comité central del partido-, es legítimo hablar de temas sociales, políticos, revolucionarios. Pero a la vez, lo otro también es legítimo. Ha habido gente que participó en la resistencia francesa, un tipo que estuvo en Francia, clandestino, peleó contra los nazis, y no hay una sola línea explícita sobre el tema en toda su obra.

Fuente: www.elhistoriador.com.ar