Corre sobre las llanuras, selvas y montañas, un infinito viento generoso.
En una inmensa e invisible bolsa va reco-giendo todos los sonidos, palabras y rumores de la tierra nuestra. El grito, el canto, el silbo, el rezo, toda la verdad cantada o llorada por los hombres, los montes y los pájaros van a parar a la hechizada bolsa del Viento.
Pero a veces la carga es colosal, y termina por romper los costados de la alforja infinita.
Entonces, el Viento deja caer sobre la tierra, a través de la brecha abierta, la hilacha de una melodía, el ay de una copla, la breve gracia de un silbido, un refrán, un pedazo de corazón escondido en la curva de una vidalita, la punta de flecha de un adiós bagualero.
Y el viento pasa, y se va. Y quedan sobre los pastos las “yapitas” caídas en su viaje.
Esas “yapitas”, cuentas de un rosario lírico, soportan el tiempo, el olvido, las tempestades. Según su condición o calidad, se desmenuzan, se quiebran y se pierden. Otras, permanecen intactas. Otras, se enriquecen, como si el tiempo y el olvido -la alqui-mia cósmica- les hicieran alcanzar una condición de joya milagrosa.
Pero llega un momento en que son halladas estas “yapitas” del alma de los pueblos. Alguien las encuentra un día.
¿Quién las encuentra?
Pues los muchachos que andan por los campos por el valle soleado, por los senderos de la selva en la siesta, por los duros caminos de la sierra, o junto a los arroyos, a junto a los fogones. Las en-cuentran los hombres del oscuro destino, los brazos zafreros, los héroes del socavón, el arriero que des-pedaza su grito en los abismos, el juglar desvelado y sin sosiego.
Las encuentran las guitarras después de vencido el dolor, meditación y silencio trans-formados en dignidad sonora. Las encuentran las flautas indias, las que esparcieron por el Ande las cenizas de tantos yaravíes.
Y con el tiempo, changos, y hombres, y pájaros, y guitarras, elevan sus voces en la noche argentina, o en las claras mañanas, o en las tardes pensativas, devolviéndole al Viento las hilachitas del canto perdido.
Por eso hay que hacerse amigo, muy amigo del Viento. Hay que escucharlo. Hay que entenderlo. Hay que amarlo. Y seguirlo. Y soñarlo. Aquel que sea capaz de entender el lenguaje y el rumbo del Viento, de comprender su voz y su destino, hallará siempre el rumbo, alcanzará la copla, penetrará en el Canto.
ATAHUALPA YUPANQUI
Decía Walter Benjamín que un libro de citas de otros, sería un libro perfecto, ya que estas enriquecen lo nuestro y convierten nuestra obra en una “obra colectiva”. Lejos de la perfección se encuentra esta iniciativa, pero si vale como lugar donde compartir distintos textos, con el sentido de entender este día a día que nos toca en el mundo. La intención no será cambiarlo, sólo la de tratar de entenderlo.
jueves, mayo 19
miércoles, mayo 11
Bin Laden y los chicos malos
Así que el chico malo está muerto. Y para mostrar cuán nobles son aquellos que lo mataron dijeron que lo arrojaron al mar respetando el rito musulmán para que nadie diga que son unos salvajes. Nosotros –el bien- nos comportamos muy diferente a ellos, que son el mal. Así de sencillo. Desde el prestigioso columnista del New York Times Thomas Friedman hasta Barack Obama usan y abusan del término “the bad guys” (los chicos malos) para dividir al mundo con categoría simplistas e inmutables. Esto no es nuevo, ya hace cuarenta años Ariel Dorfman y Armand Mattelart lo explicaron de manera brillante en su famoso libro “Para leer al Pato Donald”. Esta visión absurda de la realidad puede convencer a gran parte de los estadounidenses, tan afectos a pensar en términos de buenos y malos. Difícilmente se detengan a pensar porqué muchos “chicos malos” fueron “buenos” mientras eran funcionales o aliados; desde Saddam Hussein hasta Bin Laden, antes de que éste se convirtiera en el enemigo público número uno.
Seguramente, cuando pase la euforia y el show mediático algún funcionario del Departamento de Estado revisará sus papeles y encontrará los motivos por los cuales el ignoto Bin Laden se convirtió en el terrorista más buscado sobre la tierra. Si lo hace, se dará cuenta que después de combatir a los soviéticos se sublevó contra la presencia de tropas norteamericanas en Arabia Saudita que llegaron con la excusa de que Saddam Hussein se había apoderado de Kuwait en agosto de 1990 y planeaba invadir también el reino de la dinastía Al Saud, algo que nunca sucedió. Si es astuto, se preguntará si tendrá algún efecto negativo que hoy haya más tropas que antes en el Golfo, ya que muchos de sus “buenos muchachos” están en Kuwait, Bahrein, Emiratos Arabes Unidos, Catar y Yemen. Recordará que una de las banderas de Bin Laden era la masacre de los musulmanes en Bosnia, pero rápidamente se dirá que allí la guerra ya ha finalizado. También se percatará de que los chechenos continúan en guerra, pero se dirá que es un problema ruso. Pensará que hay que resolver el conflicto palestino-israelí, pero como muy pocos palestinos recurren ahora a la violencia se tranquilizará porque el sentir de los árabes importa poco o nada en el Departamento de Estado, y sus jefes creerán que pueden seguir con su apoyo incondicional al Estado de Israel.
El problema surgirá cuando despliegue un mapa del mundo árabe y no sepa distinguir si los “buenos muchachos” son los gobernantes que se aferran al poder y reprimen a sus pueblos, o aquellos que los combaten. Y allí, tal vez tome conciencia de que matando a Bin Laden no han resuelto absolutamente nada.
fuente, www.http://www.pedrobrieger.blogspot.com/
Seguramente, cuando pase la euforia y el show mediático algún funcionario del Departamento de Estado revisará sus papeles y encontrará los motivos por los cuales el ignoto Bin Laden se convirtió en el terrorista más buscado sobre la tierra. Si lo hace, se dará cuenta que después de combatir a los soviéticos se sublevó contra la presencia de tropas norteamericanas en Arabia Saudita que llegaron con la excusa de que Saddam Hussein se había apoderado de Kuwait en agosto de 1990 y planeaba invadir también el reino de la dinastía Al Saud, algo que nunca sucedió. Si es astuto, se preguntará si tendrá algún efecto negativo que hoy haya más tropas que antes en el Golfo, ya que muchos de sus “buenos muchachos” están en Kuwait, Bahrein, Emiratos Arabes Unidos, Catar y Yemen. Recordará que una de las banderas de Bin Laden era la masacre de los musulmanes en Bosnia, pero rápidamente se dirá que allí la guerra ya ha finalizado. También se percatará de que los chechenos continúan en guerra, pero se dirá que es un problema ruso. Pensará que hay que resolver el conflicto palestino-israelí, pero como muy pocos palestinos recurren ahora a la violencia se tranquilizará porque el sentir de los árabes importa poco o nada en el Departamento de Estado, y sus jefes creerán que pueden seguir con su apoyo incondicional al Estado de Israel.
El problema surgirá cuando despliegue un mapa del mundo árabe y no sepa distinguir si los “buenos muchachos” son los gobernantes que se aferran al poder y reprimen a sus pueblos, o aquellos que los combaten. Y allí, tal vez tome conciencia de que matando a Bin Laden no han resuelto absolutamente nada.
fuente, www.http://www.pedrobrieger.blogspot.com/
martes, mayo 3
Antes del fin
Por Ernesto Sábato, 1911-2011
Me llamo Ernesto, porque cuando nací, el 24 de junio de 1911, día del nacimiento de san Juan Bautista, acababa de morir el otro Ernesto, al que, aun en su vejez, mi madre siguió llamando Ernestito, porque murió siendo una criatura. "Aquel niño no era para este mundo", decía. Creo que nunca la vi llorar -tan estoica y valiente fue a lo largo de su vida-, pero, seguramente, lo haya hecho a solas. Y tenía noventa años cuando mencionó, por última vez, con sus ojos humedecidos, al remoto Ernestito. Lo que prueba que los años, las desdichas, las desilusiones, lejos de facilitar el olvido, como se suele creer, tristemente lo refuerzan.
Aquel nombre, aquella tumba, siempre tuvieron para mí algo de nocturno, y tal vez haya sido la causa de mi existencia tan dificultosa, al haber sido marcado por esa tragedia, ya que entonces estaba en el vientre de mi madre; y motivó, quizá, los misteriosísimos pavores que sufrí de chico, las alucinaciones en las que de pronto alguien se me aproximaba con una linterna, un hombre a quien me era imposible evitar, aunque me escondiera temblando debajo de las cobijas. O aquella otra pesadilla en la que me sentía solo en una cósmica bóveda, tiritando ante algo o alguien -no lo puedo precisar- que vagamente me recordaba a mi padre. Durante mucho tiempo padecí sonambulismo. Yo me levantaba desde el último cuarto donde dormíamos con Arturo, mi hermano menor, y, sin tropezar jamás ni despertarme, iba hasta el dormitorio de mis padres, hablaba con mamá y luego volvía a mi cuarto. Me acostaba sin saber nada de lo que había pasado, sin la menor conciencia. De modo que cuando a la mañana ella me decía, con tristeza -¡tanto sufrió por mí!-, con voz apenas audible: "Anoche te levantaste y me pediste agua", yo sentía un extraño temblor. Ella temía ese sonambulismo, me lo dijo muchos años más tarde, cuando me enviaron a La Plata para hacer los estudios secundarios, y ya ella no estuvo para protegerme. Pobre mamá, no comprendía, ni yo tampoco en aquel entonces, que ese tormento en gran parte era el resultado de la convivencia espartana, regida por mi padre.
La tierra de mi infancia, como un pueblo estremecido por fuerzas extrañas, se hallaba invadida por el terror que sentía hacia él. Lloraba a escondidas, ya que nos estaba prohibido hacerlo, y, para evitar sus ataques de violencia, mamá corría a ocultarme. Con tal desesperación mi madre se había aferrado a mí para protegerme, sin desearlo, ya que su amor y su bondad eran infinitos, que acabó aislándome del mundo. Convertido en un niño solo y asustado, desde la ventana contemplaba el mundo de trompos y escondidas que me había sido vedado.
De alguna manera, nunca dejé de ser el niño solitario que se sintió abandonado, por lo que he vivido bajo una angustia semejante a la de Pessoa: "Seré siempre el que esperó a que le abrieran la puerta, junto a un muro sin puerta".
Y así, de una u otra forma, necesité compasión y cariño.
Me llamo Ernesto, porque cuando nací, el 24 de junio de 1911, día del nacimiento de san Juan Bautista, acababa de morir el otro Ernesto, al que, aun en su vejez, mi madre siguió llamando Ernestito, porque murió siendo una criatura. "Aquel niño no era para este mundo", decía. Creo que nunca la vi llorar -tan estoica y valiente fue a lo largo de su vida-, pero, seguramente, lo haya hecho a solas. Y tenía noventa años cuando mencionó, por última vez, con sus ojos humedecidos, al remoto Ernestito. Lo que prueba que los años, las desdichas, las desilusiones, lejos de facilitar el olvido, como se suele creer, tristemente lo refuerzan.
Aquel nombre, aquella tumba, siempre tuvieron para mí algo de nocturno, y tal vez haya sido la causa de mi existencia tan dificultosa, al haber sido marcado por esa tragedia, ya que entonces estaba en el vientre de mi madre; y motivó, quizá, los misteriosísimos pavores que sufrí de chico, las alucinaciones en las que de pronto alguien se me aproximaba con una linterna, un hombre a quien me era imposible evitar, aunque me escondiera temblando debajo de las cobijas. O aquella otra pesadilla en la que me sentía solo en una cósmica bóveda, tiritando ante algo o alguien -no lo puedo precisar- que vagamente me recordaba a mi padre. Durante mucho tiempo padecí sonambulismo. Yo me levantaba desde el último cuarto donde dormíamos con Arturo, mi hermano menor, y, sin tropezar jamás ni despertarme, iba hasta el dormitorio de mis padres, hablaba con mamá y luego volvía a mi cuarto. Me acostaba sin saber nada de lo que había pasado, sin la menor conciencia. De modo que cuando a la mañana ella me decía, con tristeza -¡tanto sufrió por mí!-, con voz apenas audible: "Anoche te levantaste y me pediste agua", yo sentía un extraño temblor. Ella temía ese sonambulismo, me lo dijo muchos años más tarde, cuando me enviaron a La Plata para hacer los estudios secundarios, y ya ella no estuvo para protegerme. Pobre mamá, no comprendía, ni yo tampoco en aquel entonces, que ese tormento en gran parte era el resultado de la convivencia espartana, regida por mi padre.
La tierra de mi infancia, como un pueblo estremecido por fuerzas extrañas, se hallaba invadida por el terror que sentía hacia él. Lloraba a escondidas, ya que nos estaba prohibido hacerlo, y, para evitar sus ataques de violencia, mamá corría a ocultarme. Con tal desesperación mi madre se había aferrado a mí para protegerme, sin desearlo, ya que su amor y su bondad eran infinitos, que acabó aislándome del mundo. Convertido en un niño solo y asustado, desde la ventana contemplaba el mundo de trompos y escondidas que me había sido vedado.
De alguna manera, nunca dejé de ser el niño solitario que se sintió abandonado, por lo que he vivido bajo una angustia semejante a la de Pessoa: "Seré siempre el que esperó a que le abrieran la puerta, junto a un muro sin puerta".
Y así, de una u otra forma, necesité compasión y cariño.
miércoles, abril 27
70 años de El Ciudadano
El 1 de mayo de 1941 se estrenó en Nueva York la ópera prima de Orson Welles, que se convirtió en un clásico indiscutido del séptimo arte. Por qué se la considera la mejor película de todos los tiempos.
Por Melisa Miranda Castro
Dicen que la tercera es la vencida y así lo fue para Orson Welles, que antes de estrenar el filme que lo consagró para siempre en la historia del cine y que le permitió ganar su único Oscar –como “Mejor Guión Original”– intentó poner en marcha un par de proyectos que no prosperaron. El próximo 1 de mayo, se cumplirán siete décadas del debut que marcó un antes y un después en el séptimo arte. El ciudadano (Citizen Kane) se proyectó por primera vez en 1941 y revolucionó al mundo con una nueva manera de narrar, comenzando la película con el final y utilizando el flashback para construir el rompecabezas que es la trama. Todos los recursos incorporados por Welles –quien dirigió, escribió y actuó- hicieron que esta película se convirtiera en una pieza única, que inauguró una nueva era cinematográfica, que no pudo dejar de mirarla e inspirarse en ella para continuar evolucionando. La producción llevó nueve meses de montaje y fue protagonizada por Welles, que interpretó el papel de Kane, Joseph Cotten como el periodista y Dorothy Comingore, en la piel de la última esposa del millonario muerto.
El filme cuenta la historia de un magnate de los medios, “Charles Foster Kane”, que muere en su mansión, con sus sirvientes como únicos testigos de su fallecimiento. Su última palabra antes de partir es: “Rosebud”. Esto genera una investigación, encabezada por un periodista, que se encarga de entrevistar a todas las personas que trabajaron con “Kane” o estuvieron relacionadas a él de alguna manera, para averiguar el significado de esa misteriosa palabra. Para escribir esta película, junto con Herman Mankiewicz, Welles se inspiró en William Hearst, un multimillonario estadounidense de la época, promotor de la llamada “prensa amarilla” y considerado el dueño del mayor monopolio periodístico de todos los tiempos. Pero su perfil también cobró fama por su afición desmedida por poseer objetos. Compró palacios y obras de arte de manera compulsiva, y tuvo excentricidades como adquirir el monasterio de Santa María en Segovia y trasladarlo ladrillo a ladrillo a los Estados Unidos. Basado en la explosiva vida de Hearst, Welles escribió el guión de El ciudadano y, aunque cambió nombres y referencias, dejó ciertos guiños, como la palabra “Rosebud”, que “Kane” pronuncia antes de morir, que es el apodo con el que el magnate llamaba a Marion Davies, la actriz que era su pareja; o cuando al principio de la película nombran a próceres norteamericanos y Hearst está entre ellos. La película fue un éxito, a pesar de la campaña de desprestigio que le lanzó el padre del sensacionalismo, desde sus diecisiete diarios, algunas decenas de revistas y varias radios. El círculo íntimo del magnate intentó comprar los derechos para que nunca se pudiera estrenar el filme, pero no lo lograron. Aunque Welles pasó a formar parte de la lista negra de Hollywood.
En agosto de 1941, el mismísimo Jorge Luis Borges se ocupó de escribir la crítica de la película en la revista “Sur”, que concluyó con las siguientes palabras: “Me atrevo a sospechar, sin embargo, que ‘Citizen Kane’ perdurará como ‘perduran’ ciertos filmes de (David Wark) Griffith o de (Vsévolod) Pudovkin, cuyo valor histórico nadie niega, pero que nadie se resigna a rever. Adolece de gigantismo, de pedantería, de tedio. No es inteligente, es genial: en el sentido más nocturno y más alemán de esta mala palabra”.
fuente, http://www.elargentino.com/nota-135297-70-anos-de-El-Ciudadano.html
Por Melisa Miranda Castro
Dicen que la tercera es la vencida y así lo fue para Orson Welles, que antes de estrenar el filme que lo consagró para siempre en la historia del cine y que le permitió ganar su único Oscar –como “Mejor Guión Original”– intentó poner en marcha un par de proyectos que no prosperaron. El próximo 1 de mayo, se cumplirán siete décadas del debut que marcó un antes y un después en el séptimo arte. El ciudadano (Citizen Kane) se proyectó por primera vez en 1941 y revolucionó al mundo con una nueva manera de narrar, comenzando la película con el final y utilizando el flashback para construir el rompecabezas que es la trama. Todos los recursos incorporados por Welles –quien dirigió, escribió y actuó- hicieron que esta película se convirtiera en una pieza única, que inauguró una nueva era cinematográfica, que no pudo dejar de mirarla e inspirarse en ella para continuar evolucionando. La producción llevó nueve meses de montaje y fue protagonizada por Welles, que interpretó el papel de Kane, Joseph Cotten como el periodista y Dorothy Comingore, en la piel de la última esposa del millonario muerto.
El filme cuenta la historia de un magnate de los medios, “Charles Foster Kane”, que muere en su mansión, con sus sirvientes como únicos testigos de su fallecimiento. Su última palabra antes de partir es: “Rosebud”. Esto genera una investigación, encabezada por un periodista, que se encarga de entrevistar a todas las personas que trabajaron con “Kane” o estuvieron relacionadas a él de alguna manera, para averiguar el significado de esa misteriosa palabra. Para escribir esta película, junto con Herman Mankiewicz, Welles se inspiró en William Hearst, un multimillonario estadounidense de la época, promotor de la llamada “prensa amarilla” y considerado el dueño del mayor monopolio periodístico de todos los tiempos. Pero su perfil también cobró fama por su afición desmedida por poseer objetos. Compró palacios y obras de arte de manera compulsiva, y tuvo excentricidades como adquirir el monasterio de Santa María en Segovia y trasladarlo ladrillo a ladrillo a los Estados Unidos. Basado en la explosiva vida de Hearst, Welles escribió el guión de El ciudadano y, aunque cambió nombres y referencias, dejó ciertos guiños, como la palabra “Rosebud”, que “Kane” pronuncia antes de morir, que es el apodo con el que el magnate llamaba a Marion Davies, la actriz que era su pareja; o cuando al principio de la película nombran a próceres norteamericanos y Hearst está entre ellos. La película fue un éxito, a pesar de la campaña de desprestigio que le lanzó el padre del sensacionalismo, desde sus diecisiete diarios, algunas decenas de revistas y varias radios. El círculo íntimo del magnate intentó comprar los derechos para que nunca se pudiera estrenar el filme, pero no lo lograron. Aunque Welles pasó a formar parte de la lista negra de Hollywood.
En agosto de 1941, el mismísimo Jorge Luis Borges se ocupó de escribir la crítica de la película en la revista “Sur”, que concluyó con las siguientes palabras: “Me atrevo a sospechar, sin embargo, que ‘Citizen Kane’ perdurará como ‘perduran’ ciertos filmes de (David Wark) Griffith o de (Vsévolod) Pudovkin, cuyo valor histórico nadie niega, pero que nadie se resigna a rever. Adolece de gigantismo, de pedantería, de tedio. No es inteligente, es genial: en el sentido más nocturno y más alemán de esta mala palabra”.
fuente, http://www.elargentino.com/nota-135297-70-anos-de-El-Ciudadano.html
martes, abril 26
Una mirada al corazón del hambre en Argentina
Cuando se va tras la pista de la desnutrición en comunidades indígenas en el noroeste de Argentina, lo que más impacta es la mirada de desesperanza que se observa en muchos de los habitantes.
Y es que en esta zona norte de la provincia de Salta, cerca de Bolivia, la pobreza no se puede disimular.
En lo que va de año al menos 10 niños han muerto en esta región por problemas directos o indirectos de desnutrición, el doble de todo el 2010.
El problema afecta principalmente a la comunidad Wichi, de unas 30.000 personas, distribuidas a lo largo de unas 200 pequeñas aldeas o caseríos en la provincia.
Las de los Wichi son viviendas endebles, sin paredes, cubiertas con sábanas, situadas en medio de barriales.
Las autoridades, médicos y organizaciones no gubernamentales dicen que hay varias causas que explican las muertes de los niños. Pero todos coinciden en el propio argumento del Wichi: los bosques de donde obtenían sus alimentos fueron aplanados por la agricultura.
Lo irónico es que fueron estos mismos campos de cultivos los que en el último lustro convirtieron a Argentina en uno de los mayores exportadores de alimentos del mundo y que impulsaron el crecimiento de 9,5% del PIB que tuvo el país el año pasado.
Rabia
"Yo lo único que sé es que es por falta de alimentos. Muchas veces el trabajo no nos da suficiente para comprar lo necesario", contó a BBC Mundo Marcelino Pérez, cacique de una comunidad llamada Lapacho II, en las afueras un pueblo llamado Tartagal.
Marcelino no sólo está enterado del problema de desnutrición, vivió sus consecuencias en carne propia. Su nieto murió hace algunas semanas por una diarrea, pero que se complicó por la falta de nutrientes en su cuerpo.
Su rostro no es triste ni compungido al recordar el hecho. Más bien es de resignación. Luego vuelve la mirada de desesperanza que pasa ligeramente a la rabia a medida que Marcelino se suelta a hablar.
"Nosotros tenemos aquí a chiquitos muriéndose de hambre y aquí al lado está toda esa comida. Yo me pregunto ¿a dónde va?", señala.
La respuesta para Marcelino es China. Al lado de Lapacho II, como en toda la región, hay miles de hectáreas de plantaciones de soja o maíz cuyo destino suele ser el mercado chino.
Todos estos cultivos ahora están en el lugar de lo que durante siglos fueron bosques. Según el gobierno regional de Salta, entre 1998 y 2005 la deforestación para el campo llegó a unas 600.000 hectáreas, algo así como cuatro veces la Ciudad de México.
Nueva vida
Para el Wichi eso fue un cambio radical en su forma de vida. Esta es una tribu milenaria que estaba acostumbrada a vivir de los bosques por su naturaleza de recolectores y cazadores, en especial de frutas altas en proteína o del pescado del río.
Ahora su principal fuente de alimento son los comedores gubernamentales o los subsidios que reciben.
"Antes de tener este problema de desnutrición podíamos ir al monte a buscar alimento, y con eso nos manteníamos. Ya no", señaló Marcelino.
En el viaje efectuado por la región, BBC Mundo pudo constatar la existencia de kilómetros y kilómetros de campos agrícolas de grandes corporaciones. Incluso hay comunidades indígenas que son prácticamente "islas" dentro de una plantación, cuyas vías de acceso son a través de los sembradíos.
"La etnia Wichi ha sufrido particularmente el problema de desnutrición. Por su carácter de recolectores han sufrido el desmonte", señaló a BBC Mundo el ministro de Salud de Salta, Luis Gabriel Chagra Dib.
Otros factores
Las autoridades no clasifican necesariamente cada muerte infantil como desnutrición. Muchas veces queda registrada la causa de muerte (diarrea o deshidratación) pero no el verdadero origen.
"La falta adecuada de los nutrientes que necesitan colaboran en esas muertes", admite el director de salud social de la provincia de salta, Enrique Heredia.
"Otra cosa que influye es que muchas veces las comunidades indígenas están en zonas muy remotas y cuando tienen un problema con un niño creen que se va a mejorar y no alertan de manera temprana", afirma.
Heredia visita regularmente a los caseríos Wichi para brindar atención médica gratuita. Y asegura que la falta de condiciones sanitarias hace que un niño, sobre todo si carece de la nutrición adecuada, puede sufrir un riesgo mortal de alguna infección o enfermedad corriente.
El gobierno de Salta afirma que en los últimos años la mortalidad infantil viene en descenso, y el ministro de Salud asegura que por el hecho de que la provincia se encuentra en medio de una campaña electoral el problema ha sido magnificado por algunos medios.
"Sin embargo, estamos conscientes de la situación, sabemos que hay un problema, y estamos desde hace tiempo trabajando en ello", señaló Chagra Dib.
Las autoridades de la provincia ya entraron en contacto con la UNICEF, el programa de atención infantil de Naciones Unidas, para obtener apoyo que permita a los Wichi adaptarse a una dieta que les dejó la desforestación.
Según la Cooperadora para la Nutrición Infantil (Conin) al menos un cuarto de millón de niños en Argentina sufre algún grado de desnutrición.
Pero la diferencia para el Wichi es que ha sido el llamado progreso económico el que le profundizó sus problemas.
BBC Mundo, Argentina
Y es que en esta zona norte de la provincia de Salta, cerca de Bolivia, la pobreza no se puede disimular.
En lo que va de año al menos 10 niños han muerto en esta región por problemas directos o indirectos de desnutrición, el doble de todo el 2010.
El problema afecta principalmente a la comunidad Wichi, de unas 30.000 personas, distribuidas a lo largo de unas 200 pequeñas aldeas o caseríos en la provincia.
Las de los Wichi son viviendas endebles, sin paredes, cubiertas con sábanas, situadas en medio de barriales.
Las autoridades, médicos y organizaciones no gubernamentales dicen que hay varias causas que explican las muertes de los niños. Pero todos coinciden en el propio argumento del Wichi: los bosques de donde obtenían sus alimentos fueron aplanados por la agricultura.
Lo irónico es que fueron estos mismos campos de cultivos los que en el último lustro convirtieron a Argentina en uno de los mayores exportadores de alimentos del mundo y que impulsaron el crecimiento de 9,5% del PIB que tuvo el país el año pasado.
Rabia
"Yo lo único que sé es que es por falta de alimentos. Muchas veces el trabajo no nos da suficiente para comprar lo necesario", contó a BBC Mundo Marcelino Pérez, cacique de una comunidad llamada Lapacho II, en las afueras un pueblo llamado Tartagal.
Marcelino no sólo está enterado del problema de desnutrición, vivió sus consecuencias en carne propia. Su nieto murió hace algunas semanas por una diarrea, pero que se complicó por la falta de nutrientes en su cuerpo.
Su rostro no es triste ni compungido al recordar el hecho. Más bien es de resignación. Luego vuelve la mirada de desesperanza que pasa ligeramente a la rabia a medida que Marcelino se suelta a hablar.
"Nosotros tenemos aquí a chiquitos muriéndose de hambre y aquí al lado está toda esa comida. Yo me pregunto ¿a dónde va?", señala.
La respuesta para Marcelino es China. Al lado de Lapacho II, como en toda la región, hay miles de hectáreas de plantaciones de soja o maíz cuyo destino suele ser el mercado chino.
Todos estos cultivos ahora están en el lugar de lo que durante siglos fueron bosques. Según el gobierno regional de Salta, entre 1998 y 2005 la deforestación para el campo llegó a unas 600.000 hectáreas, algo así como cuatro veces la Ciudad de México.
Nueva vida
Para el Wichi eso fue un cambio radical en su forma de vida. Esta es una tribu milenaria que estaba acostumbrada a vivir de los bosques por su naturaleza de recolectores y cazadores, en especial de frutas altas en proteína o del pescado del río.
Ahora su principal fuente de alimento son los comedores gubernamentales o los subsidios que reciben.
"Antes de tener este problema de desnutrición podíamos ir al monte a buscar alimento, y con eso nos manteníamos. Ya no", señaló Marcelino.
En el viaje efectuado por la región, BBC Mundo pudo constatar la existencia de kilómetros y kilómetros de campos agrícolas de grandes corporaciones. Incluso hay comunidades indígenas que son prácticamente "islas" dentro de una plantación, cuyas vías de acceso son a través de los sembradíos.
"La etnia Wichi ha sufrido particularmente el problema de desnutrición. Por su carácter de recolectores han sufrido el desmonte", señaló a BBC Mundo el ministro de Salud de Salta, Luis Gabriel Chagra Dib.
Otros factores
Las autoridades no clasifican necesariamente cada muerte infantil como desnutrición. Muchas veces queda registrada la causa de muerte (diarrea o deshidratación) pero no el verdadero origen.
"La falta adecuada de los nutrientes que necesitan colaboran en esas muertes", admite el director de salud social de la provincia de salta, Enrique Heredia.
"Otra cosa que influye es que muchas veces las comunidades indígenas están en zonas muy remotas y cuando tienen un problema con un niño creen que se va a mejorar y no alertan de manera temprana", afirma.
Heredia visita regularmente a los caseríos Wichi para brindar atención médica gratuita. Y asegura que la falta de condiciones sanitarias hace que un niño, sobre todo si carece de la nutrición adecuada, puede sufrir un riesgo mortal de alguna infección o enfermedad corriente.
El gobierno de Salta afirma que en los últimos años la mortalidad infantil viene en descenso, y el ministro de Salud asegura que por el hecho de que la provincia se encuentra en medio de una campaña electoral el problema ha sido magnificado por algunos medios.
"Sin embargo, estamos conscientes de la situación, sabemos que hay un problema, y estamos desde hace tiempo trabajando en ello", señaló Chagra Dib.
Las autoridades de la provincia ya entraron en contacto con la UNICEF, el programa de atención infantil de Naciones Unidas, para obtener apoyo que permita a los Wichi adaptarse a una dieta que les dejó la desforestación.
Según la Cooperadora para la Nutrición Infantil (Conin) al menos un cuarto de millón de niños en Argentina sufre algún grado de desnutrición.
Pero la diferencia para el Wichi es que ha sido el llamado progreso económico el que le profundizó sus problemas.
BBC Mundo, Argentina
lunes, abril 18
Sería la palabra o la vida
Por Javier Chiabrando
Vea usted (y no se me asuste), pero me parece que sería bueno volver a una época donde una palabra podía costarte la vida. Porque hubo una época donde la palabra podía sacudir el imaginario colectivo, la razón pública, el decoro, escandalizar. Quiero decir: hubo una época donde una palabra podía asustar a la sociedad, ruborizarla, obligarla a pensar. Hoy, me temo, eso ya no es posible. Ya no valen ni las palabrotas, ni las ideas exóticas, ni la obscenidad evidente (son demasiado comunes, están en la televisión cada día, cada hora).
Pongamos como ejemplo dos palabras de uso corriente. Una: Patria, que define tantas cosas que al fin no define nada, y que ha sido utilizada de tal manera por los abanderados de las ideas conservadoras o fascistas, que a cualquiera le resulta difícil incluirla en algún texto o discurso doméstico. Prueben y verán. Es verdad que aún resiste en actos escolares o arengas políticas, pero apenas convoca algo en el oyente, cuando no indiferencia.
Es que su sentido ha sido vaciado por uso y abuso. En cierta forma se parece a ciertos slogans publicitarios o propagandísticos que una vez que han sido lanzados al imaginario colectivo ya no pueden volver a usarse sino como parodia. Nadie podría usar la frase "síganme que no los voy a defraudar", o "la casa está en orden" sin hacer un papelón a menos que sea consciente de que es parodia y sólo parodia.
Otra palabra: Héroe. Remite, ya sea desde la óptica de la ficción o de la más pura realidad, a un hombre que arriesga la vida por otros. Puede tratarse de un prócer, como Belgrano, de un ejemplo necesario, como el Sargento Cabral, o de alguien anónimo que se zambulló en un río para salvar a un chico que se ahogaba. Hoy la palabra héroe es utilizada cada domingo cuando un jugador de fútbol hace un gol (con la rodilla, con la nuca o la mano, sobre la hora, y para hacer que su equipo empate y no se vaya al descenso). La epopeya fue suplantada por la banalidad. Repito: la palabra que define la epopeya de un prócer nacional o similares, se usa hoy para identificar a un hombre que comete un acto vulgar, tanto que volverá a repetirse la semana siguiente.
A mediados del siglo XIX, en París, centro cultural del mundo moderno, dos escritores fueron acusados, juzgados, incluso condenados, por escribir un libro. En el caso de Baudelaire, el libro se llamaba Las Flores del Mal. El de Flaubert, Madame Bovary. Releyendo esos libros hoy, cuesta encontrar los motivos del juicio y la condena (aunque en el caso de Flaubert, la condena repercutió en éxito de ventas). El problema de Flaubert era la forma en que trataba la infidelidad de madame Bovary, la mujer que paga con su vida la exaltación romántica con la que enfrenta al mundo que comienza a debatirse en luchas sociales; de ahí el bovarysmo. El problema de Baudelaire era el canto a la pasión, o como dice uno de sus poemas prohibidos entonces: el canto a la "¡Voluptuosidad, sé siempre mi reina!".
Querer recuperar el espíritu de esa época parece una enorme contradicción, porque en definitiva, el escándalo que azotó la obra de Flaubert, Baudelaire y otros, no era más que censura. Lo que da cierta nostalgia es comprobar que esos censores creían en el poder subversivo de la palabra. Sabían, porque eran censores, conservadores, fascistas pero no salames, que una palabra podía despertar al pueblo, convencerlo de que existe un mundo mejor (en la tierra), de que a veces conviene rebelarse, de que buscar el cambio es razonable y saludable.
Esta nota, que parece un tanto extemporánea, no lo es tanto si prestamos atención a que hoy, en este país, se da una lucha que además de política, es por la posesión de la palabra, y que cada palabra representa intereses ideológicos enfrentados. Digamos, en este rincón, 6, 7, 8 (y clubes de fans) y en el otro Clarín (y clubes de socios). Y nosotros, de un lado o del otro, aunque nos creamos en el ring side. Esos dos ejemplos, esté donde usted esté ubicado ideológicamente, vendría a ser la palabra dicha con todas las letras. Por oposición a eso, vemos la peor de las cobardías posibles cuando del uso de la palabra se trata: del anonimato, que en este caso se daría con ingeniosas cadenas de correos electrónicos sin autores que dan vuelta por el mundo para decir una bobada tras otras, supuestas verdades cuyo valor propagandístico reside en que caen en manos de aquellos que no necesitan más que excusas para repetir ideas huecas, vacías, anónimas, incomprobables, baratas.
En el mismo sentido van las notas periodísticas escritas en potencial o con signos de preguntas. "¿Es Javier Chiabrando el compositor de las porquerías que canta Ricky Martin?"; "Javier Chiabrando estaría desesperado por entrar a la casa de Gran Hermano". Una vez dichas esas palabras, que ni llegan a ser ideas, darán la vuelta al mundo antes de que usted lea esto. Es otra forma de la colonización de la palabra, tema que intenté desarrollar en una nota anterior: "No contaban con mi astucia". En todo caso si recibe un correo difamándome, bórrelo, que es un virus que hará explotar su computadora y quizá su casa. No, mejor hágalo circular, que es prensa gratis, lo que quizá me garantice entrar a la casa de GH o Ricky me invite a salir del closet juntos (lo pensaría; a entrar me negaría rotundamente).
Le regalo una idea brillante al mundo: crear un diario escrito por completo en potencial. No diría nunca la verdad, pero eso es un tema menor. Ya dije en esa misma nota que la verdad es relativa, lo que importa es tener la palabra. Un diario en potencial lograría la epopeya de banalizar la escritura en potencial al punto de desacreditarla a muerte. El primer ejemplar podría lleva el siguiente título de tapa: "Sería mentira todo lo que había sido considerado verdad". O, como dice el escritor norteamericano Richard Ford: "Cada vez que uno tiene razón, debería estar equivocado". Y agarrate Catalina. Pero no olvide que Catalina sería una caprichosa. ¿Es una caprichosa Catalina?
Fuente, Página 12
Vea usted (y no se me asuste), pero me parece que sería bueno volver a una época donde una palabra podía costarte la vida. Porque hubo una época donde la palabra podía sacudir el imaginario colectivo, la razón pública, el decoro, escandalizar. Quiero decir: hubo una época donde una palabra podía asustar a la sociedad, ruborizarla, obligarla a pensar. Hoy, me temo, eso ya no es posible. Ya no valen ni las palabrotas, ni las ideas exóticas, ni la obscenidad evidente (son demasiado comunes, están en la televisión cada día, cada hora).
Pongamos como ejemplo dos palabras de uso corriente. Una: Patria, que define tantas cosas que al fin no define nada, y que ha sido utilizada de tal manera por los abanderados de las ideas conservadoras o fascistas, que a cualquiera le resulta difícil incluirla en algún texto o discurso doméstico. Prueben y verán. Es verdad que aún resiste en actos escolares o arengas políticas, pero apenas convoca algo en el oyente, cuando no indiferencia.
Es que su sentido ha sido vaciado por uso y abuso. En cierta forma se parece a ciertos slogans publicitarios o propagandísticos que una vez que han sido lanzados al imaginario colectivo ya no pueden volver a usarse sino como parodia. Nadie podría usar la frase "síganme que no los voy a defraudar", o "la casa está en orden" sin hacer un papelón a menos que sea consciente de que es parodia y sólo parodia.
Otra palabra: Héroe. Remite, ya sea desde la óptica de la ficción o de la más pura realidad, a un hombre que arriesga la vida por otros. Puede tratarse de un prócer, como Belgrano, de un ejemplo necesario, como el Sargento Cabral, o de alguien anónimo que se zambulló en un río para salvar a un chico que se ahogaba. Hoy la palabra héroe es utilizada cada domingo cuando un jugador de fútbol hace un gol (con la rodilla, con la nuca o la mano, sobre la hora, y para hacer que su equipo empate y no se vaya al descenso). La epopeya fue suplantada por la banalidad. Repito: la palabra que define la epopeya de un prócer nacional o similares, se usa hoy para identificar a un hombre que comete un acto vulgar, tanto que volverá a repetirse la semana siguiente.
A mediados del siglo XIX, en París, centro cultural del mundo moderno, dos escritores fueron acusados, juzgados, incluso condenados, por escribir un libro. En el caso de Baudelaire, el libro se llamaba Las Flores del Mal. El de Flaubert, Madame Bovary. Releyendo esos libros hoy, cuesta encontrar los motivos del juicio y la condena (aunque en el caso de Flaubert, la condena repercutió en éxito de ventas). El problema de Flaubert era la forma en que trataba la infidelidad de madame Bovary, la mujer que paga con su vida la exaltación romántica con la que enfrenta al mundo que comienza a debatirse en luchas sociales; de ahí el bovarysmo. El problema de Baudelaire era el canto a la pasión, o como dice uno de sus poemas prohibidos entonces: el canto a la "¡Voluptuosidad, sé siempre mi reina!".
Querer recuperar el espíritu de esa época parece una enorme contradicción, porque en definitiva, el escándalo que azotó la obra de Flaubert, Baudelaire y otros, no era más que censura. Lo que da cierta nostalgia es comprobar que esos censores creían en el poder subversivo de la palabra. Sabían, porque eran censores, conservadores, fascistas pero no salames, que una palabra podía despertar al pueblo, convencerlo de que existe un mundo mejor (en la tierra), de que a veces conviene rebelarse, de que buscar el cambio es razonable y saludable.
Esta nota, que parece un tanto extemporánea, no lo es tanto si prestamos atención a que hoy, en este país, se da una lucha que además de política, es por la posesión de la palabra, y que cada palabra representa intereses ideológicos enfrentados. Digamos, en este rincón, 6, 7, 8 (y clubes de fans) y en el otro Clarín (y clubes de socios). Y nosotros, de un lado o del otro, aunque nos creamos en el ring side. Esos dos ejemplos, esté donde usted esté ubicado ideológicamente, vendría a ser la palabra dicha con todas las letras. Por oposición a eso, vemos la peor de las cobardías posibles cuando del uso de la palabra se trata: del anonimato, que en este caso se daría con ingeniosas cadenas de correos electrónicos sin autores que dan vuelta por el mundo para decir una bobada tras otras, supuestas verdades cuyo valor propagandístico reside en que caen en manos de aquellos que no necesitan más que excusas para repetir ideas huecas, vacías, anónimas, incomprobables, baratas.
En el mismo sentido van las notas periodísticas escritas en potencial o con signos de preguntas. "¿Es Javier Chiabrando el compositor de las porquerías que canta Ricky Martin?"; "Javier Chiabrando estaría desesperado por entrar a la casa de Gran Hermano". Una vez dichas esas palabras, que ni llegan a ser ideas, darán la vuelta al mundo antes de que usted lea esto. Es otra forma de la colonización de la palabra, tema que intenté desarrollar en una nota anterior: "No contaban con mi astucia". En todo caso si recibe un correo difamándome, bórrelo, que es un virus que hará explotar su computadora y quizá su casa. No, mejor hágalo circular, que es prensa gratis, lo que quizá me garantice entrar a la casa de GH o Ricky me invite a salir del closet juntos (lo pensaría; a entrar me negaría rotundamente).
Le regalo una idea brillante al mundo: crear un diario escrito por completo en potencial. No diría nunca la verdad, pero eso es un tema menor. Ya dije en esa misma nota que la verdad es relativa, lo que importa es tener la palabra. Un diario en potencial lograría la epopeya de banalizar la escritura en potencial al punto de desacreditarla a muerte. El primer ejemplar podría lleva el siguiente título de tapa: "Sería mentira todo lo que había sido considerado verdad". O, como dice el escritor norteamericano Richard Ford: "Cada vez que uno tiene razón, debería estar equivocado". Y agarrate Catalina. Pero no olvide que Catalina sería una caprichosa. ¿Es una caprichosa Catalina?
Fuente, Página 12
miércoles, marzo 30
Trabajo esclavo
La imagen es demoledora, inaguantablemente dolorosa: familias enteras subsistiendo al rayo del sol en impresentables campamentos, con alimentos en mal estado, niños que aprenden antes a trabajar que a jugar ante la mirada de los modernos señores feudales y sus guardaespaldas mediáticos y de los otros. Son las víctimas del trabajo esclavo, término exagerado –según algunos esclavistas de la Mesa de Enlace y alrededores– que siempre, según esas contaminadas fuentes, surgiría del desconocimiento de las condiciones “lógicas e históricas” de los trabajadores temporarios o golondrinas. En este caso, a confesión de partes, refuerzo de pruebas, testimonios contundentes que pueden rastrearse en el Informe Bialet Massé de 1904, que describe las tremendas condiciones laborales de las familias durante las cosechas y compararlas con las actuales. Decía en su ya clásico informe el médico catalán: “El jornal se paga en vales contra casas de negocios, que cuando más les dan la mitad de su importe en dinero, y la otra mitad en mercaderías, cuando no los obligan a tomar el todo en esta forma, ¡y a qué precios, señor! Para ganar esto, trabajan de sol a sol. A las dos y treinta pasado meridiano, no se podía dormir en la pieza que ocupaba, había una temperatura de 35º C, el termómetro al sol marcaba 46º y en el suelo 56,3º, a las cuatro pasado meridiano, todavía marcaba 52º en el suelo. Con semejante fuego en las espaldas sólo un riojano puede trabajar (…) Algunos tienen una carpa que les cuesta cinco o seis pesos: eso es lujo. Los más clavan cuatro estacas en el suelo, y a un metro de altura hacen una cama de palos clavados sobre tres largueros y algunos sobre dos; ponen encima bolsas llenas de pasto seco: ese es el colchón; en la cabecera ponen astillas de quebracho por almohada. De la sábana no hay idea; sobre cuatro palos montan el mosquitero, que es zaraza rala, y allí duermen sin más techo”.
Y es entonces cuando uno ratifica algo que sabe hace mucho: hay que desconfiar de los autodenominados “defensores de la familia”, que incluyen generalmente en sus currículum también su habilidad para defender la propiedad privada y lo que ellos llaman “tradición”. Un caso emblemático es el del amarillo diputado Alfredo Olmedo, que gastó fortunas en publicidad durante todo el verano para que se sepa que está a favor de la familia. El personaje ganó cierta efímera y lamentable fama durante los debates sobre el matrimonio igualitario cuando declaró tener la boca y la cola cerradas y se presentaba en los distintos programas con pancartas que pregonaban la defensa de la familia. Le faltó aclarar que esa defensa no incluía a las decenas de familias sometidas a trabajo esclavo en sus campos o en terrenos explotados por él. Nada nuevo bajo el sol por cierto ya que históricamente estos cruzados “familiares” se caracterizaron por una acérrima hipocresía en la que no disonaban la explotación infantil, los horarios de sol a sol con la lucha por la “institución básica del mundo occidental y cristiano”. ¿En qué momento y en qué condiciones las familias explotadas podían reunirse a compartir, expresarse su afecto, educar a sus hijos? Bastaría recordar lo que le costó al diputado Alfredo Palacios hacer aprobar la Ley 4.661 de descanso dominical en 1907 porque los parlamentarios conservadores se obstinaban en dejar “al libre albedrío de los patrones” el otorgamiento de un día franco en cualquier momento de la semana. Teniendo en cuenta que era lo “normal” que los niños trabajaran desde los cinco años, esta disposición iba claramente contra la familia, contra toda posible práctica familiar. Los voceros son otros, las mentiras y los atropellos los mismos, la diferencia sustancial está dada en que hoy se debe y puede aplicarles todo el peso de la ley a los delincuentes y multiplicar las oportunidades de trabajo dignas y legales para nuestra gente.
Felipe Pigna
Revista Caras y Caretas
Y es entonces cuando uno ratifica algo que sabe hace mucho: hay que desconfiar de los autodenominados “defensores de la familia”, que incluyen generalmente en sus currículum también su habilidad para defender la propiedad privada y lo que ellos llaman “tradición”. Un caso emblemático es el del amarillo diputado Alfredo Olmedo, que gastó fortunas en publicidad durante todo el verano para que se sepa que está a favor de la familia. El personaje ganó cierta efímera y lamentable fama durante los debates sobre el matrimonio igualitario cuando declaró tener la boca y la cola cerradas y se presentaba en los distintos programas con pancartas que pregonaban la defensa de la familia. Le faltó aclarar que esa defensa no incluía a las decenas de familias sometidas a trabajo esclavo en sus campos o en terrenos explotados por él. Nada nuevo bajo el sol por cierto ya que históricamente estos cruzados “familiares” se caracterizaron por una acérrima hipocresía en la que no disonaban la explotación infantil, los horarios de sol a sol con la lucha por la “institución básica del mundo occidental y cristiano”. ¿En qué momento y en qué condiciones las familias explotadas podían reunirse a compartir, expresarse su afecto, educar a sus hijos? Bastaría recordar lo que le costó al diputado Alfredo Palacios hacer aprobar la Ley 4.661 de descanso dominical en 1907 porque los parlamentarios conservadores se obstinaban en dejar “al libre albedrío de los patrones” el otorgamiento de un día franco en cualquier momento de la semana. Teniendo en cuenta que era lo “normal” que los niños trabajaran desde los cinco años, esta disposición iba claramente contra la familia, contra toda posible práctica familiar. Los voceros son otros, las mentiras y los atropellos los mismos, la diferencia sustancial está dada en que hoy se debe y puede aplicarles todo el peso de la ley a los delincuentes y multiplicar las oportunidades de trabajo dignas y legales para nuestra gente.
Felipe Pigna
Revista Caras y Caretas
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