miércoles, diciembre 8

A 30 años del asesinato de John Lennon

Un 8 de diciembre de 1980, el mundo entero se paralizaba con la noticia de que John Lennon, el legendario integrante de los Beatles, había sido asesinado en Nueva York. Mark David Chapman, que actualmente cumple una condena a cadena perpetua por el brutal crimen, acabó con la vida de un hombre muy talentoso, que además fue un filántropo y activista a favor de la paz en el mundo.
John Lennon estaba parado en la entrada del edificio Dakota, a metros del Central Park, en Nueva York, cuando de la nada Mark David Chapman, un fanático y desequilibrado, lo asesinó a balazos. Su muerte representó el final de una época; el mundo ya no volvería a ser el mismo. No obstante, el legado de John Lennon sigue vigente, y su música aún vive en millones de personas que la siguen disfrutando todos los días.

Tras su asesinato una noche de diciembre en Nueva York, Lennon se convirtió en leyenda y símbolo de una época, que sigue siendo objeto de libros y películas al cumplirse 30 años de la muerte. El ex Beatle se había convertido desde hacía tiempo en pacifista, luego de casarse en segundas nupcias con la japonesa Yoko Ono, con quien tuvo a su hijo Sean.

El asesino, Mark Chapman, un joven inestable que en ese momento tenía 25 años, admitió que cometió el homicidio y afirmó que lo hizo porque quería llamar la atención. Condenado a cadena perpetua, está detenido en la cárcel de Attica, al norte de Nueva York. Se le negó seis veces la libertad condicional, la última vez en septiembre pasado. Yoko Ono se opone a la liberación del asesino de su marido, por temor por su propia seguridad y la de su hijo Sean Lennon, que tiene 35 años.

Cada año, los admiradores de Lennon se dan cita el 9 de octubre y el 8 de diciembre en una zona de Central Park bautizada "Strawberry Fields", por el título de una canción de los Beatles. Un mosaico en el suelo lleva la inscripción "Imagine", uno de los temas más famosos compuestos por Lennon en 1971 tras la separación de la banda de Liverpool.

"Todos mis estudiantes conocen 'Imagine', un canción que hoy en día está hasta en los ascensores o en la sala de espera del dentista", comentó Robert Thompson, profesor de cultura pop de la Universidad de Syracuse. "El apogeo de los Beatles y de John Lennon solista ya había pasado cuando murió, pero su asesinato puso un punto final al sueño de ver a los Beatles reunidos nuevamente, y convirtió inmediatamente a John Lennon en leyenda", agrega, comparándolo a James Dean, Elvis Presley o Michael Jackson.

Por otra parte, "Lennon murió, pero Yoko Ono no. Ella se ocupó de mantener viva la llama", agrega Robert Thompson, según el cual John Lennon, por su aspecto, sus anteojos redondos, su pelo largo y sus comentarios pacifistas, simbolizó toda una época. El año pasado, Yoko Ono organizó una exposición sobre los años de John Lennon en Nueva York, y la viuda sigue animando el sitio www.johnlennon.com.

A fines de noviembre la televisión norteamericana difundió "LENNONYC" realizado por Michael Epstein, que relata la vida en Nueva York del autor de "Working Class Hero", entre otros grandes clásicos de la música contemporánea. Por otra parte, la primera biografía filmada sobre el más famoso de los Beatles, "Nowhere Boy", obra de Sam Taylor-Wood, se estrenó en octubre pasado en Estados Unidos, coincidiendo con los 70 años del nacimiento del músico.

El culto dedicado al artista llega hasta las subastadoras: el manuscrito de "A Day in the Life", una de las canciones más famosas del grupo, se vendió en junio pasado por 1,2 millón de dólares, más del doble de lo previsto.

En 1980, el odio y el fanatismo extremo terminaron con la vida de un activo militante por la paz mundial y un prolífico músico. Lennon dejó trágicamente este mundo, demasiado rápido. Acababa de cumplir 40 años.

www.observadorglobal.com

martes, diciembre 7

Riesgo ambiental, una deuda con la niñez

La mitad de los niños y adolescentes argentinos vive en lugares con alto índice de vulnerabilidad social, en su mayoría en el noroeste y noreste, afectada por la falta de saneamiento básico y la contaminación agraria e industrial.


Cada tantos kilómetros, las acogedoras poblaciones del interior de Tucumán y de Jujuy tienen accidentes no previstos por la topografía: montañas de bagazo de caña que se acumulan a la intemperie. Cuando ese residuo se humedece, lanza esporas que, al mezclarse con el aire, provocan una enfermedad muy común en el norte argentino, la bagazosis, una variante de neumonitis crónica que algunos desprevenidos confunden con alergia. Este es sólo uno de los casos que explican por qué el 52 por ciento de los niños, niñas y adolescentes argentinos (casi seis millones en el censo 2001) vive en lugares con alto o muy alto índice de vulnerabilidad social y riesgo ambiental, de acuerdo con un estudio elaborado por la Defensoría del Pueblo de la Nación con la colaboración de la OPS, la OIT, Unicef y el Pnud, en base a estadísticas del gobierno nacional y de la Unión Argentina de Trabajadores Rurales (Uatre).
El Atlas de riesgo ambiental de la niñez de Argentina, un libro que será presentado en los próximos días, indica que el 58 por ciento de los menores de 18 años habita municipios donde la falta de saneamiento básico lo expone a enfermedades. Las situaciones más graves se dan en zonas de Formosa, Chaco, Misiones, Corrientes, Santiago del Estero, Jujuy, Salta, Tucumán y el segundo cordón del conurbano bonaerense. En tanto, un 42 por ciento de esa franja etaria es sometido a contaminación industrial en los grandes centros urbanos del país. Sin embargo, el peligro de toxicidad mayor se observa en localidades rurales de Buenos Aires, Córdoba, Santa Fe, Entre Ríos, Santiago del Estero y Chaco, donde el 29 por ciento de los niños se halla en riesgo debido al uso de agroquímicos y a la contaminación natural que generan cultivos como la caña de azúcar y el algodón.
Para elaborar el Índice de Vulnerabilidad Social de la Niñez (Ivsn), la Defensoría tomó cinco parámetros, según explicó la titular del Área Medio Ambiente y Desarrollo Sustentable del organismo, Cristina Maiztegui: “Uno, niños con necesidades básicas insatisfechas porque no era suficiente el índice de pobreza; dos, mortalidad infantil en menores de un año, con datos oficiales del Ministerio de Salud; tres, niños que viven con un jefe de hogar que no tiene empleo; cuatro, niños sin plan médico, y cinco, se consideró la cuestión educativa a las mujeres en edad fértil que tienen menos de cuatro años de escolaridad aprobados, porque son un buen indicador de reproducción de esa vulnerabilidad social”. El Ivsn se combinó luego con las amenazas causadas por la carencia de cloacas y agua potable, y por las actividades productivas agrícola e industrial, con lo cual se arribó al Índice de Riesgo Ambiental.
El Atlas sería apenas una suma de guarismos, si no fuera que tienen tanta incidencia en la salud de los argentinos. En efecto, estadísticas de la Organización Mundial de la Salud aclaran que el 36 por ciento de las muertes de niños de 0 a 14 años responde a riesgos ambientales. Además, establecen que en las últimas cuatro décadas la perspectiva de vida aumentó 18 años en los grandes centros urbanos y sólo cinco en algunas zonas rurales sin desarrollo. “Generamos mucha riqueza, abundantes balances de pago, se exportan minerales, se produce mucho, tenemos un PBI inmenso, pero tenemos que preguntarnos qué estamos haciendo con nuestros recursos naturales y con la gente”, resume el problema Maiztegui, y propone: “El Atlas de riesgo ambiental apunta en última instancia a que se puedan establecer políticas públicas en base a este diagnóstico. Un diagnóstico desde la gente, desde la niñez, orientado a proteger la niñez”.
El riesgo de contaminación también puede ser leído como una metáfora histórica del país: durante las dos primeras presidencias de Juan Domingo Perón (1946-1955), el Ministerio de Salud obligó a todos los ingenios del país a construir hospitales para paliar los efectos ambientales del desarrollo. En cambio, la última dictadura militar traspasó esos centros asistenciales a la órbita pública y deslindó así la responsabilidad de quienes provocan esa contaminación. Otra deuda que tenemos con nuestros hijos.

José Luis Cutello para Caras y Caretas

jueves, diciembre 2

Un célebre desconocido

Mark Twain es el escritor estadounidense más conocido. En vida, fue doblemente celebrado como conferencista y autor. Su vida y obra inspiraron docenas de obras dramáticas, películas, especiales de televisión, funciones de títeres, y al menos un musical de Broadway. Y a pesar de ello, ningún escritor estadounidense es más elusivo. Cada vez que creemos conocerlo, leemos algo nuevo que modifica nuestro punto de vista. ¿Fue realmente el mismo hombre quien escribió “Aventuras de Huckleberry Finn” y “Recuerdos personales de Juana de Arco”? ¿El autor de “Las aventuras de Tom Sawyer”, uno de los libros más alegres de la literatura estadounidense, también concibió “El forastero misterioso”, uno de los más oscuros?

Ahora empezamos a volver a familiarizarnos con él. En noviembre, el Departamento Editorial de la Universidad de California publicó el primero de tres volúmenes de la autobiografía de Twain. Esta edición es muy distinta de las anteriores, publicadas y ensambladas de apuro por editores y albaceas testamentarios del autor cuando murió. Por primera vez, es la autobiografía que él quería: un conjunto de recuerdos desorganizados, casi un monólogo interior. Pero que nadie crea que esto resuelve su problema de identidad. Twain sigue siendo un misterio, un acertijo envuelto en un enigma.

Este creador fue extraordinario por varias razones: un estilista de la prosa que se hizo a sí mismo, un hombre de negocios increíblemente fallido y uno de los pocos autores de su tiempo que estuvieron dispuestos a abordar directamente los males de la esclavitud y el racismo. Pero lo más extraordinario de él es que todavía es gracioso. ¿Cuántos de nosotros podemos nombrar a algún autor de comedia o humorista que lleve más de 100 años en la tumba? El material de la mayoría de los cómicos muere antes que ellos, pero la gracia de Twain permanece fresca. En 1866, para su presentación en una conferencia en San Francisco, pidió que los volantes dijeran: “Las puertas abren a las 7:30. El problema comenzará a las 8”. Ya fuera una amenaza o una promesa, cumplió con esta afirmación durante toda su vida. Y sigue haciéndolo.

Twain podía ser gracioso y profundo a la vez. Todavía se recuerdan sus frases: “El hombre es el único animal que se ruboriza. O que tiene que hacerlo”. “Nada se hace en vano. Pero las moscas vuelan a su alrededor”. “Patriota: la persona que puede gritar más fuerte sin saber qué está gritando”.

Su ficción cómica dependía menos de las bromas que de las situaciones y de los personajes, y tampoco tiene vencimiento. No fue lo que dijo o escribió, sino cómo lo hizo. Podía mostrarse inexpresivo en la página, en una serie de frases en las que parece ir en línea recta; y luego, con un perfecto sentido de la oportunidad, dar un giro cerrado e invertir el sentido del pasaje por completo. En “Viaje alrededor del mundo, siguiendo el Ecuador”, su alegato contra el colonialismo disfrazado de alegre libro de viajes, escribe sobre su expectativa de ver la Cruz del Sur. “Supuse que necesitaría un cielo completo para ella sola. Pero (...) no es muy grande. Tiene un nombre ingenioso, ya que parece una cruz como podría haber parecido cualquier otra cosa”.

El mismo Twain podría parecer muchas cosas: un campesino ingenioso, nuestro viejo y malhumorado tío favorito, el sublime poeta del Misisipi. Pero es su sentido del humor, más que cualquier otra cosa, lo que hace que lo sintamos como un amigo, un contemporáneo, alguien a quien nos gustaría conocer. El humor es un famoso recurso para nivelar: no se puede ser gracioso y humillar a las personas. Así que cuando leemos cualquiera de sus dos obras maestras, “Huck Finn” y “La vida en el Misisipi”, siempre tenemos la sensación de estar en la misma habitación y en igualdad de condiciones que el autor. Y cuando se deja ir, estamos con él en el río. Esta sensación puede ser tan abrumadora que resulta sorprendente mirar fuera de la página y hallarnos solos. Ernest Hemingway afirmó que “toda la literatura estadounidense proviene de un libro de Mark Twain llamado ‘Huckleberry Finn’”. Sería más preciso decir que todo el humor de EE. UU. proviene de Twain.

La gracia de Twain coexistía con muchos otros impulsos. Al igual que la luminosidad de sus libros, que siempre abre el paso a la oscuridad —o que apenas la oculta—, su humor lo abandonaba de vez en cuando, especialmente mientras envejecía, y en su lugar hay una profunda tristeza y acumulación de ira. Las calamidades que nublaron el último cuarto de siglo de su vida —la quiebra, las muertes de dos hijas y su esposa— oscurecieron su visión, pero no calmaron su pluma. Para Twain, la escritura era una segunda naturaleza —su manera de hacer frente al mundo—. Sus novelas, libros de viajes, historias, ensayos y cartas no sólo llenan varios volúmenes, sino varios estantes. Asombrosamente, sigue saliendo a la luz nuevo material. En los últimos 50 años, surgieron más de 5.000 cartas. De acuerdo con el personal del Proyecto Mark Twain de la Universidad de California en Berkeley, cada semana aparecen en promedio dos cartas. El año pasado se publicó “Who Is Mark Twain?” (“¿Quién es Mark Twain?”), un volumen de 24 de sus obras inéditas.

Twain comenzó a llevar cuadernos de notas desde que era adolescente. El primero era un diario del Misisipi en el que él, como aprendiz de piloto de barco de vapor, registró cada curva, banco de arena, granja, casa para perro y baño exterior a lo largo de la orilla del río, cualquier cosa que pudiera orientarlo mientras pilotaba. Esta bitácora no registraba nada más que datos, pero el hábito del registro se arraigó en él. En las pequeñas libretas encuadernadas en cuero que llevó durante toda su vida, registraba los diálogos que oía por casualidad, ideas para historias, condiciones climáticas, cualquier cosa que cautivara su imaginación. Las palabras eran una compulsión para él, pero no cualesquiera. “La diferencia entre la palabra casi correcta y la palabra correcta —escribió— es como la diferencia entre la luciérnaga y el relámpago”.

Finalmente se detuvo, cuatro meses antes de su propia muerte, cuando su hija Jean murió después de un ataque epiléptico en la Nochebuena de 1909. Durante tres días, incluida la Navidad, escribió sobre la muerte de Jean, tratando de procesar el evento, y si Estados Unidos tiene un Shakespeare que haya sido su propio Lear, la prueba se puede hallar en esas páginas.

“Perdí a Susy hace trece años; perdí a su madre —¡su incomparable madre!— hace cinco años y medio; Clara se ha ido a vivir a Europa; y ahora he perdido a Jean. ¡Qué pobre soy ahora, después de haber sido tan rico!... Jean yace allá, yo me siento aquí; somos desconocidos bajo nuestro propio techo; nos despedimos anoche, besándonos las manos —y fue para siempre, sin que lo sospecháramos—. Ella yace allí, y yo me siento aquí —escribiendo, manteniéndome ocupado, para evitar que mi corazón se destroce—. ¡El deslumbrante sol inunda las colinas por doquier! Es como una parodia.

“Hace setenta y cuatro años, hace veinticuatro días. Setenta y cuatro años ayer. ¿Quién puede calcular mi edad hoy?”.

Dijo que eso era lo último que escribiría y que así terminaría la autobiografía que había dictado durante varios años. Como casi todo lo que produjo, trasciende la forma: es en parte una despedida, en parte un elogio, y un grito rabioso contra un cielo indiferente. Es el testamento de un hombre que renuncia a la vida.

Twain no pretendía impresionar a nadie con ese ensayo. Pero vale la pena observar que, al enfrentar un suceso que habría paralizado a la mayoría de las personas, su primera reacción fue buscar su pluma para intentar abrirse paso a través de él mediante la escritura.


Fuente: revista Newsweek, Argentina

miércoles, diciembre 1

Determinismo

Si toda política necesita una economía, la economía determina una política; eso es lo que está pasando [con la globalización].

“José Saramago: ‘La globalización es el nuevo totalitarismo”, Época, Madrid, 21 de enero de 2001.
José Saramago en sus palabras

jueves, noviembre 25

¿La inseguridad se relaciona con que hay pocos presos?

Por Alejandro Gaggero

INSOSTENIBLE
En una nota publicada en La Nación, el economista Orlando Ferreres echa mano a las estadísticas para demostrar que la población carcelaria del país es baja. Pero las conclusiones son insostenibles.

En una columna publicada en La Nación el martes último, el economista Orlando Ferreres afirmó que en la Argentina existen niveles crecientes de inseguridad, y sugirió que el problema está relacionado, en parte, con la aplicación de pocas sanciones contra el delito. Para desarrollar su argumento, el autor comparó el porcentaje de personas encarceladas sobre el total de la población en distintos países, lo que demostraría que la Argentina tiene una proporción baja de presos. Por supuesto, según Ferreres, ella debería ser más alta. Sin embargo, de acuerdo con los datos que presenta, la comparación que plantea es engañosa y la conclusión, insostenible.

A partir de datos del International Centre for Prison Studies de la Universidad de Londres, el economista señala que la población penitenciaria del país –excluyendo a los presos de las comisarías- es de 55.000 personas encarceladas, lo que equivaldría al 0,14% de la población total. Ferreres destaca que en Estados Unidos esa proporción llega a 0,76% y a continuación, compara cuántos presos debería haber en Argentina si se tomara el mismo coeficiente: “Si aplicáramos la misma regla que en aquel país (EE.UU.), deberíamos tener 304.000 presos; o sea, que andarían sueltos unos 250.000 delincuentes según este criterio”.

El economista refuerza la idea de que en el país podría haber muchos delincuentes en libertad mediante un cuadro titulado “Presos que debería tener Argentina -si aplicara igual proporción de presos sobre población total que tienen otros países-“:

Según el autor del artículo, “este cuadro nos indica que puede haber muchos delincuentes libres según el criterio que apliquemos, tanto si tomamos el modelo americano, el ruso, el cubano o el de los países vecinos más cercanos a nuestra idiosincrasia [SIC]”. El razonamiento no resulta sólido, ya que la cantidad de presos que “debería tener un país” no puede deducirse de la que tienen otros países -con sistemas legales diferentes- sino de la cantidad de delitos que se cometen efectivamente (dato que está ausente en el artículo).

La nota presenta otros puntos discutibles. En primer lugar, se comparan los datos de la Argentina con los de Estados Unidos, pero no se menciona que ese país es, por lejos, el que tiene la mayor tasa de población carcelaria del mundo, tal como señala el último informe del Centre for Prison Studies. Algo similar sucede con Rusia, uno de los primeros en el ranking mundial que elabora ese centro académico.

En segundo lugar, en la comparación con otros países que aparece en el cuadro publicado en La Nación, la Argentina figura como el de menor proporción de habitantes presos (0,14%). Pero Ferreres omite datos del propio informe que cita. Dicha fuente muestra que, en realidad, la Argentina ocupa una posición intermedia en el ranking sudamericano, en el cual Brasil y Chile –los dos países incluidos en el cuadro de Ferreres- son los de índices más altos, y Venezuela y Paraguay los de los más bajos. Tampoco mencionó Ferreres los casos de Bolivia, Ecuador, Perú y Colombia, con índices más bajos que la Argentina.

El artículo tampoco habla de la evolución de la población carcelaria en el tiempo. En el caso de la Argentina este factor resulta importante, ya que en los últimos años ha experimentado un importante incremento. Entre 1998 y 2005 la cantidad de personas privadas de su libertad se duplicó (ver nota de La Nación).

Por último, también resulta discutible una idea que recorre todo el artículo: para combatir la inseguridad es conveniente, de por sí, tener una alta tasa de población carcelaria. Sin embargo, según Bernardo Kliksberg, asesor principal de la Dirección Regional para América Latina y el Caribe del Programa de Naciones Unidas para el Desarrollo (PNUD), “no hay ninguna correlación establecida entre el aumento del número de personas tras las rejas y la disminución del delito a mediano y largo plazo”.

En un artículo recientemente publicado el especialista señala: "Estados Unidos tiene el promedio más alto del mundo entre los países ricos, de presos en relación con su población y, al mismo tiempo, es el país desarrollado con mayor índice de homicidios. Holanda tiene 87 presos cada 100.000 habitantes y Suecia 59, con índices de homicidio mucho menores que los estadounidenses”.

Fuente: www,chequeado.com

viernes, noviembre 12

Dosis de Mafalda

Campanella: “El 50% de los chicos no termina la escuela”

En el marco de la presentación del programa educativo “Yo puedo, vos podés”, el cineasta Juan José Campanella hizo foco en la deserción escolar para hacer referencia a “un problema de Estado” y promocionar el nuevo ciclo televisivo que narra la historia de ocho estudiantes que padecen este flagelo. “Casi el 50% de los chicos no termina la escuela en nuestro país, […] estamos teniendo una falencia seria: el tema de la educación no está en la agenda de nadie”, subrayó el director de la película ganadora del Oscar “El secreto de sus ojos”.

De acuerdo con las cifras oficiales la afirmación del cineasta es correcta. A pesar de que la Ley de Educación Nacional de 2006 hizo obligatorio el secundario, todavía la tasa de abandono es importante.

La Dirección Nacional de Información y Evaluación de la Calidad Educativa (Diniece), del Ministerio de Educación, realiza cada año un relevamiento para reunir información nacional sobre los principales índices del sistema educativo. Uno de ellos es la tasa de egreso en la educación común (educación pública y privada). Este índice mide el porcentaje de alumnos matriculados en primer grado, que logra terminar todos los años de estudio, sin importar la cantidad de repeticiones posibles.

El último relevamiento muestra que, como afirma Campanella, en la Argentina apenas el 52,91% de los estudiantes logra finalizar la secundaria. En el nivel primario, en cambio, el porcentaje de abandono no llega al 5 por ciento.

www.chequeado.com