En su autoentrevista, Gabriel Rolón se pone a jugar. Melómano y psicólogo como es, une los dos rubros en un psicoanálisis de letras de canciones. El juego termina en reflexión.
Como usted en más de una ocasión se autodefinió como músico, le propongo un juego: le tiro dos o tres versos pertenecientes a algunas canciones y usted hace un comentario.
¿Acepta?
-Dele. Juguemos.
Entonces, aquí van los primeros. Es de Serrat: "No hay nada más bello que lo que nunca he tenido, nada más amado que lo que perdí".
-Es una idea potente. Pero, como analista, diría: "No hay nada más deseado que lo que nunca he tenido y nada más peligroso que quedar melancólicamente ligado a lo que perdí". La estrofa pierde en poesía, pero gana en veracidad. Porque la fuerza que moviliza aquello que no hemos tenido no es la belleza, sino el deseo. En esa búsqueda a veces difícil de manejar por concretar un encuentro imposible, ya que, aun si se produjera, el placer encontrado sería siempre inferior al placer fantaseado. Y sobre la segunda parte, amar sólo lo perdido es un gesto romántico muy eficaz para generar una emoción poética, pero fatal para encarar la vida.
Aquí van otros. Es de Silvio Rodríguez: "Si no creyera en la locura, si no creyera en lo que agencio, si no creyera en mi sonido, si no creyera en mi silencio".
-Bueno, ahí sí la poesía se une al psicoanálisis. Esa y no otra es la manera de sentirse analista. Creer en lo que podemos generar a partir de nuestra escucha y nuestras palabras, sabiendo discernir cuándo es oportuna una u otra intervención. Algunos han armado el estereotipo del analista siempre silente. Yo me permito decir que nos sostenemos ante nuestros pacientes no sólo por nuestros sonidos y silencios, sino por la exactitud del momento en el que elegimos hablar o callar.
Por último, Rolón: ¿La vida es una herida absurda?
-A mí me causan gracia aquellos que sostienen que el tango siempre habla de la vieja, la esquina y los amigos. Permítame regalarle una o dos frases más: ¿Quién se robó mi niñez? o ¿Dónde estaba Dios cuando te fuiste?" Maravillosas, ¿no cree? Fíjese en la que usted cita, por ejemplo, y va a descubrir que si hay algo conmovedor en la poesía del tango son estas preguntas filosóficas: ¿existe Dios? ¿Qué pasa con lo perdido? ¿Tiene la vida algún sentido? Como todo mortal, desconozco las respuestas. Allí está la religión queriendo dar un sentido posible a lo que no encuentra palabras. Si quiero ser sincero debo responder que, filosóficamente, creo que sí, la vida es una herida absurda. Pero, como analista, creo que el desafío consiste en que a partir del deseo único e irrepetible que nos habita encontremos un sentido que justifique una vida que, en general, no tiene demasiada importancia.
Producción: Yamila Schmies
diario La Nación
Decía Walter Benjamín que un libro de citas de otros, sería un libro perfecto, ya que estas enriquecen lo nuestro y convierten nuestra obra en una “obra colectiva”. Lejos de la perfección se encuentra esta iniciativa, pero si vale como lugar donde compartir distintos textos, con el sentido de entender este día a día que nos toca en el mundo. La intención no será cambiarlo, sólo la de tratar de entenderlo.
lunes, febrero 21
lunes, febrero 7
Philip Marlowe, en el banco de Boca
Por Hugo Asch
“Medía cerca de un 1,90 y había allí muy poca materia blanda. Sus ojos eran grises, con fríos destellos. Llevaba un amplio traje gris con elegancia y sus modales sugerían que era un sujeto con el cual no resultaría sencillo cambiar opiniones.”
Raymond Chandler (1900-1959), monólogo de Philip Marlowe en “The lady in the lake” (1943).
Con ese sombrero colocado de lado apenas pude reconocer su nariz de boxeador, los penetrantes ojos celestes y el mentón de bull dog, cortado como a hachazos. Traía su viejo piloto de solapas anchas y un cigarrillo clavado en los labios. Pensé que era el viejo Mitchum en su insuperable Philip Marlowe de Adiós, muñeca (1975), que cada tanto pasa por la redacción a saludarme, charlar de bueyes perdidos o pedir informes sobre técnicos desaparecidos, jugadores en problemas y dirigentes acusados de asesinatos en serie. Le iba a pedir que, una vez más, alzara sus nudillos para ver aquel doble tatuaje “love-hate” (amor-odio) que le había quedado de su inquietante reverendo Harry Powell en La noche del cazador (1955), la única película de Charles Laughton. Pero no. No era Marlowe. Es decir, no era Mitchum, pero sí Marlowe. O eso parecía.
—¿Qué le pasa, Asch? ¿No escribió, acaso, que el único que podía hacer de Marlowe en este país era yo? Muy bien, acá me tiene. Hablemos.
Efectivamente, Julio César Falcioni era un Marlowe perfecto, y mientras lo confirmaba él apagó su cigarrillo en mi taza de café. Oh, no. Eso me pasa por largarme a imaginar cosas sin pensar que algún día, como los sueños, pueden hacerse realidad. Traté de disimular mi sorpresa. Fue peor.
—¿Vino a darme un reportaje? –atiné a decir. El sonrió.
—Ya dije lo que todos esperaban oír. Ahora hablemos en serio, ¿quiere? Si su oficio es preguntar, el mío es buscar la verdad, lo que no siempre es lo mismo. ¿Me sigue?
Lo que más me irritó fue esa horrible muletilla, ¿me sigue?, como si me hablara Lilita Carrió. Tragué saliva e hice lo que pude. El tipo es un duro.
—Cuando tenga al Enganche Melancólico listo para jugar, Falcioni, ¿qué va a hacer con el pobre Erviti? ¿En qué quedará su emblemático 4-2-2?
—Mmm… Números. A veces dos más dos son cuarto y otras, veintidós.
—¡Oiga, ésa es una cita de Hammett para Nick Charles en The thin man! No me mezcle los detectives, ¿quiere?
—En el fútbol hay que tomar cosas de todos, Asch, si no uno está liquidado. ¿Qué voy a hacer con Riquelme? ¡Ponerlo donde él quiera! La gente lo ama y yo no voy a suicidarme. ¿O me vio cara de La Volpe a mí?
—Bueno, no se ofenda: también era arquero. ¿De verdad va a correr a Erviti a la izquierda para que haga la banda como hace diez años?
—Lo que yo necesito es que se junte con… ¿cómo le dice usted al 10?
—El Enganche Melancólico.
—¿En serio? Qué boludo. Quiero juntarlos, le decía, para que armen juego. ¿O quiere que intente eso con Rivero y sus cartas de póquer? Somoza solito me puede sostener el medio, y más con Battaglia bien. ¿Le parece poco?
—Para nada. Pero me parece que puede tener problemas cuando lo ataquen por los costados. Battaglia y Erviti naturalmente se van a cerrar y…
—¡Y para qué lo tengo a Clemente, que es un pistón! Al Burrito, nuestro as, o Calvo, que tiene oficio. ¡Incluso a Monzón!
—Gran escopetazo, como el de Carlos, que Dios lo tenga en la gloria. Pero ojo, que ese chico se pega unos viajes…
—Oiga, Asch, no me rompa los esquemas. Además está Cellay y mi dupla de centrales: Caruzzo-Insaurralde. ¿Y los de adelante? ¿Quién tiene dos nueves como Palermo y Viatri?
—¡Y uno que va por afuera con una novia como Luli Fernández, Falcioni!
—¡Seh! Un monstruo, Mouche.
—Todo muy lindo, pero me parece que así le va a costar armar un bloque tan sólido y equilibrado como el que tenía en Banfield, con Erviti más libre, volantes como James por afuera…
Falcioni me clavó su peor mirada de furia ígnea. Al lado suyo, Chernobyl era el show de fuegos artificiales del desfile de Giordano.
—Oiga, ¿por qué no vuelve a dirigir Playboy y se deja de hablar de fútbol? ¿Banfield? ¡Esto es Boca, querido! La cosa, acá, es ganar o morir. Nada más. ¡Quiero marines listos para la guerra!
—Epa. Remember The Alamo, Julio. O a Ho Chi Minh, otro que supo cómo jugarles de contraataque.
Falcioni ya no estaba de humor. Decidió irse. Acomodó su sombrero, mordió otro cigarrillo y el semicírculo de su boca se cerró aún más, apuntando hacia sus zapatones. No iba a rendirse. Su último gesto de despecho merecía un Oscar.
—Mire, ya estoy grande y ésta es mi última chance para dejar de ser visto como un maldito técnico de equipo chico. Tengo que salir campeón, ¿me entiende? Adiós.
Mientras ese corpachón desaparecía de mi vista, pensé en Mitchum. De él también se decía que era un actor de películas menores, hasta que Laughton se cruzó en su vida. Y en la recta final de su carrera, sin recibir jamás el reconocimiento que merecía, consiguió opacar al detective de Bogart, nada menos. Lo nominaron al Oscar, claro, pero nunca lo ganó. ¿Y? ¿A quién le importa? Eso sí es ser un campeón. Más, incluso, que esos que mariconean baboseando esas latas brillosas de espantoso diseño.
Suerte con el nuevo caso, Marlowe.
diario Perfil
“Medía cerca de un 1,90 y había allí muy poca materia blanda. Sus ojos eran grises, con fríos destellos. Llevaba un amplio traje gris con elegancia y sus modales sugerían que era un sujeto con el cual no resultaría sencillo cambiar opiniones.”
Raymond Chandler (1900-1959), monólogo de Philip Marlowe en “The lady in the lake” (1943).
Con ese sombrero colocado de lado apenas pude reconocer su nariz de boxeador, los penetrantes ojos celestes y el mentón de bull dog, cortado como a hachazos. Traía su viejo piloto de solapas anchas y un cigarrillo clavado en los labios. Pensé que era el viejo Mitchum en su insuperable Philip Marlowe de Adiós, muñeca (1975), que cada tanto pasa por la redacción a saludarme, charlar de bueyes perdidos o pedir informes sobre técnicos desaparecidos, jugadores en problemas y dirigentes acusados de asesinatos en serie. Le iba a pedir que, una vez más, alzara sus nudillos para ver aquel doble tatuaje “love-hate” (amor-odio) que le había quedado de su inquietante reverendo Harry Powell en La noche del cazador (1955), la única película de Charles Laughton. Pero no. No era Marlowe. Es decir, no era Mitchum, pero sí Marlowe. O eso parecía.
—¿Qué le pasa, Asch? ¿No escribió, acaso, que el único que podía hacer de Marlowe en este país era yo? Muy bien, acá me tiene. Hablemos.
Efectivamente, Julio César Falcioni era un Marlowe perfecto, y mientras lo confirmaba él apagó su cigarrillo en mi taza de café. Oh, no. Eso me pasa por largarme a imaginar cosas sin pensar que algún día, como los sueños, pueden hacerse realidad. Traté de disimular mi sorpresa. Fue peor.
—¿Vino a darme un reportaje? –atiné a decir. El sonrió.
—Ya dije lo que todos esperaban oír. Ahora hablemos en serio, ¿quiere? Si su oficio es preguntar, el mío es buscar la verdad, lo que no siempre es lo mismo. ¿Me sigue?
Lo que más me irritó fue esa horrible muletilla, ¿me sigue?, como si me hablara Lilita Carrió. Tragué saliva e hice lo que pude. El tipo es un duro.
—Cuando tenga al Enganche Melancólico listo para jugar, Falcioni, ¿qué va a hacer con el pobre Erviti? ¿En qué quedará su emblemático 4-2-2?
—Mmm… Números. A veces dos más dos son cuarto y otras, veintidós.
—¡Oiga, ésa es una cita de Hammett para Nick Charles en The thin man! No me mezcle los detectives, ¿quiere?
—En el fútbol hay que tomar cosas de todos, Asch, si no uno está liquidado. ¿Qué voy a hacer con Riquelme? ¡Ponerlo donde él quiera! La gente lo ama y yo no voy a suicidarme. ¿O me vio cara de La Volpe a mí?
—Bueno, no se ofenda: también era arquero. ¿De verdad va a correr a Erviti a la izquierda para que haga la banda como hace diez años?
—Lo que yo necesito es que se junte con… ¿cómo le dice usted al 10?
—El Enganche Melancólico.
—¿En serio? Qué boludo. Quiero juntarlos, le decía, para que armen juego. ¿O quiere que intente eso con Rivero y sus cartas de póquer? Somoza solito me puede sostener el medio, y más con Battaglia bien. ¿Le parece poco?
—Para nada. Pero me parece que puede tener problemas cuando lo ataquen por los costados. Battaglia y Erviti naturalmente se van a cerrar y…
—¡Y para qué lo tengo a Clemente, que es un pistón! Al Burrito, nuestro as, o Calvo, que tiene oficio. ¡Incluso a Monzón!
—Gran escopetazo, como el de Carlos, que Dios lo tenga en la gloria. Pero ojo, que ese chico se pega unos viajes…
—Oiga, Asch, no me rompa los esquemas. Además está Cellay y mi dupla de centrales: Caruzzo-Insaurralde. ¿Y los de adelante? ¿Quién tiene dos nueves como Palermo y Viatri?
—¡Y uno que va por afuera con una novia como Luli Fernández, Falcioni!
—¡Seh! Un monstruo, Mouche.
—Todo muy lindo, pero me parece que así le va a costar armar un bloque tan sólido y equilibrado como el que tenía en Banfield, con Erviti más libre, volantes como James por afuera…
Falcioni me clavó su peor mirada de furia ígnea. Al lado suyo, Chernobyl era el show de fuegos artificiales del desfile de Giordano.
—Oiga, ¿por qué no vuelve a dirigir Playboy y se deja de hablar de fútbol? ¿Banfield? ¡Esto es Boca, querido! La cosa, acá, es ganar o morir. Nada más. ¡Quiero marines listos para la guerra!
—Epa. Remember The Alamo, Julio. O a Ho Chi Minh, otro que supo cómo jugarles de contraataque.
Falcioni ya no estaba de humor. Decidió irse. Acomodó su sombrero, mordió otro cigarrillo y el semicírculo de su boca se cerró aún más, apuntando hacia sus zapatones. No iba a rendirse. Su último gesto de despecho merecía un Oscar.
—Mire, ya estoy grande y ésta es mi última chance para dejar de ser visto como un maldito técnico de equipo chico. Tengo que salir campeón, ¿me entiende? Adiós.
Mientras ese corpachón desaparecía de mi vista, pensé en Mitchum. De él también se decía que era un actor de películas menores, hasta que Laughton se cruzó en su vida. Y en la recta final de su carrera, sin recibir jamás el reconocimiento que merecía, consiguió opacar al detective de Bogart, nada menos. Lo nominaron al Oscar, claro, pero nunca lo ganó. ¿Y? ¿A quién le importa? Eso sí es ser un campeón. Más, incluso, que esos que mariconean baboseando esas latas brillosas de espantoso diseño.
Suerte con el nuevo caso, Marlowe.
diario Perfil
miércoles, enero 26
Ventana sobre la palabra
En lengua guaraní, ñe'e significa "palabra" y también significa "alma".
Creen los indios guaraníes que quienes mienten la palabra, o la
dilapidan, son traidores del alma.
EDUARDO GALEANO
Creen los indios guaraníes que quienes mienten la palabra, o la
dilapidan, son traidores del alma.
EDUARDO GALEANO
viernes, enero 14
La solución final
Por Eduardo Pavlovsky*
Cuando me desperté, el reloj marcaba las ocho en punto. Me vestí y salí corriendo a lo de Rulo para desayunar. Enfilé por Sucre hacia Astilleros, y escuché un raro sonido que parecía provenir de la calle Pampa. Vi mucha gente. Algo así como una gran manifestación de adolescentes caminando hacia un espectáculo de rock. A medida que me acercaba, la imagen se hacía más kafkiana. Eran filas de niños que caminaban en silencio. En realidad, tuve la impresión de que el silencio era total. No había casi adultos –o por lo menos no había gente de estatura normal. Esa inmensa caravana en silencio estaba integrada por niños que no superaban los 80 cm de altura. Imposible evaluar la edad, y cuando creí divisar algún adulto no sobrepasaba nunca el metro de altura. El caminar de los chicos producía un extraño sonido musical. Digo –el arrastrar unísono de los pies de los niños sobre la calle–: producía una melodía. Una extraña melodía. Lo que más me llamaba la atención era la extraordinaria disciplina de los niños. Marchaban en fila de tres. Un metro de distancia entre las filas. La larga caravana era extensísima. De dónde vendrán, me preguntaba. Cuando comencé a mirar a los niños, creí que estaba alucinando. Todos tenían un color cetrino y una remera con un número y una letra que los identificaba.
La cara de uno de ellos no tenía ojos –venía tomado de la mano de otros dos niños que lo acompañaban. Los globos oculares, o lo que quedaba de los globos oculares, estaban llenos de gusanos que salían de sus órbitas. Observé con detenimiento y horror que uno de los niños que lo sostenía de la mano tomaba de sus órbitas alguno de los gusanos y lo engullía. Comía los gusanos que salían de los ojos del niño ciego. Tuve una arcada y después un vómito. El ruido de mi vómito parecía desentonar dentro de ese inmenso silencio. Me repuse y seguí observando, ahora de más lejos, mientras atravesábamos Figueroa Alcorta hacia la Costanera. Había una fila de niños con inmensas cabezas hidrocefálicas. Sobre la piel de sus caras brotaban lombrices que los niños trataban de tragar cuando se acercaban a sus bocas. No reconocía a nadie. Quise gritar pero no podía. Tenía una mezcla de asco, repugnancia y pánico pero, para hablar francamente, no me producían piedad. Y eso me mortificaba. De algunos brazos y piernas de los niños salían pústulas que arrastraban sangre y pus. El espectáculo era dantesco. Comprendí que la ausencia de queja de esta inmensa muchedumbre infantil parecía producir mi falta de piedad. Al cruzar por Figueroa Alcorta, comenzaron a sonar bocinazos porque la larga marcha de los niños alteraba el tránsito. Empecé a sentir odio hacia ellos pero no podía dejar de acompañarlos. Quería saber adónde iban. Cuál era el destino de la gran marcha. Uno de los niños salió de la fila y comenzó a comer excremento de perros –tan abundante en esa zona. Lo que más me asombraba era el espíritu comunitario que reinaba entre ellos. El que tenía los excrementos los repartía equitativamente dentro del grupo. Todos comían al unísono. Había hambre. Recordé haber leído que la Fundación Argentina contra la Anemia decía que el 50% de los niños en la provincia de Buenos Aires es anémico. Pensé si los excrementos de perro tendrían tal vez hierro suficiente para balancear la dieta. La naturaleza es sabia. Problema de sobrevivencia.
¿Pero todos estos niños habían existido siempre? ¿Desde cuándo esto es así? ¿Lo sabíamos? Eran preguntas tontas. Esta situación es límite. Horrorosamente límite. ¿Pero cómo habíamos llegado a esto? Poco a poco pensé; porque cuando el horror se construye día a día, se vuelve obvio y cotidiano. Los niños deformes se vuelven cotidianos. Caminé unas ocho cuadras sin mirarlos. Al llegar a la Costanera, observé que existía un grupo de gente que los organizaba. Eran todos de estatura normal. Me extrañó nuevamente la docilidad de los niños para reagruparse. Sobre la Costanera había cuatro grandes letreros que parecían orientar el destino último de los niños; cada letrero tendría una longitud de cinco metros por cuatro de ancho. Cada letrero ordenaba de acuerdo a la patología. Las remeras de los niños también los identificaban en sus respectivos grupos.
Anémicos, hidrosefálicos, chagásicos, raquíticos y VIH, decían los grandes carteles. Cada grupo de niños se reagrupaba en su fila correspondiente. Parecían contentos de haber llegado al destino. Estaban extenuados. Unas largas mangueras de las que salían chorros de agua tibia intentaban limpiarlos de todas las secreciones, excrementos y pústulas. Observé que, después de bañarlos, un sector de damas los alimentaba con un abundante plato de lentejas. A los anémicos les ofrecían una doble ración. Luego de la comida, los niños se volvían a agrupar y prolijamente y en silencio se arrojaban ordenadamente a las aguas del río. Ningún niño se negaba a hacerlo. Todos parecían comprender el destino final. Me atrevería a decir que de alguno de ellos vi asomar una beatífica sonrisa. Me quedé toda la mañana. Había visto arrojarse 5 mil niños con absoluta disciplina. Lo que me asombraba era la obviedad. Algún grito destemplado: “¡Piqueteros hijos de puta!
¡Tírense todos, no jodan más!”, no parecía tener eco en la multitud. Cada tanto aplaudíamos alguna pirueta que algún niño realizaba al arrojarse al agua. A eso de las once se interrumpió la ceremonia para cantar el Himno. Fue emocionante. Los niños también cantaban sin dejar de arrojarse al agua. Después, no pude entender más. Porque me pareció que mis oídos comenzaban a zumbar y tuve miedo de desmayarme. Mientras caminaba de vuelta por Sucre, comencé a sollozar. La vida continúa. Todo sigue su curso, decía uno de los personajes de Esperando a Godot. Y yo comencé a olvidar. Había que seguir viviendo. Antes de llegar a casa, pensé en dos palabras: complicidad civil. Pero no entendía el sentido ni su relación con la extraña jornada. Cosas de la vida, pensé y abrí la puerta de mi bella mansión.
*Médico. Actor. Dramaturgo. Psicoterapeuta de grupo.
diario Perfil
Cuando me desperté, el reloj marcaba las ocho en punto. Me vestí y salí corriendo a lo de Rulo para desayunar. Enfilé por Sucre hacia Astilleros, y escuché un raro sonido que parecía provenir de la calle Pampa. Vi mucha gente. Algo así como una gran manifestación de adolescentes caminando hacia un espectáculo de rock. A medida que me acercaba, la imagen se hacía más kafkiana. Eran filas de niños que caminaban en silencio. En realidad, tuve la impresión de que el silencio era total. No había casi adultos –o por lo menos no había gente de estatura normal. Esa inmensa caravana en silencio estaba integrada por niños que no superaban los 80 cm de altura. Imposible evaluar la edad, y cuando creí divisar algún adulto no sobrepasaba nunca el metro de altura. El caminar de los chicos producía un extraño sonido musical. Digo –el arrastrar unísono de los pies de los niños sobre la calle–: producía una melodía. Una extraña melodía. Lo que más me llamaba la atención era la extraordinaria disciplina de los niños. Marchaban en fila de tres. Un metro de distancia entre las filas. La larga caravana era extensísima. De dónde vendrán, me preguntaba. Cuando comencé a mirar a los niños, creí que estaba alucinando. Todos tenían un color cetrino y una remera con un número y una letra que los identificaba.
La cara de uno de ellos no tenía ojos –venía tomado de la mano de otros dos niños que lo acompañaban. Los globos oculares, o lo que quedaba de los globos oculares, estaban llenos de gusanos que salían de sus órbitas. Observé con detenimiento y horror que uno de los niños que lo sostenía de la mano tomaba de sus órbitas alguno de los gusanos y lo engullía. Comía los gusanos que salían de los ojos del niño ciego. Tuve una arcada y después un vómito. El ruido de mi vómito parecía desentonar dentro de ese inmenso silencio. Me repuse y seguí observando, ahora de más lejos, mientras atravesábamos Figueroa Alcorta hacia la Costanera. Había una fila de niños con inmensas cabezas hidrocefálicas. Sobre la piel de sus caras brotaban lombrices que los niños trataban de tragar cuando se acercaban a sus bocas. No reconocía a nadie. Quise gritar pero no podía. Tenía una mezcla de asco, repugnancia y pánico pero, para hablar francamente, no me producían piedad. Y eso me mortificaba. De algunos brazos y piernas de los niños salían pústulas que arrastraban sangre y pus. El espectáculo era dantesco. Comprendí que la ausencia de queja de esta inmensa muchedumbre infantil parecía producir mi falta de piedad. Al cruzar por Figueroa Alcorta, comenzaron a sonar bocinazos porque la larga marcha de los niños alteraba el tránsito. Empecé a sentir odio hacia ellos pero no podía dejar de acompañarlos. Quería saber adónde iban. Cuál era el destino de la gran marcha. Uno de los niños salió de la fila y comenzó a comer excremento de perros –tan abundante en esa zona. Lo que más me asombraba era el espíritu comunitario que reinaba entre ellos. El que tenía los excrementos los repartía equitativamente dentro del grupo. Todos comían al unísono. Había hambre. Recordé haber leído que la Fundación Argentina contra la Anemia decía que el 50% de los niños en la provincia de Buenos Aires es anémico. Pensé si los excrementos de perro tendrían tal vez hierro suficiente para balancear la dieta. La naturaleza es sabia. Problema de sobrevivencia.
¿Pero todos estos niños habían existido siempre? ¿Desde cuándo esto es así? ¿Lo sabíamos? Eran preguntas tontas. Esta situación es límite. Horrorosamente límite. ¿Pero cómo habíamos llegado a esto? Poco a poco pensé; porque cuando el horror se construye día a día, se vuelve obvio y cotidiano. Los niños deformes se vuelven cotidianos. Caminé unas ocho cuadras sin mirarlos. Al llegar a la Costanera, observé que existía un grupo de gente que los organizaba. Eran todos de estatura normal. Me extrañó nuevamente la docilidad de los niños para reagruparse. Sobre la Costanera había cuatro grandes letreros que parecían orientar el destino último de los niños; cada letrero tendría una longitud de cinco metros por cuatro de ancho. Cada letrero ordenaba de acuerdo a la patología. Las remeras de los niños también los identificaban en sus respectivos grupos.
Anémicos, hidrosefálicos, chagásicos, raquíticos y VIH, decían los grandes carteles. Cada grupo de niños se reagrupaba en su fila correspondiente. Parecían contentos de haber llegado al destino. Estaban extenuados. Unas largas mangueras de las que salían chorros de agua tibia intentaban limpiarlos de todas las secreciones, excrementos y pústulas. Observé que, después de bañarlos, un sector de damas los alimentaba con un abundante plato de lentejas. A los anémicos les ofrecían una doble ración. Luego de la comida, los niños se volvían a agrupar y prolijamente y en silencio se arrojaban ordenadamente a las aguas del río. Ningún niño se negaba a hacerlo. Todos parecían comprender el destino final. Me atrevería a decir que de alguno de ellos vi asomar una beatífica sonrisa. Me quedé toda la mañana. Había visto arrojarse 5 mil niños con absoluta disciplina. Lo que me asombraba era la obviedad. Algún grito destemplado: “¡Piqueteros hijos de puta!
¡Tírense todos, no jodan más!”, no parecía tener eco en la multitud. Cada tanto aplaudíamos alguna pirueta que algún niño realizaba al arrojarse al agua. A eso de las once se interrumpió la ceremonia para cantar el Himno. Fue emocionante. Los niños también cantaban sin dejar de arrojarse al agua. Después, no pude entender más. Porque me pareció que mis oídos comenzaban a zumbar y tuve miedo de desmayarme. Mientras caminaba de vuelta por Sucre, comencé a sollozar. La vida continúa. Todo sigue su curso, decía uno de los personajes de Esperando a Godot. Y yo comencé a olvidar. Había que seguir viviendo. Antes de llegar a casa, pensé en dos palabras: complicidad civil. Pero no entendía el sentido ni su relación con la extraña jornada. Cosas de la vida, pensé y abrí la puerta de mi bella mansión.
*Médico. Actor. Dramaturgo. Psicoterapeuta de grupo.
diario Perfil
jueves, enero 6
Entrevista a Eduardo Galeano
Autor: Jaime Avilés, La Jornada
Argentina, víctima "obediente”
“La lección para el mundo es no comprar el discurso del FMI, que conduce al exterminio”
MONTEVIDEO.— Desde la banda oriental del río de La Plata, a 40 kilómetros de Buenos Aires, lleno de una tristeza que no pretende ocultar pero que lo nutre de hallazgos y revelaciones en el terreno del lenguaje, Eduardo Galeano observa la crisis terminal de la Argentina, un país, dice, "víctima de la doctrina universal que aceptó, cumpliendo con todo lo que le mandaron" y al que "ahora, encima, castigan por obediente".
En la Casa de los Pájaros, donde vive con Elena Vilagra en el barrio Malvín, caminando con su perro Morgan por las breves colinas que bajan a la playa, cenando con sus amigos en un restaurante italiano, en cuyos muros aparece retratado junto a Antonio Skármeta, Joan Manuel Serrat o José Saramago, charlando, en fin, con La Jornada hasta altas horas de la noche en el sótano de un antiguo molino habilitado como bar, el escritor uruguayo reflexiona en voz alta, con palabras lentas, que a veces alarga para subrayar su importancia dentro de la frase.
Argentina hizo todo lo que le ordenó el FMI y está destruida. ¿Cuál es la lección para México?
No es sólo una lección para México, sino para el mundo, pero en general yo diría que no se crean el cuento: hay que tener un poco más de cuidado; los discursos del poder no expresan, ocultan, disfrazan. La lección es que no hay que seguir comprando ese discurso que conduce al exterminio, no sólo de las economías nacionales, sino que además tiene horrorosas consecuencias y no sólo económicas. Un discurso que no se traduce sólo en un empobrecimiento masivo y en una concentración ofensiva de la riqueza, en la bofetada, el cotidiano insulto, que es la ostentación del poder de unos poquitos en medio del desamparo de tantos...
¿Cuáles son las consecuencias no económicas?
Primero, el desprestigio de la democracia. Ahora se la identifica con la corrupción, con la ineficiencia, con la injusticia, que es lo peor que podría pasarle a la democracia. Al fin y al cabo, democracia significa "poder del pueblo" y hasta qué extremos ha sido humillada esta palabra, que ha terminado por convertirse en antónimo de justicia. Mucha, muchísima gente cada vez más lo siente así, sobre todo entre los jóvenes. La democracia es una cueva de ladrones que no sirve para nada y que no hace más que lastimar a los pobres. ''Esta es la visión de la democracia que está teniendo una inmensa cantidad de gente, por lo menos en los países latinoamericanos, y ésta es la consecuencia cultural más grave, porque hay una cultura democrática que hace posible que el ejercicio de la democracia sea algo más que un juego de sombras chinas en la pared''.
Un caldo de cultivo para el fascismo...
Otro daño tremendo son las grandes lastimaduras que ha sufrido todos estos años la cultura de la solidaridad. Los lazos solidarios sociales tienen expresiones culturales nacidas del vínculo con los otros. En un sistema que predica el egoísmo y lo practica, la cultura de la solidaridad está siendo muy mal herida. Hoy por hoy la cultura que predomina es la del sálvese quien pueda y cada quien a lo suyo, y el que caiga que se joda. Y eso también me duele muchísimo. Te cuento cosas que me duelen de la realidad cultural actual y que se traducen en un cambio de lenguaje: hay una jodida actualización del diccionario.
Le pregunto por la melancolía que prevalece en países como Argentina y Uruguay, formados básicamente por inmigrantes nostálgicos de Europa.
Sí —acepta—, éstos son países que tienen una población de inmigrantes en su abrumadora mayoría, y allí es interesante anotar que eso está en el fondo de una perplejidad universal ante la magnitud de una crisis como la que está sufriendo Argentina, que es una verdadera tragedia. Perplejidad universal porque no se entiende cómo es posible que ocurra esto en un país blanco, bien nutrido, sin problemas de explosión demográfica, pero el hecho en sí cuestiona las teorías de antropólogos, sociólogos, politólogos y otros ólogos que identifican, por ejemplo, subdesarrollo y pobreza con explosiones sociales, cosas, nos dicen, que suceden en las regiones oscuras del planeta, las regiones condenadas de antemano a padecer la pobreza por su color de piel debido a mestizajes que no dieron buenos frutos. Pero contra esas interpretaciones racistas de la desdicha humana se producen episodios como este de la Argentina y no se explican cómo pudo ocurrir.
Pero Argentina tiene todo —le recuerdo—, agua, petróleo, trigo, carne, un territorio gigantesco y vacío. Algunos sectores de izquierda piensan que podría salvarse sola. Galeano descarta la idea.
Eso es impracticable. Solo no se salva nadie. La única salida para los países latinoamericanos para no perderlo todo o recuperar parte de lo que se ha perdido es que seamos capaces de unirnos. En América Latina los presidentes se reúnen pero no se unen; hacen esas cumbres, intercambian discursos, posan para la foto, pero no son capaces de unirse para hacer frente juntos a la banquería internacional que nos gobierna, a la usura de la deuda externa que nos está estrangulando, al derrumbe de los precios de todo lo que vendemos. Si los presidentes se unieran quizá se podría hacer algo para no asistir con fatalismo a esta suerte de imposición universal de la desdicha como destino al que pretenden condenarnos. Pero allí tienes otro aporte al nuevo diccionario.
¿Cuál?
El nuevo nombre de la dictadura financiera es comunidad internacional; cualquier cosa que hagas para defender lo poco que te queda de soberanía es un atentado contra la comunidad internacional, no un acto de legítima defensa contra la usura que practica la banquería que gobierna el mundo y a la cual cuanto más le pagás más le debés. Por eso, en un país como Argentina está desmantelado todo, la economía, el estado, la identidad colectiva de la gente que ya no sabe quién es, para qué es, de dónde viene o a dónde va. Hay un vaciamiento espiritual que simétricamente corresponde al vaciamiento material de un país saqueado hasta las telarañas.
POR LAS PRIVATIZACIONES, ARGENTINA PERDIO SU ECONOMIA; URUGUAY TAMBIEN VIVE HORAS DIFICILES
Uruguay tiene 3 millones de habitantes y una decepción profunda. Está en el centro del verano y todavía no llegan los turistas de Buenos Aires que solían traer los dineros necesarios —alrededor de 5 mil millones de dólares anuales— para que el país sobreviviera hasta la próxima temporada vacacional. Esos recursos están hoy congelados al otro lado del río de La Plata, dentro del corralito bancario que secuestró los ahorros y los sueldos de los depositantes argentinos, y "acá también va a estallar una crisis tremenda, eso está en las tapas de los libros", asegura el taxista que me conduce de nuevo a la Casa de los Pájaros, donde viven Elena Vilagra y Eduardo Galeano. La entrevista se reanuda en el pequeño jardín de su acogedora vivienda. Hace muchísimo calor, bebemos cerveza, comemos fainá, fritura de masa condimentada con especias, y hablamos al amparo de las plantas y las flores y los árboles de esta "selva" en que la esposa del escritor uruguayo ha volcado su imaginación y dedicaciones desde que la pareja regresó del exilio en Cataluña, a mediados de los ’80, al final de la dictadura militar.
Estamos a la orilla de uno de los ríos más anchos del mundo, que baña dos expresiones de una misma cultura. ¿Por qué en Uruguay no ha sucedido lo mismo que en Argentina?
Galeano se remonta al comienzo de la historia:
Hay algunas diferencias importantes entre Uruguay y Argentina dentro de lo que podría ser un cuadro de cosas compartidas. Una historia común que se rompe a partir de la desintegración del espacio colonial que fue el virreinato del río de La Plata. Son diferencias que provienen de las tempranas reformas que acá se hicieron en la época de don José Batlle Ordóñez, un hombre con un impulso tremendo de cambio y un precursor para su tiempo (de 1904 en adelante); un visionario que colocó a Uruguay a la vanguardia del mundo en muchos aspectos. Cuesta imaginarlo ahora porque estamos a la retaguardia en tantas cosas, pero este país fue el exitoso laboratorio de una serie de transformaciones sociales, políticas, económicas, culturales que ahora son asombrosas vistas a la distancia. Por ejemplo, la nacionalización de los servicios públicos y después la puesta en marcha del Estado como motor industrial.
Milagro en país chico… ¿Qué tipo de reformas?
Una tempranísima ley de divorcio de 1908 -mi abuela, por ejemplo, era divorciada-, y reformas sociales fundamentales como la educación laica, gratuita y obligatoria, incluida la educación física; Uruguay se llenó de campos de deporte, lo que explica este milagro de que hayamos sido campeones del mundo en fútbol antes de que existiera la copa Jules Rimet, en las olimpiadas del ’24, del ’28 y después en el primer campeonato mundial del ’30, algo notable para un país tan chiquito que tiene menos habitantes que Ciudad Nezahualcóyotl. Pero fue posible porque el Estado expresaba de veras a la comunidad en su conjunto, no era sólo una máquina inventada por pocos para hacer papilla a los demás. De algún modo esto es lo que estuvo, creo, detrás del plebiscito que se hizo hace algunos años. No recuerdo la fecha pero en plena euforia de las privatizaciones en América Latina, cuando estaban vendiendo hasta los obeliscos, aquí se hace un plebiscito y 73 por ciento de la población vota en contra de las privatizaciones; entonces los monopolios públicos siguen siendo públicos, teléfonos, luz, todo lo que corresponde a la actividad estatal. Acá la gente no se creyó ese cuento de que las privatizaciones iban a servir para liberar al país de la deuda externa, esa soga que todos tenemos atada al pescuezo, y fue un acierto porque en Argentina, Brasil, México, Chile, donde todo se privatizó, no sólo no hubo libre competencia sino monopolio privado y la deuda externa se multiplicó en medio de una avalancha de capital proveniente de la venta de los servicios y recursos públicos. Ese plebiscito nos salvó de caer en lo mismo.
¿Cómo describes la situación de tu país?
Uruguay está viviendo horas muy difíciles, la globalización nos ha golpeado muchísimo, la industria está arrasada… Poco queda del Uruguay que me hizo y me formó, pero a pesar de eso el país todavía tiene algunas defensas posibles que Argentina no tiene por la sencilla razón de que perdió su economía; si no hay cierto control de los recursos económicos básicos, la soberanía termina reduciéndose a un himno, a una bandera.
Decías que la tragedia de Argentina, una sociedad blanca, culta y bien comida, es hoy el ejemplo de lo que le puede pasar a cualquier sociedad culta y bien comida.
Lo de Argentina hizo estallar las costuras de los esquemas en que el pensamiento único trata de encerrar a la realidad. Pero es sólo un caso. Otro ha puesto en evidencia de manera lastimosa la ignorancia que el llamado mundo occidental, porque habría que ver hasta dónde es occidental, tiene respecto del mundo islámico, de una cultura que abarca más de mil millones de personas y que es víctima de una fabricación de mentiras a escala industrial para desprestigiarla. Yo soy escritor, o me gusta creer que lo soy, y escribo en una lengua que tiene miles de palabras que provienen del árabe y las uso todo el tiempo. Eso me obliga a ser muy cauteloso a la hora de descalificar a esa suerte de "oscura amenaza" a que los medios están tratando de reducir al Islam. Como viví mi exilio en España, puedo dar fe de ese incesante homenaje al agua que es la cultura islámica, por oposición al sombrío mundo de las catedrales del que yo provengo, porque tuve una infancia muy católica, pero eso no me impide abrir los ojos y tratar de ver a los demás, a los otros, a los que creen distinto, opinan distinto, sienten distinto. (El historiador estadounidense Arnold J. Toynbee advierte que las sociedades en decadencia tienden a la uniformidad y las sociedades en ascenso tienden a la diversidad. Cuando una sociedad empieza a declinar, a caerse, a quedarse muda, repite siempre las mismas palabras, sufre una crisis de las ideas que se manifiesta en la repetición...
Deja de pensar con ideas propias, ¿no?
A propósito de lo que pasó el 11 de septiembre, he leído los disparates más colosales. Por ejemplo, la imposibilidad de los organismos de la inteligencia estadounidense para actuar en Afganistán porque no tenía personal "especializado en lengua árabe", pero en Afganistán no se habla árabe, sino pashtún y otras lenguas. O como tantas veces he oído hablar del "peligro árabe" y tomaban por ejemplo a Irán, pero Irán tampoco es árabe, es persa. O cuando se habla de la "religión árabe", pero los árabes son una minoría dentro del Islam y la inmensa mayoría de la población mundial que cree en el mensaje de Mahoma no es árabe. Digo esto como ejemplo de las bobadas que nos repiten cada día hasta que se convierten en verdades imbatibles.
Galeano bebe un sorbito y recuerda:
Fíjate lo que ocurrió ahora en una universidad de Boston. Un profesor me escribe para contarme que tomó de La Jornada un artículo mío sobre el 11 de septiembre llamado El teatro del bien y del mal. Lo metió en Internet, lo distribuyó entre los demás profesores de su college, pero uno de ellos lo denunció ante los directivos; éstos lo acusaron de poner en peligro la seguridad nacional y de allí el caso pasó a los órganos del Estado, que advirtieron que ese artículo mío podía contener mensajes subliminales en código, instrucciones terroristas en código. Ahora este profesor ha tenido que contratar abogados y se ha convertido en objeto de una persecución digna de los tiempos del macartismo.
Entonces —le digo— tú debes estar ya en la lista negra del Pentágono.
Bueno —replica de mal humor—, yo tengo piel de elefante viejo, pero piensa en la situación de ese hombre. Éste es el clima que se está armando en el mundo para echar al fuego todo lo que pueda parecer una duda, una disidencia... Por eso, cada vez es más evidente que hay que inventar algo, un camino de salida porque estamos chocando contra la pared en todas partes y todo el tiempo. Y esperar un milagro, como que me crezca el pelo, eso no es posible. Tenemos que rebelarnos contra esta imposición de la desdicha como destino y tratar de imaginar algo diferente a partir de ciertas certezas que todavía nos quedan.
Fuente: www.elhistoriador.com.ar
Argentina, víctima "obediente”
“La lección para el mundo es no comprar el discurso del FMI, que conduce al exterminio”
MONTEVIDEO.— Desde la banda oriental del río de La Plata, a 40 kilómetros de Buenos Aires, lleno de una tristeza que no pretende ocultar pero que lo nutre de hallazgos y revelaciones en el terreno del lenguaje, Eduardo Galeano observa la crisis terminal de la Argentina, un país, dice, "víctima de la doctrina universal que aceptó, cumpliendo con todo lo que le mandaron" y al que "ahora, encima, castigan por obediente".
En la Casa de los Pájaros, donde vive con Elena Vilagra en el barrio Malvín, caminando con su perro Morgan por las breves colinas que bajan a la playa, cenando con sus amigos en un restaurante italiano, en cuyos muros aparece retratado junto a Antonio Skármeta, Joan Manuel Serrat o José Saramago, charlando, en fin, con La Jornada hasta altas horas de la noche en el sótano de un antiguo molino habilitado como bar, el escritor uruguayo reflexiona en voz alta, con palabras lentas, que a veces alarga para subrayar su importancia dentro de la frase.
Argentina hizo todo lo que le ordenó el FMI y está destruida. ¿Cuál es la lección para México?
No es sólo una lección para México, sino para el mundo, pero en general yo diría que no se crean el cuento: hay que tener un poco más de cuidado; los discursos del poder no expresan, ocultan, disfrazan. La lección es que no hay que seguir comprando ese discurso que conduce al exterminio, no sólo de las economías nacionales, sino que además tiene horrorosas consecuencias y no sólo económicas. Un discurso que no se traduce sólo en un empobrecimiento masivo y en una concentración ofensiva de la riqueza, en la bofetada, el cotidiano insulto, que es la ostentación del poder de unos poquitos en medio del desamparo de tantos...
¿Cuáles son las consecuencias no económicas?
Primero, el desprestigio de la democracia. Ahora se la identifica con la corrupción, con la ineficiencia, con la injusticia, que es lo peor que podría pasarle a la democracia. Al fin y al cabo, democracia significa "poder del pueblo" y hasta qué extremos ha sido humillada esta palabra, que ha terminado por convertirse en antónimo de justicia. Mucha, muchísima gente cada vez más lo siente así, sobre todo entre los jóvenes. La democracia es una cueva de ladrones que no sirve para nada y que no hace más que lastimar a los pobres. ''Esta es la visión de la democracia que está teniendo una inmensa cantidad de gente, por lo menos en los países latinoamericanos, y ésta es la consecuencia cultural más grave, porque hay una cultura democrática que hace posible que el ejercicio de la democracia sea algo más que un juego de sombras chinas en la pared''.
Un caldo de cultivo para el fascismo...
Otro daño tremendo son las grandes lastimaduras que ha sufrido todos estos años la cultura de la solidaridad. Los lazos solidarios sociales tienen expresiones culturales nacidas del vínculo con los otros. En un sistema que predica el egoísmo y lo practica, la cultura de la solidaridad está siendo muy mal herida. Hoy por hoy la cultura que predomina es la del sálvese quien pueda y cada quien a lo suyo, y el que caiga que se joda. Y eso también me duele muchísimo. Te cuento cosas que me duelen de la realidad cultural actual y que se traducen en un cambio de lenguaje: hay una jodida actualización del diccionario.
Le pregunto por la melancolía que prevalece en países como Argentina y Uruguay, formados básicamente por inmigrantes nostálgicos de Europa.
Sí —acepta—, éstos son países que tienen una población de inmigrantes en su abrumadora mayoría, y allí es interesante anotar que eso está en el fondo de una perplejidad universal ante la magnitud de una crisis como la que está sufriendo Argentina, que es una verdadera tragedia. Perplejidad universal porque no se entiende cómo es posible que ocurra esto en un país blanco, bien nutrido, sin problemas de explosión demográfica, pero el hecho en sí cuestiona las teorías de antropólogos, sociólogos, politólogos y otros ólogos que identifican, por ejemplo, subdesarrollo y pobreza con explosiones sociales, cosas, nos dicen, que suceden en las regiones oscuras del planeta, las regiones condenadas de antemano a padecer la pobreza por su color de piel debido a mestizajes que no dieron buenos frutos. Pero contra esas interpretaciones racistas de la desdicha humana se producen episodios como este de la Argentina y no se explican cómo pudo ocurrir.
Pero Argentina tiene todo —le recuerdo—, agua, petróleo, trigo, carne, un territorio gigantesco y vacío. Algunos sectores de izquierda piensan que podría salvarse sola. Galeano descarta la idea.
Eso es impracticable. Solo no se salva nadie. La única salida para los países latinoamericanos para no perderlo todo o recuperar parte de lo que se ha perdido es que seamos capaces de unirnos. En América Latina los presidentes se reúnen pero no se unen; hacen esas cumbres, intercambian discursos, posan para la foto, pero no son capaces de unirse para hacer frente juntos a la banquería internacional que nos gobierna, a la usura de la deuda externa que nos está estrangulando, al derrumbe de los precios de todo lo que vendemos. Si los presidentes se unieran quizá se podría hacer algo para no asistir con fatalismo a esta suerte de imposición universal de la desdicha como destino al que pretenden condenarnos. Pero allí tienes otro aporte al nuevo diccionario.
¿Cuál?
El nuevo nombre de la dictadura financiera es comunidad internacional; cualquier cosa que hagas para defender lo poco que te queda de soberanía es un atentado contra la comunidad internacional, no un acto de legítima defensa contra la usura que practica la banquería que gobierna el mundo y a la cual cuanto más le pagás más le debés. Por eso, en un país como Argentina está desmantelado todo, la economía, el estado, la identidad colectiva de la gente que ya no sabe quién es, para qué es, de dónde viene o a dónde va. Hay un vaciamiento espiritual que simétricamente corresponde al vaciamiento material de un país saqueado hasta las telarañas.
POR LAS PRIVATIZACIONES, ARGENTINA PERDIO SU ECONOMIA; URUGUAY TAMBIEN VIVE HORAS DIFICILES
Uruguay tiene 3 millones de habitantes y una decepción profunda. Está en el centro del verano y todavía no llegan los turistas de Buenos Aires que solían traer los dineros necesarios —alrededor de 5 mil millones de dólares anuales— para que el país sobreviviera hasta la próxima temporada vacacional. Esos recursos están hoy congelados al otro lado del río de La Plata, dentro del corralito bancario que secuestró los ahorros y los sueldos de los depositantes argentinos, y "acá también va a estallar una crisis tremenda, eso está en las tapas de los libros", asegura el taxista que me conduce de nuevo a la Casa de los Pájaros, donde viven Elena Vilagra y Eduardo Galeano. La entrevista se reanuda en el pequeño jardín de su acogedora vivienda. Hace muchísimo calor, bebemos cerveza, comemos fainá, fritura de masa condimentada con especias, y hablamos al amparo de las plantas y las flores y los árboles de esta "selva" en que la esposa del escritor uruguayo ha volcado su imaginación y dedicaciones desde que la pareja regresó del exilio en Cataluña, a mediados de los ’80, al final de la dictadura militar.
Estamos a la orilla de uno de los ríos más anchos del mundo, que baña dos expresiones de una misma cultura. ¿Por qué en Uruguay no ha sucedido lo mismo que en Argentina?
Galeano se remonta al comienzo de la historia:
Hay algunas diferencias importantes entre Uruguay y Argentina dentro de lo que podría ser un cuadro de cosas compartidas. Una historia común que se rompe a partir de la desintegración del espacio colonial que fue el virreinato del río de La Plata. Son diferencias que provienen de las tempranas reformas que acá se hicieron en la época de don José Batlle Ordóñez, un hombre con un impulso tremendo de cambio y un precursor para su tiempo (de 1904 en adelante); un visionario que colocó a Uruguay a la vanguardia del mundo en muchos aspectos. Cuesta imaginarlo ahora porque estamos a la retaguardia en tantas cosas, pero este país fue el exitoso laboratorio de una serie de transformaciones sociales, políticas, económicas, culturales que ahora son asombrosas vistas a la distancia. Por ejemplo, la nacionalización de los servicios públicos y después la puesta en marcha del Estado como motor industrial.
Milagro en país chico… ¿Qué tipo de reformas?
Una tempranísima ley de divorcio de 1908 -mi abuela, por ejemplo, era divorciada-, y reformas sociales fundamentales como la educación laica, gratuita y obligatoria, incluida la educación física; Uruguay se llenó de campos de deporte, lo que explica este milagro de que hayamos sido campeones del mundo en fútbol antes de que existiera la copa Jules Rimet, en las olimpiadas del ’24, del ’28 y después en el primer campeonato mundial del ’30, algo notable para un país tan chiquito que tiene menos habitantes que Ciudad Nezahualcóyotl. Pero fue posible porque el Estado expresaba de veras a la comunidad en su conjunto, no era sólo una máquina inventada por pocos para hacer papilla a los demás. De algún modo esto es lo que estuvo, creo, detrás del plebiscito que se hizo hace algunos años. No recuerdo la fecha pero en plena euforia de las privatizaciones en América Latina, cuando estaban vendiendo hasta los obeliscos, aquí se hace un plebiscito y 73 por ciento de la población vota en contra de las privatizaciones; entonces los monopolios públicos siguen siendo públicos, teléfonos, luz, todo lo que corresponde a la actividad estatal. Acá la gente no se creyó ese cuento de que las privatizaciones iban a servir para liberar al país de la deuda externa, esa soga que todos tenemos atada al pescuezo, y fue un acierto porque en Argentina, Brasil, México, Chile, donde todo se privatizó, no sólo no hubo libre competencia sino monopolio privado y la deuda externa se multiplicó en medio de una avalancha de capital proveniente de la venta de los servicios y recursos públicos. Ese plebiscito nos salvó de caer en lo mismo.
¿Cómo describes la situación de tu país?
Uruguay está viviendo horas muy difíciles, la globalización nos ha golpeado muchísimo, la industria está arrasada… Poco queda del Uruguay que me hizo y me formó, pero a pesar de eso el país todavía tiene algunas defensas posibles que Argentina no tiene por la sencilla razón de que perdió su economía; si no hay cierto control de los recursos económicos básicos, la soberanía termina reduciéndose a un himno, a una bandera.
Decías que la tragedia de Argentina, una sociedad blanca, culta y bien comida, es hoy el ejemplo de lo que le puede pasar a cualquier sociedad culta y bien comida.
Lo de Argentina hizo estallar las costuras de los esquemas en que el pensamiento único trata de encerrar a la realidad. Pero es sólo un caso. Otro ha puesto en evidencia de manera lastimosa la ignorancia que el llamado mundo occidental, porque habría que ver hasta dónde es occidental, tiene respecto del mundo islámico, de una cultura que abarca más de mil millones de personas y que es víctima de una fabricación de mentiras a escala industrial para desprestigiarla. Yo soy escritor, o me gusta creer que lo soy, y escribo en una lengua que tiene miles de palabras que provienen del árabe y las uso todo el tiempo. Eso me obliga a ser muy cauteloso a la hora de descalificar a esa suerte de "oscura amenaza" a que los medios están tratando de reducir al Islam. Como viví mi exilio en España, puedo dar fe de ese incesante homenaje al agua que es la cultura islámica, por oposición al sombrío mundo de las catedrales del que yo provengo, porque tuve una infancia muy católica, pero eso no me impide abrir los ojos y tratar de ver a los demás, a los otros, a los que creen distinto, opinan distinto, sienten distinto. (El historiador estadounidense Arnold J. Toynbee advierte que las sociedades en decadencia tienden a la uniformidad y las sociedades en ascenso tienden a la diversidad. Cuando una sociedad empieza a declinar, a caerse, a quedarse muda, repite siempre las mismas palabras, sufre una crisis de las ideas que se manifiesta en la repetición...
Deja de pensar con ideas propias, ¿no?
A propósito de lo que pasó el 11 de septiembre, he leído los disparates más colosales. Por ejemplo, la imposibilidad de los organismos de la inteligencia estadounidense para actuar en Afganistán porque no tenía personal "especializado en lengua árabe", pero en Afganistán no se habla árabe, sino pashtún y otras lenguas. O como tantas veces he oído hablar del "peligro árabe" y tomaban por ejemplo a Irán, pero Irán tampoco es árabe, es persa. O cuando se habla de la "religión árabe", pero los árabes son una minoría dentro del Islam y la inmensa mayoría de la población mundial que cree en el mensaje de Mahoma no es árabe. Digo esto como ejemplo de las bobadas que nos repiten cada día hasta que se convierten en verdades imbatibles.
Galeano bebe un sorbito y recuerda:
Fíjate lo que ocurrió ahora en una universidad de Boston. Un profesor me escribe para contarme que tomó de La Jornada un artículo mío sobre el 11 de septiembre llamado El teatro del bien y del mal. Lo metió en Internet, lo distribuyó entre los demás profesores de su college, pero uno de ellos lo denunció ante los directivos; éstos lo acusaron de poner en peligro la seguridad nacional y de allí el caso pasó a los órganos del Estado, que advirtieron que ese artículo mío podía contener mensajes subliminales en código, instrucciones terroristas en código. Ahora este profesor ha tenido que contratar abogados y se ha convertido en objeto de una persecución digna de los tiempos del macartismo.
Entonces —le digo— tú debes estar ya en la lista negra del Pentágono.
Bueno —replica de mal humor—, yo tengo piel de elefante viejo, pero piensa en la situación de ese hombre. Éste es el clima que se está armando en el mundo para echar al fuego todo lo que pueda parecer una duda, una disidencia... Por eso, cada vez es más evidente que hay que inventar algo, un camino de salida porque estamos chocando contra la pared en todas partes y todo el tiempo. Y esperar un milagro, como que me crezca el pelo, eso no es posible. Tenemos que rebelarnos contra esta imposición de la desdicha como destino y tratar de imaginar algo diferente a partir de ciertas certezas que todavía nos quedan.
Fuente: www.elhistoriador.com.ar
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