lunes, abril 18

Sería la palabra o la vida

Por Javier Chiabrando

Vea usted (y no se me asuste), pero me parece que sería bueno volver a una época donde una palabra podía costarte la vida. Porque hubo una época donde la palabra podía sacudir el imaginario colectivo, la razón pública, el decoro, escandalizar. Quiero decir: hubo una época donde una palabra podía asustar a la sociedad, ruborizarla, obligarla a pensar. Hoy, me temo, eso ya no es posible. Ya no valen ni las palabrotas, ni las ideas exóticas, ni la obscenidad evidente (son demasiado comunes, están en la televisión cada día, cada hora).
Pongamos como ejemplo dos palabras de uso corriente. Una: Patria, que define tantas cosas que al fin no define nada, y que ha sido utilizada de tal manera por los abanderados de las ideas conservadoras o fascistas, que a cualquiera le resulta difícil incluirla en algún texto o discurso doméstico. Prueben y verán. Es verdad que aún resiste en actos escolares o arengas políticas, pero apenas convoca algo en el oyente, cuando no indiferencia.
Es que su sentido ha sido vaciado por uso y abuso. En cierta forma se parece a ciertos slogans publicitarios o propagandísticos que una vez que han sido lanzados al imaginario colectivo ya no pueden volver a usarse sino como parodia. Nadie podría usar la frase "síganme que no los voy a defraudar", o "la casa está en orden" sin hacer un papelón a menos que sea consciente de que es parodia y sólo parodia.
Otra palabra: Héroe. Remite, ya sea desde la óptica de la ficción o de la más pura realidad, a un hombre que arriesga la vida por otros. Puede tratarse de un prócer, como Belgrano, de un ejemplo necesario, como el Sargento Cabral, o de alguien anónimo que se zambulló en un río para salvar a un chico que se ahogaba. Hoy la palabra héroe es utilizada cada domingo cuando un jugador de fútbol hace un gol (con la rodilla, con la nuca o la mano, sobre la hora, y para hacer que su equipo empate y no se vaya al descenso). La epopeya fue suplantada por la banalidad. Repito: la palabra que define la epopeya de un prócer nacional o similares, se usa hoy para identificar a un hombre que comete un acto vulgar, tanto que volverá a repetirse la semana siguiente.
A mediados del siglo XIX, en París, centro cultural del mundo moderno, dos escritores fueron acusados, juzgados, incluso condenados, por escribir un libro. En el caso de Baudelaire, el libro se llamaba Las Flores del Mal. El de Flaubert, Madame Bovary. Releyendo esos libros hoy, cuesta encontrar los motivos del juicio y la condena (aunque en el caso de Flaubert, la condena repercutió en éxito de ventas). El problema de Flaubert era la forma en que trataba la infidelidad de madame Bovary, la mujer que paga con su vida la exaltación romántica con la que enfrenta al mundo que comienza a debatirse en luchas sociales; de ahí el bovarysmo. El problema de Baudelaire era el canto a la pasión, o como dice uno de sus poemas prohibidos entonces: el canto a la "¡Voluptuosidad, sé siempre mi reina!".
Querer recuperar el espíritu de esa época parece una enorme contradicción, porque en definitiva, el escándalo que azotó la obra de Flaubert, Baudelaire y otros, no era más que censura. Lo que da cierta nostalgia es comprobar que esos censores creían en el poder subversivo de la palabra. Sabían, porque eran censores, conservadores, fascistas pero no salames, que una palabra podía despertar al pueblo, convencerlo de que existe un mundo mejor (en la tierra), de que a veces conviene rebelarse, de que buscar el cambio es razonable y saludable.
Esta nota, que parece un tanto extemporánea, no lo es tanto si prestamos atención a que hoy, en este país, se da una lucha que además de política, es por la posesión de la palabra, y que cada palabra representa intereses ideológicos enfrentados. Digamos, en este rincón, 6, 7, 8 (y clubes de fans) y en el otro Clarín (y clubes de socios). Y nosotros, de un lado o del otro, aunque nos creamos en el ring side. Esos dos ejemplos, esté donde usted esté ubicado ideológicamente, vendría a ser la palabra dicha con todas las letras. Por oposición a eso, vemos la peor de las cobardías posibles cuando del uso de la palabra se trata: del anonimato, que en este caso se daría con ingeniosas cadenas de correos electrónicos sin autores que dan vuelta por el mundo para decir una bobada tras otras, supuestas verdades cuyo valor propagandístico reside en que caen en manos de aquellos que no necesitan más que excusas para repetir ideas huecas, vacías, anónimas, incomprobables, baratas.
En el mismo sentido van las notas periodísticas escritas en potencial o con signos de preguntas. "¿Es Javier Chiabrando el compositor de las porquerías que canta Ricky Martin?"; "Javier Chiabrando estaría desesperado por entrar a la casa de Gran Hermano". Una vez dichas esas palabras, que ni llegan a ser ideas, darán la vuelta al mundo antes de que usted lea esto. Es otra forma de la colonización de la palabra, tema que intenté desarrollar en una nota anterior: "No contaban con mi astucia". En todo caso si recibe un correo difamándome, bórrelo, que es un virus que hará explotar su computadora y quizá su casa. No, mejor hágalo circular, que es prensa gratis, lo que quizá me garantice entrar a la casa de GH o Ricky me invite a salir del closet juntos (lo pensaría; a entrar me negaría rotundamente).
Le regalo una idea brillante al mundo: crear un diario escrito por completo en potencial. No diría nunca la verdad, pero eso es un tema menor. Ya dije en esa misma nota que la verdad es relativa, lo que importa es tener la palabra. Un diario en potencial lograría la epopeya de banalizar la escritura en potencial al punto de desacreditarla a muerte. El primer ejemplar podría lleva el siguiente título de tapa: "Sería mentira todo lo que había sido considerado verdad". O, como dice el escritor norteamericano Richard Ford: "Cada vez que uno tiene razón, debería estar equivocado". Y agarrate Catalina. Pero no olvide que Catalina sería una caprichosa. ¿Es una caprichosa Catalina?

Fuente, Página 12

miércoles, marzo 30

Trabajo esclavo

La imagen es demoledora, inaguantablemente dolorosa: familias enteras subsistiendo al rayo del sol en impresentables campamentos, con alimentos en mal estado, niños que aprenden antes a trabajar que a jugar ante la mirada de los modernos señores feudales y sus guardaespaldas mediáticos y de los otros. Son las víctimas del trabajo esclavo, término exagerado –según algunos esclavistas de la Mesa de Enlace y alrededores– que siempre, según esas contaminadas fuentes, surgiría del desconocimiento de las condiciones “lógicas e históricas” de los trabajadores temporarios o golondrinas. En este caso, a confesión de partes, refuerzo de pruebas, testimonios contundentes que pueden rastrearse en el Informe Bialet Massé de 1904, que describe las tremendas condiciones laborales de las familias durante las cosechas y compararlas con las actuales. Decía en su ya clásico informe el médico catalán: “El jornal se paga en vales contra casas de negocios, que cuando más les dan la mitad de su importe en dinero, y la otra mitad en mercaderías, cuando no los obligan a tomar el todo en esta forma, ¡y a qué precios, señor! Para ganar esto, trabajan de sol a sol. A las dos y treinta pasado meridiano, no se podía dormir en la pieza que ocupaba, había una temperatura de 35º C, el termómetro al sol marcaba 46º y en el suelo 56,3º, a las cuatro pasado meridiano, todavía marcaba 52º en el suelo. Con semejante fuego en las espaldas sólo un riojano puede trabajar (…) Algunos tienen una carpa que les cuesta cinco o seis pesos: eso es lujo. Los más clavan cuatro estacas en el suelo, y a un metro de altura hacen una cama de palos clavados sobre tres largueros y algunos sobre dos; ponen encima bolsas llenas de pasto seco: ese es el colchón; en la cabecera ponen astillas de quebracho por almohada. De la sábana no hay idea; sobre cuatro palos montan el mosquitero, que es zaraza rala, y allí duermen sin más techo”.
Y es entonces cuando uno ratifica algo que sabe hace mucho: hay que desconfiar de los autodenominados “defensores de la familia”, que incluyen generalmente en sus currículum también su habilidad para defender la propiedad privada y lo que ellos llaman “tradición”. Un caso emblemático es el del amarillo diputado Alfredo Olmedo, que gastó fortunas en publicidad durante todo el verano para que se sepa que está a favor de la familia. El personaje ganó cierta efímera y lamentable fama durante los debates sobre el matrimonio igualitario cuando declaró tener la boca y la cola cerradas y se presentaba en los distintos programas con pancartas que pregonaban la defensa de la familia. Le faltó aclarar que esa defensa no incluía a las decenas de familias sometidas a trabajo esclavo en sus campos o en terrenos explotados por él. Nada nuevo bajo el sol por cierto ya que históricamente estos cruzados “familiares” se caracterizaron por una acérrima hipocresía en la que no disonaban la explotación infantil, los horarios de sol a sol con la lucha por la “institución básica del mundo occidental y cristiano”. ¿En qué momento y en qué condiciones las familias explotadas podían reunirse a compartir, expresarse su afecto, educar a sus hijos? Bastaría recordar lo que le costó al diputado Alfredo Palacios hacer aprobar la Ley 4.661 de descanso dominical en 1907 porque los parlamentarios conservadores se obstinaban en dejar “al libre albedrío de los patrones” el otorgamiento de un día franco en cualquier momento de la semana. Teniendo en cuenta que era lo “normal” que los niños trabajaran desde los cinco años, esta disposición iba claramente contra la familia, contra toda posible práctica familiar. Los voceros son otros, las mentiras y los atropellos los mismos, la diferencia sustancial está dada en que hoy se debe y puede aplicarles todo el peso de la ley a los delincuentes y multiplicar las oportunidades de trabajo dignas y legales para nuestra gente.

Felipe Pigna
Revista Caras y Caretas

viernes, marzo 25

Fukushima

1.
Lo nuclear que andaba tan pujante
que le doblaba el pulso a Zapatero
(firmaré, declaraba, aunque no quiero)
se chernobilizó, Luzbel mediante.
Al infierno se han ido en un instante
por culpa del seísmo traicionero
los nuevos alquimistas del dinero
que convierten el átomo en diamante.

Yo me pongo en la piel de Murakami
que tiene que lidiar con un tsunami
apocalíptico según san Juan.

La isla del espanto de Hiroshima
hoy afronta el horror de Fukushima
como un Mishima enfrente del Big Bang.

2.
Pobrecito Japón tan educado,
tan estajanovista de la empresa,
tan imperial, Pearl Harbor con princesa,
tan samurai, tan geisha, tan Mikado.

Tan críptico para el recién llegado,
tan Nikon, tan lunita japonesa,
tan pasado que abriga pero pesa,
tan posmoderno, tan desesperado.

Einstein, cuando fue aprendiz de brujo,
blasfemó viendo el hongo que produjo,
horrorizado ante el último tren.

Akihito es el candado, no la llave,
los expertos no saben lo que saben,
nuclear es el miedo todo a zen.


Fuente, www.ciudadsabina.com

jueves, marzo 24

La negatividad absoluta

Por José Pablo Feinmann

La experiencia del genocidio nazi sorprendió a los europeos y también al resto de eso que llamamos humanidad. Algún consuelo acerca un dictum que se dice en una obra de Samuel Beckett, Final de partida: Después de todo, ahora ya no queda mucho que temer. La frase intenta ser trabajada y acaso ahondada por Theodor Adorno en su Dialéctica negativa, pero no es mucho lo que consigue, sólo oscuridades (ver: Dialéctica negativa, Akal, Madrid, 2005, p. 332). Sin embargo, hay una frase que brilla. ¿Por qué es tan devastador el texto de Beckett? ¿Por qué tiene ese tono de resignación ante el horror y la certeza de que ya no veremos otro que lo supere? Porque –después de Auschwitz– “la negatividad absoluta es previsible, ya no sorprende a nadie” (Ibid., p. 332). La negatividad absoluta significa que todo ser humano puede ser tratado como el Otro absoluto. Nadie sabe –es una de las enseñanzas de Kafka sobre el horror del siglo XX– en qué momento, en qué circunstancias puede transformarse en un culpable. No bien integra este grupo de malditos se convierte en el Otro absoluto. Pasa a formar parte del grupo de los designados para morir. Toda sociedad autoritaria establece de inmediato (como esencia de su nacimiento y de su autojustificación) el señalamiento de un Otro absoluto. Pocas cosas unen tanto a una sociedad cuya unión peligraba que indicarle al responsable de todas las desgracias, al Otro demoníaco. Es por ese Otro que hemos llegado a padecer hambre. Que nuestras cosechas fueron malas. Que nuestros inviernos fueron crudos y la tuberculosis se llevó a tantos viejitos y las enfermedades respiratorias a tantos ciudadanos útiles. Es por ese Otro que somos pobres. Ese Otro no pertenece al linaje de nuestra patria. Quiere destruirlo. Está en contra de nuestro estilo de vida. Está en contra de la pureza de nuestra tierra y de nuestra sangre. Son más inteligentes que nosotros, que somos limpios. De aquí que se apoderen de nuestras riquezas. Que se adueñen de nuestra economía. Están en contra de la lucha contra el imperialismo, del hombre nuevo que queremos construir. Están en contra de nuestro comunismo soviético que conduce nuestro supremo camarada, quieren hacernos retroceder a la época de los zares. Son los terroristas del Islam. Son los que volaron nuestras Torres, injuriaron nuestra patria antes intocada. Iremos a buscarlos donde se escondan y conocerán la ira de los Estados Unidos, porque Dios no es neutral, está con nosotros. Son la subversión apátrida. Son los enemigos de nuestros valores y de nuestra religión. No reemplazarán la bandera de Belgrano por el rojo trapo de Lenin.

Así, subrayar quién es el Otro demoníaco, explicitar por qué lo es, delimita de inmediato un grupo de ciudadanos (cuyas dimensiones son imprecisas como imprecisos son los elementos para incluirlos entre los malditos) que son pasibles de sufrir la persecución y la negatividad absoluta. Esta negatividad se les aplica no bien se los incluye en el grupo de la otredad demoníaca, culpable. Cuya eliminación es fundamental para que la patria y los valores que le dan sentido tengan vigencia y no sean reemplazados. O no sean derrotados los nuevos valores de toda revolución triunfante. “Ya no hay nada que temer”, dice Beckett. Pero, ¿acaso no se teme a la repetición del horror? No digo esto para refutar la frase del creador de Godot, que es un poderoso disparador reflexivo. Sí, nada peor puede pasar después de Auschwitz. Pero la desgracia de la humanidad es que sigue pasando. No hay nada que temer porque se llegó a los límites del horror. Bien, si se llegó hasta ahí, ¿no habría que detenerse? Porque la frase de Beckett podría entregar cierta resignación o verificar tristemente que eso que creíamos que nunca iba a ocurrir –llegar al extremo absoluto del horror, de la vejación– ya ocurrió y nada nuevo puede ocurrir. Pero no. Si se hubiera llegado al límite del horror y alguien hubiera anunciado: Ahora ya está. ¿Para qué repetir lo que ya se consiguió?, tal vez algún alivio penetrara en nuestras conciencias. No es así. No se irá más allá, pero se insistirá en esos ejercicios del ultraje sin nombre. Y hasta –por qué no– se los supere. Los verdugos no pierden la esperanza. En la ESMA se cometieron más horrores que en Auschwitz. En Auschwitz la tortura no era esencial. Nadie era enviado a Auschwitz para extraerle información. No, iban ahí a trabajar de modo infame hasta morir. De ahí ese cartel siniestro: “El trabajo os hará libres”. Pero la ESMA era un campo de tareas de “inteligencia”, que, según la enseñanza francesa de los paras de Argelia, se realiza por medio de la tortura. Los números de muertos serán distintos. Pero, ¿desde cuándo importan las estadísticas cuando hablamos de seres humanos? Un secretario de Cultura que puso la actual administración de la Ciudad de Buenos Aires dijo la siguiente atrocidad: “En Europa diez mil muertos no son nada”. Esa cifra le había destinado a los desaparecidos de la Argentina, la comparaba con las de los judíos, las de los armenios, las de los camboyanos y concluía: ¿qué son diez mil muertos? ¿Qué es un muerto? Para el que muere es todo. Es la negatividad absoluta. No hay que transformar la vida en una estadística. Cada ser que muere es un absoluto. De ahí esa notable reflexión: no mataron seis millones de judíos. Mataron a uno seis millones de veces. No mataron treinta mil argentinos (todos inocentes, ya que ninguno fue juzgado): mataron a uno treinta mil veces. Y si uso esta cifra es porque es la única en la que creo. Porque la enunció el único grupo humano en el que puedo creer: las Madres, las Abuelas. En resumen, tiene razón Beckett: nada peor que el 24 de marzo puede sucedernos ya. Pero eso implica dedicar nuestras vidas a imposibilitar sus condiciones de posibilidad. Porque –si lo pensamos bien y hasta el punto de la angustia– no es cierto que nada peor pueda ocurrirnos. Hay algo peor, cuyo espanto hiela nuestra sangre y hasta detiene los latidos vitales de nuestro corazón frente a esa posibilidad: que ocurra otra vez. Eso puede pasarnos, eso sería mucho peor y luchar contra eso es un imperativo categórico cotidiano que los hombres nobles, los que en este país respetan la vida y, sobre todo, la vida de los otros, llevamos sobre nuestras espaldas a veces exhaustas, erosionadas por muchos desencantos, pero nunca vencidas.

Fuente: Página 12

martes, marzo 8

Internet, el periodismo, los diarios y el papel

Alberto Arébalos Director de Comunicaciones Globales & Asuntos Públicos, Google América Latina

Buena parte de mi trabajo supone viajar por América Latina. En 2010, pasé la mitad de mi tiempo por Brasil, Chile, Perú, Colombia, México y otros países de la región. En la mayoría de esos viajes tuve la oportunidad de reunirme con periodistas y editores que invariablemente, y quizás porque mi tarjeta dice bastante conspicua y coloridamente “Google”, preguntaban cuál era nuestra opinión (y muchas veces directamente la mía) respecto al futuro de los diarios, específicamente los diarios en papel.
Antes de seguir, debo hacer lo que en la prensa sajona se llama total disclosure” y que en criollo sería algo así como blanquear: opino como periodista que fui (entre 1984 y 1997 trabajando para las agencias EFE y Reuters) y por sentirme parte aún, aunque del otro lado de la mesa, de una de las mejores profesiones que conozco.
Habiendo hecho la salvedad, me apresuro a adelantar la conclusión de esta columna para los que están apurados y no quieren llegar al final: los diarios en papel van a desaparecer.
De la misma manera que ya no usamos tablillas de arcilla, o papiro o pergamino, el papel es una plataforma tecnológica, que como toda plataforma está destinada a ser reemplazada por otra más eficiente. No digo hoy, ni mañana, pero sí en un futuro mediato, el uso del papel se verá reducido a una mínima expresión. Y qué bueno que así sea.
El papel es caro, pesado, se deben derribar árboles y se contamina cuando se lo elabora, pero sin embargo ha prestado nobles servicios por siglos, porque es portátil, no necesitar energía para ser utilizado (aunque sí para ser fabricado e impreso) y puede funcionar con múltiples escalas de intensidad lumínica.
Pero lo mismo habrán pensado nuestros antepasados de las pieles, los pergaminos o las tablillas.
Ahora bien, volviendo a mis conversaciones con mis (ex) colegas, creo que la pregunta está mal planteada. No es el futuro del papel lo que nos debe preocupar, sino el futuro del periodismo y su relación con quienes consumen información.
No es un secreto que universalmente los diarios pierden circulación. Ya pocos se acuerdan de que la crisis no empezó con Internet sino con la televisión. Las primeras víctimas del avance de los medios electrónicos fueron los vespertinos, una especie prácticamente desaparecida de la faz de la tierra.
Y para muchos, la crisis actual encuentra en Internet (y de ahí que me hagan tanto la pregunta) al culpable de la caída constante de circulación.
Frente a esa presunción, lo que suelo contestar es “a los diarios no los va a matar Internet sino el aburrimiento”.
Los diarios deben dejar de querer competir con la televisión e incluso con Internet, y deben volver a contar historias, no limitarse a dar noticias. Deben ver al periodismo como una rama de la literatura y no una versión glorificada de la vecina de barrio, la que habla de todo pero sin saber nada.
Y en este contexto hago otra salvedad. Soy un profundo creyente en el poder democratizador de Internet, pero al mismo tiempo creo que “periodismo ciudadano” es un invento de los propios periodistas. Cualquiera puede contar lo que ve. Sin embargo, el periodismo -y de esto no habría que olvidarse- se trata de saber por qué pasan las cosas y qué consecuencias tienen.
Si los diarios vuelven a contar historias (y el que no me crea puede ver qué pasó con Harry Potter y sus millones de libros vendidos, cuando se decía que los chicos no leen... no leen cosas que los aburren) y se reconectan con sus lectores, estos mismos lectores estarán dispuestos a pagar por contenido de suprema calidad o serán una muy buena audiencia para publicidad de calidad.
Ya sea en Internet, en tabletas o teléfonos celulares, la gente sigue siendo curiosa, sigue queriendo saber qué pasa en su barrio, en su país, en el mundo. Siguen a su equipo favorito y les interesa conocer las novedades de los artistas que los hacen reír y llorar.
En Internet hay noticias. Pero pocas historias. Esas son las que están llamados a escribir los periodistas. Aunque en el futuro, no sea en papel.

El Cronista Comercial

martes, febrero 22

Un cine en buen estado

Finalmente se reglamentó la ley que crea la Cinemateca y el Archivo de la Imagen Nacional, que iniciará una labor pendiente: la preservación y la difusión del acervo fílmico argentino.

Sabés a qué temperatura y humedad tenés que guardar tus películas? ¿Sabés qué se guarda en una cinemateca, además del fílmico? Lo preguntás, pero la mayoría no lo sabe”, grafica Hernán Gaffet, pensando en una realidad que afrontan ellos, los realizadores y productores en el campo cinematográfico argentino: esas opciones y posibilidades técnicas que no todos conocen expresan el brumoso estado del patrimonio cinematográfico argentino (los negativos) hace décadas. Y la urgencia por relevar lo que existe, y preservarlo, ha de ser el puntapié de los cambios que avizora Gaffet, delegado organizador de la inédita Cinemateca y el Archivo de la Imagen Nacional (Cinain), el organismo creado para iniciar políticas de preservación del celuloide y generar conciencia fílmica: el patrimonio cinematográfico es huella y ventana a la memoria futura de la sociedad.
Una cinemateca es el puente para organizarla y darla a conocer: la Cinain, organismo autárquico en la órbita de la Secretaría de Cultura, no sólo deberá guardar “las películas, es decir los rollos, sino todos los materiales necesarios para entender el fenómeno cinematográfico”, repasa Gaffet. Se refiere a los afiches, fotografías, material publicitario, el guión original, etc. “Ocurre que en términos de preservación, todo sirve: las pruebas de casting, los afiches, las críticas. Todo aporta para comprender la historia de una película”, completa. La falta de conciencia sobre la necesidad de guardar esos materiales anexos no es sólo desidia particular: nunca existió una cinemateca impulsada por el Estado nacional para generar políticas de preservación del patrimonio fílmico y por eso ya se perdió el 90 por ciento de los originales del cine mudo y el 50 por ciento del sonoro.”
Como en el cine, el tiempo fija secuencias en cámara lenta: la Ley 25.119, de creación de la Cinain, cuyos autores fueron los cineastas Pino Solanas y Julio Raffo, se aprobó en 1999, pero recién el 30 de agosto de 2010 la reglamentó la presidenta Cristina Fernández. Entremedio hubo retrasos, lobbys, discusiones y reclamos de la comunidad del cine ante el borrascoso panorama de la degradación del fílmico y la falta de censos sobre lo existente. La Argentina posee una de las mayores producciones audiovisuales de Latinoamérica, pero recién con la Cinain (las autoridades serían nombradas en marzo) será posible una política de protección y difusión del acervo audiovisual.
“De este tema no se quería ocupar nadie”, contempla Fernando Martín Peña, investigador, crítico y ex presidente de la Asociación para el Apoyo al Patrimonio Audiovisual y la Cinemateca Nacional (Aprocinain), desde donde pelearon la reglamentación de la ley para el rescate de la memoria fílmica, hasta hoy a cargo de coleccionistas privados. Una vez que la Cinemateca inicie funciones, el productor o distribuidor de cada película que se estrene en el país deberá entregar una copia final y un negativo (en las producciones locales) para su resguardo en condiciones ambientales óptimas. “Así como el Estado tiene un rol en la promoción del cine, también lo debe tener en la preservación”, cree Jorge Coscia, secretario de Cultura de la Nación.
Y no dejan de sonar suspicaces ciertos argumentos adversos: que el Estado no debería apropiarse de un material privado. Gaffet responde: “Toda película que se exhibe comercialmente pasa a formar parte de nuestro bagaje cultural y, por lo tanto, de nuestro patrimonio fílmico”. La misma ley dice “que las películas son patrimonio cultural de los argentinos, pero la propiedad sigue siendo de quien las realizó. Se las declara de interés público para guardar copias”, dice Julio Raffo, hoy legislador porteño por Proyecto Sur. “La ley de la Cinain declara a los filmes como bienes culturales, no se los puede destruir. Además de resguardarlos, va darle acceso al público a través de la Mediateca y de las proyecciones en su sala”, completa Gaffet.

EL QUE GUARDA, ENCUENTRA
“De nada sirve preservar sin difundir”, sabe Peña, y basta desandar los 11 años que tardó la reglamentación. Y agrega: “Si la industria del cine tuviera conciencia preservacionista hubiese presionado ante los directivos del Incaa y los secretarios de Cultura”. En su momento, se logró frenar el veto de Carlos Menem y la ley fue sancionada en septiembre de 1999. De ahí hasta el año pasado, sin novedades. “Sí, hubo descuido: falta de comprensión de las autoridades de entonces”, asume la titular del Incaa, Liliana Mazure. “A pesar de los reclamos de Aprocinain, entre otros, la dilación ilustra el desinterés por conservar este patrimonio”, dice Alfredo Scaglia, presidente del Cine Club Rosario y a cargo de la Regional Centro de la Federación Argentina de Cine Clubes.
Coscia ve otras razones: “La ley del 99 buscaba quitarle un pedazo del Incaa al menemismo, pero lograda la autarquía del instituto, la ley ya no tenía mucho sentido porque implicaba su mutilación. Y aquí estuvo el nudo gordiano del proyecto, que se resolvió mediante acuerdos”. Para Raffo, en la demora pesó “la mezquindad de los funcionarios por resignar presupuesto. Desde Mahárbiz en adelante, salvo Liliana Mazure, todos hicieron esfuerzos pequeños”. El presupuesto, ahora, es el factor clave. El primer año, la Cinain contará con el 10 por ciento del presupuesto del Incaa para adquirir la sala; desde el segundo año tendrán el 6 por ciento. “Para lo que nos planteamos inicialmente es maravilloso. Venimos de la nada.” Aunque “siempre nos va a parecer poco el presupuesto: es mucho lo que hay que salvar”, dicen todos.
De entrada, la Cinain va a contar con el archivo del Incaa, el del Fondo Nacional de las Artes y las 150 películas que rescató Aprocinain; el Archivo General de la Nación ya expresó que le interesaría sumar sus filmes. Y habrá también convenios con particulares o empresas para que guarden sus materiales adecuadamente, y se les va a dar difusión en la medida que lo autoricen. Incluso se contempla una instancia de desarrollo con fondos del exterior, Ibermedia, la Unesco, el BID, el Banco Mundial, para proyectos de restauración. “La ventana está abierta, el 29 de marzo vamos a presentar la Cinain en la Feria de Cine de Guadalajara, es el primer paso para cerrar acuerdos con otras cinematecas”, dice Mazure.
“El cine argentino estaba en un embudo hasta ahora –afirma Coscia–, estamos cerrando un ciclo integral de la participación del Estado en el fomento audiovisual. En los últimos siete años, con la autarquía del Incaa y el fomento; ahora, con la Ley de Medios, el Instituto de Cine va a ir consolidando la difusión electrónica y televisiva.” La otra pata es conservar lo patrimonial, una tarea que sobrepasa a los intereses de los privados porque le corresponde al Estado, pero sin perder de vista el foco: “La Cinain –dice Peña– deberá lograr un patrimonio abierto a la comunidad, con una mayor inserción en la vida social”. Y la directora del Museo del Cine porteño, Paula Félix-Didier, proyecta: “Queremos encontrar en la Cinain un espacio de discusión y capacitación: se podría brindar apoyo y promoción de archivos locales”. ¿En qué confía, Gaffet, además de que el Incaa y la Cinain puedan contar con un nuevo edificio común y que, ya para marzo, se conforme el consejo asesor de la Cinemateca para seleccionar por concurso a sus autoridades? “Quizá nos peguen muchos palos, pero prefiero poner la cabeza: por primera vez el Estado está asumiendo, en el cine, roles que no debería haber delegado. Cada vez que me preguntan si solamente el Estado tiene que participar, respondo con la frase que me dijo un gestor cultural alemán, acerca de los grados de participación estatal y privada: ‘El menor Estado posible, pero todo el que sea necesario’.”

Patricio Féminis

revista, Caras y Caretas

lunes, febrero 21

Todo mental

El arte es una cosa mental, dijo Da Vinci.

El tiempo y el espacio también son pautas de la mente, excipientes estúpidos de la naturaleza, que el tren de alta velocidad trata de aniquilar en este trayecto de Madrid a Valencia, recién inaugurado. En una cabecera de este viaje están las Meninas de Velázquez y el Jardín de las Delicias de El Bosco, en la otra los niños desnudos de Sorolla con el sol resbalado en la piel bañándose en el mar. En sólo hora y media este tren te llevará desde el Guernica de Picasso al perfume de algas y salmonetes de una sobremesa con el oleaje a tus pies como homenaje, o te devolverá desde la Malvarrosa azul a los musicales de la Gran Vía y a las noches ciegas de Madrid. En esta fusión del tiempo y el espacio serán una misma conquista los parasoles de la playa, las colas del museo del Prado, las mecedoras blancas, los conciertos en el pabellón de deportes, la sombra de una parra, las tabernas castizas del Rastro, las paredes de cal con persianas verdes, los bikinis de flores y las citas de fulgurante amor al mediodía de una a otra parte. Durante el trayecto, en el silencio del convoy, puede suceder cualquier calamidad. Mientras uno lleva el bañador en la bolsa y sueña con los bueyes rubios de Sorolla y las barcas de pesca con velas color mostaza e imagina a unas mujeres deslumbradas esperando en la orilla a los marineros puede que en el asiento de al lado una señora por el móvil le cuente con todo pormenor a su prima del pueblo la operación de vesícula que acaba de sufrir. "Hija, todavía me supuran los puntos, no te digo más". Puede que mientras uno piensa que pronto volverá a extasiarse ante el cuadro de las Lanzas, la Maja Desnuda y el autorretrato de Durero, un ejecutivo de medio pelo le narre a un socio en voz alta por teléfono los detalles del negocio que están urdiendo a medias con dinero negro. "Si ese cabrón de concejal traga, esta vez, tío, nos forramos". Un tren que arranca hacia el mar desde el museo del Prado y vuelve desde el horizonte cargado con aroma de erizos hacia el adusto caballero español de la Mano en el Pecho es aquella cosa mental, de la que hablaba Leonardo da Vinci. Hace mucho tiempo imaginé que el mar perdido de mi infancia rompería un día contra un ventanal del Café Gijón. Ese milagro ha sucedido.

Manuel Vicent
10 de diciembre 2010
El Pais