Por Anna Quindlen
Las etapas de la vida de un escritor profesional no están marcadas por un nombre en la puerta de una oficina, sino por un nombre escrito en tinta. Una mañana en la que mi padre llegó a casa con un paquete de diarios del domingo porque mi firma estaba en la primera página, y una tarde en que convencí a un guardia de seguridad para que me diera una edición, todavía caliente por la rotativa, con mi primera columna. Pero nada se compara al día en que alguien —en mi caso, un empleado de FedEx— me entregó un libro de tapas duras con mi nombre en la tapa. Y con el perdón de todos los “techies”, no estoy segura de que el momento hubiese tenido la misma grandeza si, en cambio, mi trabajo hubiera sido bajado de Internet a una pantalla en formato de libro electrónico.
El libro ha muerto, sigo escuchando mientras estoy sentada escribiendo otro más en una habitación repleta de ellos. La tecnología lo mató. Las librerías están condenadas a convertirse en museos, lugares de almacenamiento de una forma tan antediluviana como las pinturas rupestres. Los estadounidenses, sin embargo, tienden a tener una mentalidad de una cosa o la otra en la mayoría de los temas, de la política a la prosa. La invención de la televisión trajo predicciones sobre la muerte de la radio. La producción cinematográfica parecía ser la sentencia de muerte para el teatro en vivo; la música grabada, el fin de los conciertos. Todas esas formas todavía existen —a veces bajo la sombra de sus “hermanos”, pero no ahogadas por ellos—. Y a pesar de las predicciones, la lectura sigue siendo parte de la vida, aunque las computadoras reemplazan a los lápices y los libros están tanto en las computadoras de mano como en estantes de tiendas.
No hay duda de que la lectura fuera del papel se incrementará en los próximos años. Las madrinas de la alfabetización, las bibliotecarias públicas, ya están prestando e-readers. Y no hay duda de que una vez más escucharemos los lamentos que sugieren que la alfabetización verdadera se convirtió en un arte perdido. La diferencia en esta ocasión es que estaremos confrontando elitismo de ambos lados. No sólo los puristas literarios se quejan ahora de la naturaleza evanescente de las letras que aparecen en pantalla, sino que los aficionados tecnológicos se volvieron también desdeñosos del viejo estilo. “Este libro apesta, huele a papel y tinta”, leí en un comentario online sobre el bestseller “Game Change” antes del lanzamiento de la versión digital.
* La nota completa, en la edición impresa de Newsweek.
Decía Walter Benjamín que un libro de citas de otros, sería un libro perfecto, ya que estas enriquecen lo nuestro y convierten nuestra obra en una “obra colectiva”. Lejos de la perfección se encuentra esta iniciativa, pero si vale como lugar donde compartir distintos textos, con el sentido de entender este día a día que nos toca en el mundo. La intención no será cambiarlo, sólo la de tratar de entenderlo.
viernes, abril 23
martes, abril 20
Por la reconciliación
Por Angélica Gorodischer
Usted habrá oído esa frase que dice “ni un sí ni un no”. Suelen decirla las señoras para explicar lo maravillosamente que transcurren sus parejas. A mí no me impresionan para nada, al contrario. Pienso “qué horror, qué aburrimiento”. No, no me diga que no tengo razón: toda una vida sin un sí ni un no; toda una vida sin una buena pelea a los gritos pelados o sin pelar. Los desiertos de la luna deben ser más divertidos que vivir meses y años sin una saludable discusión. Saludable, dije, sí, ¿qué hay? Las legumbres, el pescado de mar que tiene esas grasas no saturadas, una manzana por día, la actividad física, todo eso es tan saludable como una buena discusión. Los pescados y las manzanas y el brócoli ayudan a eliminar toxinas y grasas malignas y bulimias y etcéteras; y una buena discusión, con sus síes y sus noes ayuda a eliminar rencores, ofensas, agravios, desaires, esas cosas que hacen tanto mal al nivel de colesterol como al cutis. Además, como dice una amiga mía que se casó dos veces, enviudó otras tantas y ahora tiene un novio quince años menor que ella, además no hay nada en este mundo ni en los otros, nada tan dulce y vigorizante como una reconciliación hecha y derecha después de haberse una dicho de todo con el hombre de su vida. Se reconcilia una, le queda el alma limpita, vuelven las suaves brisas de la luna de miel y pueden ellos dedicarse a hacer planes para el próximo verano. Hablo, claro está, de una reconciliación de veras, no de “bueno está bien terminala”, sino de “mirá, los dos tenemos un poco de razón, ¿eh?” Usted sabe cómo se llama eso, ¿no? Sí: matrimonio. ¡Pero no! Se llama democracia. ¿En serio? Ajá. Es que hay mucha gente que no lo sabe. Otra vez ajá.
www.perfil.com
Usted habrá oído esa frase que dice “ni un sí ni un no”. Suelen decirla las señoras para explicar lo maravillosamente que transcurren sus parejas. A mí no me impresionan para nada, al contrario. Pienso “qué horror, qué aburrimiento”. No, no me diga que no tengo razón: toda una vida sin un sí ni un no; toda una vida sin una buena pelea a los gritos pelados o sin pelar. Los desiertos de la luna deben ser más divertidos que vivir meses y años sin una saludable discusión. Saludable, dije, sí, ¿qué hay? Las legumbres, el pescado de mar que tiene esas grasas no saturadas, una manzana por día, la actividad física, todo eso es tan saludable como una buena discusión. Los pescados y las manzanas y el brócoli ayudan a eliminar toxinas y grasas malignas y bulimias y etcéteras; y una buena discusión, con sus síes y sus noes ayuda a eliminar rencores, ofensas, agravios, desaires, esas cosas que hacen tanto mal al nivel de colesterol como al cutis. Además, como dice una amiga mía que se casó dos veces, enviudó otras tantas y ahora tiene un novio quince años menor que ella, además no hay nada en este mundo ni en los otros, nada tan dulce y vigorizante como una reconciliación hecha y derecha después de haberse una dicho de todo con el hombre de su vida. Se reconcilia una, le queda el alma limpita, vuelven las suaves brisas de la luna de miel y pueden ellos dedicarse a hacer planes para el próximo verano. Hablo, claro está, de una reconciliación de veras, no de “bueno está bien terminala”, sino de “mirá, los dos tenemos un poco de razón, ¿eh?” Usted sabe cómo se llama eso, ¿no? Sí: matrimonio. ¡Pero no! Se llama democracia. ¿En serio? Ajá. Es que hay mucha gente que no lo sabe. Otra vez ajá.
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lunes, abril 19
La clase media resigna entretenimiento por educación
El gimnasio, el jean de la marca top, salir a comer todas las semanas o tomar taxis son consumos que la clase media está dispuesta a relegar si se trata de achicar gastos para mantener el nivel educativo de sus hijos. A pesar de los aumentos que alcanzan el 15% en los colegios privados con subsidio estatal durante mayo y el 30% en los últimos dos años, muchos padres siguen haciendo el esfuerzo para poder pagar la cuota. Los colegios públicos están dejando de ser una opción para este sector de la población, sobre todo en el área metropolitana. La cantidad de alumnos que estudian en colegios públicos cayó el 1,3% entre 2000 y 2007 mientras en el sector privado se incrementó el 14,1%, según datos del Ministerio de Educación de la Nación.
El sueldo promedio en el sector privado formal es de 3.229 pesos, según el INDEC, por lo que el ingreso familiar suele duplicarse.y una cuota de un colegio privado medio ronda los 600 pesos en la ciudad de Buenos Aires y 400 en la provincia. “En la ciudad el 65% de las familias que envían a sus hijos a colegios privados gastan 600 pesos, en la provincia, el 75% gasta 400 pesos”, asegura Alfredo Fernández, secretario legal y técnico de la Asociación Entidades Educativas Privadas Argentinas (Adeepra). Fernández aclara que de los 880 colegios privados porteños, 440 están subsidiados y de los 8.800 de la provincia, el 60% tiene aporte estatal. Susana Andrada, desde el Centro de Atención al Consumidor, asegura que el porcentaje del gasto que la clase media destina a educación supera el 15%. “La educación termina siendo un peso, porque todos buscamos una excelencia que en la escuela pública ya no se puede encontrar. Una familia de clase media es capaz de recortar el cable o el garage del auto, pero no toca la educación ni la salud de sus hijos”, afirma. Andrada indicó que no es conveniente el sistema de cuota recupero que se aplica en la provincia de Buenos Aires: “Con la cuota recupero, las escuelas tienen la posibilidad de presentar una declaración jurada y obtener otro aumento”, dijo a Silvina Herrerajo del diario Perfil.
Dos reconocidos especialistas en educación intentan explicar por qué la clase media sigue destinando un elevado porcentaje de su sueldo a mandar a sus chicos a una escuela privada. La pedagoga Silvina Gvirtz señala: “La doble joranda de la escuela privada es fundamental. Hoy es necesario que el chico sepa inglés y tenga los recursos necesarios, las cuatro horas que ofrecen los colegios públicos no alcanzan”.
El ex director provincial de Educación Secundaria bonaerense, Ariel Zysman, indica: “El valor que se le asigna a la educación es el valor de darle un plus a la construcción de la vida. La educación sigue siendo vista como una inversión a futuro, como condición de ascenso social. La clase media gasta mucho en educación, no sólo en la cuota. Existe una cultura de consumo educativo”.
Marcelo D. tiene 38 años y manda a su chico de edad escolar a una escuela privada. Dice que fue una exigencia de su esposa.
“Me resistía a pagar la escuela privada, siempre fui a una pública. Pero entendí que la realidad indica que va a estar mejor preparado y que tenemos que hacer el esfuerzo”. Adriana López, de 40 años, afirma que la cuota del colegio de sus hijos aumentó a 780 pesos y deberán ajustarse: “Es más de la mitad de mi sueldo, pero prefiero dejar de ir al gimnasio y salir a correr para poder pagarlo”.
www.diariodecultura.com
El sueldo promedio en el sector privado formal es de 3.229 pesos, según el INDEC, por lo que el ingreso familiar suele duplicarse.y una cuota de un colegio privado medio ronda los 600 pesos en la ciudad de Buenos Aires y 400 en la provincia. “En la ciudad el 65% de las familias que envían a sus hijos a colegios privados gastan 600 pesos, en la provincia, el 75% gasta 400 pesos”, asegura Alfredo Fernández, secretario legal y técnico de la Asociación Entidades Educativas Privadas Argentinas (Adeepra). Fernández aclara que de los 880 colegios privados porteños, 440 están subsidiados y de los 8.800 de la provincia, el 60% tiene aporte estatal. Susana Andrada, desde el Centro de Atención al Consumidor, asegura que el porcentaje del gasto que la clase media destina a educación supera el 15%. “La educación termina siendo un peso, porque todos buscamos una excelencia que en la escuela pública ya no se puede encontrar. Una familia de clase media es capaz de recortar el cable o el garage del auto, pero no toca la educación ni la salud de sus hijos”, afirma. Andrada indicó que no es conveniente el sistema de cuota recupero que se aplica en la provincia de Buenos Aires: “Con la cuota recupero, las escuelas tienen la posibilidad de presentar una declaración jurada y obtener otro aumento”, dijo a Silvina Herrerajo del diario Perfil.
Dos reconocidos especialistas en educación intentan explicar por qué la clase media sigue destinando un elevado porcentaje de su sueldo a mandar a sus chicos a una escuela privada. La pedagoga Silvina Gvirtz señala: “La doble joranda de la escuela privada es fundamental. Hoy es necesario que el chico sepa inglés y tenga los recursos necesarios, las cuatro horas que ofrecen los colegios públicos no alcanzan”.
El ex director provincial de Educación Secundaria bonaerense, Ariel Zysman, indica: “El valor que se le asigna a la educación es el valor de darle un plus a la construcción de la vida. La educación sigue siendo vista como una inversión a futuro, como condición de ascenso social. La clase media gasta mucho en educación, no sólo en la cuota. Existe una cultura de consumo educativo”.
Marcelo D. tiene 38 años y manda a su chico de edad escolar a una escuela privada. Dice que fue una exigencia de su esposa.
“Me resistía a pagar la escuela privada, siempre fui a una pública. Pero entendí que la realidad indica que va a estar mejor preparado y que tenemos que hacer el esfuerzo”. Adriana López, de 40 años, afirma que la cuota del colegio de sus hijos aumentó a 780 pesos y deberán ajustarse: “Es más de la mitad de mi sueldo, pero prefiero dejar de ir al gimnasio y salir a correr para poder pagarlo”.
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sábado, abril 17
En relación a la soberbia
Por: Juan Terranova.
Empiezo con una anécdota que ya conté. Estábamos en un asado y salió el tema de los comentarios en blogs y sitios periodísticos. Sebastián Di Doménica dijo: “La tendencia actual es que van a desaparecer”. Nadie sintió que se fuera a perder mucho. Ya nos habíamos acostumbrado al ruido del intercambio web. Un par de años antes, los comentarios habían sido la última esperanza blanca que le marcaba la cancha incluso a medios tan poderosos como El país y el New York Times. Después, como en toda revolución, surgieron las dudas.
Un ligero cansancio
Ya escribí en esta misma columna sobre el “género comentario”. Si cabe, me ocuparé de un sub-género dentro de ese mundillo infernal, el “comentario que denuncia soberbia”. Puede vérselo con facilidad aunque no tanto como antes, quizás porque ya se nota un ligero cansancio en los usuarios de la web. De hecho, lejos de las primeras efervescencias internéticas, los comentarios ofensivos, enmascarados en la denuncia de un error o en la reparación de una injusticia, se van reservando para determinados y puntuales universos digitales. Ya no arrecian como antes. Y muchos son los sitios que optan por no habilitarlos. Aunque los grandes medios los preserven e inviertan tiempo y dinero en su moderación. (Nicolás Mavrakis escribió un cuento excelente sobre el tema.)
Mala es seguro
Ahora bien, ¿tanto cuidado hay que tener con los productos que se venden como “democráticos”? O mejor, ¿de qué está hecha la soberbia? Mala es seguro. Está entre los pecados capitales. La RAE me pierde entre sus definiciones. De Wordreference me quedo con la sexta: “Altivez y arrogancia del que por creerse superior desprecia y humilla a los demás”. ¿Leo mal o a los deportistas se les perdona, mientras que a los periodistas se los condena cuando lo muestran como a la hilacha? Este pudor de la máscara intelectual, o su falta, ha sido estudiado por una traición nada desdeñable. Existe, como ente reconocido, la sub-disciplina llamada “Sociología de los intelectuales”. (En la maestría de Sociología de la Cultura del IDAES hay una materia que lleva ese nombre. Hace un par de años, entre algunos alumnos de esa casa de estudio, la asignatura se conocía como “la meta-clase”.)
Tradición y vanidad
Hay individuos alfabetizados que si no entienden algo enseguida lo tildan de soberbio y pretencioso. El Gran Escrúpulo supone no lograr fundirse inmediatamente con la masa. Ese gesto miserabilista, muy común en el periodismo vernáculo y en sus dependencias educativas, me resulta pobre (en el peor sentido de la palabra “pobre”). En mi caso particular, me vienen acusando de soberbio desde que empecé a leer libros por mi cuenta. Mucho más, desde luego, desde que empecé a escribir y a dejar constancia de esas lecturas. Aunque esa larga cola de reptil verde, que algunos llaman “tradición literaria”, informa desde hace mucho que acusar a un crítico literario de soberbio porque emite una opinión positiva o negativa sobre un libro es un gesto infantil. Cuando no directamente un gesto de narcisismo herido, cuando no directamente de inseguridad ontológica. Es una lástima que, hasta donde sé, la relación entre el acusador de soberbia y sus propios mecanismos narcisistas hayan sido poco tematizados. Mientras tanto, la vanidad y el ego, según wikipedia, motores de la soberbia, son dos de los grandes protagonistas de la vida contemporánea.
Una cosa más
Y una cosa más. En un comentario de este mismo sitio escribí algo que intenta mediar, aunque más no sea un poco, en las aguas revueltas de los comentarios de la web: “Agredir ya fue”. Alguien debería avisarles, por dar solo un ejemplo, a los que discuten las notas de La Nación, un medio que siempre se jactó de tener los “mejores lectores del país”.
www.hipercritico.com
Empiezo con una anécdota que ya conté. Estábamos en un asado y salió el tema de los comentarios en blogs y sitios periodísticos. Sebastián Di Doménica dijo: “La tendencia actual es que van a desaparecer”. Nadie sintió que se fuera a perder mucho. Ya nos habíamos acostumbrado al ruido del intercambio web. Un par de años antes, los comentarios habían sido la última esperanza blanca que le marcaba la cancha incluso a medios tan poderosos como El país y el New York Times. Después, como en toda revolución, surgieron las dudas.
Un ligero cansancio
Ya escribí en esta misma columna sobre el “género comentario”. Si cabe, me ocuparé de un sub-género dentro de ese mundillo infernal, el “comentario que denuncia soberbia”. Puede vérselo con facilidad aunque no tanto como antes, quizás porque ya se nota un ligero cansancio en los usuarios de la web. De hecho, lejos de las primeras efervescencias internéticas, los comentarios ofensivos, enmascarados en la denuncia de un error o en la reparación de una injusticia, se van reservando para determinados y puntuales universos digitales. Ya no arrecian como antes. Y muchos son los sitios que optan por no habilitarlos. Aunque los grandes medios los preserven e inviertan tiempo y dinero en su moderación. (Nicolás Mavrakis escribió un cuento excelente sobre el tema.)
Mala es seguro
Ahora bien, ¿tanto cuidado hay que tener con los productos que se venden como “democráticos”? O mejor, ¿de qué está hecha la soberbia? Mala es seguro. Está entre los pecados capitales. La RAE me pierde entre sus definiciones. De Wordreference me quedo con la sexta: “Altivez y arrogancia del que por creerse superior desprecia y humilla a los demás”. ¿Leo mal o a los deportistas se les perdona, mientras que a los periodistas se los condena cuando lo muestran como a la hilacha? Este pudor de la máscara intelectual, o su falta, ha sido estudiado por una traición nada desdeñable. Existe, como ente reconocido, la sub-disciplina llamada “Sociología de los intelectuales”. (En la maestría de Sociología de la Cultura del IDAES hay una materia que lleva ese nombre. Hace un par de años, entre algunos alumnos de esa casa de estudio, la asignatura se conocía como “la meta-clase”.)
Tradición y vanidad
Hay individuos alfabetizados que si no entienden algo enseguida lo tildan de soberbio y pretencioso. El Gran Escrúpulo supone no lograr fundirse inmediatamente con la masa. Ese gesto miserabilista, muy común en el periodismo vernáculo y en sus dependencias educativas, me resulta pobre (en el peor sentido de la palabra “pobre”). En mi caso particular, me vienen acusando de soberbio desde que empecé a leer libros por mi cuenta. Mucho más, desde luego, desde que empecé a escribir y a dejar constancia de esas lecturas. Aunque esa larga cola de reptil verde, que algunos llaman “tradición literaria”, informa desde hace mucho que acusar a un crítico literario de soberbio porque emite una opinión positiva o negativa sobre un libro es un gesto infantil. Cuando no directamente un gesto de narcisismo herido, cuando no directamente de inseguridad ontológica. Es una lástima que, hasta donde sé, la relación entre el acusador de soberbia y sus propios mecanismos narcisistas hayan sido poco tematizados. Mientras tanto, la vanidad y el ego, según wikipedia, motores de la soberbia, son dos de los grandes protagonistas de la vida contemporánea.
Una cosa más
Y una cosa más. En un comentario de este mismo sitio escribí algo que intenta mediar, aunque más no sea un poco, en las aguas revueltas de los comentarios de la web: “Agredir ya fue”. Alguien debería avisarles, por dar solo un ejemplo, a los que discuten las notas de La Nación, un medio que siempre se jactó de tener los “mejores lectores del país”.
www.hipercritico.com
jueves, abril 15
Primer Pulitzer para un sitio de noticias en Internet
El prestigioso premio de periodismo fue para el portal sin fines de lucro "Propublica", por una investigación sobre muertes en un centro médico tras el paso del huracán Katrina. El trabajo fue en colaboración con el New York Times.
Como cada año, los premios Pulitzer tienen a verdaderos peso pesado entre sus ganadores. En 2010, The Washington Post y The New York Times fueron dominadores. Pero esta edición será recordada por marcar un hito en la historia del periodismo en Internet: un portal con sede en Manhattan fue el primero en recibir este prestigioso galardón.
Se trata del sitio "Propublica", que ganó en la categoría de periodismo de investigación. El portal promueve el periodismo de investigación como servicio público. Sus impulsores son Paul Steiger, ex editor de "The Wall Street Journal", Stephen Engelberg, ex editor de "The Oregonian" y ex editor de periodismo de investigación del NYT.
"Propublica", nacida en 2008, defiende el periodismo de investigación que los medios tradicionales no pueden ejercer ante los costos económicos que supone invertir en "intensivos, extensivos e inciertos esfuerzos que supone producir periodismo de investigación", afirma en su página.
El jurado galardonó a la periodista de la web Sheri Fink por la historia realizada en colaboración con "The New York Times" en el que describía las decisiones a vida o muerte que tuvo que hacer el personal médico del hospital Memorial Medical Center de Nueva Orleans, tras verse afectado por el huracán Katrina.
Propublica ganó el premio de investigación periodística "ex aequo" con el diario "Philadelphia Daily News", que reveló un escándalo en el que se vio implicada la policía de narcóticos. Otro medio digital, el SFGate.com, web del diario "San Francisco Chronicle", también se llevó un galardón en el apartado de caricaturas editoriales, por los dibujos animados de Mark Fiore.
www.diariodecultura.com.ar
Como cada año, los premios Pulitzer tienen a verdaderos peso pesado entre sus ganadores. En 2010, The Washington Post y The New York Times fueron dominadores. Pero esta edición será recordada por marcar un hito en la historia del periodismo en Internet: un portal con sede en Manhattan fue el primero en recibir este prestigioso galardón.
Se trata del sitio "Propublica", que ganó en la categoría de periodismo de investigación. El portal promueve el periodismo de investigación como servicio público. Sus impulsores son Paul Steiger, ex editor de "The Wall Street Journal", Stephen Engelberg, ex editor de "The Oregonian" y ex editor de periodismo de investigación del NYT.
"Propublica", nacida en 2008, defiende el periodismo de investigación que los medios tradicionales no pueden ejercer ante los costos económicos que supone invertir en "intensivos, extensivos e inciertos esfuerzos que supone producir periodismo de investigación", afirma en su página.
El jurado galardonó a la periodista de la web Sheri Fink por la historia realizada en colaboración con "The New York Times" en el que describía las decisiones a vida o muerte que tuvo que hacer el personal médico del hospital Memorial Medical Center de Nueva Orleans, tras verse afectado por el huracán Katrina.
Propublica ganó el premio de investigación periodística "ex aequo" con el diario "Philadelphia Daily News", que reveló un escándalo en el que se vio implicada la policía de narcóticos. Otro medio digital, el SFGate.com, web del diario "San Francisco Chronicle", también se llevó un galardón en el apartado de caricaturas editoriales, por los dibujos animados de Mark Fiore.
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