jueves, julio 8

Teoría sobre el pecado original

Según el heresiarca Pórpulus (?–473), quien por defender esa teoría fue condenado a la condición de personaje apócrifo, el pecado original consistió en la incorporación de la espiritualidad a la sexualidad (de ahí el súbito pudor de Adán y Eva por la desnudez), con lo que el amor humano se independizó de la mera procreación y le disputó su sitio al amor divino. Dios se puso celoso.

Por Marco Denevi, de Falsificaciones

lunes, julio 5

Una paliza conceptual mayor que el resultado

No es poca cosa para un argentino quedarse fuera de la fiesta mayor del fútbol, pero hay que rendirse a las evidencias. Más allá de los números que arrojaron las cifras finales, la principal causa de la eliminación de la Argentina del Mundial fue la diferente lectura que hicieron los alemanes del trámite, manifestadas en lo individual y en lo colectivo.

No estoy seguro de que haya muchas crónicas más tristes para escribir que la de una eliminación en un Mundial de fútbol.

Las imágenes que, hasta ayer, habían sido las de ingleses, franceses, italianos o mexicanos llorando por la derrota de su seleccionado, hoy son las nuestras. Debe haber decenas de argumentos para justificar por qué cala tan hondo en nuestro corazón de hinchas una eliminación mundial. Yo no encuentro ninguna que me convenza más que la de la fiesta que, a partir de hoy, no sólo deja de ser propia sino que, durante una semana, seguirá siendo de otros. Porque un Mundial, para quienes venimos de la tierra del fútbol/barra brava, es la paradoja de la celebración posible, la reencarnación del fútbol que algunos llegamos a vivir; ese en el que dos camisetas pueden convivir en la misma tribuna, en la que el hincha neutral tiene derecho a festejar los goles del rival sin que por semejante afrenta se tire rodando por las escaleras. Una ceremonia en la que aquellos mismos mercenarios de la pelota que mandamos desde casa no sólo terminaron pasando casi inadvertidos y estuvieron lejos de simbolizar el auténtico aguante celeste y blanco, que realmente representaron decenas de miles de compatriotas hinchas de ley, sino que hasta los escuálidos bombos de los que sobrevivieron a las deportaciones fueron una mueca absurda de su propia presunción tribunera.

Llegamos hasta Ciudad del Cabo con una ilusión enorme. Porque lo que no habían generado Messi y Di María lo harían, como contra México, Tevez e Higuaín. Porque a falta de un auténtico lateral por la derecha empezábamos a descubrir la versatilidad y la personalidad de Otamendi. Porque Romero tenía semiclausurado el arco. Y porque, al fin y al cabo, lo que no solucionáramos con talento, convicción o contundencia, lo resolveríamos con esa relación sobrenatural que Maradona tiene con el fútbol. Y, de última, apelaríamos a San Palermo.

Por mucho respeto que se pudiera tener por los alemanes, no había motivo para sospechar semejante desenlace. Y ese desenlace fue lo suficientemente duro y elocuente como para dejarnos tristes y, lo que es peor, sin siquiera ganas de enojarnos.

Sospecho que muchos de ustedes esperarán ver reflejados sus reclamos en estas líneas. Algunos recordarán asuntos prehistóricos como las no convocatorias de Zanetti y de Cambiasso. Otros hablaran de un final de Mundial con Verón y Samuel en el banco. Muchos dirán que, ante Alemania, fue imprudente sostener el esquema ofensivo y que, si bien estaba bien mantener a los tres de punta, un Jonás por Di María hubiese aportado más “equilibrio”. Y entrecomillo la palabra equilibrio porque considero un engaño consumado que, detrás del concepto de equilibrio, nos escondan la intención de desequilibrar hacia atrás.

No esperen sangre escrita desde esta columna. Podría escudarme diciendo que estoy triste para ello. Mentira. Hace un tiempo descubrí uno más de mis matices esquizofrénicos y les confieso que me pongo rápidamente en zona crítica después de vivir un partido como hincha. No esperen sangre, simplemente porque no puedo considerar un pecado capital aquello que hasta diez horas antes de escribir estas líneas me parecían decisiones acertadas de un Maradona que había decidido mutar hacia un esquema que no sólo me gusta, sino que considero acorde con el potencial actual de nuestro fútbol. Un fútbol que tiene hoy los más goles metidos en las principales ligas europeas. Es decir, hay muchos mejores delanteros que defensores.

Por otro lado, los cuestionamientos a las decisiones de Diego –y a ciertas actitudes y a sus insultos– son parte de crónicas que cualquiera puede encontrar en el archivo reciente. Supongo que serán días de pases de factura, de declaraciones extemporáneas, de historias secretas de concentración que algunos tratarán de hacernos creer, de sacarse las ganas con ese Dios de las antinomias llamado Diego Maradona. No cuenten conmigo para esto. Todavía tengo mucho Schweinsteiger que digerir como para intentarlo.

Existe en muchos países de pasión futbolera el preconcepto de que los alemanes son, ante todo, rápidos, fuertes y disciplinados. Como contrapartida, que son esquemáticos, poco imaginativos y que se desacomodan fácil ante un caño, un taco o una gambeta. Más allá de que son todas verdades relativas, un detalle rara vez destacado como corresponde del fútbol alemán es que maneja muy, pero muy bien, el abc de las destrezas básicas de este juego. Es muy raro ver a un jugador de este seleccionado con limitaciones que sí podemos advertir en algunos de los nuestros. Desde el geniecillo de Özil hasta la jirafa de Mertesacker, todos manejan una técnica impecable. Patean con derecha y con izquierda, saltan y corren, cabecean y hacen relevos. Y, para condena de nuestro seleccionado, hacen la mejor transición defensa/ataque de este Mundial.

Este seleccionado alemán es un gran beneficiario del prejuicio y de la subestimación que buena parte del mundo de este deporte hace de sus jugadores. Es probable que haya pesado como pocas veces un gol tan pronto. Por la confianza que dio a los de Löw y porque la Argentina no había estado en esa situación en ningún momento del torneo. Sin embargo, en los 20 minutos posteriores, Alemania pudo ampliar la ventaja un par de veces. Y, de no haber mediado un comprensible respeto hacia el talento y la inspiración de nuestros atacantes, el partido pudo haberse liquidado mucho antes de los 20 de la segunda etapa.

Repasando, Alemania estuvo más cerca de solucionar sus problemas temprano que la Argentina de empatar. Fue el espejismo de ese rato del segundo período en el que los alemanes, seguros de demostrar lo bien que podían atacar, dejaron en claro que también eran mejores defendiendo.

El partido terminó siendo una paliza estadística mucho más tarde de haber sido ya una paliza conceptual. Y cuando la paliza es conceptual, detenerse en altos y bajos individuales es improcedente.

A partir de ahora será un tiempo raro para nuestro corazón de hincha. Porque habrá que esperar qué decide Maradona y qué resuelve Grondona. Porque aparecerán voces con asuntos que hasta aquí venían retenidos por los triunfos. Y porque, que embromar, el Mundial sigue adelante.

Me resisto a esa tendencia entrañable de nuestro medio pelo de viajar del “somos los mejores” de la victoria, al “somos los peores” de la derrota.


Por Gonzalo Bonadeo para Perfil

lunes, junio 21

Los niños y la pelota

Seguro Ud. piensa que hablaré del mundial de fútbol. Pues no, pero sí de la pelota. ¿Sabía que gran parte del material deportivo del mundo se produce con trabajo infantil? Pakistán, el mayor exportador de pelotas de fútbol del mundo (60% del mercado en EEUU), tiene trabajando a 7000 chicos menores de 14 años cosiéndolas a 0,60 dólares cada una…

Hoy, que el mundo es más redondo que nunca con la invasión mediática y la adrenalina desatada que implica todo mundial, cabría recordar que pasó sin pena ni gloria el Día Internacional contra el Trabajo Infantil; que, dicho sea de paso, tuvo mucho que ver con ese deporte pero en su faz más perversa: la explotación de menores de edad.
Un ex Secretario de Estado ligado al campo laboral, Robert Reich, inició hace años una campaña junto a varias ONG con la intención de que los niños no jugaran con pelotas hechas por otros niños. La presión llegó hasta la FIFA (Federación Internacional de Futbol Asociado, la organizadora de los mundiales), a la que se le pidió que pusiera un sello al balón oficial de las competencias donde se asegurara que no habían sido hechas con trabajo infantil. Cientos de jugadores se hicieron eco en la Copa Europa, exigiendo a las instituciones de sus respectivos países (y clubes privados) que no alimentaran esa explotación.
No termina en eso. Investigando las condiciones laborales donde se cosen las zapatillas deportivas, dos empresas de renombre, Nike y Reebok, quisieron asegurarse de que su producción no tenía ese origen. De hecho, desde 1997 sus pelotas tienen la inscripción “Garantizado: hecha sin trabajo infantil”. Cabe aclarar que ambas fabrican también en Pakistán, pero han exigido a sus encargados de planta impedir la vieja y abusiva política. Ahora se está procurando extender la campaña a pelotas de otros deportes con la campaña “Aros Libres”, que refiere a las Olimpíadas.
Abandonemos por un momento el fútbol, pero no el abuso infantil. ¿Existe alguna estadística pública acerca de la cantidad de niños y niñas que mueren manipulando pesticidas en las plantaciones? El récord se lo llevan las plataneras de Centroamérica; pero no le van en zaga las plantaciones de té de Bangladesh, Nepal y la India, donde los chiquilines menores de 14 años son el 70% de la mano de obra con horario extendido y salario comprimido, para beneficio de las multinacionales y el visto bueno de las autoridades locales. En algunas regiones de Brasil, los prepotentes fazendeiros (hacendados) los usan para cavar, cosechar y cortar caña de azúcar a machetazo limpio, con alto riesgo de mutilación; los menores de edad representan el 33% de la mano de obra y el 40% de los accidentes laborales, según denuncia de la Iglesia Católica del Brasil.
En la India, la producción de seda y saris (prenda típica) es de las más importantes por el alto consumo doméstico (1.100 millones de habitantes) y las crecientes exportaciones. Cientos de miles, lo que digo, cientos de miles de chicos distribuidos en los campos de Uttar Pradesh o en las fábricas de Karnataka son los responsables de un negocio del que sólo ven monedas y que los aleja de familia, juego y estudios.
Lo mismo, y en el mismo país, sucede con 325.000 niños que en el Estado de Tamil Nadu trabajan en condiciones brutales, lindando con el esclavismo, en la producción de cigarrillos hechos a mano para el mercado local. Su obligación es liar no menos de 1.500 “beedies” por día para cobrar 14 dólares… por mes. En la década del ‘90 y con motivo de abundantes denuncias internacionales, la Corte Suprema de la India ordenó al gobierno prohibir estas prácticas y formular un plan para terminar con el trabajo infantil. Todavía no se han implementado. Hoy, esos chicos son adultos o ya han muerto.
Asian-American Free Labor Institute realizó una investigación sobre el tema en Camboya: miles de chicos trabajan con las manos desprotegidas y descalzos en la producción de ladrillos, con maquinaria pesada y alto riesgo de sufrir accidentes. Más de la mitad de los entrevistados dijeron hacerlo “porque tenían deudas con su amo” (sic). En Egipto, por ejemplo, un millón y medio de chiquilines de 6 a 14 años son obligados a trabajar en curtiembres, en medio de productos tóxicos, a piel desnuda.
Para la producción de poca necesidad tecnológica y alto consumo, las grandes empresas subcontratan a otras locales en Indonesia donde el trabajo infantil está permitido, aunque se atajan diciendo que “sólo cuatro horas por día”. Así, más de 300.000 chicos se dedican a coser zapatillas (fue uno de los casos donde Nike y Adidas tuvieron que intervenir presionando al gobierno para no destruir su propia imagen).
Paradójicamente, como en el caso de la pelota, el 80% de los juguetes de todo el mundo se fabrica entre China, Tailandia e Indonesia con las manos de niños y niñas que durante doce horas al día respiran plástico, en ambientes inseguros, sofocantes, escasos de comida y régimen de “cama caliente” (duermen en la fábrica, alejados de sus familias). Existe una campaña de boicot (Toycott Campaign) no suficientemente conocida.
Volvamos a Pakistán, a la meseta central de Turquía y al mítico Nepal. Allí, más de un millón de pibes tejen alfombras con manos delicadas, por mendrugos como almuerzo, para ser vendidas a precios muy costosos a Occidente o los Emiratos. Los adultos no quieren vivir en semejante régimen de explotación ni tienen el tamaño de los dedos lo suficientemente pequeño como para elaborar las increíbles filigranas que esos chicos son capaces de crear. Dedos minúsculos que se lastiman, claro, pero para eso están las velas: con ellas se cauterizan. No se espante: peor es que se infecten (obvio, es cruel ironía).
Y todo esto -por razones de espacio- es nada al lado de los dos peores “trabajos infantiles”: prostituirse o tomar las armas. Colombia, el Congo y Liberia se llevan las palmas como los países con mayor cantidad de niños soldados del mundo. El país sudamericano ha sido denunciado por Amnesty, Unicef, Human Rights, la Cruz Roja y cuanta institución imagine, pero prefieren no hablar del tema; tampoco del uso que hacen de los niños para trabajar en las minas de carbón.
De la perversidad de las armas, a la morbosidad del sexo a edad en la que ni saben bien de qué se trata ni a qué se exponen. Tailandia tiene un récord importante; pero cuidado, que no es “perversión asiática”, sino el resultado de la fábrica de prostíbulos y pornografía en que se convirtió durante la guerra de Vietnam, siendo como era el sitio de “vacaciones” para los soldados norteamericanos del frente.
Ahora, la guerra terminó hace años, pero el negocio sigue floreciente porque, aunque cueste creerlo, se organizan tours sexuales desde la “culturosa” Europa los mismos EEUU; y aun de los hipócritas jeques de los Emiratos Árabes, que se dicen “musulmanes militantes” (miserables que, de existir, sentirán por siempre el ardor de las llagas prometidas en El Corán a sus pecadores). Ah, también van japoneses, a los que les “queda cerca” la diversión. A acostarse con chicos/as (lo mismo da) de los 8 a 12 años… Como el negocio es rentable, se extendió a Camboya, Filipinas, Taiwán y también al Caribe. Internet ayuda.
En fin. El mundo es y será una pelota. Símbolo del fútbol que hoy nos invade en todos los ámbitos. Tanto como para hacernos olvidar de que fue el Día contra el Trabajo Infantil, de esos que por un pedazo de pan se dedican a coser el balón que patearán jugadores que cuestan fortunas y seguirán alimentando un negocio de miles de millones de dólares.

Por el licenciado Rodolfo Olivera para Noticias y Protagonistas

viernes, junio 18

Pensar, pensar

Creo que en la sociedad actual nos falta filosofía. Filosofía como espacio, lugar, método de reflexión, que puede no tener un objetivo concreto, como la ciencia, que avanza para satisfacer objetivos. Nos falta reflexión, pensar, necesitamos el trabajo de pensar, y me parece que, sin ideas, no vamos a ninguna parte.

Revista del Expresso, Portugal (entrevista), 11 de octubre de 2008

Escrito en Otros Cuadernos de Saramago

Falleció José Saramago

El escritor portugués y Premio Nobel de Literatura José Saramago falleció en su casa de Lanzarote a los 87 años de edad, a causa de una leucemia crónica, informaron fuentes de la familia.

La muerte se produjo pasadas las 13.00 horas (hora peninsular), cuando el escritor se encontraba en su residencia canaria, acompañado por su mujer y traductora, Pilar del Río.

De origen humilde, Saramago se dedicó a la literatura porque no le gustaba el mundo donde le tocó vivir. Sus novelas encierran reflexiones sobre algunos de los principales problemas del ser humano; hacen pensar al lector, lo estremecen y conmueven. Sus personajes están llenos de dignidad.
Sus innegables méritos como novelista fueron por fin reconocidos en 1998 con el Premio Nobel de Literatura, que le otorgaron por haber creado una obra en la que "mediante parábolas sustentadas con imaginación, compasión e ironía, nos permite continuamente captar una realidad fugitiva".

En los últimos años, Saramago no dejó pasar demasiado tiempo
entre novela y novela. Era consciente de su edad y, como le dijo a Efe en una entrevista, si tenía "aún algo para decir", lo mejor es que lo dijera "cuanto antes".
Aunque también decía que "llegará el día en que se acabarán las ideas, y no pasará nada". Fruto de esa urgencia por contar fueron sus novelas "La caverna" (2000); "El hombre duplicado" (2002); "Las intermitencias de la muerte" (2005); "Las pequeñas memorias" (2006); "El viaje del elefante" (2008); y "Caín" (2009), la última novela de este gran escritor.

www.diariodecultura.com.ar

jueves, junio 17

La contradicción maradoniana

Después del partido Serbia-Ghana, acercamos hasta su casa a un voluntario que nos escuchó hablar español. Es un adolescente peruano, hijo de diplomáticos, que estudia en Pretoria. Para tener una experiencia mundialista cercana, trabaja doce horas diarias y le tocó el bunker de la Selección. Juan José le recomendó peluquero a Agüero, le preguntó a Messi por Milito para alcanzarle sus botines recién llegados. Y los ve, a diario, practicar doble turno en el gimnasio y táctica en cada entrenamiento. “¿Que Maradona no entrena? ¿No vieron el gol?”, me respondió, como si le hablara a un ciego. Y, la verdad, los argentinos tenemos cierta tendencia a la ceguera o a la miopía. A distorsionar la realidad para que se acomode a nuestros deseos tantas veces autodestructivos.

Pero no, parece que Maradona no entrena. “Un jugador de la Selección le envió un mensaje a un amigo contándole que no hacen nada. Al equipo le falta trabajo”, me dijo un prestigioso periodista deportivo. Sus colegas repiten las sentencias hasta el hartazgo. Dispuestos a satisfacer el impulso de la noticia deseada: aquella idea que sus audiencias quieren leer o escuchar, sin importar que sea verdadera o falsa.

Pero más allá de la discusión eterna, ahí, en la cancha contra Nigeria, Maradona respondió con hechos. “Ganamos gracias a un gol del técnico”, dijo Demichelis. Pudo ser un gesto de obsecuencia a su entrenador. Pero completó: “Estudió a los nigerianos en defensa y practicamos mucho ese córner para que el gringo (Heinze) cabeceara solo”. Otro tiro libre de pizarrón, entre Messi y Mascherano, casi termina en el segundo gol argentino. El rumor que dispersan los periodistas argentinos acreditados en Pretoria se derrumbó en un instante. Su resentimiento por no tener el acceso permitido a las prácticas los llevó a suponer que no se hacía nada.

En los días previos al debut, intenté convencer a los jefes de deportes de los principales diarios para que lanzaran una encuesta: ¿Cuánto influirá Maradona en el desempeño final de la Selección? Nada, poco, bastante, mucho. Aún, creo, no la hicieron. Pero sería un nuevo termómetro para medir la esquizofrenia nacional, el travestismo ideológico, la contradicción maradoniana. Porque si la Selección triunfa, sólo habrá sido por mérito de sus extraordinarios jugadores. En cambio, si fracasa, habrá sido por culpa de su entrenador, el maldito Maradona. Por eso, la encuesta hubiera sido una alerta: aún hoy, incluso antes del partido con Corea del Sur, estaríamos a tiempo de dejar registrada una respuesta honesta.

¿Pero quién quiere honestidad? Ya lo escribimos en la tapa de esta revista cuando la Selección atravesaba su peor momento tras la derrota en Ecuador: Maradona es una nueva excusa para que gran parte de los argentinos ejerza su tentación por el fracaso. “Por qué queremos que pierda”, titulamos en aquella tapa. Y la angustiante eliminatoria desnudó como nunca antes la fascinación de los argentinos por la derrota, el placer de la catástrofe anunciada: “Fue un excelente jugador pero es un técnico pésimo”, “Maradona me da pena”, “no sabe nada”, “casi no tiene experiencia”. No se trataba de argumentar, sino de condenar. La figura de Maradona despierta un fuerte rechazo por su condición social, su figura contestataria y, sobre todo, porque encarna como casi ninguno la identidad nacional. Durante más de dos décadas, Maradona ha sido el principal —y probablemente el más exacto— espejo en el que se refleja nuestra imagen ante el mundo. Contradictorio, verborrágico, inestable emocionalmente, frágil, soberbio. Por eso lo odiamos tanto, porque se nos parece tanto.

Pero como dijimos en aquella polémica nota, también es posible encontrar valores positivos en la figura de Maradona. Aunque resulte políticamente incorrecto, su historia con la droga podría ser ejemplar: a punto de morir varias veces (y así convertirse en mito), sobrevivió y superó su adicción a la cocaína gracias al amor de y hacia sus hijas. Conserva ciertos valores y reivindicaciones de clase que son advertidas por los sectores bajos que siempre lo acompañan: Maradona es resistido, sobre todo, por los sectores medios-altos.

Esta columna no trata sobre las condiciones técnicas de Maradona. Como dijimos antes, es posible que no sea tan malo como lo suponían y tampoco será una eminencia si logra un Mundial destacado. Marcelo Bielsa, que afirma que hay “27 formas de ataque” o que arma sus equipos con computadoras, obtuvo el mayor fracaso argentino en la historia de los Mundiales. El fútbol es mucho más que fútbol cuando se trata del mayor evento cultural y social del planeta. Pero cuando se trata de escoger a once jugadores profesionales, procurar que no se lastimen antes de los partidos y seleccionar variantes tácticas, el fútbol es un juego impredecible donde el talento de los jugadores y el azar imponen sus resultados.

Conservo, debo confesar, un cariño superficial por Maradona. Hemos traído a Sudáfrica una bandera con la leyenda de “Gracias Doña Tota” en honor a su madre. La que lo crió en Villa Fiorito. La que le dio ciertos valores que le permitieron llegar a lo más alto.

Se trata, al fin y al cabo, de reconocer lo mejor de las personas y no quedarnos solo y siempre con lo peor. Sin chauvinismos miopes, éste es un tenue intento de valorar lo propio. A perder, fracasar, derrumbarnos; estamos acostumbrados. Pero podemos, cada tanto, gritar un gol sin culpa ni miedo, con verdadera ilusión.

POR ALEX MILBERG PARA NEWSWEEK

miércoles, junio 16

“Sentimos que en cualquier lado nos puede pasar algo”

Gabriel Kessler es doctor en Sociología por la Escuela de Altos Estudios en Ciencias Sociales de París (EHESS), entre otros títulos y ha publicado libros sobre pobreza (La nueva pobreza en la Argentina) junto a Alberto Minujín y más recientemente "Sociología del delito amateur". Esta semana saldrá a la calle su último texto: "El sentimiento de inseguridad. Sociología del temor al delito".

Llegó a Mendoza para dar un seminario en el marco del curso de perfeccionamiento "Problemática y gestión de la seguridad pública" organizado por la Secretaría de Graduados de la Facultad de Ciencias Políticas y Sociales de la Universidad Nacional de Cuyo.

En diálogo con Los Andes explicó que se borró la diferenciación que había en las ciudades entre zonas seguras e inseguras; vivimos sintiendo que en cualquier lado nos puede pasar algo. También afirmó que estamos en una "constante actitud moderna de intento de detectar lo amenazante" y así "cada uno es sospechoso para el otro".

- En sus estudios ¿destaca que hay miedos que vive la gente en diferentes estratos y formas?

-Hay temores compartidos entre distintos sectores sociales y que en algunos casos están vinculados con las imágenes más estigmatizadas en general, como los jóvenes varones de sectores populares. También depende del lugar dónde se trate. Los chicos y sus padres temen a la policía y a los patovicas. Ese miedo lo sienten en todas las clases aunque se ve más en sectores populares. Hay como una pluralidad de imágenes amenazantes, algunas comunes a distintos sectores y otras son diferentes en función del sector, sexo y área de residencia.

- ¿Cuál es la relación entre inseguridad y delito?

- La definición de inseguridad que manejo se basa en la idea de una amenaza aleatoria que puede abatirse sobre cualquiera en cualquier lugar y que puede venir de cualquier persona. Aquí juega la no identidad entre inseguridad y delito; es decir, lo que genera inseguridad no son todos los delitos, sino los violentos que pueden llegar en forma aleatoria.

También opera la des-identificación relativa: en los barrios los comerciantes se quejan de que cualquiera puede robarlos y eso es la des-identificación y es relativa porque un varón da más miedo que una mujer; si es joven, más que uno mayor.

Además opera la deslocalización; es decir, se pierde la diferencia imaginaria, que podía tener una base real, de que hay zonas seguras e inseguras. Lo que hoy pasa en la mayoría de las grandes ciudades, en Mendoza no lo sé pero tengo la sensación de que también, es que se acaba esta idea de que hay zonas seguras e inseguras y además se instala la percepción de que cualquier zona puede ser insegura y junto con la desidentificación generan y retroalimentan la sensación de inseguridad. Sentimos que en cualquier lado nos puede pasar algo, hay una inquietud intermedia permanente sin llegar al terror.

- Sentimos varios tipos de inseguridad: delitos, inseguridad jurídica, económica..

-Se está debatiendo en el mundo si estamos en una época más insegura o si, por el contrario, en una visión diferente, si a mayor seguridades como más esperanza de vida, menos guerra, más control de las enfermedades; se genera más sensibilidad frente a cualquier tipo de riesgo. Por ejemplo, la comida antes no se discutía que era beneficiosa y ahora entra también en el campo de los riesgos; entonces vemos que hay como una constante actitud moderna de intento de detectar lo amenazante que incluye el delito o no.

Por eso aparecen los negocios a los que hay que entrar tocando un timbre, chicos con celular para que los padres los puedan ubicar a cualquier hora; esto pasa en muchos órdenes de la vida cotidiana. Sin negar el aumento del delito, hay como una actitud de detección de sospecha para ubicar dónde está lo amenazante y eso es un rasgo moderno.

Se instala un patrón de conducta y percepción previa del otro que, por definición, es previamente sospechoso. Cada uno es sospechoso para el otro, entonces tengo que tener un dispositivo tecnológico para detectar si el otro es sospechoso o no.

- ¿Cuáles son las consecuencias de vivir así?

- Están los que dicen que esto genera más pedidos de la gente referidos al aumento de penas, mano dura o que se haga justicia por mano propia. Se generan desigualdades porque en las zonas no seguras no hay negocios y se degradan económicamente, la policía considera que ahí viven delincuentes, salen más caros los seguros.

Si se instalan más dispositivos privados de seguridad en zonas en las que los pueden poner, eso hace que el delito se desplace a lugares donde no se puede pagar una guarida privada. También se sale menos. Yo tengo una mirada más matizada, ni mucho ni tan poco. No tengo una visión apocalíptica de la inseguridad, no pienso que en la Argentina la gente viva aterrorizada.

En Mendoza la última encuesta de victimización que se realizó fue en 2005. Se la utiliza para saber qué sucede con los delitos. Sobre este punto Kessler indica:

"Hay un problema del poder político y es que no han comprendido lo imprescindible que es tener una encuesta de victimización, que sólo puede ser eficaz si tiene continuidad en el tiempo para ver las variaciones. Es un elemento central, sobre todo porque en este tema sabemos poco. Sabemos que la encuesta tiene limitaciones y las conocemos, pero es imprescindible para saber qué pasa con el delito"

Fuente; diario Los Andes online.