Al sancionar una ley que legaliza el casamiento homosexual, Argentina se convirtió en el primer país de América latina y el décimo en el mundo en autorizar el matrimonio entre personas del mismo sexo a nivel nacional.
Éste es el estado mundial de la legislación sobre el casamiento gay:
- Holanda: Tras haber creado en 1998 una unión civil abierta a los homosexuales, Holanda fue, en abril de 2001, el primer país en autorizar el casamiento civil a parejas del mismo sexo. Las obligaciones y derechos de los cónyuges son idénticos a los de miembros de matrimonios heterosexuales, entre ellos el de la adopción.
- Bélgica: Los casamientos entre homosexuales están autorizados desde junio de 2003. Las parejas gays tienen los mismos derechos que las parejas heterosexuales. En 2006, obtuvieron el derecho a adoptar.
- España: El gobierno de José Luis Rodríguez Zapatero legalizó en julio de 2005 el casamiento entre personas del mismo sexo. Estas parejas, casadas o no, tienen también la posibilidad de adoptar.
- Canadá: La ley sobre el casamiento de parejas homosexuales y el derecho a adoptar entró en vigencia en julio de 2005. Anteriormente, la mayoría de las provincias canadienses ya autorizaban la unión entre personas del mismo sexo.
- Sudáfrica: En noviembre de 2006, Sudáfrica se transformó en el primer país del continente africano en legalizar la unión entre dos personas del mismo sexo por "casamiento" o "unión civil".
- Noruega: Una ley de enero de 2009 pone en condiciones de igualdad a las parejas homosexuales, tanto para el casamiento y la adopción de niños como para la posibilidad de beneficiar de una asistencia a la fecundación. Desde 1993, contaban con la posibilidad de unirse en unión civil.
- Suecia: Pionera en materia de derecho de adopción, desde mayo de 2009 Suecia permite a las parejas homosexuales casarse por civil o religiosamente. Desde 1995, estaban autorizadas a unirse por 'unión civil'.
- Portugal: Una ley que entró en vigencia en junio de 2010 modifica la definición de casamiento al suprimir la referencia a "de diferente sexo". Excluye el derecho a adoptar.
- Islandia: La primera ministra islandesa, Johanna Sigurdardottir, se casó con su compañera el 27 de junio, día de la entrada en vigencia de la ley que legalizó los casamientos homosexuales. Hasta entonces, los homosexuales podían unirse legalmente pero la alianza no era un verdadero casamiento.
- En Estados Unidos, cinco estados autorizaron el casamiento gay: Iowa, Connecticut, Massachussetts, Vermont y New Hampshire y la capital, Washington, mientras que en México sólo está habilitado en el distrito federal, donde viven ocho millones de personas.
- Otros países han adoptado legislaciones respecto de la unión civil, que dan derechos más o menos ampliados a los homosexuales (adopción, filiación), en particular Dinamarca que abrió en 1989 la vía al crear una "unión registrada", Francia al instaurar el PACS (Pacto Civil de Solidaridad) (1999), Alemania (2001), Finlandia (2002), Nueva Zelanda (2004), Reino Unido (2005) República Checa (2006), Suiza (2007), Uruguay y Colombia.
www.elobservadorglobal.com
Decía Walter Benjamín que un libro de citas de otros, sería un libro perfecto, ya que estas enriquecen lo nuestro y convierten nuestra obra en una “obra colectiva”. Lejos de la perfección se encuentra esta iniciativa, pero si vale como lugar donde compartir distintos textos, con el sentido de entender este día a día que nos toca en el mundo. La intención no será cambiarlo, sólo la de tratar de entenderlo.
jueves, julio 15
miércoles, julio 14
Diez libros de no ficción que hay que leer antes de morir
Por: LEILA GUERRIERO para la revista SOHO
Lo decimos sin titubear: Leila Guerriero es una de las mejores cronistas de Latinoamérica. Y celebramos su libro Frutos extraños, crónicas reunidas 2001-2008. Esta gran colaboradora de SoHo es la autora de esta lista.
1. Operación masacre, de Rodolfo Walsh: el argentino Rodolfo Walsh escribió Operación masacre ocho años antes de que Truman Capote escribiera A sangre fría. Muchos establecen, aquí, el comienzo de la no ficción. Como sea, este libro es una maquinaria implacable, una investigación puesta en marcha a partir de una frase magnífica "Hay un fusilado que vive", con datos chequeados por tres y cuatro fuentes, escrito en un estilo asombrosamente contemporáneo. El prólogo a la tercera edición basta para rendirse a sus pies. A los de Walsh, claro.
2. El violento oficio de escribir, de Rodolfo Walsh: reúne su obra periodística entre 1953 y 1977. Si alguien se atreve a pensar que inventó alguna cosa, haría muy bien en leer los textos de este hombre que escribía lo que escribía más de cincuenta años ha.
3. La guerra moderna, de Martín Caparrós: crónicas planetarias que hablan de la prostitución infantil en Sri Lanka, el carnaval en Río y la música tropical en la Argentina. Todo lo que hace falta saber sobre la crónica qué mirar, cómo mirar, cómo escribir está aquí. Después, claro, hay que leer El interior, una obra en la que Caparrós toma riesgos narrativos majestuosos.
4. A sangre fría, de Truman Capote: a pesar de que, gentileza de Hollywood, se puso de moda asegurar que Truman Capote era un manipulador, la historia de la matanza de los Clutter es una obra con la potencia de un acorazado, igual de inoxidable.
5. Féretros tallados a mano, de Truman Capote: incluido en Música para camaleones, cuenta una serie de crímenes reales ocurridos en un pueblo del oeste americano. Utilizando un diálogo interrumpido por párrafos que hacen avanzar la cronología, transmite un miedo enceguecedor.
6. El ladrón de orquídeas, de Susan Orlean: la severidad de la investigación y una extraña sutileza reinan en este libro, atravesado por la búsqueda de un grial que, al final, no aparece: la orquídea fantasma. 7. Retratos y encuentros, de Gay Talese: incluye textos canónicos, como Frank Sinatra está resfriado, pero Nueva York, ciudad de cosas inadvertidas, es una pieza encantadora, escrita en puntas de pie.
8. El enterrador, de Thomas Lynch: Thomas Lynch es norteamericano, poeta, y fue, por veinticinco años, dueño de una funeraria en Michigan. Escribió este libro cuyo tema es la muerte, los muertos, el oficio de enterrar. En el capítulo 'Tratado breve', habla de su propio entierro: "Quiero nieve revuelta para que la tierra se vea herida, abierta a la fuerza, sin disposición a participar (...) Vayan hasta el hueco en la tierra. Quédense al lado. Miren dentro. Pregúntense. Y sientan frío". Después dice: "Vivan para siempre". Y entonces todos podemos llorar en paz.
9. Ébano, de Ryszard Kapuscinski: no hace falta leer mucho más para entender el continente africano. Ni para saber por qué tantos dicen que Kapuscinski era un señor muy genial.
10. El libro de la almohada, de Sei Shonagon: escrito por una mujer japonesa entre el año 900 y el 1000, contiene, entre otras cosas, listas como las que siguen: "Cosas que dan una sensación de limpieza: una taza de barro. Un recipiente nuevo de metal. Una caja de madera nueva". O: "Cosas encantadoras: huevos de pato. También sus nidos". Y esta: "Cosas sórdidas: el revés de un bordado".
Lo decimos sin titubear: Leila Guerriero es una de las mejores cronistas de Latinoamérica. Y celebramos su libro Frutos extraños, crónicas reunidas 2001-2008. Esta gran colaboradora de SoHo es la autora de esta lista.
1. Operación masacre, de Rodolfo Walsh: el argentino Rodolfo Walsh escribió Operación masacre ocho años antes de que Truman Capote escribiera A sangre fría. Muchos establecen, aquí, el comienzo de la no ficción. Como sea, este libro es una maquinaria implacable, una investigación puesta en marcha a partir de una frase magnífica "Hay un fusilado que vive", con datos chequeados por tres y cuatro fuentes, escrito en un estilo asombrosamente contemporáneo. El prólogo a la tercera edición basta para rendirse a sus pies. A los de Walsh, claro.
2. El violento oficio de escribir, de Rodolfo Walsh: reúne su obra periodística entre 1953 y 1977. Si alguien se atreve a pensar que inventó alguna cosa, haría muy bien en leer los textos de este hombre que escribía lo que escribía más de cincuenta años ha.
3. La guerra moderna, de Martín Caparrós: crónicas planetarias que hablan de la prostitución infantil en Sri Lanka, el carnaval en Río y la música tropical en la Argentina. Todo lo que hace falta saber sobre la crónica qué mirar, cómo mirar, cómo escribir está aquí. Después, claro, hay que leer El interior, una obra en la que Caparrós toma riesgos narrativos majestuosos.
4. A sangre fría, de Truman Capote: a pesar de que, gentileza de Hollywood, se puso de moda asegurar que Truman Capote era un manipulador, la historia de la matanza de los Clutter es una obra con la potencia de un acorazado, igual de inoxidable.
5. Féretros tallados a mano, de Truman Capote: incluido en Música para camaleones, cuenta una serie de crímenes reales ocurridos en un pueblo del oeste americano. Utilizando un diálogo interrumpido por párrafos que hacen avanzar la cronología, transmite un miedo enceguecedor.
6. El ladrón de orquídeas, de Susan Orlean: la severidad de la investigación y una extraña sutileza reinan en este libro, atravesado por la búsqueda de un grial que, al final, no aparece: la orquídea fantasma. 7. Retratos y encuentros, de Gay Talese: incluye textos canónicos, como Frank Sinatra está resfriado, pero Nueva York, ciudad de cosas inadvertidas, es una pieza encantadora, escrita en puntas de pie.
8. El enterrador, de Thomas Lynch: Thomas Lynch es norteamericano, poeta, y fue, por veinticinco años, dueño de una funeraria en Michigan. Escribió este libro cuyo tema es la muerte, los muertos, el oficio de enterrar. En el capítulo 'Tratado breve', habla de su propio entierro: "Quiero nieve revuelta para que la tierra se vea herida, abierta a la fuerza, sin disposición a participar (...) Vayan hasta el hueco en la tierra. Quédense al lado. Miren dentro. Pregúntense. Y sientan frío". Después dice: "Vivan para siempre". Y entonces todos podemos llorar en paz.
9. Ébano, de Ryszard Kapuscinski: no hace falta leer mucho más para entender el continente africano. Ni para saber por qué tantos dicen que Kapuscinski era un señor muy genial.
10. El libro de la almohada, de Sei Shonagon: escrito por una mujer japonesa entre el año 900 y el 1000, contiene, entre otras cosas, listas como las que siguen: "Cosas que dan una sensación de limpieza: una taza de barro. Un recipiente nuevo de metal. Una caja de madera nueva". O: "Cosas encantadoras: huevos de pato. También sus nidos". Y esta: "Cosas sórdidas: el revés de un bordado".
domingo, julio 11
“No hay nada más profundo que lo superficial”
En la era de la imagen, donde la publicidad y los modelos estéticos invaden todos los ámbitos de la vida personal y la realización pasa por los que se tienen, especialmente a través de la moda, hay quienes consideran que lo superficial significa profundidad, porque la exterioridad de una persona está estrechamente vinculada con lo que le pasa a ella por dentro: su modo de ser, de sentir, de pensar y de actuar en el rol que desempeña en la sociedad.
Claudia Lombardi, es Licenciada en Ciencias de la Comunicación y en los últimos años se ha especializado en imagen personal y empresarial. A través de un análisis de la sociedad y de la imagen que sus miembros tienen, evidenció que al momento de definir un estilo “hay que ser coherente entre lo que uno usa y lo que uno es”, es decir, la elección de una prenda no sólo está vinculada con su funcionalidad, o con los cánones de belleza de determinado momento histórico, sino también con lo que la persona fue, es y quiso ser.
“No hay nada más profundo que lo superficial porque lo que se demuestra es lo que no se puede tapar. La idea es que la gente no piense como superficial la indumentaria, y que sepa que con ella dice muchas cosas, incluso hay culturas antiguas que consideraban la imagen como lo más íntimo del ser de una persona”, porque lo exterior es un reflejo del interior.
Las crisis y los cambios son los disparadores para el surgimiento de nuevos puntos de vista o el análisis de las cosas vividas. Uno de los aspectos que las personas quieren modificar en estos momentos está vinculado con la imagen, pero la dificultad se centra en que muchas veces la imagen que el espejo refleja de cada uno no es la misma que se ha construido en la mente, es decir, no coincide el autoconcepto y el autoestima con lo que los demás piensan de uno.
“Cuando una persona comienza con el estudio de su exterioridad tiene que estar en un momento indicado de su vida. Mucha gente no quiere saber si la imagen que tiene de sí coincide con lo que se es, ni mirarse, ni saber lo que el otro piensa de ella”, así surge el miedo a enfrentarse con esa realidad y prefiere mantener su pensamiento, a pesar que eso traiga periodos de insatisfacción o incomodidad.
Para Lombardi, son muchos los que creen que analizar la forma de vestir está vinculado con los dictámenes de la moda; “pero nada está más lejos, porque de acuerdo a como uno se vista será como es su interior, su reflejo. No podes disimular quien sos”.
“Creo que en esta sociedad hay mucha gente disfrazada, porque no son coherentes entre lo que son y lo que muestran. Por ejemplo, algunos se describen como creativos y divertidos, pero visten de negro, y están siempre con los brazos cruzados”.
A pesar de esta diferencia entre el modo de ser y de vestir, Lombardi considera que “hay que escuchar a la persona al momento de analizar el uso que le da a determinada prenda, porqué se siente cómoda con ella y porque momento de su vida está atravesando”, ya que “la imagen es lo más íntimo que uno tiene, y en consecuencia no puede venir otro a destruirla” y agregó que “la ropa es quien sos, quien fuiste y quien queres ser”.
De acuerdo con los estudios realizados en el campo de la filosofía de la imagen, la misma está regida por leyes de colorimetría y geometría, por lo cual no es necesario seguir estrictamente los mandatos de la moda ni de acuerdo a las marcas, porque no están pensadas para todas las personas, los cuerpos y las actividades que realiza cada uno. Además, “para mí no hay nada más lindo que ser original. La copia a nadie le gusta, hay que usar algunas cosas de moda, pero no todas”, y en relación a las marcas, Lombardi sostuvo “que hay que salir (de ellas), aprender a comprar fuera de la publicidad y generar un propio estilo”, porque este “es el pensamiento en acción, es un sello personal”.
A partir de su trabajo como asesora personal y de empresas, la periodista evidenció que los hombres asocian la imagen con la profesionalidad, la autoridad y la seguridad que tienen o quieren representar, pero “muchos dejan su estética en manos de sus esposas, por lo cual ella avanza y avasalla su imagen, rompiendo con el espacio de intimidad que implica elegir una prenda o un estilo según quien es”.
El adolescente, por su parte, está en una etapa de transición por el cual se descubre y se piensa. “En esta edad la indumentaria cumple un papel fundamental porque va a hacer aceptado por el grupo si cumple con determinados parámetros de vestimenta. Sigue el mandato de alguien porque todavía no se no sabe quien es”.
Sin embargo, está lógica adolescente “no puede encontrarse en una mujer de mediana edad, cuyo cuerpo y mente no son los mismos que en la juventud”, explicó Lombardi y agregó que “una mujer se puede ver hermosa sin importar la edad, sólo necesita aceptarse y tener una mejor imagen de sí misma”.
“Creo que la mujer – continúo- está enojada con su imagen, es enemiga de ella misma, acrecentado por la imagen que se muestra en los medios. Si no está conforme consigo misma, el cambio debe empezar por dentro y aceptarse tal cual es”.
“La imagen es un reflejo del interior de uno mismo, por lo cual creo que hay que animarse a ser, a no estar detrás de una marca o moda, hacerse cargo de la edad y del rol que uno tiene y no permitir que un tercero defina quien es cada uno”.
Fuente: diario El Atlántico
Claudia Lombardi, es Licenciada en Ciencias de la Comunicación y en los últimos años se ha especializado en imagen personal y empresarial. A través de un análisis de la sociedad y de la imagen que sus miembros tienen, evidenció que al momento de definir un estilo “hay que ser coherente entre lo que uno usa y lo que uno es”, es decir, la elección de una prenda no sólo está vinculada con su funcionalidad, o con los cánones de belleza de determinado momento histórico, sino también con lo que la persona fue, es y quiso ser.
“No hay nada más profundo que lo superficial porque lo que se demuestra es lo que no se puede tapar. La idea es que la gente no piense como superficial la indumentaria, y que sepa que con ella dice muchas cosas, incluso hay culturas antiguas que consideraban la imagen como lo más íntimo del ser de una persona”, porque lo exterior es un reflejo del interior.
Las crisis y los cambios son los disparadores para el surgimiento de nuevos puntos de vista o el análisis de las cosas vividas. Uno de los aspectos que las personas quieren modificar en estos momentos está vinculado con la imagen, pero la dificultad se centra en que muchas veces la imagen que el espejo refleja de cada uno no es la misma que se ha construido en la mente, es decir, no coincide el autoconcepto y el autoestima con lo que los demás piensan de uno.
“Cuando una persona comienza con el estudio de su exterioridad tiene que estar en un momento indicado de su vida. Mucha gente no quiere saber si la imagen que tiene de sí coincide con lo que se es, ni mirarse, ni saber lo que el otro piensa de ella”, así surge el miedo a enfrentarse con esa realidad y prefiere mantener su pensamiento, a pesar que eso traiga periodos de insatisfacción o incomodidad.
Para Lombardi, son muchos los que creen que analizar la forma de vestir está vinculado con los dictámenes de la moda; “pero nada está más lejos, porque de acuerdo a como uno se vista será como es su interior, su reflejo. No podes disimular quien sos”.
“Creo que en esta sociedad hay mucha gente disfrazada, porque no son coherentes entre lo que son y lo que muestran. Por ejemplo, algunos se describen como creativos y divertidos, pero visten de negro, y están siempre con los brazos cruzados”.
A pesar de esta diferencia entre el modo de ser y de vestir, Lombardi considera que “hay que escuchar a la persona al momento de analizar el uso que le da a determinada prenda, porqué se siente cómoda con ella y porque momento de su vida está atravesando”, ya que “la imagen es lo más íntimo que uno tiene, y en consecuencia no puede venir otro a destruirla” y agregó que “la ropa es quien sos, quien fuiste y quien queres ser”.
De acuerdo con los estudios realizados en el campo de la filosofía de la imagen, la misma está regida por leyes de colorimetría y geometría, por lo cual no es necesario seguir estrictamente los mandatos de la moda ni de acuerdo a las marcas, porque no están pensadas para todas las personas, los cuerpos y las actividades que realiza cada uno. Además, “para mí no hay nada más lindo que ser original. La copia a nadie le gusta, hay que usar algunas cosas de moda, pero no todas”, y en relación a las marcas, Lombardi sostuvo “que hay que salir (de ellas), aprender a comprar fuera de la publicidad y generar un propio estilo”, porque este “es el pensamiento en acción, es un sello personal”.
A partir de su trabajo como asesora personal y de empresas, la periodista evidenció que los hombres asocian la imagen con la profesionalidad, la autoridad y la seguridad que tienen o quieren representar, pero “muchos dejan su estética en manos de sus esposas, por lo cual ella avanza y avasalla su imagen, rompiendo con el espacio de intimidad que implica elegir una prenda o un estilo según quien es”.
El adolescente, por su parte, está en una etapa de transición por el cual se descubre y se piensa. “En esta edad la indumentaria cumple un papel fundamental porque va a hacer aceptado por el grupo si cumple con determinados parámetros de vestimenta. Sigue el mandato de alguien porque todavía no se no sabe quien es”.
Sin embargo, está lógica adolescente “no puede encontrarse en una mujer de mediana edad, cuyo cuerpo y mente no son los mismos que en la juventud”, explicó Lombardi y agregó que “una mujer se puede ver hermosa sin importar la edad, sólo necesita aceptarse y tener una mejor imagen de sí misma”.
“Creo que la mujer – continúo- está enojada con su imagen, es enemiga de ella misma, acrecentado por la imagen que se muestra en los medios. Si no está conforme consigo misma, el cambio debe empezar por dentro y aceptarse tal cual es”.
“La imagen es un reflejo del interior de uno mismo, por lo cual creo que hay que animarse a ser, a no estar detrás de una marca o moda, hacerse cargo de la edad y del rol que uno tiene y no permitir que un tercero defina quien es cada uno”.
Fuente: diario El Atlántico
viernes, julio 9
Superman no será movilero
Por Marcelo J. García y Luis López *
La comunicación se piensa más veces que menos como un problema de instrumentos e intermediaciones. Modelos que postulan la existencia de esquemas lineales, con emisores, mensajes y receptores, con canales neutros. La comunicación apenas como un insumo para los procesos de construcción de consenso y hegemonía.
Esta lectura, sin embargo, no alcanza para pensar un sistema de comunicación para un proyecto de desarrollo. La comunicación instrumental es marketing, sea político o social, y como marketing desprecia cualquier intento de construir, políticamente, un destino común.
Pensar una comunicación para el desarrollo no puede escindirse de dos cuestiones que han sido centrales desde que el mundo es “moderno”. La primera es el poder. La segunda es la construcción colectiva de lo público. En nuestras sociedades hipermediatizadas, en las que la percepción de lo comunicado predomina por sobre la percepción directa del mundo, la construcción de poder se relaciona directamente con la construcción mediatizada del espacio público.
Lo público moderno se ha manifestado a través de dos vertientes: el espacio físico y el espacio virtual. El primero delimitó a los Estados, el segundo consolidó sus identidades. Es lo que Benedict Anderson llama la “comunidad imaginada”, hoy conocida como comunidad virtual. La virtualidad de esta comunidad no está dada por el soporte de mediatización de la interacción (desde la prensa a Internet), sino por la creencia común de pertenencia a un mismo espacio. En el siglo XVIII, esa virtualidad se construía a través de la prensa escrita. Hoy, la versatilidad tecnológica hace que lo virtual se manifieste de múltiples maneras y que cobre un peso que opaca a lo material. El medio, para jugar con McLuhan, no es ya el mensaje, sino el territorio.
Con la metamorfosis de los actores mediáticos de políticos a empresarios (de Marat a Magnetto, de Moreno a Murdoch), se produce una privatización efectiva del espacio público, a caballo de la mitología de la prensa (institución) y el periodismo (profesión) como guardianes de la democracia. Esa mitología es la que hoy entra en cuestión. El próximo Superman no será un movilero.
Pensar la comunicación en nuestras sociedades remite, en lo estructural, a las condiciones ideales de un espacio en el que se pueda lograr acuerdos acerca de un modelo de desarrollo. En lo estructural, se trata de la recuperación del espacio público para el público. Lo público como un espacio común al cual es posible acceder por el simple hecho de ser ciudadano, donde los actores pueden comunicarse, mirarse, interactuar. Existen al menos dos lugares desde donde lo público-mediático se construye. El primero es la regulación del espectro radiofónico por parte de su propietario: el Estado, como representante de la ciudadanía. La libertad de expresión –o su pariente mayor, el derecho a la comunicación–- no requiere un Estado que proteja libertades negativas sino que, en resguardo de un derecho social tanto individual como colectivo, intervenga en la creación de las condiciones de existencia de los medios materiales para que la expresión sea posible en los niveles de escala de un momento histórico determinado.
El segundo lugar desde donde se construye lo público-mediático es en el manejo de los medios públicos, el patrón-oro para todo el sistema mediático. Los medios del Estado tienen la virtud y la ventaja de no tener que representar más que al Estado-Nación como proyecto histórico-político. Tal condición los obliga a generar los marcos de pluralidad más amplios que puedan existir.
En la coyuntura, el debate argentino en torno de la Ley de Servicios de Comunicación Audiovisual en octubre de 2009 será posiblemente una referencia aquí y en otras partes del mundo en relación con el rechazo a un modelo de comunicación que defiende intereses privados más que públicos. La discusión, sin embargo, se debe una segunda parte (rica pero más compleja): cómo será el patrón de re-regulación del espectro de voces, cuáles los criterios de mediano y largo plazo, cuál el horizonte y el rumbo de la acción estatal, cómo se definirá el Estado en su rol comunicacional y desde dónde y cómo aportará la comunicación a un proyecto de desarrollo inclusivo y equitativo. Nada de esto será posible mientras la guerra (mediática en este caso) nuble los ojos. Pero si la guerra se gana, habrá que tener un plan para la paz.
* Los autores son coordinadores del Departamento de Comunicación de la Sociedad Internacional para el Desarrollo, Capítulo Buenos Aires (SID-Baires).
Fuente: Página 12
La comunicación se piensa más veces que menos como un problema de instrumentos e intermediaciones. Modelos que postulan la existencia de esquemas lineales, con emisores, mensajes y receptores, con canales neutros. La comunicación apenas como un insumo para los procesos de construcción de consenso y hegemonía.
Esta lectura, sin embargo, no alcanza para pensar un sistema de comunicación para un proyecto de desarrollo. La comunicación instrumental es marketing, sea político o social, y como marketing desprecia cualquier intento de construir, políticamente, un destino común.
Pensar una comunicación para el desarrollo no puede escindirse de dos cuestiones que han sido centrales desde que el mundo es “moderno”. La primera es el poder. La segunda es la construcción colectiva de lo público. En nuestras sociedades hipermediatizadas, en las que la percepción de lo comunicado predomina por sobre la percepción directa del mundo, la construcción de poder se relaciona directamente con la construcción mediatizada del espacio público.
Lo público moderno se ha manifestado a través de dos vertientes: el espacio físico y el espacio virtual. El primero delimitó a los Estados, el segundo consolidó sus identidades. Es lo que Benedict Anderson llama la “comunidad imaginada”, hoy conocida como comunidad virtual. La virtualidad de esta comunidad no está dada por el soporte de mediatización de la interacción (desde la prensa a Internet), sino por la creencia común de pertenencia a un mismo espacio. En el siglo XVIII, esa virtualidad se construía a través de la prensa escrita. Hoy, la versatilidad tecnológica hace que lo virtual se manifieste de múltiples maneras y que cobre un peso que opaca a lo material. El medio, para jugar con McLuhan, no es ya el mensaje, sino el territorio.
Con la metamorfosis de los actores mediáticos de políticos a empresarios (de Marat a Magnetto, de Moreno a Murdoch), se produce una privatización efectiva del espacio público, a caballo de la mitología de la prensa (institución) y el periodismo (profesión) como guardianes de la democracia. Esa mitología es la que hoy entra en cuestión. El próximo Superman no será un movilero.
Pensar la comunicación en nuestras sociedades remite, en lo estructural, a las condiciones ideales de un espacio en el que se pueda lograr acuerdos acerca de un modelo de desarrollo. En lo estructural, se trata de la recuperación del espacio público para el público. Lo público como un espacio común al cual es posible acceder por el simple hecho de ser ciudadano, donde los actores pueden comunicarse, mirarse, interactuar. Existen al menos dos lugares desde donde lo público-mediático se construye. El primero es la regulación del espectro radiofónico por parte de su propietario: el Estado, como representante de la ciudadanía. La libertad de expresión –o su pariente mayor, el derecho a la comunicación–- no requiere un Estado que proteja libertades negativas sino que, en resguardo de un derecho social tanto individual como colectivo, intervenga en la creación de las condiciones de existencia de los medios materiales para que la expresión sea posible en los niveles de escala de un momento histórico determinado.
El segundo lugar desde donde se construye lo público-mediático es en el manejo de los medios públicos, el patrón-oro para todo el sistema mediático. Los medios del Estado tienen la virtud y la ventaja de no tener que representar más que al Estado-Nación como proyecto histórico-político. Tal condición los obliga a generar los marcos de pluralidad más amplios que puedan existir.
En la coyuntura, el debate argentino en torno de la Ley de Servicios de Comunicación Audiovisual en octubre de 2009 será posiblemente una referencia aquí y en otras partes del mundo en relación con el rechazo a un modelo de comunicación que defiende intereses privados más que públicos. La discusión, sin embargo, se debe una segunda parte (rica pero más compleja): cómo será el patrón de re-regulación del espectro de voces, cuáles los criterios de mediano y largo plazo, cuál el horizonte y el rumbo de la acción estatal, cómo se definirá el Estado en su rol comunicacional y desde dónde y cómo aportará la comunicación a un proyecto de desarrollo inclusivo y equitativo. Nada de esto será posible mientras la guerra (mediática en este caso) nuble los ojos. Pero si la guerra se gana, habrá que tener un plan para la paz.
* Los autores son coordinadores del Departamento de Comunicación de la Sociedad Internacional para el Desarrollo, Capítulo Buenos Aires (SID-Baires).
Fuente: Página 12
jueves, julio 8
Teoría sobre el pecado original
Según el heresiarca Pórpulus (?–473), quien por defender esa teoría fue condenado a la condición de personaje apócrifo, el pecado original consistió en la incorporación de la espiritualidad a la sexualidad (de ahí el súbito pudor de Adán y Eva por la desnudez), con lo que el amor humano se independizó de la mera procreación y le disputó su sitio al amor divino. Dios se puso celoso.
Por Marco Denevi, de Falsificaciones
Por Marco Denevi, de Falsificaciones
lunes, julio 5
Una paliza conceptual mayor que el resultado
No es poca cosa para un argentino quedarse fuera de la fiesta mayor del fútbol, pero hay que rendirse a las evidencias. Más allá de los números que arrojaron las cifras finales, la principal causa de la eliminación de la Argentina del Mundial fue la diferente lectura que hicieron los alemanes del trámite, manifestadas en lo individual y en lo colectivo.
No estoy seguro de que haya muchas crónicas más tristes para escribir que la de una eliminación en un Mundial de fútbol.
Las imágenes que, hasta ayer, habían sido las de ingleses, franceses, italianos o mexicanos llorando por la derrota de su seleccionado, hoy son las nuestras. Debe haber decenas de argumentos para justificar por qué cala tan hondo en nuestro corazón de hinchas una eliminación mundial. Yo no encuentro ninguna que me convenza más que la de la fiesta que, a partir de hoy, no sólo deja de ser propia sino que, durante una semana, seguirá siendo de otros. Porque un Mundial, para quienes venimos de la tierra del fútbol/barra brava, es la paradoja de la celebración posible, la reencarnación del fútbol que algunos llegamos a vivir; ese en el que dos camisetas pueden convivir en la misma tribuna, en la que el hincha neutral tiene derecho a festejar los goles del rival sin que por semejante afrenta se tire rodando por las escaleras. Una ceremonia en la que aquellos mismos mercenarios de la pelota que mandamos desde casa no sólo terminaron pasando casi inadvertidos y estuvieron lejos de simbolizar el auténtico aguante celeste y blanco, que realmente representaron decenas de miles de compatriotas hinchas de ley, sino que hasta los escuálidos bombos de los que sobrevivieron a las deportaciones fueron una mueca absurda de su propia presunción tribunera.
Llegamos hasta Ciudad del Cabo con una ilusión enorme. Porque lo que no habían generado Messi y Di María lo harían, como contra México, Tevez e Higuaín. Porque a falta de un auténtico lateral por la derecha empezábamos a descubrir la versatilidad y la personalidad de Otamendi. Porque Romero tenía semiclausurado el arco. Y porque, al fin y al cabo, lo que no solucionáramos con talento, convicción o contundencia, lo resolveríamos con esa relación sobrenatural que Maradona tiene con el fútbol. Y, de última, apelaríamos a San Palermo.
Por mucho respeto que se pudiera tener por los alemanes, no había motivo para sospechar semejante desenlace. Y ese desenlace fue lo suficientemente duro y elocuente como para dejarnos tristes y, lo que es peor, sin siquiera ganas de enojarnos.
Sospecho que muchos de ustedes esperarán ver reflejados sus reclamos en estas líneas. Algunos recordarán asuntos prehistóricos como las no convocatorias de Zanetti y de Cambiasso. Otros hablaran de un final de Mundial con Verón y Samuel en el banco. Muchos dirán que, ante Alemania, fue imprudente sostener el esquema ofensivo y que, si bien estaba bien mantener a los tres de punta, un Jonás por Di María hubiese aportado más “equilibrio”. Y entrecomillo la palabra equilibrio porque considero un engaño consumado que, detrás del concepto de equilibrio, nos escondan la intención de desequilibrar hacia atrás.
No esperen sangre escrita desde esta columna. Podría escudarme diciendo que estoy triste para ello. Mentira. Hace un tiempo descubrí uno más de mis matices esquizofrénicos y les confieso que me pongo rápidamente en zona crítica después de vivir un partido como hincha. No esperen sangre, simplemente porque no puedo considerar un pecado capital aquello que hasta diez horas antes de escribir estas líneas me parecían decisiones acertadas de un Maradona que había decidido mutar hacia un esquema que no sólo me gusta, sino que considero acorde con el potencial actual de nuestro fútbol. Un fútbol que tiene hoy los más goles metidos en las principales ligas europeas. Es decir, hay muchos mejores delanteros que defensores.
Por otro lado, los cuestionamientos a las decisiones de Diego –y a ciertas actitudes y a sus insultos– son parte de crónicas que cualquiera puede encontrar en el archivo reciente. Supongo que serán días de pases de factura, de declaraciones extemporáneas, de historias secretas de concentración que algunos tratarán de hacernos creer, de sacarse las ganas con ese Dios de las antinomias llamado Diego Maradona. No cuenten conmigo para esto. Todavía tengo mucho Schweinsteiger que digerir como para intentarlo.
Existe en muchos países de pasión futbolera el preconcepto de que los alemanes son, ante todo, rápidos, fuertes y disciplinados. Como contrapartida, que son esquemáticos, poco imaginativos y que se desacomodan fácil ante un caño, un taco o una gambeta. Más allá de que son todas verdades relativas, un detalle rara vez destacado como corresponde del fútbol alemán es que maneja muy, pero muy bien, el abc de las destrezas básicas de este juego. Es muy raro ver a un jugador de este seleccionado con limitaciones que sí podemos advertir en algunos de los nuestros. Desde el geniecillo de Özil hasta la jirafa de Mertesacker, todos manejan una técnica impecable. Patean con derecha y con izquierda, saltan y corren, cabecean y hacen relevos. Y, para condena de nuestro seleccionado, hacen la mejor transición defensa/ataque de este Mundial.
Este seleccionado alemán es un gran beneficiario del prejuicio y de la subestimación que buena parte del mundo de este deporte hace de sus jugadores. Es probable que haya pesado como pocas veces un gol tan pronto. Por la confianza que dio a los de Löw y porque la Argentina no había estado en esa situación en ningún momento del torneo. Sin embargo, en los 20 minutos posteriores, Alemania pudo ampliar la ventaja un par de veces. Y, de no haber mediado un comprensible respeto hacia el talento y la inspiración de nuestros atacantes, el partido pudo haberse liquidado mucho antes de los 20 de la segunda etapa.
Repasando, Alemania estuvo más cerca de solucionar sus problemas temprano que la Argentina de empatar. Fue el espejismo de ese rato del segundo período en el que los alemanes, seguros de demostrar lo bien que podían atacar, dejaron en claro que también eran mejores defendiendo.
El partido terminó siendo una paliza estadística mucho más tarde de haber sido ya una paliza conceptual. Y cuando la paliza es conceptual, detenerse en altos y bajos individuales es improcedente.
A partir de ahora será un tiempo raro para nuestro corazón de hincha. Porque habrá que esperar qué decide Maradona y qué resuelve Grondona. Porque aparecerán voces con asuntos que hasta aquí venían retenidos por los triunfos. Y porque, que embromar, el Mundial sigue adelante.
Me resisto a esa tendencia entrañable de nuestro medio pelo de viajar del “somos los mejores” de la victoria, al “somos los peores” de la derrota.
Por Gonzalo Bonadeo para Perfil
No estoy seguro de que haya muchas crónicas más tristes para escribir que la de una eliminación en un Mundial de fútbol.
Las imágenes que, hasta ayer, habían sido las de ingleses, franceses, italianos o mexicanos llorando por la derrota de su seleccionado, hoy son las nuestras. Debe haber decenas de argumentos para justificar por qué cala tan hondo en nuestro corazón de hinchas una eliminación mundial. Yo no encuentro ninguna que me convenza más que la de la fiesta que, a partir de hoy, no sólo deja de ser propia sino que, durante una semana, seguirá siendo de otros. Porque un Mundial, para quienes venimos de la tierra del fútbol/barra brava, es la paradoja de la celebración posible, la reencarnación del fútbol que algunos llegamos a vivir; ese en el que dos camisetas pueden convivir en la misma tribuna, en la que el hincha neutral tiene derecho a festejar los goles del rival sin que por semejante afrenta se tire rodando por las escaleras. Una ceremonia en la que aquellos mismos mercenarios de la pelota que mandamos desde casa no sólo terminaron pasando casi inadvertidos y estuvieron lejos de simbolizar el auténtico aguante celeste y blanco, que realmente representaron decenas de miles de compatriotas hinchas de ley, sino que hasta los escuálidos bombos de los que sobrevivieron a las deportaciones fueron una mueca absurda de su propia presunción tribunera.
Llegamos hasta Ciudad del Cabo con una ilusión enorme. Porque lo que no habían generado Messi y Di María lo harían, como contra México, Tevez e Higuaín. Porque a falta de un auténtico lateral por la derecha empezábamos a descubrir la versatilidad y la personalidad de Otamendi. Porque Romero tenía semiclausurado el arco. Y porque, al fin y al cabo, lo que no solucionáramos con talento, convicción o contundencia, lo resolveríamos con esa relación sobrenatural que Maradona tiene con el fútbol. Y, de última, apelaríamos a San Palermo.
Por mucho respeto que se pudiera tener por los alemanes, no había motivo para sospechar semejante desenlace. Y ese desenlace fue lo suficientemente duro y elocuente como para dejarnos tristes y, lo que es peor, sin siquiera ganas de enojarnos.
Sospecho que muchos de ustedes esperarán ver reflejados sus reclamos en estas líneas. Algunos recordarán asuntos prehistóricos como las no convocatorias de Zanetti y de Cambiasso. Otros hablaran de un final de Mundial con Verón y Samuel en el banco. Muchos dirán que, ante Alemania, fue imprudente sostener el esquema ofensivo y que, si bien estaba bien mantener a los tres de punta, un Jonás por Di María hubiese aportado más “equilibrio”. Y entrecomillo la palabra equilibrio porque considero un engaño consumado que, detrás del concepto de equilibrio, nos escondan la intención de desequilibrar hacia atrás.
No esperen sangre escrita desde esta columna. Podría escudarme diciendo que estoy triste para ello. Mentira. Hace un tiempo descubrí uno más de mis matices esquizofrénicos y les confieso que me pongo rápidamente en zona crítica después de vivir un partido como hincha. No esperen sangre, simplemente porque no puedo considerar un pecado capital aquello que hasta diez horas antes de escribir estas líneas me parecían decisiones acertadas de un Maradona que había decidido mutar hacia un esquema que no sólo me gusta, sino que considero acorde con el potencial actual de nuestro fútbol. Un fútbol que tiene hoy los más goles metidos en las principales ligas europeas. Es decir, hay muchos mejores delanteros que defensores.
Por otro lado, los cuestionamientos a las decisiones de Diego –y a ciertas actitudes y a sus insultos– son parte de crónicas que cualquiera puede encontrar en el archivo reciente. Supongo que serán días de pases de factura, de declaraciones extemporáneas, de historias secretas de concentración que algunos tratarán de hacernos creer, de sacarse las ganas con ese Dios de las antinomias llamado Diego Maradona. No cuenten conmigo para esto. Todavía tengo mucho Schweinsteiger que digerir como para intentarlo.
Existe en muchos países de pasión futbolera el preconcepto de que los alemanes son, ante todo, rápidos, fuertes y disciplinados. Como contrapartida, que son esquemáticos, poco imaginativos y que se desacomodan fácil ante un caño, un taco o una gambeta. Más allá de que son todas verdades relativas, un detalle rara vez destacado como corresponde del fútbol alemán es que maneja muy, pero muy bien, el abc de las destrezas básicas de este juego. Es muy raro ver a un jugador de este seleccionado con limitaciones que sí podemos advertir en algunos de los nuestros. Desde el geniecillo de Özil hasta la jirafa de Mertesacker, todos manejan una técnica impecable. Patean con derecha y con izquierda, saltan y corren, cabecean y hacen relevos. Y, para condena de nuestro seleccionado, hacen la mejor transición defensa/ataque de este Mundial.
Este seleccionado alemán es un gran beneficiario del prejuicio y de la subestimación que buena parte del mundo de este deporte hace de sus jugadores. Es probable que haya pesado como pocas veces un gol tan pronto. Por la confianza que dio a los de Löw y porque la Argentina no había estado en esa situación en ningún momento del torneo. Sin embargo, en los 20 minutos posteriores, Alemania pudo ampliar la ventaja un par de veces. Y, de no haber mediado un comprensible respeto hacia el talento y la inspiración de nuestros atacantes, el partido pudo haberse liquidado mucho antes de los 20 de la segunda etapa.
Repasando, Alemania estuvo más cerca de solucionar sus problemas temprano que la Argentina de empatar. Fue el espejismo de ese rato del segundo período en el que los alemanes, seguros de demostrar lo bien que podían atacar, dejaron en claro que también eran mejores defendiendo.
El partido terminó siendo una paliza estadística mucho más tarde de haber sido ya una paliza conceptual. Y cuando la paliza es conceptual, detenerse en altos y bajos individuales es improcedente.
A partir de ahora será un tiempo raro para nuestro corazón de hincha. Porque habrá que esperar qué decide Maradona y qué resuelve Grondona. Porque aparecerán voces con asuntos que hasta aquí venían retenidos por los triunfos. Y porque, que embromar, el Mundial sigue adelante.
Me resisto a esa tendencia entrañable de nuestro medio pelo de viajar del “somos los mejores” de la victoria, al “somos los peores” de la derrota.
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