Por Juan Sasturain
Aunque parezca el título de una novela de Umberto Eco, no lo es. El cubo de Palermo es apenas (o nada menos que) el intento de descripción de una forma euclidiana, un cuerpo geométrico ideal, un imaginario paralelepípedo regular (así se dice), un dado descomunal y transparente, un cubo hecho de aire y vértigo, espacio puro de tormenta (diría De Santis): el hábitat natural y de caza, el monoambiente móvil, el espacio vital y mortal, el microclima ominoso, the moveable jail dentro de la cual se movió siempre Martín Palermo –animal, fiera noble y persistente, depredador natural, genuino (de genes) nueve de área– durante todos los años de sus tantas campañas.
Lo de campañas suena bien –mucho mejor que carrera o trayectoria– para Martín, el Campeador. Porque hay todo tipo de goleadores: explosivos, aparatosos y calientes, fríos como cirujanos, ocasionales, solapados, incluso furtivos cazadores de sobras y rebotes, minimalistas... Martín es el goleador franco, alevoso, ostensible, frontal y de referencia, el goleador campante. En él, la vocación es (en términos lógicos) anterior al oficio, y lo sostiene, le da ese plus indefinible. Quiero decir: la disposición, la actitud sostenida precede al desarrollo de la aptitud creciente. Y pareciera que la vocación primera no es jugar al fútbol sino hacer goles. Contemporáneamente, y en otro registro de jugador, sólo en Batistuta se da una condición tan radical y definitiva.
Pero, volviendo al cubo, creo que uno de los secretos de la eficacia de Martín a lo largo de tantos años (con picos de excelencia lejanos en el tiempo, pero que no obstante le han permitido mantenerse vigente hasta ahora en este fútbol nuestro), uno de los secretos –digo, y no descubro nada nuevo– ha sido su capacidad (actitud + aptitud) para ofrecerse como potencial receptor, amplio y generoso, sobre todo para el envío aéreo, de sus ocasionales compañeros.
Quiero decir: cuando alguien apto para la habilitación –fuera el Mellizo, Román o Rodrigo en los últimos años– tenía como referencia a Martín en el área, más precisamente “en la Troya”, que le dicen; ya viniera por derecha o por izquierda para tirar centro atrás rasante o pasado a la carrera; ya lo buscase con tiro libre frontal o habilitación vertical en ataque o contragolpe; cualquiera de esos compañeros sabía, sentía, que el Titán no necesitaba la pelota milimétrica en la cabeza o en el pie zurdo. No: bastaba la mínima aproximación.
La experiencia indica que, en sus mejores momentos, el área de recepción útil de Palermo (el espacio en que cada pelota que le llegaba él podía convertir en aprovechable oportunidad de gol) era, aproximadamente, un cubo de algo más de tres metros de lado: entre 27 y 30 metros cúbicos de corazón de área, con él en el centro. Si la pelota enviada por el compañero caía en algún punto de ese cubo imaginario que solía coincidir con el punto del penal o sus inmediatos alrededores, Martín la alcanzaría, le daría, la desviaría hacia el arco y acaso a la red. De cualquier manera.
Por abajo, por arriba, de lleno o pifiado, con la frente, con el parietal derecho, con el izquierdo, con la coronilla, con la rodilla, estirando el pie, con el pecho o el hombro, zambulléndose con las muelas, de taco, con extraña chilena, con una tijera fuera de los libros, de volea de derecha, de izquierda, de puntazo y de puntín, con los dos pies a la vez, colgándose del travesaño, con el culo, con el tobillo, con la cara, con la oreja y el hombro... Y eso, solo o acompañado: no importó nunca si había otros habitantes ocasionales –marcadores, arquero, compañeros– dentro de su cubo de influencia. El iba. Y llegaba, solía llegar. Siempre.
En los últimos tiempos, la precisión y oportunidad de los proveedores de buenas pelotas aprovechables –incluso por él– escaseó a su alrededor y, en general, en su deslucido equipo. En el mismo sentido, es probable que con los años el cubo virtual haya ido disminuyendo en su tamaño. Es evidente que no llegaba tan lejos ni tantas veces a conectar lo que le tiraban. Sin embargo, Martín siempre fue. A eso se refería Bianchi al definirlo como un “optimista del gol”: nunca calculó el porcentaje de posibilidades que tenía de llegar antes de ir.
Eso lo ha hecho un jugador inclasificable (mucho más inteligente que hábil; más serio que loco) y un goleador único, sostenido por una fortaleza física y mental a toda prueba.
Grande, Martín.
Fuente, Página 12
Decía Walter Benjamín que un libro de citas de otros, sería un libro perfecto, ya que estas enriquecen lo nuestro y convierten nuestra obra en una “obra colectiva”. Lejos de la perfección se encuentra esta iniciativa, pero si vale como lugar donde compartir distintos textos, con el sentido de entender este día a día que nos toca en el mundo. La intención no será cambiarlo, sólo la de tratar de entenderlo.
lunes, junio 13
Usos de la fotografía/ JOHN BERGER
“¿Qué hacía las veces de la fotografía antes de la invención de la cámara fotográfica? La respuesta que uno espera es: el grabado, el dibujo, la pintura. Pero la respuesta más reveladora sería: la memoria. Lo que hacen las fotografías allí fuera, en el espacio exterior a nosotros, se realizaba anteriormente en el marco del pensamiento.
La memoria entraña cierto acto de redención. Lo que se recuerda ha sido salvado de la nada. Lo que se olvida ha quedado abandonado. Si un ojo sobrenatural ve todos los acontecimientos de forma instantánea, fuera del tiempo, la distinción entre recordar y olvidar se transforma en un juicio, en una interpretación de la justicia, según la cual la aprobación se aproxima a ser recordado, y el castigo a ser olvidado.
Con la pérdida de la memoria perdemos asimismo las continuidades del significado y del juicio. La cámara nos libra del peso de la memoria. Nos vigila como lo hace Dios, y vigila por nosotros. Sin embargo, no ha habido dios más cínico, pues la cámara recoge los acontecimientos para olvidarlos.”
http://www.milanesaconpapas.blogspot.com/
La memoria entraña cierto acto de redención. Lo que se recuerda ha sido salvado de la nada. Lo que se olvida ha quedado abandonado. Si un ojo sobrenatural ve todos los acontecimientos de forma instantánea, fuera del tiempo, la distinción entre recordar y olvidar se transforma en un juicio, en una interpretación de la justicia, según la cual la aprobación se aproxima a ser recordado, y el castigo a ser olvidado.
Con la pérdida de la memoria perdemos asimismo las continuidades del significado y del juicio. La cámara nos libra del peso de la memoria. Nos vigila como lo hace Dios, y vigila por nosotros. Sin embargo, no ha habido dios más cínico, pues la cámara recoge los acontecimientos para olvidarlos.”
http://www.milanesaconpapas.blogspot.com/
miércoles, mayo 25
“Lo desnudo y extraño que un árbol puede parecerme”
Por Marilyn Monroe
Carta al Dr. Ralph Greenson (fragmento), 1° de marzo de 1961
“Justo ahora cuando miré por la ventana del hospital, donde la nieve ha cubierto todo de pronto, todo es una especie de verde apagado. La hierba, unos pobres arbustos de hoja perenne –aunque los árboles me dan un poco de esperanza– las desoladas ramas desnudas quizá prometen que habrá primavera y quizá prometen esperanza.
¿Ha visto usted ya Vidas rebeldes? En una de sus secuencias tal vez pueda ver usted lo desnudo y extraño que un árbol puede parecerme. No sé si queda del todo claro en la pantalla –no me gustan algunas de las tomas que eligieron. Cuando empezaba a escribir esta carta había derramado cuatro lágrimas en silencio. No sé bien por qué.
Anoche volví a pasar despierta toda la noche. A veces me pregunto para qué sirve el tiempo nocturno. Casi no existe para mí –todo me parece un largo y horrible día. Bueno, pero pensé que más me valía ser constructiva al respecto y me puse a leer las cartas de Sigmund Freud. Cuando abrí el libro la primera vez encontré la foto de Freud dentro, en frente del título, y me eché a llorar –parecía muy deprimido (la deben de haber tomado muy al final de su vida) murió decepcionado (…) El libro revela (aunque no sé si me parece muy bien que se publiquen las cartas de amor de nadie) que no era tan estricto: quiero decir que su humor triste y amable e incluso su espíritu combativo eran eternos en él.”
Carta al Dr. Ralph Greenson (fragmento), 1° de marzo de 1961
“Justo ahora cuando miré por la ventana del hospital, donde la nieve ha cubierto todo de pronto, todo es una especie de verde apagado. La hierba, unos pobres arbustos de hoja perenne –aunque los árboles me dan un poco de esperanza– las desoladas ramas desnudas quizá prometen que habrá primavera y quizá prometen esperanza.
¿Ha visto usted ya Vidas rebeldes? En una de sus secuencias tal vez pueda ver usted lo desnudo y extraño que un árbol puede parecerme. No sé si queda del todo claro en la pantalla –no me gustan algunas de las tomas que eligieron. Cuando empezaba a escribir esta carta había derramado cuatro lágrimas en silencio. No sé bien por qué.
Anoche volví a pasar despierta toda la noche. A veces me pregunto para qué sirve el tiempo nocturno. Casi no existe para mí –todo me parece un largo y horrible día. Bueno, pero pensé que más me valía ser constructiva al respecto y me puse a leer las cartas de Sigmund Freud. Cuando abrí el libro la primera vez encontré la foto de Freud dentro, en frente del título, y me eché a llorar –parecía muy deprimido (la deben de haber tomado muy al final de su vida) murió decepcionado (…) El libro revela (aunque no sé si me parece muy bien que se publiquen las cartas de amor de nadie) que no era tan estricto: quiero decir que su humor triste y amable e incluso su espíritu combativo eran eternos en él.”
“Todo lo que puedo ser es yo mismo”
Nació el 24 de mayo de 1941, un día como hoy hace exactamente 70 años. La vigencia de un talento capaz de reinventarse y sorprender permanentemente.
Quién es Dylan, Bob Dylan? ¿El joven cantautor de protesta que enamoró a todos con himnos como “Blowin’ inThe Wind” o “The Times They Are A-changin’”, pero que causaba impresión y rechazo entre los más puristas por su voz nasal y armónicas disonantes? ¿El judas que electrificó el folk y dejaba a los periodistas pagando en las conferencias de prensa? ¿El místico que desapareció una temporada después de casi perder la vida en una accidente de moto y volvió más taciturno y vaquero que nunca? ¿El cristiano judío que cantó para el Papa y dictaminó: “Al Papa no se le puede decir que no”? ¿El blasfemo que se cagó en todas las convenciones religiosas, morales y políticas, incluso –o especialmente– las convenciones de izquierda? ¿El mujeriego que nunca hizo gala de sus conquistas y registró como nadie el dolor de sus divorcios? ¿El ícono pop? ¿El mesías? ¿El agreta? La lista podría seguir, y sin embargo ni aun así podríamos llegar a abarcar las infinitas aristas de una figura que marcó como pocos el siglo que pasó y que hoy, a sus 70 años recién cumplidos, sigue dando que hablar.
Las declaraciones de Dylan siempre fueron enigmáticas, pero también tuvieron su buena dosis de atractiva obviedad. Por ejemplo: “Detrás de toda cosa bella hay algún tipo de dolor”, “Todo lo que puedo ser es yo mismo, y quién sabe qué significa eso”, “A veces no alcanza con saber lo que significan las cosas: a veces necesitás saber lo que no significan”, “Un hombre es exitoso si logra levantarse a la mañana, acostarse a la noche y, en el medio, hacer lo que tiene ganas de hacer”. Como si Robert Allen Zimmerman, tal su verdadero nombre, nos estuviera diciendo, no sin cierta sorna: “No se trata de descubrir el misterio del mundo, sino de aceptarlo.”
Como sea, ya el primer Dylan, el de principios de los años sesenta, nació revolucionario. En un planeta que iba directo a la convulsión global, con los asesinatos de John F. Kennedy y Martin Luther King, más la aparición de los Beatles como nueva cultura joven con sus propios parámetros estéticos y morales, y la asunción de los hippies y el flower power como rechazo al sistema por vía del abandono, este muchacho criado en Minnesota pero formado artísticamente en el Greenwich Village de Nueva York (el hervidero bohemio de la época) pareció condensar críticamente las aristas dañinas de ese nuevo mundo. Su disco The Freewheelin’..., editado en 1962, rápidamente se convirtió en la nueva esperanza folk por su fuerza renovada, himnos de protesta y una sensación de que se estaba ante algo poderoso en su sencillez.
Y lo fue. Es el Dylan que, por ejemplo, marcó a Tanguito, Moris, Nebbia y la naciente juventud melenuda que naufragaba de La Cueva a La Perla del Once y tomó sus letras como fehaciente comprobación de que se podía ser veinteañero y desalineado, y a la vez cantar algo sabio y trascendente. O el que, algunos años después, hizo despertar la vocación juglar de León Gieco, que inmediatamente abandonó su Cañada Rosquín natal para radicarse en Buenos Aires y cantarle –con su propia acústica y armónica colgada al cuello– “a los hombres de hierro” de la dictadura de Lanusse. “Los grandes compositores del mundo son Silvio Rodríguez, Joan Manuel Serrat y Bob Dylan”, suele decir el autor de “Sólo le pido a Dios”. Sin embargo, se trató apenas del primer Dylan (el primer Dylan público, al menos). Y quizás, también, el más pobre. El constreñido en un solo lugar: la advertencia. Y, ya se veía, Dylan no sólo quería advertir (o advertir a los que advertían) sino patear la mesa.
“¡Judas!”, le gritaron cuando en el ’65 estrenó, primero, la eléctrica “Like a Rolling Stone”, y después la tocó en vivo en un festival folk. Parte de su público no podía entender (ni aceptar) que abandonara no sólo el sonido acústico sino también su predicamento político. “¿Qué pasa con el profeta que ya no profetiza?”, se encandalizaron. Y era verdad: el Dylan diáfano, serio y profundo que mostraban las portadas de sus primeros álbumes rápidamente había dado lugar a otro bastante más flaco y cáustico, ya con sus rulos a cuestas y sus infaltables lentes negros. Un Dylan que parecía estar cagándose en todos. Y, antes que todos, en sí mismo.
Es la época en que introdujo a los Beatles en la marihuana y le enseñó a Lennon las bondades de una letra que fuera más allá de “Yeah Yeah Yeah” (Los Fab Four luego lo retribuyeron con “You’ve Got To Hide Your Love Away” y “Norwegian Wood”). También es la época de discos como Highway 61 Revisited (1965) y Blonde on Blonde (1966) con temas como “Just Like a Woman” y la citada “Like a Rolling Stone”, considerada “el mejor tema de la historia del rock” en una histórica encuesta entre músicos, autores, críticos y representantes de la industria, y que hoy es utilizada para ejemplificar al Dylan canónico que influenció al “rock” en general (ya no sólo “folk”), desde los mismísimos Lennon y McCartney hasta Neil Young, Bruce Springsteen, Patti Smith e incluso David Bowie, quien le dedicó “Song for Dylan” de su disco Hunky Dory (1971). El Dylan que, a su vez, tomó Andrés Calamaro para su brillante Honestidad Brutal (1999).
De ahí en más, para un artista que ya había mutado un par de veces sin perecer en el intento, cualquiera hubiera esperado sólo descenso o, a lo sumo, repetición. Pero Dylan tenía más ases escondidos bajo la manga. Y del nunca aclarecido accidente de moto (otro de los misterios de su biografía) que lo mantuvo alejado durante la temporada ’67-’68 (años clave para el surgimiento del rock como estamento contracultural), Dylan volvió a contramano de todo. Si los hippies y el flower pop proponían no combatir el sistema sino darle la espalda, y todos –desde los Beatles hasta los Rolling Stones– se enamoraban de la psicodelia, el autor de “Mr. Tambourine Man” se mudó a Nashville (la contracara de California) y reencarnó en un cowboy enamorado del country y fanático de Johnny Cash (por entonces, una figura desestimada por la cultura joven). Son los años de “Lay Lady Lay” y “Forever young”, del icónico acompañamiento de The Band, y tiempo después, de discos considerados pésimos por la crítica como Self portrait (1970), pero también de obras maestras como Blood on the tracks (1975), quizás el mejor álbum de divorcio alguna vez registrado.
Pero... ¿por qué Dylan es Dylan?, fue la pregunta que se hicieron durante muchos años no sólo quienes lo adoraban sin matices sino también aquellos que no podían entender cómo un compositor aparentemente rudimentario y claramente disonante pudiera llegar a acaparar tantos elogios y tanta pero tanta atención. Y actos como la conversión al cristianismo de fines de los ’70 o la gira interminable de principios de los ’90 lucían tan incomprensibles y geniales. “Yo acepto el caos –decía– de lo que no estoy seguro es que el caos me acepte a mí.”
A sus 70 años, entonces, corresponde preguntarse: ¿Es que nunca va a envejecer? ¿Nunca va a ponerse gagá? Lo primero ya ocurrió. Lo segundo, nos lo debe. Y probablemente nunca ocurra si tomamos en cuenta sus últimos discos que, no casualmente, se encuentran entre los más brillantes de toda su carrera: Time Out of Mind, Love And Theft y Modern Times. Una trilogía otoñal perfecta que trajo la novedad de una voz de crooner aguardentosa, pero la mirada insondable y mala onda de antes. Un nuevo Dylan, el Dylan de siempre.
Por Juan Manuel Strassburger para Tiempo Argentino
Quién es Dylan, Bob Dylan? ¿El joven cantautor de protesta que enamoró a todos con himnos como “Blowin’ inThe Wind” o “The Times They Are A-changin’”, pero que causaba impresión y rechazo entre los más puristas por su voz nasal y armónicas disonantes? ¿El judas que electrificó el folk y dejaba a los periodistas pagando en las conferencias de prensa? ¿El místico que desapareció una temporada después de casi perder la vida en una accidente de moto y volvió más taciturno y vaquero que nunca? ¿El cristiano judío que cantó para el Papa y dictaminó: “Al Papa no se le puede decir que no”? ¿El blasfemo que se cagó en todas las convenciones religiosas, morales y políticas, incluso –o especialmente– las convenciones de izquierda? ¿El mujeriego que nunca hizo gala de sus conquistas y registró como nadie el dolor de sus divorcios? ¿El ícono pop? ¿El mesías? ¿El agreta? La lista podría seguir, y sin embargo ni aun así podríamos llegar a abarcar las infinitas aristas de una figura que marcó como pocos el siglo que pasó y que hoy, a sus 70 años recién cumplidos, sigue dando que hablar.
Las declaraciones de Dylan siempre fueron enigmáticas, pero también tuvieron su buena dosis de atractiva obviedad. Por ejemplo: “Detrás de toda cosa bella hay algún tipo de dolor”, “Todo lo que puedo ser es yo mismo, y quién sabe qué significa eso”, “A veces no alcanza con saber lo que significan las cosas: a veces necesitás saber lo que no significan”, “Un hombre es exitoso si logra levantarse a la mañana, acostarse a la noche y, en el medio, hacer lo que tiene ganas de hacer”. Como si Robert Allen Zimmerman, tal su verdadero nombre, nos estuviera diciendo, no sin cierta sorna: “No se trata de descubrir el misterio del mundo, sino de aceptarlo.”
Como sea, ya el primer Dylan, el de principios de los años sesenta, nació revolucionario. En un planeta que iba directo a la convulsión global, con los asesinatos de John F. Kennedy y Martin Luther King, más la aparición de los Beatles como nueva cultura joven con sus propios parámetros estéticos y morales, y la asunción de los hippies y el flower power como rechazo al sistema por vía del abandono, este muchacho criado en Minnesota pero formado artísticamente en el Greenwich Village de Nueva York (el hervidero bohemio de la época) pareció condensar críticamente las aristas dañinas de ese nuevo mundo. Su disco The Freewheelin’..., editado en 1962, rápidamente se convirtió en la nueva esperanza folk por su fuerza renovada, himnos de protesta y una sensación de que se estaba ante algo poderoso en su sencillez.
Y lo fue. Es el Dylan que, por ejemplo, marcó a Tanguito, Moris, Nebbia y la naciente juventud melenuda que naufragaba de La Cueva a La Perla del Once y tomó sus letras como fehaciente comprobación de que se podía ser veinteañero y desalineado, y a la vez cantar algo sabio y trascendente. O el que, algunos años después, hizo despertar la vocación juglar de León Gieco, que inmediatamente abandonó su Cañada Rosquín natal para radicarse en Buenos Aires y cantarle –con su propia acústica y armónica colgada al cuello– “a los hombres de hierro” de la dictadura de Lanusse. “Los grandes compositores del mundo son Silvio Rodríguez, Joan Manuel Serrat y Bob Dylan”, suele decir el autor de “Sólo le pido a Dios”. Sin embargo, se trató apenas del primer Dylan (el primer Dylan público, al menos). Y quizás, también, el más pobre. El constreñido en un solo lugar: la advertencia. Y, ya se veía, Dylan no sólo quería advertir (o advertir a los que advertían) sino patear la mesa.
“¡Judas!”, le gritaron cuando en el ’65 estrenó, primero, la eléctrica “Like a Rolling Stone”, y después la tocó en vivo en un festival folk. Parte de su público no podía entender (ni aceptar) que abandonara no sólo el sonido acústico sino también su predicamento político. “¿Qué pasa con el profeta que ya no profetiza?”, se encandalizaron. Y era verdad: el Dylan diáfano, serio y profundo que mostraban las portadas de sus primeros álbumes rápidamente había dado lugar a otro bastante más flaco y cáustico, ya con sus rulos a cuestas y sus infaltables lentes negros. Un Dylan que parecía estar cagándose en todos. Y, antes que todos, en sí mismo.
Es la época en que introdujo a los Beatles en la marihuana y le enseñó a Lennon las bondades de una letra que fuera más allá de “Yeah Yeah Yeah” (Los Fab Four luego lo retribuyeron con “You’ve Got To Hide Your Love Away” y “Norwegian Wood”). También es la época de discos como Highway 61 Revisited (1965) y Blonde on Blonde (1966) con temas como “Just Like a Woman” y la citada “Like a Rolling Stone”, considerada “el mejor tema de la historia del rock” en una histórica encuesta entre músicos, autores, críticos y representantes de la industria, y que hoy es utilizada para ejemplificar al Dylan canónico que influenció al “rock” en general (ya no sólo “folk”), desde los mismísimos Lennon y McCartney hasta Neil Young, Bruce Springsteen, Patti Smith e incluso David Bowie, quien le dedicó “Song for Dylan” de su disco Hunky Dory (1971). El Dylan que, a su vez, tomó Andrés Calamaro para su brillante Honestidad Brutal (1999).
De ahí en más, para un artista que ya había mutado un par de veces sin perecer en el intento, cualquiera hubiera esperado sólo descenso o, a lo sumo, repetición. Pero Dylan tenía más ases escondidos bajo la manga. Y del nunca aclarecido accidente de moto (otro de los misterios de su biografía) que lo mantuvo alejado durante la temporada ’67-’68 (años clave para el surgimiento del rock como estamento contracultural), Dylan volvió a contramano de todo. Si los hippies y el flower pop proponían no combatir el sistema sino darle la espalda, y todos –desde los Beatles hasta los Rolling Stones– se enamoraban de la psicodelia, el autor de “Mr. Tambourine Man” se mudó a Nashville (la contracara de California) y reencarnó en un cowboy enamorado del country y fanático de Johnny Cash (por entonces, una figura desestimada por la cultura joven). Son los años de “Lay Lady Lay” y “Forever young”, del icónico acompañamiento de The Band, y tiempo después, de discos considerados pésimos por la crítica como Self portrait (1970), pero también de obras maestras como Blood on the tracks (1975), quizás el mejor álbum de divorcio alguna vez registrado.
Pero... ¿por qué Dylan es Dylan?, fue la pregunta que se hicieron durante muchos años no sólo quienes lo adoraban sin matices sino también aquellos que no podían entender cómo un compositor aparentemente rudimentario y claramente disonante pudiera llegar a acaparar tantos elogios y tanta pero tanta atención. Y actos como la conversión al cristianismo de fines de los ’70 o la gira interminable de principios de los ’90 lucían tan incomprensibles y geniales. “Yo acepto el caos –decía– de lo que no estoy seguro es que el caos me acepte a mí.”
A sus 70 años, entonces, corresponde preguntarse: ¿Es que nunca va a envejecer? ¿Nunca va a ponerse gagá? Lo primero ya ocurrió. Lo segundo, nos lo debe. Y probablemente nunca ocurra si tomamos en cuenta sus últimos discos que, no casualmente, se encuentran entre los más brillantes de toda su carrera: Time Out of Mind, Love And Theft y Modern Times. Una trilogía otoñal perfecta que trajo la novedad de una voz de crooner aguardentosa, pero la mirada insondable y mala onda de antes. Un nuevo Dylan, el Dylan de siempre.
Por Juan Manuel Strassburger para Tiempo Argentino
jueves, mayo 19
El canto del viento
Corre sobre las llanuras, selvas y montañas, un infinito viento generoso.
En una inmensa e invisible bolsa va reco-giendo todos los sonidos, palabras y rumores de la tierra nuestra. El grito, el canto, el silbo, el rezo, toda la verdad cantada o llorada por los hombres, los montes y los pájaros van a parar a la hechizada bolsa del Viento.
Pero a veces la carga es colosal, y termina por romper los costados de la alforja infinita.
Entonces, el Viento deja caer sobre la tierra, a través de la brecha abierta, la hilacha de una melodía, el ay de una copla, la breve gracia de un silbido, un refrán, un pedazo de corazón escondido en la curva de una vidalita, la punta de flecha de un adiós bagualero.
Y el viento pasa, y se va. Y quedan sobre los pastos las “yapitas” caídas en su viaje.
Esas “yapitas”, cuentas de un rosario lírico, soportan el tiempo, el olvido, las tempestades. Según su condición o calidad, se desmenuzan, se quiebran y se pierden. Otras, permanecen intactas. Otras, se enriquecen, como si el tiempo y el olvido -la alqui-mia cósmica- les hicieran alcanzar una condición de joya milagrosa.
Pero llega un momento en que son halladas estas “yapitas” del alma de los pueblos. Alguien las encuentra un día.
¿Quién las encuentra?
Pues los muchachos que andan por los campos por el valle soleado, por los senderos de la selva en la siesta, por los duros caminos de la sierra, o junto a los arroyos, a junto a los fogones. Las en-cuentran los hombres del oscuro destino, los brazos zafreros, los héroes del socavón, el arriero que des-pedaza su grito en los abismos, el juglar desvelado y sin sosiego.
Las encuentran las guitarras después de vencido el dolor, meditación y silencio trans-formados en dignidad sonora. Las encuentran las flautas indias, las que esparcieron por el Ande las cenizas de tantos yaravíes.
Y con el tiempo, changos, y hombres, y pájaros, y guitarras, elevan sus voces en la noche argentina, o en las claras mañanas, o en las tardes pensativas, devolviéndole al Viento las hilachitas del canto perdido.
Por eso hay que hacerse amigo, muy amigo del Viento. Hay que escucharlo. Hay que entenderlo. Hay que amarlo. Y seguirlo. Y soñarlo. Aquel que sea capaz de entender el lenguaje y el rumbo del Viento, de comprender su voz y su destino, hallará siempre el rumbo, alcanzará la copla, penetrará en el Canto.
ATAHUALPA YUPANQUI
En una inmensa e invisible bolsa va reco-giendo todos los sonidos, palabras y rumores de la tierra nuestra. El grito, el canto, el silbo, el rezo, toda la verdad cantada o llorada por los hombres, los montes y los pájaros van a parar a la hechizada bolsa del Viento.
Pero a veces la carga es colosal, y termina por romper los costados de la alforja infinita.
Entonces, el Viento deja caer sobre la tierra, a través de la brecha abierta, la hilacha de una melodía, el ay de una copla, la breve gracia de un silbido, un refrán, un pedazo de corazón escondido en la curva de una vidalita, la punta de flecha de un adiós bagualero.
Y el viento pasa, y se va. Y quedan sobre los pastos las “yapitas” caídas en su viaje.
Esas “yapitas”, cuentas de un rosario lírico, soportan el tiempo, el olvido, las tempestades. Según su condición o calidad, se desmenuzan, se quiebran y se pierden. Otras, permanecen intactas. Otras, se enriquecen, como si el tiempo y el olvido -la alqui-mia cósmica- les hicieran alcanzar una condición de joya milagrosa.
Pero llega un momento en que son halladas estas “yapitas” del alma de los pueblos. Alguien las encuentra un día.
¿Quién las encuentra?
Pues los muchachos que andan por los campos por el valle soleado, por los senderos de la selva en la siesta, por los duros caminos de la sierra, o junto a los arroyos, a junto a los fogones. Las en-cuentran los hombres del oscuro destino, los brazos zafreros, los héroes del socavón, el arriero que des-pedaza su grito en los abismos, el juglar desvelado y sin sosiego.
Las encuentran las guitarras después de vencido el dolor, meditación y silencio trans-formados en dignidad sonora. Las encuentran las flautas indias, las que esparcieron por el Ande las cenizas de tantos yaravíes.
Y con el tiempo, changos, y hombres, y pájaros, y guitarras, elevan sus voces en la noche argentina, o en las claras mañanas, o en las tardes pensativas, devolviéndole al Viento las hilachitas del canto perdido.
Por eso hay que hacerse amigo, muy amigo del Viento. Hay que escucharlo. Hay que entenderlo. Hay que amarlo. Y seguirlo. Y soñarlo. Aquel que sea capaz de entender el lenguaje y el rumbo del Viento, de comprender su voz y su destino, hallará siempre el rumbo, alcanzará la copla, penetrará en el Canto.
ATAHUALPA YUPANQUI
miércoles, mayo 11
Bin Laden y los chicos malos
Así que el chico malo está muerto. Y para mostrar cuán nobles son aquellos que lo mataron dijeron que lo arrojaron al mar respetando el rito musulmán para que nadie diga que son unos salvajes. Nosotros –el bien- nos comportamos muy diferente a ellos, que son el mal. Así de sencillo. Desde el prestigioso columnista del New York Times Thomas Friedman hasta Barack Obama usan y abusan del término “the bad guys” (los chicos malos) para dividir al mundo con categoría simplistas e inmutables. Esto no es nuevo, ya hace cuarenta años Ariel Dorfman y Armand Mattelart lo explicaron de manera brillante en su famoso libro “Para leer al Pato Donald”. Esta visión absurda de la realidad puede convencer a gran parte de los estadounidenses, tan afectos a pensar en términos de buenos y malos. Difícilmente se detengan a pensar porqué muchos “chicos malos” fueron “buenos” mientras eran funcionales o aliados; desde Saddam Hussein hasta Bin Laden, antes de que éste se convirtiera en el enemigo público número uno.
Seguramente, cuando pase la euforia y el show mediático algún funcionario del Departamento de Estado revisará sus papeles y encontrará los motivos por los cuales el ignoto Bin Laden se convirtió en el terrorista más buscado sobre la tierra. Si lo hace, se dará cuenta que después de combatir a los soviéticos se sublevó contra la presencia de tropas norteamericanas en Arabia Saudita que llegaron con la excusa de que Saddam Hussein se había apoderado de Kuwait en agosto de 1990 y planeaba invadir también el reino de la dinastía Al Saud, algo que nunca sucedió. Si es astuto, se preguntará si tendrá algún efecto negativo que hoy haya más tropas que antes en el Golfo, ya que muchos de sus “buenos muchachos” están en Kuwait, Bahrein, Emiratos Arabes Unidos, Catar y Yemen. Recordará que una de las banderas de Bin Laden era la masacre de los musulmanes en Bosnia, pero rápidamente se dirá que allí la guerra ya ha finalizado. También se percatará de que los chechenos continúan en guerra, pero se dirá que es un problema ruso. Pensará que hay que resolver el conflicto palestino-israelí, pero como muy pocos palestinos recurren ahora a la violencia se tranquilizará porque el sentir de los árabes importa poco o nada en el Departamento de Estado, y sus jefes creerán que pueden seguir con su apoyo incondicional al Estado de Israel.
El problema surgirá cuando despliegue un mapa del mundo árabe y no sepa distinguir si los “buenos muchachos” son los gobernantes que se aferran al poder y reprimen a sus pueblos, o aquellos que los combaten. Y allí, tal vez tome conciencia de que matando a Bin Laden no han resuelto absolutamente nada.
fuente, www.http://www.pedrobrieger.blogspot.com/
Seguramente, cuando pase la euforia y el show mediático algún funcionario del Departamento de Estado revisará sus papeles y encontrará los motivos por los cuales el ignoto Bin Laden se convirtió en el terrorista más buscado sobre la tierra. Si lo hace, se dará cuenta que después de combatir a los soviéticos se sublevó contra la presencia de tropas norteamericanas en Arabia Saudita que llegaron con la excusa de que Saddam Hussein se había apoderado de Kuwait en agosto de 1990 y planeaba invadir también el reino de la dinastía Al Saud, algo que nunca sucedió. Si es astuto, se preguntará si tendrá algún efecto negativo que hoy haya más tropas que antes en el Golfo, ya que muchos de sus “buenos muchachos” están en Kuwait, Bahrein, Emiratos Arabes Unidos, Catar y Yemen. Recordará que una de las banderas de Bin Laden era la masacre de los musulmanes en Bosnia, pero rápidamente se dirá que allí la guerra ya ha finalizado. También se percatará de que los chechenos continúan en guerra, pero se dirá que es un problema ruso. Pensará que hay que resolver el conflicto palestino-israelí, pero como muy pocos palestinos recurren ahora a la violencia se tranquilizará porque el sentir de los árabes importa poco o nada en el Departamento de Estado, y sus jefes creerán que pueden seguir con su apoyo incondicional al Estado de Israel.
El problema surgirá cuando despliegue un mapa del mundo árabe y no sepa distinguir si los “buenos muchachos” son los gobernantes que se aferran al poder y reprimen a sus pueblos, o aquellos que los combaten. Y allí, tal vez tome conciencia de que matando a Bin Laden no han resuelto absolutamente nada.
fuente, www.http://www.pedrobrieger.blogspot.com/
martes, mayo 3
Antes del fin
Por Ernesto Sábato, 1911-2011
Me llamo Ernesto, porque cuando nací, el 24 de junio de 1911, día del nacimiento de san Juan Bautista, acababa de morir el otro Ernesto, al que, aun en su vejez, mi madre siguió llamando Ernestito, porque murió siendo una criatura. "Aquel niño no era para este mundo", decía. Creo que nunca la vi llorar -tan estoica y valiente fue a lo largo de su vida-, pero, seguramente, lo haya hecho a solas. Y tenía noventa años cuando mencionó, por última vez, con sus ojos humedecidos, al remoto Ernestito. Lo que prueba que los años, las desdichas, las desilusiones, lejos de facilitar el olvido, como se suele creer, tristemente lo refuerzan.
Aquel nombre, aquella tumba, siempre tuvieron para mí algo de nocturno, y tal vez haya sido la causa de mi existencia tan dificultosa, al haber sido marcado por esa tragedia, ya que entonces estaba en el vientre de mi madre; y motivó, quizá, los misteriosísimos pavores que sufrí de chico, las alucinaciones en las que de pronto alguien se me aproximaba con una linterna, un hombre a quien me era imposible evitar, aunque me escondiera temblando debajo de las cobijas. O aquella otra pesadilla en la que me sentía solo en una cósmica bóveda, tiritando ante algo o alguien -no lo puedo precisar- que vagamente me recordaba a mi padre. Durante mucho tiempo padecí sonambulismo. Yo me levantaba desde el último cuarto donde dormíamos con Arturo, mi hermano menor, y, sin tropezar jamás ni despertarme, iba hasta el dormitorio de mis padres, hablaba con mamá y luego volvía a mi cuarto. Me acostaba sin saber nada de lo que había pasado, sin la menor conciencia. De modo que cuando a la mañana ella me decía, con tristeza -¡tanto sufrió por mí!-, con voz apenas audible: "Anoche te levantaste y me pediste agua", yo sentía un extraño temblor. Ella temía ese sonambulismo, me lo dijo muchos años más tarde, cuando me enviaron a La Plata para hacer los estudios secundarios, y ya ella no estuvo para protegerme. Pobre mamá, no comprendía, ni yo tampoco en aquel entonces, que ese tormento en gran parte era el resultado de la convivencia espartana, regida por mi padre.
La tierra de mi infancia, como un pueblo estremecido por fuerzas extrañas, se hallaba invadida por el terror que sentía hacia él. Lloraba a escondidas, ya que nos estaba prohibido hacerlo, y, para evitar sus ataques de violencia, mamá corría a ocultarme. Con tal desesperación mi madre se había aferrado a mí para protegerme, sin desearlo, ya que su amor y su bondad eran infinitos, que acabó aislándome del mundo. Convertido en un niño solo y asustado, desde la ventana contemplaba el mundo de trompos y escondidas que me había sido vedado.
De alguna manera, nunca dejé de ser el niño solitario que se sintió abandonado, por lo que he vivido bajo una angustia semejante a la de Pessoa: "Seré siempre el que esperó a que le abrieran la puerta, junto a un muro sin puerta".
Y así, de una u otra forma, necesité compasión y cariño.
Me llamo Ernesto, porque cuando nací, el 24 de junio de 1911, día del nacimiento de san Juan Bautista, acababa de morir el otro Ernesto, al que, aun en su vejez, mi madre siguió llamando Ernestito, porque murió siendo una criatura. "Aquel niño no era para este mundo", decía. Creo que nunca la vi llorar -tan estoica y valiente fue a lo largo de su vida-, pero, seguramente, lo haya hecho a solas. Y tenía noventa años cuando mencionó, por última vez, con sus ojos humedecidos, al remoto Ernestito. Lo que prueba que los años, las desdichas, las desilusiones, lejos de facilitar el olvido, como se suele creer, tristemente lo refuerzan.
Aquel nombre, aquella tumba, siempre tuvieron para mí algo de nocturno, y tal vez haya sido la causa de mi existencia tan dificultosa, al haber sido marcado por esa tragedia, ya que entonces estaba en el vientre de mi madre; y motivó, quizá, los misteriosísimos pavores que sufrí de chico, las alucinaciones en las que de pronto alguien se me aproximaba con una linterna, un hombre a quien me era imposible evitar, aunque me escondiera temblando debajo de las cobijas. O aquella otra pesadilla en la que me sentía solo en una cósmica bóveda, tiritando ante algo o alguien -no lo puedo precisar- que vagamente me recordaba a mi padre. Durante mucho tiempo padecí sonambulismo. Yo me levantaba desde el último cuarto donde dormíamos con Arturo, mi hermano menor, y, sin tropezar jamás ni despertarme, iba hasta el dormitorio de mis padres, hablaba con mamá y luego volvía a mi cuarto. Me acostaba sin saber nada de lo que había pasado, sin la menor conciencia. De modo que cuando a la mañana ella me decía, con tristeza -¡tanto sufrió por mí!-, con voz apenas audible: "Anoche te levantaste y me pediste agua", yo sentía un extraño temblor. Ella temía ese sonambulismo, me lo dijo muchos años más tarde, cuando me enviaron a La Plata para hacer los estudios secundarios, y ya ella no estuvo para protegerme. Pobre mamá, no comprendía, ni yo tampoco en aquel entonces, que ese tormento en gran parte era el resultado de la convivencia espartana, regida por mi padre.
La tierra de mi infancia, como un pueblo estremecido por fuerzas extrañas, se hallaba invadida por el terror que sentía hacia él. Lloraba a escondidas, ya que nos estaba prohibido hacerlo, y, para evitar sus ataques de violencia, mamá corría a ocultarme. Con tal desesperación mi madre se había aferrado a mí para protegerme, sin desearlo, ya que su amor y su bondad eran infinitos, que acabó aislándome del mundo. Convertido en un niño solo y asustado, desde la ventana contemplaba el mundo de trompos y escondidas que me había sido vedado.
De alguna manera, nunca dejé de ser el niño solitario que se sintió abandonado, por lo que he vivido bajo una angustia semejante a la de Pessoa: "Seré siempre el que esperó a que le abrieran la puerta, junto a un muro sin puerta".
Y así, de una u otra forma, necesité compasión y cariño.
miércoles, abril 27
70 años de El Ciudadano
El 1 de mayo de 1941 se estrenó en Nueva York la ópera prima de Orson Welles, que se convirtió en un clásico indiscutido del séptimo arte. Por qué se la considera la mejor película de todos los tiempos.
Por Melisa Miranda Castro
Dicen que la tercera es la vencida y así lo fue para Orson Welles, que antes de estrenar el filme que lo consagró para siempre en la historia del cine y que le permitió ganar su único Oscar –como “Mejor Guión Original”– intentó poner en marcha un par de proyectos que no prosperaron. El próximo 1 de mayo, se cumplirán siete décadas del debut que marcó un antes y un después en el séptimo arte. El ciudadano (Citizen Kane) se proyectó por primera vez en 1941 y revolucionó al mundo con una nueva manera de narrar, comenzando la película con el final y utilizando el flashback para construir el rompecabezas que es la trama. Todos los recursos incorporados por Welles –quien dirigió, escribió y actuó- hicieron que esta película se convirtiera en una pieza única, que inauguró una nueva era cinematográfica, que no pudo dejar de mirarla e inspirarse en ella para continuar evolucionando. La producción llevó nueve meses de montaje y fue protagonizada por Welles, que interpretó el papel de Kane, Joseph Cotten como el periodista y Dorothy Comingore, en la piel de la última esposa del millonario muerto.
El filme cuenta la historia de un magnate de los medios, “Charles Foster Kane”, que muere en su mansión, con sus sirvientes como únicos testigos de su fallecimiento. Su última palabra antes de partir es: “Rosebud”. Esto genera una investigación, encabezada por un periodista, que se encarga de entrevistar a todas las personas que trabajaron con “Kane” o estuvieron relacionadas a él de alguna manera, para averiguar el significado de esa misteriosa palabra. Para escribir esta película, junto con Herman Mankiewicz, Welles se inspiró en William Hearst, un multimillonario estadounidense de la época, promotor de la llamada “prensa amarilla” y considerado el dueño del mayor monopolio periodístico de todos los tiempos. Pero su perfil también cobró fama por su afición desmedida por poseer objetos. Compró palacios y obras de arte de manera compulsiva, y tuvo excentricidades como adquirir el monasterio de Santa María en Segovia y trasladarlo ladrillo a ladrillo a los Estados Unidos. Basado en la explosiva vida de Hearst, Welles escribió el guión de El ciudadano y, aunque cambió nombres y referencias, dejó ciertos guiños, como la palabra “Rosebud”, que “Kane” pronuncia antes de morir, que es el apodo con el que el magnate llamaba a Marion Davies, la actriz que era su pareja; o cuando al principio de la película nombran a próceres norteamericanos y Hearst está entre ellos. La película fue un éxito, a pesar de la campaña de desprestigio que le lanzó el padre del sensacionalismo, desde sus diecisiete diarios, algunas decenas de revistas y varias radios. El círculo íntimo del magnate intentó comprar los derechos para que nunca se pudiera estrenar el filme, pero no lo lograron. Aunque Welles pasó a formar parte de la lista negra de Hollywood.
En agosto de 1941, el mismísimo Jorge Luis Borges se ocupó de escribir la crítica de la película en la revista “Sur”, que concluyó con las siguientes palabras: “Me atrevo a sospechar, sin embargo, que ‘Citizen Kane’ perdurará como ‘perduran’ ciertos filmes de (David Wark) Griffith o de (Vsévolod) Pudovkin, cuyo valor histórico nadie niega, pero que nadie se resigna a rever. Adolece de gigantismo, de pedantería, de tedio. No es inteligente, es genial: en el sentido más nocturno y más alemán de esta mala palabra”.
fuente, http://www.elargentino.com/nota-135297-70-anos-de-El-Ciudadano.html
Por Melisa Miranda Castro
Dicen que la tercera es la vencida y así lo fue para Orson Welles, que antes de estrenar el filme que lo consagró para siempre en la historia del cine y que le permitió ganar su único Oscar –como “Mejor Guión Original”– intentó poner en marcha un par de proyectos que no prosperaron. El próximo 1 de mayo, se cumplirán siete décadas del debut que marcó un antes y un después en el séptimo arte. El ciudadano (Citizen Kane) se proyectó por primera vez en 1941 y revolucionó al mundo con una nueva manera de narrar, comenzando la película con el final y utilizando el flashback para construir el rompecabezas que es la trama. Todos los recursos incorporados por Welles –quien dirigió, escribió y actuó- hicieron que esta película se convirtiera en una pieza única, que inauguró una nueva era cinematográfica, que no pudo dejar de mirarla e inspirarse en ella para continuar evolucionando. La producción llevó nueve meses de montaje y fue protagonizada por Welles, que interpretó el papel de Kane, Joseph Cotten como el periodista y Dorothy Comingore, en la piel de la última esposa del millonario muerto.
El filme cuenta la historia de un magnate de los medios, “Charles Foster Kane”, que muere en su mansión, con sus sirvientes como únicos testigos de su fallecimiento. Su última palabra antes de partir es: “Rosebud”. Esto genera una investigación, encabezada por un periodista, que se encarga de entrevistar a todas las personas que trabajaron con “Kane” o estuvieron relacionadas a él de alguna manera, para averiguar el significado de esa misteriosa palabra. Para escribir esta película, junto con Herman Mankiewicz, Welles se inspiró en William Hearst, un multimillonario estadounidense de la época, promotor de la llamada “prensa amarilla” y considerado el dueño del mayor monopolio periodístico de todos los tiempos. Pero su perfil también cobró fama por su afición desmedida por poseer objetos. Compró palacios y obras de arte de manera compulsiva, y tuvo excentricidades como adquirir el monasterio de Santa María en Segovia y trasladarlo ladrillo a ladrillo a los Estados Unidos. Basado en la explosiva vida de Hearst, Welles escribió el guión de El ciudadano y, aunque cambió nombres y referencias, dejó ciertos guiños, como la palabra “Rosebud”, que “Kane” pronuncia antes de morir, que es el apodo con el que el magnate llamaba a Marion Davies, la actriz que era su pareja; o cuando al principio de la película nombran a próceres norteamericanos y Hearst está entre ellos. La película fue un éxito, a pesar de la campaña de desprestigio que le lanzó el padre del sensacionalismo, desde sus diecisiete diarios, algunas decenas de revistas y varias radios. El círculo íntimo del magnate intentó comprar los derechos para que nunca se pudiera estrenar el filme, pero no lo lograron. Aunque Welles pasó a formar parte de la lista negra de Hollywood.
En agosto de 1941, el mismísimo Jorge Luis Borges se ocupó de escribir la crítica de la película en la revista “Sur”, que concluyó con las siguientes palabras: “Me atrevo a sospechar, sin embargo, que ‘Citizen Kane’ perdurará como ‘perduran’ ciertos filmes de (David Wark) Griffith o de (Vsévolod) Pudovkin, cuyo valor histórico nadie niega, pero que nadie se resigna a rever. Adolece de gigantismo, de pedantería, de tedio. No es inteligente, es genial: en el sentido más nocturno y más alemán de esta mala palabra”.
fuente, http://www.elargentino.com/nota-135297-70-anos-de-El-Ciudadano.html
martes, abril 26
Una mirada al corazón del hambre en Argentina
Cuando se va tras la pista de la desnutrición en comunidades indígenas en el noroeste de Argentina, lo que más impacta es la mirada de desesperanza que se observa en muchos de los habitantes.
Y es que en esta zona norte de la provincia de Salta, cerca de Bolivia, la pobreza no se puede disimular.
En lo que va de año al menos 10 niños han muerto en esta región por problemas directos o indirectos de desnutrición, el doble de todo el 2010.
El problema afecta principalmente a la comunidad Wichi, de unas 30.000 personas, distribuidas a lo largo de unas 200 pequeñas aldeas o caseríos en la provincia.
Las de los Wichi son viviendas endebles, sin paredes, cubiertas con sábanas, situadas en medio de barriales.
Las autoridades, médicos y organizaciones no gubernamentales dicen que hay varias causas que explican las muertes de los niños. Pero todos coinciden en el propio argumento del Wichi: los bosques de donde obtenían sus alimentos fueron aplanados por la agricultura.
Lo irónico es que fueron estos mismos campos de cultivos los que en el último lustro convirtieron a Argentina en uno de los mayores exportadores de alimentos del mundo y que impulsaron el crecimiento de 9,5% del PIB que tuvo el país el año pasado.
Rabia
"Yo lo único que sé es que es por falta de alimentos. Muchas veces el trabajo no nos da suficiente para comprar lo necesario", contó a BBC Mundo Marcelino Pérez, cacique de una comunidad llamada Lapacho II, en las afueras un pueblo llamado Tartagal.
Marcelino no sólo está enterado del problema de desnutrición, vivió sus consecuencias en carne propia. Su nieto murió hace algunas semanas por una diarrea, pero que se complicó por la falta de nutrientes en su cuerpo.
Su rostro no es triste ni compungido al recordar el hecho. Más bien es de resignación. Luego vuelve la mirada de desesperanza que pasa ligeramente a la rabia a medida que Marcelino se suelta a hablar.
"Nosotros tenemos aquí a chiquitos muriéndose de hambre y aquí al lado está toda esa comida. Yo me pregunto ¿a dónde va?", señala.
La respuesta para Marcelino es China. Al lado de Lapacho II, como en toda la región, hay miles de hectáreas de plantaciones de soja o maíz cuyo destino suele ser el mercado chino.
Todos estos cultivos ahora están en el lugar de lo que durante siglos fueron bosques. Según el gobierno regional de Salta, entre 1998 y 2005 la deforestación para el campo llegó a unas 600.000 hectáreas, algo así como cuatro veces la Ciudad de México.
Nueva vida
Para el Wichi eso fue un cambio radical en su forma de vida. Esta es una tribu milenaria que estaba acostumbrada a vivir de los bosques por su naturaleza de recolectores y cazadores, en especial de frutas altas en proteína o del pescado del río.
Ahora su principal fuente de alimento son los comedores gubernamentales o los subsidios que reciben.
"Antes de tener este problema de desnutrición podíamos ir al monte a buscar alimento, y con eso nos manteníamos. Ya no", señaló Marcelino.
En el viaje efectuado por la región, BBC Mundo pudo constatar la existencia de kilómetros y kilómetros de campos agrícolas de grandes corporaciones. Incluso hay comunidades indígenas que son prácticamente "islas" dentro de una plantación, cuyas vías de acceso son a través de los sembradíos.
"La etnia Wichi ha sufrido particularmente el problema de desnutrición. Por su carácter de recolectores han sufrido el desmonte", señaló a BBC Mundo el ministro de Salud de Salta, Luis Gabriel Chagra Dib.
Otros factores
Las autoridades no clasifican necesariamente cada muerte infantil como desnutrición. Muchas veces queda registrada la causa de muerte (diarrea o deshidratación) pero no el verdadero origen.
"La falta adecuada de los nutrientes que necesitan colaboran en esas muertes", admite el director de salud social de la provincia de salta, Enrique Heredia.
"Otra cosa que influye es que muchas veces las comunidades indígenas están en zonas muy remotas y cuando tienen un problema con un niño creen que se va a mejorar y no alertan de manera temprana", afirma.
Heredia visita regularmente a los caseríos Wichi para brindar atención médica gratuita. Y asegura que la falta de condiciones sanitarias hace que un niño, sobre todo si carece de la nutrición adecuada, puede sufrir un riesgo mortal de alguna infección o enfermedad corriente.
El gobierno de Salta afirma que en los últimos años la mortalidad infantil viene en descenso, y el ministro de Salud asegura que por el hecho de que la provincia se encuentra en medio de una campaña electoral el problema ha sido magnificado por algunos medios.
"Sin embargo, estamos conscientes de la situación, sabemos que hay un problema, y estamos desde hace tiempo trabajando en ello", señaló Chagra Dib.
Las autoridades de la provincia ya entraron en contacto con la UNICEF, el programa de atención infantil de Naciones Unidas, para obtener apoyo que permita a los Wichi adaptarse a una dieta que les dejó la desforestación.
Según la Cooperadora para la Nutrición Infantil (Conin) al menos un cuarto de millón de niños en Argentina sufre algún grado de desnutrición.
Pero la diferencia para el Wichi es que ha sido el llamado progreso económico el que le profundizó sus problemas.
BBC Mundo, Argentina
Y es que en esta zona norte de la provincia de Salta, cerca de Bolivia, la pobreza no se puede disimular.
En lo que va de año al menos 10 niños han muerto en esta región por problemas directos o indirectos de desnutrición, el doble de todo el 2010.
El problema afecta principalmente a la comunidad Wichi, de unas 30.000 personas, distribuidas a lo largo de unas 200 pequeñas aldeas o caseríos en la provincia.
Las de los Wichi son viviendas endebles, sin paredes, cubiertas con sábanas, situadas en medio de barriales.
Las autoridades, médicos y organizaciones no gubernamentales dicen que hay varias causas que explican las muertes de los niños. Pero todos coinciden en el propio argumento del Wichi: los bosques de donde obtenían sus alimentos fueron aplanados por la agricultura.
Lo irónico es que fueron estos mismos campos de cultivos los que en el último lustro convirtieron a Argentina en uno de los mayores exportadores de alimentos del mundo y que impulsaron el crecimiento de 9,5% del PIB que tuvo el país el año pasado.
Rabia
"Yo lo único que sé es que es por falta de alimentos. Muchas veces el trabajo no nos da suficiente para comprar lo necesario", contó a BBC Mundo Marcelino Pérez, cacique de una comunidad llamada Lapacho II, en las afueras un pueblo llamado Tartagal.
Marcelino no sólo está enterado del problema de desnutrición, vivió sus consecuencias en carne propia. Su nieto murió hace algunas semanas por una diarrea, pero que se complicó por la falta de nutrientes en su cuerpo.
Su rostro no es triste ni compungido al recordar el hecho. Más bien es de resignación. Luego vuelve la mirada de desesperanza que pasa ligeramente a la rabia a medida que Marcelino se suelta a hablar.
"Nosotros tenemos aquí a chiquitos muriéndose de hambre y aquí al lado está toda esa comida. Yo me pregunto ¿a dónde va?", señala.
La respuesta para Marcelino es China. Al lado de Lapacho II, como en toda la región, hay miles de hectáreas de plantaciones de soja o maíz cuyo destino suele ser el mercado chino.
Todos estos cultivos ahora están en el lugar de lo que durante siglos fueron bosques. Según el gobierno regional de Salta, entre 1998 y 2005 la deforestación para el campo llegó a unas 600.000 hectáreas, algo así como cuatro veces la Ciudad de México.
Nueva vida
Para el Wichi eso fue un cambio radical en su forma de vida. Esta es una tribu milenaria que estaba acostumbrada a vivir de los bosques por su naturaleza de recolectores y cazadores, en especial de frutas altas en proteína o del pescado del río.
Ahora su principal fuente de alimento son los comedores gubernamentales o los subsidios que reciben.
"Antes de tener este problema de desnutrición podíamos ir al monte a buscar alimento, y con eso nos manteníamos. Ya no", señaló Marcelino.
En el viaje efectuado por la región, BBC Mundo pudo constatar la existencia de kilómetros y kilómetros de campos agrícolas de grandes corporaciones. Incluso hay comunidades indígenas que son prácticamente "islas" dentro de una plantación, cuyas vías de acceso son a través de los sembradíos.
"La etnia Wichi ha sufrido particularmente el problema de desnutrición. Por su carácter de recolectores han sufrido el desmonte", señaló a BBC Mundo el ministro de Salud de Salta, Luis Gabriel Chagra Dib.
Otros factores
Las autoridades no clasifican necesariamente cada muerte infantil como desnutrición. Muchas veces queda registrada la causa de muerte (diarrea o deshidratación) pero no el verdadero origen.
"La falta adecuada de los nutrientes que necesitan colaboran en esas muertes", admite el director de salud social de la provincia de salta, Enrique Heredia.
"Otra cosa que influye es que muchas veces las comunidades indígenas están en zonas muy remotas y cuando tienen un problema con un niño creen que se va a mejorar y no alertan de manera temprana", afirma.
Heredia visita regularmente a los caseríos Wichi para brindar atención médica gratuita. Y asegura que la falta de condiciones sanitarias hace que un niño, sobre todo si carece de la nutrición adecuada, puede sufrir un riesgo mortal de alguna infección o enfermedad corriente.
El gobierno de Salta afirma que en los últimos años la mortalidad infantil viene en descenso, y el ministro de Salud asegura que por el hecho de que la provincia se encuentra en medio de una campaña electoral el problema ha sido magnificado por algunos medios.
"Sin embargo, estamos conscientes de la situación, sabemos que hay un problema, y estamos desde hace tiempo trabajando en ello", señaló Chagra Dib.
Las autoridades de la provincia ya entraron en contacto con la UNICEF, el programa de atención infantil de Naciones Unidas, para obtener apoyo que permita a los Wichi adaptarse a una dieta que les dejó la desforestación.
Según la Cooperadora para la Nutrición Infantil (Conin) al menos un cuarto de millón de niños en Argentina sufre algún grado de desnutrición.
Pero la diferencia para el Wichi es que ha sido el llamado progreso económico el que le profundizó sus problemas.
BBC Mundo, Argentina
lunes, abril 18
Sería la palabra o la vida
Por Javier Chiabrando
Vea usted (y no se me asuste), pero me parece que sería bueno volver a una época donde una palabra podía costarte la vida. Porque hubo una época donde la palabra podía sacudir el imaginario colectivo, la razón pública, el decoro, escandalizar. Quiero decir: hubo una época donde una palabra podía asustar a la sociedad, ruborizarla, obligarla a pensar. Hoy, me temo, eso ya no es posible. Ya no valen ni las palabrotas, ni las ideas exóticas, ni la obscenidad evidente (son demasiado comunes, están en la televisión cada día, cada hora).
Pongamos como ejemplo dos palabras de uso corriente. Una: Patria, que define tantas cosas que al fin no define nada, y que ha sido utilizada de tal manera por los abanderados de las ideas conservadoras o fascistas, que a cualquiera le resulta difícil incluirla en algún texto o discurso doméstico. Prueben y verán. Es verdad que aún resiste en actos escolares o arengas políticas, pero apenas convoca algo en el oyente, cuando no indiferencia.
Es que su sentido ha sido vaciado por uso y abuso. En cierta forma se parece a ciertos slogans publicitarios o propagandísticos que una vez que han sido lanzados al imaginario colectivo ya no pueden volver a usarse sino como parodia. Nadie podría usar la frase "síganme que no los voy a defraudar", o "la casa está en orden" sin hacer un papelón a menos que sea consciente de que es parodia y sólo parodia.
Otra palabra: Héroe. Remite, ya sea desde la óptica de la ficción o de la más pura realidad, a un hombre que arriesga la vida por otros. Puede tratarse de un prócer, como Belgrano, de un ejemplo necesario, como el Sargento Cabral, o de alguien anónimo que se zambulló en un río para salvar a un chico que se ahogaba. Hoy la palabra héroe es utilizada cada domingo cuando un jugador de fútbol hace un gol (con la rodilla, con la nuca o la mano, sobre la hora, y para hacer que su equipo empate y no se vaya al descenso). La epopeya fue suplantada por la banalidad. Repito: la palabra que define la epopeya de un prócer nacional o similares, se usa hoy para identificar a un hombre que comete un acto vulgar, tanto que volverá a repetirse la semana siguiente.
A mediados del siglo XIX, en París, centro cultural del mundo moderno, dos escritores fueron acusados, juzgados, incluso condenados, por escribir un libro. En el caso de Baudelaire, el libro se llamaba Las Flores del Mal. El de Flaubert, Madame Bovary. Releyendo esos libros hoy, cuesta encontrar los motivos del juicio y la condena (aunque en el caso de Flaubert, la condena repercutió en éxito de ventas). El problema de Flaubert era la forma en que trataba la infidelidad de madame Bovary, la mujer que paga con su vida la exaltación romántica con la que enfrenta al mundo que comienza a debatirse en luchas sociales; de ahí el bovarysmo. El problema de Baudelaire era el canto a la pasión, o como dice uno de sus poemas prohibidos entonces: el canto a la "¡Voluptuosidad, sé siempre mi reina!".
Querer recuperar el espíritu de esa época parece una enorme contradicción, porque en definitiva, el escándalo que azotó la obra de Flaubert, Baudelaire y otros, no era más que censura. Lo que da cierta nostalgia es comprobar que esos censores creían en el poder subversivo de la palabra. Sabían, porque eran censores, conservadores, fascistas pero no salames, que una palabra podía despertar al pueblo, convencerlo de que existe un mundo mejor (en la tierra), de que a veces conviene rebelarse, de que buscar el cambio es razonable y saludable.
Esta nota, que parece un tanto extemporánea, no lo es tanto si prestamos atención a que hoy, en este país, se da una lucha que además de política, es por la posesión de la palabra, y que cada palabra representa intereses ideológicos enfrentados. Digamos, en este rincón, 6, 7, 8 (y clubes de fans) y en el otro Clarín (y clubes de socios). Y nosotros, de un lado o del otro, aunque nos creamos en el ring side. Esos dos ejemplos, esté donde usted esté ubicado ideológicamente, vendría a ser la palabra dicha con todas las letras. Por oposición a eso, vemos la peor de las cobardías posibles cuando del uso de la palabra se trata: del anonimato, que en este caso se daría con ingeniosas cadenas de correos electrónicos sin autores que dan vuelta por el mundo para decir una bobada tras otras, supuestas verdades cuyo valor propagandístico reside en que caen en manos de aquellos que no necesitan más que excusas para repetir ideas huecas, vacías, anónimas, incomprobables, baratas.
En el mismo sentido van las notas periodísticas escritas en potencial o con signos de preguntas. "¿Es Javier Chiabrando el compositor de las porquerías que canta Ricky Martin?"; "Javier Chiabrando estaría desesperado por entrar a la casa de Gran Hermano". Una vez dichas esas palabras, que ni llegan a ser ideas, darán la vuelta al mundo antes de que usted lea esto. Es otra forma de la colonización de la palabra, tema que intenté desarrollar en una nota anterior: "No contaban con mi astucia". En todo caso si recibe un correo difamándome, bórrelo, que es un virus que hará explotar su computadora y quizá su casa. No, mejor hágalo circular, que es prensa gratis, lo que quizá me garantice entrar a la casa de GH o Ricky me invite a salir del closet juntos (lo pensaría; a entrar me negaría rotundamente).
Le regalo una idea brillante al mundo: crear un diario escrito por completo en potencial. No diría nunca la verdad, pero eso es un tema menor. Ya dije en esa misma nota que la verdad es relativa, lo que importa es tener la palabra. Un diario en potencial lograría la epopeya de banalizar la escritura en potencial al punto de desacreditarla a muerte. El primer ejemplar podría lleva el siguiente título de tapa: "Sería mentira todo lo que había sido considerado verdad". O, como dice el escritor norteamericano Richard Ford: "Cada vez que uno tiene razón, debería estar equivocado". Y agarrate Catalina. Pero no olvide que Catalina sería una caprichosa. ¿Es una caprichosa Catalina?
Fuente, Página 12
Vea usted (y no se me asuste), pero me parece que sería bueno volver a una época donde una palabra podía costarte la vida. Porque hubo una época donde la palabra podía sacudir el imaginario colectivo, la razón pública, el decoro, escandalizar. Quiero decir: hubo una época donde una palabra podía asustar a la sociedad, ruborizarla, obligarla a pensar. Hoy, me temo, eso ya no es posible. Ya no valen ni las palabrotas, ni las ideas exóticas, ni la obscenidad evidente (son demasiado comunes, están en la televisión cada día, cada hora).
Pongamos como ejemplo dos palabras de uso corriente. Una: Patria, que define tantas cosas que al fin no define nada, y que ha sido utilizada de tal manera por los abanderados de las ideas conservadoras o fascistas, que a cualquiera le resulta difícil incluirla en algún texto o discurso doméstico. Prueben y verán. Es verdad que aún resiste en actos escolares o arengas políticas, pero apenas convoca algo en el oyente, cuando no indiferencia.
Es que su sentido ha sido vaciado por uso y abuso. En cierta forma se parece a ciertos slogans publicitarios o propagandísticos que una vez que han sido lanzados al imaginario colectivo ya no pueden volver a usarse sino como parodia. Nadie podría usar la frase "síganme que no los voy a defraudar", o "la casa está en orden" sin hacer un papelón a menos que sea consciente de que es parodia y sólo parodia.
Otra palabra: Héroe. Remite, ya sea desde la óptica de la ficción o de la más pura realidad, a un hombre que arriesga la vida por otros. Puede tratarse de un prócer, como Belgrano, de un ejemplo necesario, como el Sargento Cabral, o de alguien anónimo que se zambulló en un río para salvar a un chico que se ahogaba. Hoy la palabra héroe es utilizada cada domingo cuando un jugador de fútbol hace un gol (con la rodilla, con la nuca o la mano, sobre la hora, y para hacer que su equipo empate y no se vaya al descenso). La epopeya fue suplantada por la banalidad. Repito: la palabra que define la epopeya de un prócer nacional o similares, se usa hoy para identificar a un hombre que comete un acto vulgar, tanto que volverá a repetirse la semana siguiente.
A mediados del siglo XIX, en París, centro cultural del mundo moderno, dos escritores fueron acusados, juzgados, incluso condenados, por escribir un libro. En el caso de Baudelaire, el libro se llamaba Las Flores del Mal. El de Flaubert, Madame Bovary. Releyendo esos libros hoy, cuesta encontrar los motivos del juicio y la condena (aunque en el caso de Flaubert, la condena repercutió en éxito de ventas). El problema de Flaubert era la forma en que trataba la infidelidad de madame Bovary, la mujer que paga con su vida la exaltación romántica con la que enfrenta al mundo que comienza a debatirse en luchas sociales; de ahí el bovarysmo. El problema de Baudelaire era el canto a la pasión, o como dice uno de sus poemas prohibidos entonces: el canto a la "¡Voluptuosidad, sé siempre mi reina!".
Querer recuperar el espíritu de esa época parece una enorme contradicción, porque en definitiva, el escándalo que azotó la obra de Flaubert, Baudelaire y otros, no era más que censura. Lo que da cierta nostalgia es comprobar que esos censores creían en el poder subversivo de la palabra. Sabían, porque eran censores, conservadores, fascistas pero no salames, que una palabra podía despertar al pueblo, convencerlo de que existe un mundo mejor (en la tierra), de que a veces conviene rebelarse, de que buscar el cambio es razonable y saludable.
Esta nota, que parece un tanto extemporánea, no lo es tanto si prestamos atención a que hoy, en este país, se da una lucha que además de política, es por la posesión de la palabra, y que cada palabra representa intereses ideológicos enfrentados. Digamos, en este rincón, 6, 7, 8 (y clubes de fans) y en el otro Clarín (y clubes de socios). Y nosotros, de un lado o del otro, aunque nos creamos en el ring side. Esos dos ejemplos, esté donde usted esté ubicado ideológicamente, vendría a ser la palabra dicha con todas las letras. Por oposición a eso, vemos la peor de las cobardías posibles cuando del uso de la palabra se trata: del anonimato, que en este caso se daría con ingeniosas cadenas de correos electrónicos sin autores que dan vuelta por el mundo para decir una bobada tras otras, supuestas verdades cuyo valor propagandístico reside en que caen en manos de aquellos que no necesitan más que excusas para repetir ideas huecas, vacías, anónimas, incomprobables, baratas.
En el mismo sentido van las notas periodísticas escritas en potencial o con signos de preguntas. "¿Es Javier Chiabrando el compositor de las porquerías que canta Ricky Martin?"; "Javier Chiabrando estaría desesperado por entrar a la casa de Gran Hermano". Una vez dichas esas palabras, que ni llegan a ser ideas, darán la vuelta al mundo antes de que usted lea esto. Es otra forma de la colonización de la palabra, tema que intenté desarrollar en una nota anterior: "No contaban con mi astucia". En todo caso si recibe un correo difamándome, bórrelo, que es un virus que hará explotar su computadora y quizá su casa. No, mejor hágalo circular, que es prensa gratis, lo que quizá me garantice entrar a la casa de GH o Ricky me invite a salir del closet juntos (lo pensaría; a entrar me negaría rotundamente).
Le regalo una idea brillante al mundo: crear un diario escrito por completo en potencial. No diría nunca la verdad, pero eso es un tema menor. Ya dije en esa misma nota que la verdad es relativa, lo que importa es tener la palabra. Un diario en potencial lograría la epopeya de banalizar la escritura en potencial al punto de desacreditarla a muerte. El primer ejemplar podría lleva el siguiente título de tapa: "Sería mentira todo lo que había sido considerado verdad". O, como dice el escritor norteamericano Richard Ford: "Cada vez que uno tiene razón, debería estar equivocado". Y agarrate Catalina. Pero no olvide que Catalina sería una caprichosa. ¿Es una caprichosa Catalina?
Fuente, Página 12
miércoles, marzo 30
Trabajo esclavo
La imagen es demoledora, inaguantablemente dolorosa: familias enteras subsistiendo al rayo del sol en impresentables campamentos, con alimentos en mal estado, niños que aprenden antes a trabajar que a jugar ante la mirada de los modernos señores feudales y sus guardaespaldas mediáticos y de los otros. Son las víctimas del trabajo esclavo, término exagerado –según algunos esclavistas de la Mesa de Enlace y alrededores– que siempre, según esas contaminadas fuentes, surgiría del desconocimiento de las condiciones “lógicas e históricas” de los trabajadores temporarios o golondrinas. En este caso, a confesión de partes, refuerzo de pruebas, testimonios contundentes que pueden rastrearse en el Informe Bialet Massé de 1904, que describe las tremendas condiciones laborales de las familias durante las cosechas y compararlas con las actuales. Decía en su ya clásico informe el médico catalán: “El jornal se paga en vales contra casas de negocios, que cuando más les dan la mitad de su importe en dinero, y la otra mitad en mercaderías, cuando no los obligan a tomar el todo en esta forma, ¡y a qué precios, señor! Para ganar esto, trabajan de sol a sol. A las dos y treinta pasado meridiano, no se podía dormir en la pieza que ocupaba, había una temperatura de 35º C, el termómetro al sol marcaba 46º y en el suelo 56,3º, a las cuatro pasado meridiano, todavía marcaba 52º en el suelo. Con semejante fuego en las espaldas sólo un riojano puede trabajar (…) Algunos tienen una carpa que les cuesta cinco o seis pesos: eso es lujo. Los más clavan cuatro estacas en el suelo, y a un metro de altura hacen una cama de palos clavados sobre tres largueros y algunos sobre dos; ponen encima bolsas llenas de pasto seco: ese es el colchón; en la cabecera ponen astillas de quebracho por almohada. De la sábana no hay idea; sobre cuatro palos montan el mosquitero, que es zaraza rala, y allí duermen sin más techo”.
Y es entonces cuando uno ratifica algo que sabe hace mucho: hay que desconfiar de los autodenominados “defensores de la familia”, que incluyen generalmente en sus currículum también su habilidad para defender la propiedad privada y lo que ellos llaman “tradición”. Un caso emblemático es el del amarillo diputado Alfredo Olmedo, que gastó fortunas en publicidad durante todo el verano para que se sepa que está a favor de la familia. El personaje ganó cierta efímera y lamentable fama durante los debates sobre el matrimonio igualitario cuando declaró tener la boca y la cola cerradas y se presentaba en los distintos programas con pancartas que pregonaban la defensa de la familia. Le faltó aclarar que esa defensa no incluía a las decenas de familias sometidas a trabajo esclavo en sus campos o en terrenos explotados por él. Nada nuevo bajo el sol por cierto ya que históricamente estos cruzados “familiares” se caracterizaron por una acérrima hipocresía en la que no disonaban la explotación infantil, los horarios de sol a sol con la lucha por la “institución básica del mundo occidental y cristiano”. ¿En qué momento y en qué condiciones las familias explotadas podían reunirse a compartir, expresarse su afecto, educar a sus hijos? Bastaría recordar lo que le costó al diputado Alfredo Palacios hacer aprobar la Ley 4.661 de descanso dominical en 1907 porque los parlamentarios conservadores se obstinaban en dejar “al libre albedrío de los patrones” el otorgamiento de un día franco en cualquier momento de la semana. Teniendo en cuenta que era lo “normal” que los niños trabajaran desde los cinco años, esta disposición iba claramente contra la familia, contra toda posible práctica familiar. Los voceros son otros, las mentiras y los atropellos los mismos, la diferencia sustancial está dada en que hoy se debe y puede aplicarles todo el peso de la ley a los delincuentes y multiplicar las oportunidades de trabajo dignas y legales para nuestra gente.
Felipe Pigna
Revista Caras y Caretas
Y es entonces cuando uno ratifica algo que sabe hace mucho: hay que desconfiar de los autodenominados “defensores de la familia”, que incluyen generalmente en sus currículum también su habilidad para defender la propiedad privada y lo que ellos llaman “tradición”. Un caso emblemático es el del amarillo diputado Alfredo Olmedo, que gastó fortunas en publicidad durante todo el verano para que se sepa que está a favor de la familia. El personaje ganó cierta efímera y lamentable fama durante los debates sobre el matrimonio igualitario cuando declaró tener la boca y la cola cerradas y se presentaba en los distintos programas con pancartas que pregonaban la defensa de la familia. Le faltó aclarar que esa defensa no incluía a las decenas de familias sometidas a trabajo esclavo en sus campos o en terrenos explotados por él. Nada nuevo bajo el sol por cierto ya que históricamente estos cruzados “familiares” se caracterizaron por una acérrima hipocresía en la que no disonaban la explotación infantil, los horarios de sol a sol con la lucha por la “institución básica del mundo occidental y cristiano”. ¿En qué momento y en qué condiciones las familias explotadas podían reunirse a compartir, expresarse su afecto, educar a sus hijos? Bastaría recordar lo que le costó al diputado Alfredo Palacios hacer aprobar la Ley 4.661 de descanso dominical en 1907 porque los parlamentarios conservadores se obstinaban en dejar “al libre albedrío de los patrones” el otorgamiento de un día franco en cualquier momento de la semana. Teniendo en cuenta que era lo “normal” que los niños trabajaran desde los cinco años, esta disposición iba claramente contra la familia, contra toda posible práctica familiar. Los voceros son otros, las mentiras y los atropellos los mismos, la diferencia sustancial está dada en que hoy se debe y puede aplicarles todo el peso de la ley a los delincuentes y multiplicar las oportunidades de trabajo dignas y legales para nuestra gente.
Felipe Pigna
Revista Caras y Caretas
viernes, marzo 25
Fukushima
1.
Lo nuclear que andaba tan pujante
que le doblaba el pulso a Zapatero
(firmaré, declaraba, aunque no quiero)
se chernobilizó, Luzbel mediante.
Al infierno se han ido en un instante
por culpa del seísmo traicionero
los nuevos alquimistas del dinero
que convierten el átomo en diamante.
Yo me pongo en la piel de Murakami
que tiene que lidiar con un tsunami
apocalíptico según san Juan.
La isla del espanto de Hiroshima
hoy afronta el horror de Fukushima
como un Mishima enfrente del Big Bang.
2.
Pobrecito Japón tan educado,
tan estajanovista de la empresa,
tan imperial, Pearl Harbor con princesa,
tan samurai, tan geisha, tan Mikado.
Tan críptico para el recién llegado,
tan Nikon, tan lunita japonesa,
tan pasado que abriga pero pesa,
tan posmoderno, tan desesperado.
Einstein, cuando fue aprendiz de brujo,
blasfemó viendo el hongo que produjo,
horrorizado ante el último tren.
Akihito es el candado, no la llave,
los expertos no saben lo que saben,
nuclear es el miedo todo a zen.
Fuente, www.ciudadsabina.com
Lo nuclear que andaba tan pujante
que le doblaba el pulso a Zapatero
(firmaré, declaraba, aunque no quiero)
se chernobilizó, Luzbel mediante.
Al infierno se han ido en un instante
por culpa del seísmo traicionero
los nuevos alquimistas del dinero
que convierten el átomo en diamante.
Yo me pongo en la piel de Murakami
que tiene que lidiar con un tsunami
apocalíptico según san Juan.
La isla del espanto de Hiroshima
hoy afronta el horror de Fukushima
como un Mishima enfrente del Big Bang.
2.
Pobrecito Japón tan educado,
tan estajanovista de la empresa,
tan imperial, Pearl Harbor con princesa,
tan samurai, tan geisha, tan Mikado.
Tan críptico para el recién llegado,
tan Nikon, tan lunita japonesa,
tan pasado que abriga pero pesa,
tan posmoderno, tan desesperado.
Einstein, cuando fue aprendiz de brujo,
blasfemó viendo el hongo que produjo,
horrorizado ante el último tren.
Akihito es el candado, no la llave,
los expertos no saben lo que saben,
nuclear es el miedo todo a zen.
Fuente, www.ciudadsabina.com
jueves, marzo 24
La negatividad absoluta
Por José Pablo Feinmann
La experiencia del genocidio nazi sorprendió a los europeos y también al resto de eso que llamamos humanidad. Algún consuelo acerca un dictum que se dice en una obra de Samuel Beckett, Final de partida: Después de todo, ahora ya no queda mucho que temer. La frase intenta ser trabajada y acaso ahondada por Theodor Adorno en su Dialéctica negativa, pero no es mucho lo que consigue, sólo oscuridades (ver: Dialéctica negativa, Akal, Madrid, 2005, p. 332). Sin embargo, hay una frase que brilla. ¿Por qué es tan devastador el texto de Beckett? ¿Por qué tiene ese tono de resignación ante el horror y la certeza de que ya no veremos otro que lo supere? Porque –después de Auschwitz– “la negatividad absoluta es previsible, ya no sorprende a nadie” (Ibid., p. 332). La negatividad absoluta significa que todo ser humano puede ser tratado como el Otro absoluto. Nadie sabe –es una de las enseñanzas de Kafka sobre el horror del siglo XX– en qué momento, en qué circunstancias puede transformarse en un culpable. No bien integra este grupo de malditos se convierte en el Otro absoluto. Pasa a formar parte del grupo de los designados para morir. Toda sociedad autoritaria establece de inmediato (como esencia de su nacimiento y de su autojustificación) el señalamiento de un Otro absoluto. Pocas cosas unen tanto a una sociedad cuya unión peligraba que indicarle al responsable de todas las desgracias, al Otro demoníaco. Es por ese Otro que hemos llegado a padecer hambre. Que nuestras cosechas fueron malas. Que nuestros inviernos fueron crudos y la tuberculosis se llevó a tantos viejitos y las enfermedades respiratorias a tantos ciudadanos útiles. Es por ese Otro que somos pobres. Ese Otro no pertenece al linaje de nuestra patria. Quiere destruirlo. Está en contra de nuestro estilo de vida. Está en contra de la pureza de nuestra tierra y de nuestra sangre. Son más inteligentes que nosotros, que somos limpios. De aquí que se apoderen de nuestras riquezas. Que se adueñen de nuestra economía. Están en contra de la lucha contra el imperialismo, del hombre nuevo que queremos construir. Están en contra de nuestro comunismo soviético que conduce nuestro supremo camarada, quieren hacernos retroceder a la época de los zares. Son los terroristas del Islam. Son los que volaron nuestras Torres, injuriaron nuestra patria antes intocada. Iremos a buscarlos donde se escondan y conocerán la ira de los Estados Unidos, porque Dios no es neutral, está con nosotros. Son la subversión apátrida. Son los enemigos de nuestros valores y de nuestra religión. No reemplazarán la bandera de Belgrano por el rojo trapo de Lenin.
Así, subrayar quién es el Otro demoníaco, explicitar por qué lo es, delimita de inmediato un grupo de ciudadanos (cuyas dimensiones son imprecisas como imprecisos son los elementos para incluirlos entre los malditos) que son pasibles de sufrir la persecución y la negatividad absoluta. Esta negatividad se les aplica no bien se los incluye en el grupo de la otredad demoníaca, culpable. Cuya eliminación es fundamental para que la patria y los valores que le dan sentido tengan vigencia y no sean reemplazados. O no sean derrotados los nuevos valores de toda revolución triunfante. “Ya no hay nada que temer”, dice Beckett. Pero, ¿acaso no se teme a la repetición del horror? No digo esto para refutar la frase del creador de Godot, que es un poderoso disparador reflexivo. Sí, nada peor puede pasar después de Auschwitz. Pero la desgracia de la humanidad es que sigue pasando. No hay nada que temer porque se llegó a los límites del horror. Bien, si se llegó hasta ahí, ¿no habría que detenerse? Porque la frase de Beckett podría entregar cierta resignación o verificar tristemente que eso que creíamos que nunca iba a ocurrir –llegar al extremo absoluto del horror, de la vejación– ya ocurrió y nada nuevo puede ocurrir. Pero no. Si se hubiera llegado al límite del horror y alguien hubiera anunciado: Ahora ya está. ¿Para qué repetir lo que ya se consiguió?, tal vez algún alivio penetrara en nuestras conciencias. No es así. No se irá más allá, pero se insistirá en esos ejercicios del ultraje sin nombre. Y hasta –por qué no– se los supere. Los verdugos no pierden la esperanza. En la ESMA se cometieron más horrores que en Auschwitz. En Auschwitz la tortura no era esencial. Nadie era enviado a Auschwitz para extraerle información. No, iban ahí a trabajar de modo infame hasta morir. De ahí ese cartel siniestro: “El trabajo os hará libres”. Pero la ESMA era un campo de tareas de “inteligencia”, que, según la enseñanza francesa de los paras de Argelia, se realiza por medio de la tortura. Los números de muertos serán distintos. Pero, ¿desde cuándo importan las estadísticas cuando hablamos de seres humanos? Un secretario de Cultura que puso la actual administración de la Ciudad de Buenos Aires dijo la siguiente atrocidad: “En Europa diez mil muertos no son nada”. Esa cifra le había destinado a los desaparecidos de la Argentina, la comparaba con las de los judíos, las de los armenios, las de los camboyanos y concluía: ¿qué son diez mil muertos? ¿Qué es un muerto? Para el que muere es todo. Es la negatividad absoluta. No hay que transformar la vida en una estadística. Cada ser que muere es un absoluto. De ahí esa notable reflexión: no mataron seis millones de judíos. Mataron a uno seis millones de veces. No mataron treinta mil argentinos (todos inocentes, ya que ninguno fue juzgado): mataron a uno treinta mil veces. Y si uso esta cifra es porque es la única en la que creo. Porque la enunció el único grupo humano en el que puedo creer: las Madres, las Abuelas. En resumen, tiene razón Beckett: nada peor que el 24 de marzo puede sucedernos ya. Pero eso implica dedicar nuestras vidas a imposibilitar sus condiciones de posibilidad. Porque –si lo pensamos bien y hasta el punto de la angustia– no es cierto que nada peor pueda ocurrirnos. Hay algo peor, cuyo espanto hiela nuestra sangre y hasta detiene los latidos vitales de nuestro corazón frente a esa posibilidad: que ocurra otra vez. Eso puede pasarnos, eso sería mucho peor y luchar contra eso es un imperativo categórico cotidiano que los hombres nobles, los que en este país respetan la vida y, sobre todo, la vida de los otros, llevamos sobre nuestras espaldas a veces exhaustas, erosionadas por muchos desencantos, pero nunca vencidas.
Fuente: Página 12
La experiencia del genocidio nazi sorprendió a los europeos y también al resto de eso que llamamos humanidad. Algún consuelo acerca un dictum que se dice en una obra de Samuel Beckett, Final de partida: Después de todo, ahora ya no queda mucho que temer. La frase intenta ser trabajada y acaso ahondada por Theodor Adorno en su Dialéctica negativa, pero no es mucho lo que consigue, sólo oscuridades (ver: Dialéctica negativa, Akal, Madrid, 2005, p. 332). Sin embargo, hay una frase que brilla. ¿Por qué es tan devastador el texto de Beckett? ¿Por qué tiene ese tono de resignación ante el horror y la certeza de que ya no veremos otro que lo supere? Porque –después de Auschwitz– “la negatividad absoluta es previsible, ya no sorprende a nadie” (Ibid., p. 332). La negatividad absoluta significa que todo ser humano puede ser tratado como el Otro absoluto. Nadie sabe –es una de las enseñanzas de Kafka sobre el horror del siglo XX– en qué momento, en qué circunstancias puede transformarse en un culpable. No bien integra este grupo de malditos se convierte en el Otro absoluto. Pasa a formar parte del grupo de los designados para morir. Toda sociedad autoritaria establece de inmediato (como esencia de su nacimiento y de su autojustificación) el señalamiento de un Otro absoluto. Pocas cosas unen tanto a una sociedad cuya unión peligraba que indicarle al responsable de todas las desgracias, al Otro demoníaco. Es por ese Otro que hemos llegado a padecer hambre. Que nuestras cosechas fueron malas. Que nuestros inviernos fueron crudos y la tuberculosis se llevó a tantos viejitos y las enfermedades respiratorias a tantos ciudadanos útiles. Es por ese Otro que somos pobres. Ese Otro no pertenece al linaje de nuestra patria. Quiere destruirlo. Está en contra de nuestro estilo de vida. Está en contra de la pureza de nuestra tierra y de nuestra sangre. Son más inteligentes que nosotros, que somos limpios. De aquí que se apoderen de nuestras riquezas. Que se adueñen de nuestra economía. Están en contra de la lucha contra el imperialismo, del hombre nuevo que queremos construir. Están en contra de nuestro comunismo soviético que conduce nuestro supremo camarada, quieren hacernos retroceder a la época de los zares. Son los terroristas del Islam. Son los que volaron nuestras Torres, injuriaron nuestra patria antes intocada. Iremos a buscarlos donde se escondan y conocerán la ira de los Estados Unidos, porque Dios no es neutral, está con nosotros. Son la subversión apátrida. Son los enemigos de nuestros valores y de nuestra religión. No reemplazarán la bandera de Belgrano por el rojo trapo de Lenin.
Así, subrayar quién es el Otro demoníaco, explicitar por qué lo es, delimita de inmediato un grupo de ciudadanos (cuyas dimensiones son imprecisas como imprecisos son los elementos para incluirlos entre los malditos) que son pasibles de sufrir la persecución y la negatividad absoluta. Esta negatividad se les aplica no bien se los incluye en el grupo de la otredad demoníaca, culpable. Cuya eliminación es fundamental para que la patria y los valores que le dan sentido tengan vigencia y no sean reemplazados. O no sean derrotados los nuevos valores de toda revolución triunfante. “Ya no hay nada que temer”, dice Beckett. Pero, ¿acaso no se teme a la repetición del horror? No digo esto para refutar la frase del creador de Godot, que es un poderoso disparador reflexivo. Sí, nada peor puede pasar después de Auschwitz. Pero la desgracia de la humanidad es que sigue pasando. No hay nada que temer porque se llegó a los límites del horror. Bien, si se llegó hasta ahí, ¿no habría que detenerse? Porque la frase de Beckett podría entregar cierta resignación o verificar tristemente que eso que creíamos que nunca iba a ocurrir –llegar al extremo absoluto del horror, de la vejación– ya ocurrió y nada nuevo puede ocurrir. Pero no. Si se hubiera llegado al límite del horror y alguien hubiera anunciado: Ahora ya está. ¿Para qué repetir lo que ya se consiguió?, tal vez algún alivio penetrara en nuestras conciencias. No es así. No se irá más allá, pero se insistirá en esos ejercicios del ultraje sin nombre. Y hasta –por qué no– se los supere. Los verdugos no pierden la esperanza. En la ESMA se cometieron más horrores que en Auschwitz. En Auschwitz la tortura no era esencial. Nadie era enviado a Auschwitz para extraerle información. No, iban ahí a trabajar de modo infame hasta morir. De ahí ese cartel siniestro: “El trabajo os hará libres”. Pero la ESMA era un campo de tareas de “inteligencia”, que, según la enseñanza francesa de los paras de Argelia, se realiza por medio de la tortura. Los números de muertos serán distintos. Pero, ¿desde cuándo importan las estadísticas cuando hablamos de seres humanos? Un secretario de Cultura que puso la actual administración de la Ciudad de Buenos Aires dijo la siguiente atrocidad: “En Europa diez mil muertos no son nada”. Esa cifra le había destinado a los desaparecidos de la Argentina, la comparaba con las de los judíos, las de los armenios, las de los camboyanos y concluía: ¿qué son diez mil muertos? ¿Qué es un muerto? Para el que muere es todo. Es la negatividad absoluta. No hay que transformar la vida en una estadística. Cada ser que muere es un absoluto. De ahí esa notable reflexión: no mataron seis millones de judíos. Mataron a uno seis millones de veces. No mataron treinta mil argentinos (todos inocentes, ya que ninguno fue juzgado): mataron a uno treinta mil veces. Y si uso esta cifra es porque es la única en la que creo. Porque la enunció el único grupo humano en el que puedo creer: las Madres, las Abuelas. En resumen, tiene razón Beckett: nada peor que el 24 de marzo puede sucedernos ya. Pero eso implica dedicar nuestras vidas a imposibilitar sus condiciones de posibilidad. Porque –si lo pensamos bien y hasta el punto de la angustia– no es cierto que nada peor pueda ocurrirnos. Hay algo peor, cuyo espanto hiela nuestra sangre y hasta detiene los latidos vitales de nuestro corazón frente a esa posibilidad: que ocurra otra vez. Eso puede pasarnos, eso sería mucho peor y luchar contra eso es un imperativo categórico cotidiano que los hombres nobles, los que en este país respetan la vida y, sobre todo, la vida de los otros, llevamos sobre nuestras espaldas a veces exhaustas, erosionadas por muchos desencantos, pero nunca vencidas.
Fuente: Página 12
martes, marzo 8
Internet, el periodismo, los diarios y el papel
Alberto Arébalos Director de Comunicaciones Globales & Asuntos Públicos, Google América Latina
Buena parte de mi trabajo supone viajar por América Latina. En 2010, pasé la mitad de mi tiempo por Brasil, Chile, Perú, Colombia, México y otros países de la región. En la mayoría de esos viajes tuve la oportunidad de reunirme con periodistas y editores que invariablemente, y quizás porque mi tarjeta dice bastante conspicua y coloridamente “Google”, preguntaban cuál era nuestra opinión (y muchas veces directamente la mía) respecto al futuro de los diarios, específicamente los diarios en papel.
Antes de seguir, debo hacer lo que en la prensa sajona se llama total disclosure” y que en criollo sería algo así como blanquear: opino como periodista que fui (entre 1984 y 1997 trabajando para las agencias EFE y Reuters) y por sentirme parte aún, aunque del otro lado de la mesa, de una de las mejores profesiones que conozco.
Habiendo hecho la salvedad, me apresuro a adelantar la conclusión de esta columna para los que están apurados y no quieren llegar al final: los diarios en papel van a desaparecer.
De la misma manera que ya no usamos tablillas de arcilla, o papiro o pergamino, el papel es una plataforma tecnológica, que como toda plataforma está destinada a ser reemplazada por otra más eficiente. No digo hoy, ni mañana, pero sí en un futuro mediato, el uso del papel se verá reducido a una mínima expresión. Y qué bueno que así sea.
El papel es caro, pesado, se deben derribar árboles y se contamina cuando se lo elabora, pero sin embargo ha prestado nobles servicios por siglos, porque es portátil, no necesitar energía para ser utilizado (aunque sí para ser fabricado e impreso) y puede funcionar con múltiples escalas de intensidad lumínica.
Pero lo mismo habrán pensado nuestros antepasados de las pieles, los pergaminos o las tablillas.
Ahora bien, volviendo a mis conversaciones con mis (ex) colegas, creo que la pregunta está mal planteada. No es el futuro del papel lo que nos debe preocupar, sino el futuro del periodismo y su relación con quienes consumen información.
No es un secreto que universalmente los diarios pierden circulación. Ya pocos se acuerdan de que la crisis no empezó con Internet sino con la televisión. Las primeras víctimas del avance de los medios electrónicos fueron los vespertinos, una especie prácticamente desaparecida de la faz de la tierra.
Y para muchos, la crisis actual encuentra en Internet (y de ahí que me hagan tanto la pregunta) al culpable de la caída constante de circulación.
Frente a esa presunción, lo que suelo contestar es “a los diarios no los va a matar Internet sino el aburrimiento”.
Los diarios deben dejar de querer competir con la televisión e incluso con Internet, y deben volver a contar historias, no limitarse a dar noticias. Deben ver al periodismo como una rama de la literatura y no una versión glorificada de la vecina de barrio, la que habla de todo pero sin saber nada.
Y en este contexto hago otra salvedad. Soy un profundo creyente en el poder democratizador de Internet, pero al mismo tiempo creo que “periodismo ciudadano” es un invento de los propios periodistas. Cualquiera puede contar lo que ve. Sin embargo, el periodismo -y de esto no habría que olvidarse- se trata de saber por qué pasan las cosas y qué consecuencias tienen.
Si los diarios vuelven a contar historias (y el que no me crea puede ver qué pasó con Harry Potter y sus millones de libros vendidos, cuando se decía que los chicos no leen... no leen cosas que los aburren) y se reconectan con sus lectores, estos mismos lectores estarán dispuestos a pagar por contenido de suprema calidad o serán una muy buena audiencia para publicidad de calidad.
Ya sea en Internet, en tabletas o teléfonos celulares, la gente sigue siendo curiosa, sigue queriendo saber qué pasa en su barrio, en su país, en el mundo. Siguen a su equipo favorito y les interesa conocer las novedades de los artistas que los hacen reír y llorar.
En Internet hay noticias. Pero pocas historias. Esas son las que están llamados a escribir los periodistas. Aunque en el futuro, no sea en papel.
El Cronista Comercial
Buena parte de mi trabajo supone viajar por América Latina. En 2010, pasé la mitad de mi tiempo por Brasil, Chile, Perú, Colombia, México y otros países de la región. En la mayoría de esos viajes tuve la oportunidad de reunirme con periodistas y editores que invariablemente, y quizás porque mi tarjeta dice bastante conspicua y coloridamente “Google”, preguntaban cuál era nuestra opinión (y muchas veces directamente la mía) respecto al futuro de los diarios, específicamente los diarios en papel.
Antes de seguir, debo hacer lo que en la prensa sajona se llama total disclosure” y que en criollo sería algo así como blanquear: opino como periodista que fui (entre 1984 y 1997 trabajando para las agencias EFE y Reuters) y por sentirme parte aún, aunque del otro lado de la mesa, de una de las mejores profesiones que conozco.
Habiendo hecho la salvedad, me apresuro a adelantar la conclusión de esta columna para los que están apurados y no quieren llegar al final: los diarios en papel van a desaparecer.
De la misma manera que ya no usamos tablillas de arcilla, o papiro o pergamino, el papel es una plataforma tecnológica, que como toda plataforma está destinada a ser reemplazada por otra más eficiente. No digo hoy, ni mañana, pero sí en un futuro mediato, el uso del papel se verá reducido a una mínima expresión. Y qué bueno que así sea.
El papel es caro, pesado, se deben derribar árboles y se contamina cuando se lo elabora, pero sin embargo ha prestado nobles servicios por siglos, porque es portátil, no necesitar energía para ser utilizado (aunque sí para ser fabricado e impreso) y puede funcionar con múltiples escalas de intensidad lumínica.
Pero lo mismo habrán pensado nuestros antepasados de las pieles, los pergaminos o las tablillas.
Ahora bien, volviendo a mis conversaciones con mis (ex) colegas, creo que la pregunta está mal planteada. No es el futuro del papel lo que nos debe preocupar, sino el futuro del periodismo y su relación con quienes consumen información.
No es un secreto que universalmente los diarios pierden circulación. Ya pocos se acuerdan de que la crisis no empezó con Internet sino con la televisión. Las primeras víctimas del avance de los medios electrónicos fueron los vespertinos, una especie prácticamente desaparecida de la faz de la tierra.
Y para muchos, la crisis actual encuentra en Internet (y de ahí que me hagan tanto la pregunta) al culpable de la caída constante de circulación.
Frente a esa presunción, lo que suelo contestar es “a los diarios no los va a matar Internet sino el aburrimiento”.
Los diarios deben dejar de querer competir con la televisión e incluso con Internet, y deben volver a contar historias, no limitarse a dar noticias. Deben ver al periodismo como una rama de la literatura y no una versión glorificada de la vecina de barrio, la que habla de todo pero sin saber nada.
Y en este contexto hago otra salvedad. Soy un profundo creyente en el poder democratizador de Internet, pero al mismo tiempo creo que “periodismo ciudadano” es un invento de los propios periodistas. Cualquiera puede contar lo que ve. Sin embargo, el periodismo -y de esto no habría que olvidarse- se trata de saber por qué pasan las cosas y qué consecuencias tienen.
Si los diarios vuelven a contar historias (y el que no me crea puede ver qué pasó con Harry Potter y sus millones de libros vendidos, cuando se decía que los chicos no leen... no leen cosas que los aburren) y se reconectan con sus lectores, estos mismos lectores estarán dispuestos a pagar por contenido de suprema calidad o serán una muy buena audiencia para publicidad de calidad.
Ya sea en Internet, en tabletas o teléfonos celulares, la gente sigue siendo curiosa, sigue queriendo saber qué pasa en su barrio, en su país, en el mundo. Siguen a su equipo favorito y les interesa conocer las novedades de los artistas que los hacen reír y llorar.
En Internet hay noticias. Pero pocas historias. Esas son las que están llamados a escribir los periodistas. Aunque en el futuro, no sea en papel.
El Cronista Comercial
martes, febrero 22
Un cine en buen estado
Finalmente se reglamentó la ley que crea la Cinemateca y el Archivo de la Imagen Nacional, que iniciará una labor pendiente: la preservación y la difusión del acervo fílmico argentino.
Sabés a qué temperatura y humedad tenés que guardar tus películas? ¿Sabés qué se guarda en una cinemateca, además del fílmico? Lo preguntás, pero la mayoría no lo sabe”, grafica Hernán Gaffet, pensando en una realidad que afrontan ellos, los realizadores y productores en el campo cinematográfico argentino: esas opciones y posibilidades técnicas que no todos conocen expresan el brumoso estado del patrimonio cinematográfico argentino (los negativos) hace décadas. Y la urgencia por relevar lo que existe, y preservarlo, ha de ser el puntapié de los cambios que avizora Gaffet, delegado organizador de la inédita Cinemateca y el Archivo de la Imagen Nacional (Cinain), el organismo creado para iniciar políticas de preservación del celuloide y generar conciencia fílmica: el patrimonio cinematográfico es huella y ventana a la memoria futura de la sociedad.
Una cinemateca es el puente para organizarla y darla a conocer: la Cinain, organismo autárquico en la órbita de la Secretaría de Cultura, no sólo deberá guardar “las películas, es decir los rollos, sino todos los materiales necesarios para entender el fenómeno cinematográfico”, repasa Gaffet. Se refiere a los afiches, fotografías, material publicitario, el guión original, etc. “Ocurre que en términos de preservación, todo sirve: las pruebas de casting, los afiches, las críticas. Todo aporta para comprender la historia de una película”, completa. La falta de conciencia sobre la necesidad de guardar esos materiales anexos no es sólo desidia particular: nunca existió una cinemateca impulsada por el Estado nacional para generar políticas de preservación del patrimonio fílmico y por eso ya se perdió el 90 por ciento de los originales del cine mudo y el 50 por ciento del sonoro.”
Como en el cine, el tiempo fija secuencias en cámara lenta: la Ley 25.119, de creación de la Cinain, cuyos autores fueron los cineastas Pino Solanas y Julio Raffo, se aprobó en 1999, pero recién el 30 de agosto de 2010 la reglamentó la presidenta Cristina Fernández. Entremedio hubo retrasos, lobbys, discusiones y reclamos de la comunidad del cine ante el borrascoso panorama de la degradación del fílmico y la falta de censos sobre lo existente. La Argentina posee una de las mayores producciones audiovisuales de Latinoamérica, pero recién con la Cinain (las autoridades serían nombradas en marzo) será posible una política de protección y difusión del acervo audiovisual.
“De este tema no se quería ocupar nadie”, contempla Fernando Martín Peña, investigador, crítico y ex presidente de la Asociación para el Apoyo al Patrimonio Audiovisual y la Cinemateca Nacional (Aprocinain), desde donde pelearon la reglamentación de la ley para el rescate de la memoria fílmica, hasta hoy a cargo de coleccionistas privados. Una vez que la Cinemateca inicie funciones, el productor o distribuidor de cada película que se estrene en el país deberá entregar una copia final y un negativo (en las producciones locales) para su resguardo en condiciones ambientales óptimas. “Así como el Estado tiene un rol en la promoción del cine, también lo debe tener en la preservación”, cree Jorge Coscia, secretario de Cultura de la Nación.
Y no dejan de sonar suspicaces ciertos argumentos adversos: que el Estado no debería apropiarse de un material privado. Gaffet responde: “Toda película que se exhibe comercialmente pasa a formar parte de nuestro bagaje cultural y, por lo tanto, de nuestro patrimonio fílmico”. La misma ley dice “que las películas son patrimonio cultural de los argentinos, pero la propiedad sigue siendo de quien las realizó. Se las declara de interés público para guardar copias”, dice Julio Raffo, hoy legislador porteño por Proyecto Sur. “La ley de la Cinain declara a los filmes como bienes culturales, no se los puede destruir. Además de resguardarlos, va darle acceso al público a través de la Mediateca y de las proyecciones en su sala”, completa Gaffet.
EL QUE GUARDA, ENCUENTRA
“De nada sirve preservar sin difundir”, sabe Peña, y basta desandar los 11 años que tardó la reglamentación. Y agrega: “Si la industria del cine tuviera conciencia preservacionista hubiese presionado ante los directivos del Incaa y los secretarios de Cultura”. En su momento, se logró frenar el veto de Carlos Menem y la ley fue sancionada en septiembre de 1999. De ahí hasta el año pasado, sin novedades. “Sí, hubo descuido: falta de comprensión de las autoridades de entonces”, asume la titular del Incaa, Liliana Mazure. “A pesar de los reclamos de Aprocinain, entre otros, la dilación ilustra el desinterés por conservar este patrimonio”, dice Alfredo Scaglia, presidente del Cine Club Rosario y a cargo de la Regional Centro de la Federación Argentina de Cine Clubes.
Coscia ve otras razones: “La ley del 99 buscaba quitarle un pedazo del Incaa al menemismo, pero lograda la autarquía del instituto, la ley ya no tenía mucho sentido porque implicaba su mutilación. Y aquí estuvo el nudo gordiano del proyecto, que se resolvió mediante acuerdos”. Para Raffo, en la demora pesó “la mezquindad de los funcionarios por resignar presupuesto. Desde Mahárbiz en adelante, salvo Liliana Mazure, todos hicieron esfuerzos pequeños”. El presupuesto, ahora, es el factor clave. El primer año, la Cinain contará con el 10 por ciento del presupuesto del Incaa para adquirir la sala; desde el segundo año tendrán el 6 por ciento. “Para lo que nos planteamos inicialmente es maravilloso. Venimos de la nada.” Aunque “siempre nos va a parecer poco el presupuesto: es mucho lo que hay que salvar”, dicen todos.
De entrada, la Cinain va a contar con el archivo del Incaa, el del Fondo Nacional de las Artes y las 150 películas que rescató Aprocinain; el Archivo General de la Nación ya expresó que le interesaría sumar sus filmes. Y habrá también convenios con particulares o empresas para que guarden sus materiales adecuadamente, y se les va a dar difusión en la medida que lo autoricen. Incluso se contempla una instancia de desarrollo con fondos del exterior, Ibermedia, la Unesco, el BID, el Banco Mundial, para proyectos de restauración. “La ventana está abierta, el 29 de marzo vamos a presentar la Cinain en la Feria de Cine de Guadalajara, es el primer paso para cerrar acuerdos con otras cinematecas”, dice Mazure.
“El cine argentino estaba en un embudo hasta ahora –afirma Coscia–, estamos cerrando un ciclo integral de la participación del Estado en el fomento audiovisual. En los últimos siete años, con la autarquía del Incaa y el fomento; ahora, con la Ley de Medios, el Instituto de Cine va a ir consolidando la difusión electrónica y televisiva.” La otra pata es conservar lo patrimonial, una tarea que sobrepasa a los intereses de los privados porque le corresponde al Estado, pero sin perder de vista el foco: “La Cinain –dice Peña– deberá lograr un patrimonio abierto a la comunidad, con una mayor inserción en la vida social”. Y la directora del Museo del Cine porteño, Paula Félix-Didier, proyecta: “Queremos encontrar en la Cinain un espacio de discusión y capacitación: se podría brindar apoyo y promoción de archivos locales”. ¿En qué confía, Gaffet, además de que el Incaa y la Cinain puedan contar con un nuevo edificio común y que, ya para marzo, se conforme el consejo asesor de la Cinemateca para seleccionar por concurso a sus autoridades? “Quizá nos peguen muchos palos, pero prefiero poner la cabeza: por primera vez el Estado está asumiendo, en el cine, roles que no debería haber delegado. Cada vez que me preguntan si solamente el Estado tiene que participar, respondo con la frase que me dijo un gestor cultural alemán, acerca de los grados de participación estatal y privada: ‘El menor Estado posible, pero todo el que sea necesario’.”
Patricio Féminis
revista, Caras y Caretas
Sabés a qué temperatura y humedad tenés que guardar tus películas? ¿Sabés qué se guarda en una cinemateca, además del fílmico? Lo preguntás, pero la mayoría no lo sabe”, grafica Hernán Gaffet, pensando en una realidad que afrontan ellos, los realizadores y productores en el campo cinematográfico argentino: esas opciones y posibilidades técnicas que no todos conocen expresan el brumoso estado del patrimonio cinematográfico argentino (los negativos) hace décadas. Y la urgencia por relevar lo que existe, y preservarlo, ha de ser el puntapié de los cambios que avizora Gaffet, delegado organizador de la inédita Cinemateca y el Archivo de la Imagen Nacional (Cinain), el organismo creado para iniciar políticas de preservación del celuloide y generar conciencia fílmica: el patrimonio cinematográfico es huella y ventana a la memoria futura de la sociedad.
Una cinemateca es el puente para organizarla y darla a conocer: la Cinain, organismo autárquico en la órbita de la Secretaría de Cultura, no sólo deberá guardar “las películas, es decir los rollos, sino todos los materiales necesarios para entender el fenómeno cinematográfico”, repasa Gaffet. Se refiere a los afiches, fotografías, material publicitario, el guión original, etc. “Ocurre que en términos de preservación, todo sirve: las pruebas de casting, los afiches, las críticas. Todo aporta para comprender la historia de una película”, completa. La falta de conciencia sobre la necesidad de guardar esos materiales anexos no es sólo desidia particular: nunca existió una cinemateca impulsada por el Estado nacional para generar políticas de preservación del patrimonio fílmico y por eso ya se perdió el 90 por ciento de los originales del cine mudo y el 50 por ciento del sonoro.”
Como en el cine, el tiempo fija secuencias en cámara lenta: la Ley 25.119, de creación de la Cinain, cuyos autores fueron los cineastas Pino Solanas y Julio Raffo, se aprobó en 1999, pero recién el 30 de agosto de 2010 la reglamentó la presidenta Cristina Fernández. Entremedio hubo retrasos, lobbys, discusiones y reclamos de la comunidad del cine ante el borrascoso panorama de la degradación del fílmico y la falta de censos sobre lo existente. La Argentina posee una de las mayores producciones audiovisuales de Latinoamérica, pero recién con la Cinain (las autoridades serían nombradas en marzo) será posible una política de protección y difusión del acervo audiovisual.
“De este tema no se quería ocupar nadie”, contempla Fernando Martín Peña, investigador, crítico y ex presidente de la Asociación para el Apoyo al Patrimonio Audiovisual y la Cinemateca Nacional (Aprocinain), desde donde pelearon la reglamentación de la ley para el rescate de la memoria fílmica, hasta hoy a cargo de coleccionistas privados. Una vez que la Cinemateca inicie funciones, el productor o distribuidor de cada película que se estrene en el país deberá entregar una copia final y un negativo (en las producciones locales) para su resguardo en condiciones ambientales óptimas. “Así como el Estado tiene un rol en la promoción del cine, también lo debe tener en la preservación”, cree Jorge Coscia, secretario de Cultura de la Nación.
Y no dejan de sonar suspicaces ciertos argumentos adversos: que el Estado no debería apropiarse de un material privado. Gaffet responde: “Toda película que se exhibe comercialmente pasa a formar parte de nuestro bagaje cultural y, por lo tanto, de nuestro patrimonio fílmico”. La misma ley dice “que las películas son patrimonio cultural de los argentinos, pero la propiedad sigue siendo de quien las realizó. Se las declara de interés público para guardar copias”, dice Julio Raffo, hoy legislador porteño por Proyecto Sur. “La ley de la Cinain declara a los filmes como bienes culturales, no se los puede destruir. Además de resguardarlos, va darle acceso al público a través de la Mediateca y de las proyecciones en su sala”, completa Gaffet.
EL QUE GUARDA, ENCUENTRA
“De nada sirve preservar sin difundir”, sabe Peña, y basta desandar los 11 años que tardó la reglamentación. Y agrega: “Si la industria del cine tuviera conciencia preservacionista hubiese presionado ante los directivos del Incaa y los secretarios de Cultura”. En su momento, se logró frenar el veto de Carlos Menem y la ley fue sancionada en septiembre de 1999. De ahí hasta el año pasado, sin novedades. “Sí, hubo descuido: falta de comprensión de las autoridades de entonces”, asume la titular del Incaa, Liliana Mazure. “A pesar de los reclamos de Aprocinain, entre otros, la dilación ilustra el desinterés por conservar este patrimonio”, dice Alfredo Scaglia, presidente del Cine Club Rosario y a cargo de la Regional Centro de la Federación Argentina de Cine Clubes.
Coscia ve otras razones: “La ley del 99 buscaba quitarle un pedazo del Incaa al menemismo, pero lograda la autarquía del instituto, la ley ya no tenía mucho sentido porque implicaba su mutilación. Y aquí estuvo el nudo gordiano del proyecto, que se resolvió mediante acuerdos”. Para Raffo, en la demora pesó “la mezquindad de los funcionarios por resignar presupuesto. Desde Mahárbiz en adelante, salvo Liliana Mazure, todos hicieron esfuerzos pequeños”. El presupuesto, ahora, es el factor clave. El primer año, la Cinain contará con el 10 por ciento del presupuesto del Incaa para adquirir la sala; desde el segundo año tendrán el 6 por ciento. “Para lo que nos planteamos inicialmente es maravilloso. Venimos de la nada.” Aunque “siempre nos va a parecer poco el presupuesto: es mucho lo que hay que salvar”, dicen todos.
De entrada, la Cinain va a contar con el archivo del Incaa, el del Fondo Nacional de las Artes y las 150 películas que rescató Aprocinain; el Archivo General de la Nación ya expresó que le interesaría sumar sus filmes. Y habrá también convenios con particulares o empresas para que guarden sus materiales adecuadamente, y se les va a dar difusión en la medida que lo autoricen. Incluso se contempla una instancia de desarrollo con fondos del exterior, Ibermedia, la Unesco, el BID, el Banco Mundial, para proyectos de restauración. “La ventana está abierta, el 29 de marzo vamos a presentar la Cinain en la Feria de Cine de Guadalajara, es el primer paso para cerrar acuerdos con otras cinematecas”, dice Mazure.
“El cine argentino estaba en un embudo hasta ahora –afirma Coscia–, estamos cerrando un ciclo integral de la participación del Estado en el fomento audiovisual. En los últimos siete años, con la autarquía del Incaa y el fomento; ahora, con la Ley de Medios, el Instituto de Cine va a ir consolidando la difusión electrónica y televisiva.” La otra pata es conservar lo patrimonial, una tarea que sobrepasa a los intereses de los privados porque le corresponde al Estado, pero sin perder de vista el foco: “La Cinain –dice Peña– deberá lograr un patrimonio abierto a la comunidad, con una mayor inserción en la vida social”. Y la directora del Museo del Cine porteño, Paula Félix-Didier, proyecta: “Queremos encontrar en la Cinain un espacio de discusión y capacitación: se podría brindar apoyo y promoción de archivos locales”. ¿En qué confía, Gaffet, además de que el Incaa y la Cinain puedan contar con un nuevo edificio común y que, ya para marzo, se conforme el consejo asesor de la Cinemateca para seleccionar por concurso a sus autoridades? “Quizá nos peguen muchos palos, pero prefiero poner la cabeza: por primera vez el Estado está asumiendo, en el cine, roles que no debería haber delegado. Cada vez que me preguntan si solamente el Estado tiene que participar, respondo con la frase que me dijo un gestor cultural alemán, acerca de los grados de participación estatal y privada: ‘El menor Estado posible, pero todo el que sea necesario’.”
Patricio Féminis
revista, Caras y Caretas
lunes, febrero 21
Todo mental
El arte es una cosa mental, dijo Da Vinci.
El tiempo y el espacio también son pautas de la mente, excipientes estúpidos de la naturaleza, que el tren de alta velocidad trata de aniquilar en este trayecto de Madrid a Valencia, recién inaugurado. En una cabecera de este viaje están las Meninas de Velázquez y el Jardín de las Delicias de El Bosco, en la otra los niños desnudos de Sorolla con el sol resbalado en la piel bañándose en el mar. En sólo hora y media este tren te llevará desde el Guernica de Picasso al perfume de algas y salmonetes de una sobremesa con el oleaje a tus pies como homenaje, o te devolverá desde la Malvarrosa azul a los musicales de la Gran Vía y a las noches ciegas de Madrid. En esta fusión del tiempo y el espacio serán una misma conquista los parasoles de la playa, las colas del museo del Prado, las mecedoras blancas, los conciertos en el pabellón de deportes, la sombra de una parra, las tabernas castizas del Rastro, las paredes de cal con persianas verdes, los bikinis de flores y las citas de fulgurante amor al mediodía de una a otra parte. Durante el trayecto, en el silencio del convoy, puede suceder cualquier calamidad. Mientras uno lleva el bañador en la bolsa y sueña con los bueyes rubios de Sorolla y las barcas de pesca con velas color mostaza e imagina a unas mujeres deslumbradas esperando en la orilla a los marineros puede que en el asiento de al lado una señora por el móvil le cuente con todo pormenor a su prima del pueblo la operación de vesícula que acaba de sufrir. "Hija, todavía me supuran los puntos, no te digo más". Puede que mientras uno piensa que pronto volverá a extasiarse ante el cuadro de las Lanzas, la Maja Desnuda y el autorretrato de Durero, un ejecutivo de medio pelo le narre a un socio en voz alta por teléfono los detalles del negocio que están urdiendo a medias con dinero negro. "Si ese cabrón de concejal traga, esta vez, tío, nos forramos". Un tren que arranca hacia el mar desde el museo del Prado y vuelve desde el horizonte cargado con aroma de erizos hacia el adusto caballero español de la Mano en el Pecho es aquella cosa mental, de la que hablaba Leonardo da Vinci. Hace mucho tiempo imaginé que el mar perdido de mi infancia rompería un día contra un ventanal del Café Gijón. Ese milagro ha sucedido.
Manuel Vicent
10 de diciembre 2010
El Pais
El tiempo y el espacio también son pautas de la mente, excipientes estúpidos de la naturaleza, que el tren de alta velocidad trata de aniquilar en este trayecto de Madrid a Valencia, recién inaugurado. En una cabecera de este viaje están las Meninas de Velázquez y el Jardín de las Delicias de El Bosco, en la otra los niños desnudos de Sorolla con el sol resbalado en la piel bañándose en el mar. En sólo hora y media este tren te llevará desde el Guernica de Picasso al perfume de algas y salmonetes de una sobremesa con el oleaje a tus pies como homenaje, o te devolverá desde la Malvarrosa azul a los musicales de la Gran Vía y a las noches ciegas de Madrid. En esta fusión del tiempo y el espacio serán una misma conquista los parasoles de la playa, las colas del museo del Prado, las mecedoras blancas, los conciertos en el pabellón de deportes, la sombra de una parra, las tabernas castizas del Rastro, las paredes de cal con persianas verdes, los bikinis de flores y las citas de fulgurante amor al mediodía de una a otra parte. Durante el trayecto, en el silencio del convoy, puede suceder cualquier calamidad. Mientras uno lleva el bañador en la bolsa y sueña con los bueyes rubios de Sorolla y las barcas de pesca con velas color mostaza e imagina a unas mujeres deslumbradas esperando en la orilla a los marineros puede que en el asiento de al lado una señora por el móvil le cuente con todo pormenor a su prima del pueblo la operación de vesícula que acaba de sufrir. "Hija, todavía me supuran los puntos, no te digo más". Puede que mientras uno piensa que pronto volverá a extasiarse ante el cuadro de las Lanzas, la Maja Desnuda y el autorretrato de Durero, un ejecutivo de medio pelo le narre a un socio en voz alta por teléfono los detalles del negocio que están urdiendo a medias con dinero negro. "Si ese cabrón de concejal traga, esta vez, tío, nos forramos". Un tren que arranca hacia el mar desde el museo del Prado y vuelve desde el horizonte cargado con aroma de erizos hacia el adusto caballero español de la Mano en el Pecho es aquella cosa mental, de la que hablaba Leonardo da Vinci. Hace mucho tiempo imaginé que el mar perdido de mi infancia rompería un día contra un ventanal del Café Gijón. Ese milagro ha sucedido.
Manuel Vicent
10 de diciembre 2010
El Pais
Musicoanálisis
En su autoentrevista, Gabriel Rolón se pone a jugar. Melómano y psicólogo como es, une los dos rubros en un psicoanálisis de letras de canciones. El juego termina en reflexión.
Como usted en más de una ocasión se autodefinió como músico, le propongo un juego: le tiro dos o tres versos pertenecientes a algunas canciones y usted hace un comentario.
¿Acepta?
-Dele. Juguemos.
Entonces, aquí van los primeros. Es de Serrat: "No hay nada más bello que lo que nunca he tenido, nada más amado que lo que perdí".
-Es una idea potente. Pero, como analista, diría: "No hay nada más deseado que lo que nunca he tenido y nada más peligroso que quedar melancólicamente ligado a lo que perdí". La estrofa pierde en poesía, pero gana en veracidad. Porque la fuerza que moviliza aquello que no hemos tenido no es la belleza, sino el deseo. En esa búsqueda a veces difícil de manejar por concretar un encuentro imposible, ya que, aun si se produjera, el placer encontrado sería siempre inferior al placer fantaseado. Y sobre la segunda parte, amar sólo lo perdido es un gesto romántico muy eficaz para generar una emoción poética, pero fatal para encarar la vida.
Aquí van otros. Es de Silvio Rodríguez: "Si no creyera en la locura, si no creyera en lo que agencio, si no creyera en mi sonido, si no creyera en mi silencio".
-Bueno, ahí sí la poesía se une al psicoanálisis. Esa y no otra es la manera de sentirse analista. Creer en lo que podemos generar a partir de nuestra escucha y nuestras palabras, sabiendo discernir cuándo es oportuna una u otra intervención. Algunos han armado el estereotipo del analista siempre silente. Yo me permito decir que nos sostenemos ante nuestros pacientes no sólo por nuestros sonidos y silencios, sino por la exactitud del momento en el que elegimos hablar o callar.
Por último, Rolón: ¿La vida es una herida absurda?
-A mí me causan gracia aquellos que sostienen que el tango siempre habla de la vieja, la esquina y los amigos. Permítame regalarle una o dos frases más: ¿Quién se robó mi niñez? o ¿Dónde estaba Dios cuando te fuiste?" Maravillosas, ¿no cree? Fíjese en la que usted cita, por ejemplo, y va a descubrir que si hay algo conmovedor en la poesía del tango son estas preguntas filosóficas: ¿existe Dios? ¿Qué pasa con lo perdido? ¿Tiene la vida algún sentido? Como todo mortal, desconozco las respuestas. Allí está la religión queriendo dar un sentido posible a lo que no encuentra palabras. Si quiero ser sincero debo responder que, filosóficamente, creo que sí, la vida es una herida absurda. Pero, como analista, creo que el desafío consiste en que a partir del deseo único e irrepetible que nos habita encontremos un sentido que justifique una vida que, en general, no tiene demasiada importancia.
Producción: Yamila Schmies
diario La Nación
Como usted en más de una ocasión se autodefinió como músico, le propongo un juego: le tiro dos o tres versos pertenecientes a algunas canciones y usted hace un comentario.
¿Acepta?
-Dele. Juguemos.
Entonces, aquí van los primeros. Es de Serrat: "No hay nada más bello que lo que nunca he tenido, nada más amado que lo que perdí".
-Es una idea potente. Pero, como analista, diría: "No hay nada más deseado que lo que nunca he tenido y nada más peligroso que quedar melancólicamente ligado a lo que perdí". La estrofa pierde en poesía, pero gana en veracidad. Porque la fuerza que moviliza aquello que no hemos tenido no es la belleza, sino el deseo. En esa búsqueda a veces difícil de manejar por concretar un encuentro imposible, ya que, aun si se produjera, el placer encontrado sería siempre inferior al placer fantaseado. Y sobre la segunda parte, amar sólo lo perdido es un gesto romántico muy eficaz para generar una emoción poética, pero fatal para encarar la vida.
Aquí van otros. Es de Silvio Rodríguez: "Si no creyera en la locura, si no creyera en lo que agencio, si no creyera en mi sonido, si no creyera en mi silencio".
-Bueno, ahí sí la poesía se une al psicoanálisis. Esa y no otra es la manera de sentirse analista. Creer en lo que podemos generar a partir de nuestra escucha y nuestras palabras, sabiendo discernir cuándo es oportuna una u otra intervención. Algunos han armado el estereotipo del analista siempre silente. Yo me permito decir que nos sostenemos ante nuestros pacientes no sólo por nuestros sonidos y silencios, sino por la exactitud del momento en el que elegimos hablar o callar.
Por último, Rolón: ¿La vida es una herida absurda?
-A mí me causan gracia aquellos que sostienen que el tango siempre habla de la vieja, la esquina y los amigos. Permítame regalarle una o dos frases más: ¿Quién se robó mi niñez? o ¿Dónde estaba Dios cuando te fuiste?" Maravillosas, ¿no cree? Fíjese en la que usted cita, por ejemplo, y va a descubrir que si hay algo conmovedor en la poesía del tango son estas preguntas filosóficas: ¿existe Dios? ¿Qué pasa con lo perdido? ¿Tiene la vida algún sentido? Como todo mortal, desconozco las respuestas. Allí está la religión queriendo dar un sentido posible a lo que no encuentra palabras. Si quiero ser sincero debo responder que, filosóficamente, creo que sí, la vida es una herida absurda. Pero, como analista, creo que el desafío consiste en que a partir del deseo único e irrepetible que nos habita encontremos un sentido que justifique una vida que, en general, no tiene demasiada importancia.
Producción: Yamila Schmies
diario La Nación
lunes, febrero 7
Philip Marlowe, en el banco de Boca
Por Hugo Asch
“Medía cerca de un 1,90 y había allí muy poca materia blanda. Sus ojos eran grises, con fríos destellos. Llevaba un amplio traje gris con elegancia y sus modales sugerían que era un sujeto con el cual no resultaría sencillo cambiar opiniones.”
Raymond Chandler (1900-1959), monólogo de Philip Marlowe en “The lady in the lake” (1943).
Con ese sombrero colocado de lado apenas pude reconocer su nariz de boxeador, los penetrantes ojos celestes y el mentón de bull dog, cortado como a hachazos. Traía su viejo piloto de solapas anchas y un cigarrillo clavado en los labios. Pensé que era el viejo Mitchum en su insuperable Philip Marlowe de Adiós, muñeca (1975), que cada tanto pasa por la redacción a saludarme, charlar de bueyes perdidos o pedir informes sobre técnicos desaparecidos, jugadores en problemas y dirigentes acusados de asesinatos en serie. Le iba a pedir que, una vez más, alzara sus nudillos para ver aquel doble tatuaje “love-hate” (amor-odio) que le había quedado de su inquietante reverendo Harry Powell en La noche del cazador (1955), la única película de Charles Laughton. Pero no. No era Marlowe. Es decir, no era Mitchum, pero sí Marlowe. O eso parecía.
—¿Qué le pasa, Asch? ¿No escribió, acaso, que el único que podía hacer de Marlowe en este país era yo? Muy bien, acá me tiene. Hablemos.
Efectivamente, Julio César Falcioni era un Marlowe perfecto, y mientras lo confirmaba él apagó su cigarrillo en mi taza de café. Oh, no. Eso me pasa por largarme a imaginar cosas sin pensar que algún día, como los sueños, pueden hacerse realidad. Traté de disimular mi sorpresa. Fue peor.
—¿Vino a darme un reportaje? –atiné a decir. El sonrió.
—Ya dije lo que todos esperaban oír. Ahora hablemos en serio, ¿quiere? Si su oficio es preguntar, el mío es buscar la verdad, lo que no siempre es lo mismo. ¿Me sigue?
Lo que más me irritó fue esa horrible muletilla, ¿me sigue?, como si me hablara Lilita Carrió. Tragué saliva e hice lo que pude. El tipo es un duro.
—Cuando tenga al Enganche Melancólico listo para jugar, Falcioni, ¿qué va a hacer con el pobre Erviti? ¿En qué quedará su emblemático 4-2-2?
—Mmm… Números. A veces dos más dos son cuarto y otras, veintidós.
—¡Oiga, ésa es una cita de Hammett para Nick Charles en The thin man! No me mezcle los detectives, ¿quiere?
—En el fútbol hay que tomar cosas de todos, Asch, si no uno está liquidado. ¿Qué voy a hacer con Riquelme? ¡Ponerlo donde él quiera! La gente lo ama y yo no voy a suicidarme. ¿O me vio cara de La Volpe a mí?
—Bueno, no se ofenda: también era arquero. ¿De verdad va a correr a Erviti a la izquierda para que haga la banda como hace diez años?
—Lo que yo necesito es que se junte con… ¿cómo le dice usted al 10?
—El Enganche Melancólico.
—¿En serio? Qué boludo. Quiero juntarlos, le decía, para que armen juego. ¿O quiere que intente eso con Rivero y sus cartas de póquer? Somoza solito me puede sostener el medio, y más con Battaglia bien. ¿Le parece poco?
—Para nada. Pero me parece que puede tener problemas cuando lo ataquen por los costados. Battaglia y Erviti naturalmente se van a cerrar y…
—¡Y para qué lo tengo a Clemente, que es un pistón! Al Burrito, nuestro as, o Calvo, que tiene oficio. ¡Incluso a Monzón!
—Gran escopetazo, como el de Carlos, que Dios lo tenga en la gloria. Pero ojo, que ese chico se pega unos viajes…
—Oiga, Asch, no me rompa los esquemas. Además está Cellay y mi dupla de centrales: Caruzzo-Insaurralde. ¿Y los de adelante? ¿Quién tiene dos nueves como Palermo y Viatri?
—¡Y uno que va por afuera con una novia como Luli Fernández, Falcioni!
—¡Seh! Un monstruo, Mouche.
—Todo muy lindo, pero me parece que así le va a costar armar un bloque tan sólido y equilibrado como el que tenía en Banfield, con Erviti más libre, volantes como James por afuera…
Falcioni me clavó su peor mirada de furia ígnea. Al lado suyo, Chernobyl era el show de fuegos artificiales del desfile de Giordano.
—Oiga, ¿por qué no vuelve a dirigir Playboy y se deja de hablar de fútbol? ¿Banfield? ¡Esto es Boca, querido! La cosa, acá, es ganar o morir. Nada más. ¡Quiero marines listos para la guerra!
—Epa. Remember The Alamo, Julio. O a Ho Chi Minh, otro que supo cómo jugarles de contraataque.
Falcioni ya no estaba de humor. Decidió irse. Acomodó su sombrero, mordió otro cigarrillo y el semicírculo de su boca se cerró aún más, apuntando hacia sus zapatones. No iba a rendirse. Su último gesto de despecho merecía un Oscar.
—Mire, ya estoy grande y ésta es mi última chance para dejar de ser visto como un maldito técnico de equipo chico. Tengo que salir campeón, ¿me entiende? Adiós.
Mientras ese corpachón desaparecía de mi vista, pensé en Mitchum. De él también se decía que era un actor de películas menores, hasta que Laughton se cruzó en su vida. Y en la recta final de su carrera, sin recibir jamás el reconocimiento que merecía, consiguió opacar al detective de Bogart, nada menos. Lo nominaron al Oscar, claro, pero nunca lo ganó. ¿Y? ¿A quién le importa? Eso sí es ser un campeón. Más, incluso, que esos que mariconean baboseando esas latas brillosas de espantoso diseño.
Suerte con el nuevo caso, Marlowe.
diario Perfil
“Medía cerca de un 1,90 y había allí muy poca materia blanda. Sus ojos eran grises, con fríos destellos. Llevaba un amplio traje gris con elegancia y sus modales sugerían que era un sujeto con el cual no resultaría sencillo cambiar opiniones.”
Raymond Chandler (1900-1959), monólogo de Philip Marlowe en “The lady in the lake” (1943).
Con ese sombrero colocado de lado apenas pude reconocer su nariz de boxeador, los penetrantes ojos celestes y el mentón de bull dog, cortado como a hachazos. Traía su viejo piloto de solapas anchas y un cigarrillo clavado en los labios. Pensé que era el viejo Mitchum en su insuperable Philip Marlowe de Adiós, muñeca (1975), que cada tanto pasa por la redacción a saludarme, charlar de bueyes perdidos o pedir informes sobre técnicos desaparecidos, jugadores en problemas y dirigentes acusados de asesinatos en serie. Le iba a pedir que, una vez más, alzara sus nudillos para ver aquel doble tatuaje “love-hate” (amor-odio) que le había quedado de su inquietante reverendo Harry Powell en La noche del cazador (1955), la única película de Charles Laughton. Pero no. No era Marlowe. Es decir, no era Mitchum, pero sí Marlowe. O eso parecía.
—¿Qué le pasa, Asch? ¿No escribió, acaso, que el único que podía hacer de Marlowe en este país era yo? Muy bien, acá me tiene. Hablemos.
Efectivamente, Julio César Falcioni era un Marlowe perfecto, y mientras lo confirmaba él apagó su cigarrillo en mi taza de café. Oh, no. Eso me pasa por largarme a imaginar cosas sin pensar que algún día, como los sueños, pueden hacerse realidad. Traté de disimular mi sorpresa. Fue peor.
—¿Vino a darme un reportaje? –atiné a decir. El sonrió.
—Ya dije lo que todos esperaban oír. Ahora hablemos en serio, ¿quiere? Si su oficio es preguntar, el mío es buscar la verdad, lo que no siempre es lo mismo. ¿Me sigue?
Lo que más me irritó fue esa horrible muletilla, ¿me sigue?, como si me hablara Lilita Carrió. Tragué saliva e hice lo que pude. El tipo es un duro.
—Cuando tenga al Enganche Melancólico listo para jugar, Falcioni, ¿qué va a hacer con el pobre Erviti? ¿En qué quedará su emblemático 4-2-2?
—Mmm… Números. A veces dos más dos son cuarto y otras, veintidós.
—¡Oiga, ésa es una cita de Hammett para Nick Charles en The thin man! No me mezcle los detectives, ¿quiere?
—En el fútbol hay que tomar cosas de todos, Asch, si no uno está liquidado. ¿Qué voy a hacer con Riquelme? ¡Ponerlo donde él quiera! La gente lo ama y yo no voy a suicidarme. ¿O me vio cara de La Volpe a mí?
—Bueno, no se ofenda: también era arquero. ¿De verdad va a correr a Erviti a la izquierda para que haga la banda como hace diez años?
—Lo que yo necesito es que se junte con… ¿cómo le dice usted al 10?
—El Enganche Melancólico.
—¿En serio? Qué boludo. Quiero juntarlos, le decía, para que armen juego. ¿O quiere que intente eso con Rivero y sus cartas de póquer? Somoza solito me puede sostener el medio, y más con Battaglia bien. ¿Le parece poco?
—Para nada. Pero me parece que puede tener problemas cuando lo ataquen por los costados. Battaglia y Erviti naturalmente se van a cerrar y…
—¡Y para qué lo tengo a Clemente, que es un pistón! Al Burrito, nuestro as, o Calvo, que tiene oficio. ¡Incluso a Monzón!
—Gran escopetazo, como el de Carlos, que Dios lo tenga en la gloria. Pero ojo, que ese chico se pega unos viajes…
—Oiga, Asch, no me rompa los esquemas. Además está Cellay y mi dupla de centrales: Caruzzo-Insaurralde. ¿Y los de adelante? ¿Quién tiene dos nueves como Palermo y Viatri?
—¡Y uno que va por afuera con una novia como Luli Fernández, Falcioni!
—¡Seh! Un monstruo, Mouche.
—Todo muy lindo, pero me parece que así le va a costar armar un bloque tan sólido y equilibrado como el que tenía en Banfield, con Erviti más libre, volantes como James por afuera…
Falcioni me clavó su peor mirada de furia ígnea. Al lado suyo, Chernobyl era el show de fuegos artificiales del desfile de Giordano.
—Oiga, ¿por qué no vuelve a dirigir Playboy y se deja de hablar de fútbol? ¿Banfield? ¡Esto es Boca, querido! La cosa, acá, es ganar o morir. Nada más. ¡Quiero marines listos para la guerra!
—Epa. Remember The Alamo, Julio. O a Ho Chi Minh, otro que supo cómo jugarles de contraataque.
Falcioni ya no estaba de humor. Decidió irse. Acomodó su sombrero, mordió otro cigarrillo y el semicírculo de su boca se cerró aún más, apuntando hacia sus zapatones. No iba a rendirse. Su último gesto de despecho merecía un Oscar.
—Mire, ya estoy grande y ésta es mi última chance para dejar de ser visto como un maldito técnico de equipo chico. Tengo que salir campeón, ¿me entiende? Adiós.
Mientras ese corpachón desaparecía de mi vista, pensé en Mitchum. De él también se decía que era un actor de películas menores, hasta que Laughton se cruzó en su vida. Y en la recta final de su carrera, sin recibir jamás el reconocimiento que merecía, consiguió opacar al detective de Bogart, nada menos. Lo nominaron al Oscar, claro, pero nunca lo ganó. ¿Y? ¿A quién le importa? Eso sí es ser un campeón. Más, incluso, que esos que mariconean baboseando esas latas brillosas de espantoso diseño.
Suerte con el nuevo caso, Marlowe.
diario Perfil
miércoles, enero 26
Ventana sobre la palabra
En lengua guaraní, ñe'e significa "palabra" y también significa "alma".
Creen los indios guaraníes que quienes mienten la palabra, o la
dilapidan, son traidores del alma.
EDUARDO GALEANO
Creen los indios guaraníes que quienes mienten la palabra, o la
dilapidan, son traidores del alma.
EDUARDO GALEANO
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